Pyongyang, 27 de abril (ACNC) -- El estimado camarada
Su texto completo va como sigue:
Oficiales y demás combatientes de la unidad de operación en el exterior del Ejército Popular de Corea que asisten a este acto con la sagrada misión y el gran honor,
Oficiales y soldados del Ejército Popular,
Familiares de los mártires de la operación militar en el extranjero,
Ciudadanos de Pyongyang,
Constructores militares, funcionarios y creadores que han concluido exitosamente y con gran responsabilidad esta importante obra de construcción,
Miembros de la delegación oficial de la Federación de Rusia que han visitado a Pyongyang para celebrar con nosotros este momento significativo y amigos entrañables,
Compañeros:
Hoy efectuamos la ceremonia inaugural del Museo Conmemorativo de Méritos de Combate en la Operación Militar en el Extranjero, consagrado a transmitir eternamente las hazañas heroicas y el noble espíritu de los orgullosos hijos de la República Popular Democrática de Corea quienes dieron su valiosa vida a la sagrada lucha por la justicia y la dignidad.
En nuestra capital que los valerosos guerreros tenían como lo más sagrado y veneraban invariablemente, la patria ha levantado una plataforma de honor, morada solemne de su valiosa existencia y espíritu, y está en vísperas de amparar con amor a todos ellos.
Como sus familiares que contemplando de cerca este lugar han esperado ansiosamente el día en que cobije a sus amados, todos sus compañeros de armas, todos los militares y el pueblo entero hemos aguardado este momento para depositar en la plataforma las flores por su eternidad, percibiendo con profundo respeto el aspecto heroico y el gran valor de nuestro ejército que en el pasado no supimos estimar del todo.
Con este vehemente deseo y sinceridad como fundamento, se ha alzado esta estancia que perpetuará la condición de los mártires como hijos genuinos y orgullosos de la patria.
Al fin se ha logrado el deseo de traer los restos de todos los que cayeron a la temprana edad, cubrirlos con la bandera nacional y enterrarlos en el cálido suelo patrio; el anhelo del ejército de rendirles el más sincero saludo militar en calidad de compañeros de batallas enconadas y del servicio; y la aspiración de todo el pueblo de agradecer y rendir tributo a sus defensores como ciudadanos de este país.
En representación del Partido del Trabajo de Corea y el Gobierno de la República Popular Democrática de Corea, extiendo mi más cordial agradecimiento a los oficiales y soldados de las unidades constructoras a todos los niveles, así como a los funcionarios y creadores de las entidades correspondientes, quienes no han escatimado esfuerzos e inteligencia en la construcción del museo en reflejo del ardiente deseo de todo el pueblo y ejército de enaltecer y eternizar la preciosa existencia de los soldados caídos.
Muchas gracias a los queridos compañeros de la delegación rusa, presentes aquí como mensajeros de la profunda recordación y obligación moral del pueblo hermano.
Compañeros:
Hoy se cumple un año del término de la operación de liberación de Kursk.
Fieles al ideal de la justicia, los ejércitos coreano y ruso batallaron hombro con hombro en una misma trinchera en aras de la paz y la soberanía, logrando éxitos trascendentales en el empeño de impedir el resurgimiento del fascismo y frustrar las ambiciones belicosas de las fuerzas hegemónicas.
Si bien estas acciones militares fueron llevadas a cabo en una región determinada y con duración de unos meses, sus resultados adquieren suma importancia desde el punto de vista estratégico.
A todo lo largo de la historia de la humanidad, han coexistido la justicia y la injusticia y su enfrentamiento ha sido intenso. Pero nunca como hoy las fuerzas dominacionistas y despóticas han irrumpido con cinismo en el centro del planeta en un intento de suprimir la aspiración a la soberanía y libertad, como alianza reaccionaria ultraderechista más descarada y agresiva, quitándose la fina máscara que las cubrían.
En esta etapa cruenta y decisiva en que toda justa demanda de la autodeterminación política y del derecho al desarrollo de un país y nación, así como el cumplimiento de su deber al respecto, se convierten en el blanco de la violencia, los ejércitos coreano y ruso, leales a su noble misión ante la patria y el género humano, demostraron la fuerza de la justicia en los combates ensangrentados.
Con su fervoroso sentido de la justicia y capacidad de sobreponerse a la muerte, probaron con elocuencia que en el globo terráqueo sí existe una fuerza capaz de destruir el mundo del mal engendrado indudablemente por el imperialismo y que con la tiranía de la injusticia jamás se puede conquistar a la humanidad.
En ese transcurso, los excelentes hijos de ambos países sentaron el genuino ejemplo de la fraternidad y derramaron profusa sangre por un objetivo común.
Ningún aporte es más sagrado que el sacrificio de la vida y esta constituye la expresión más convincente del deber moral.
En el sagrado bregar por aniquilar a los invasores ucranianos, violadores flagrantes de la soberanía de la hermana nación rusa, y liberar la región de Kursk, las unidades de nuestro ejército lograron una victoria carísima con su coraje impar, heroísmo colectivo, espíritu indomable y sacrificio noble.
Su valerosa gesta de haber rechazado la invasión junto con los militares rusos hizo añicos las intentonas hegemónicas y aventuras militares de los Estados Unidos y el Occidente.
Los héroes, quienes merecen todo el honor de estar presentes aquí con nosotros, encabezan esta formación enarbolando nuestro prestigioso y glorioso pabellón, con un espíritu y fe que ni el fuego es capaz de quebrantar.
Ahora todos sabemos bien la razón por la cual inmolaron sus lozanos abriles en los lejanos campos de batalla.
Sin embargo, no es aún del dominio público cuál fue la situación concreta en que cayó muerto cada uno de ellos y cuáles fueron sus últimas voluntades y peticiones.
Da mucha pena que no hayamos podido reproducir aquí sus últimos instantes en toda su dimensión.
No habrá en el mundo un museo que describa con toda fidelidad su nobleza y recoja, sin temor a arrepentirnos, toda su pureza y belleza.
Fue en plena batalla en que nuestros soldados, no tan notorios, comunes e ingenuos en los días ordinarios, mostraron su más auténtica imagen.
La resistencia tenaz y el ataque sin tregua de quienes no se dejaban llevar por ninguna presión y no detenían el avance aunque caían, la lealtad a la misión con que no claudicaban hasta en el último momento, el sacrificio sin par cuando encaraban la muerte, la épica opción entre la vida o la muerte, todo esto causó gran asombro a nosotros antes que al mundo y fue sin precedentes, legendario y venerable incluso para la generación de vencedores en la Guerra de Liberación de la Patria.
Sus excelsos sacrificios pavimentaron sólidamente la trayectoria de combates encarnizados y, pisándolos, nuestras tropas anticiparon el día de la liberación.
El monumento simbólico de este Museo no representa en particular a un solo mártir sino es el perfil de los valientes militares del Ejército Popular de Corea y la figura del conjunto de los mártires y héroes que encarnan el espíritu y temple del coreano.
El mundo espiritual del héroe no descansa solo en su relevante mérito y su gesta heroica no se realiza por un impulso momentáneo.
Las enconadas batallas en Kursk fueron la continuación y un tramo del servicio de nuestros militares en aras del Partido, la revolución, la patria y el pueblo.
El último momento de su vida también forma parte de ellos.
Todos ellos son fueron fieles, patriotas y hombres de los hombres, indistintamente de dónde y cómo perecieron.
Nunca se habrían imaginado que abandonarían la patria, habrían asido el fusil jurando convertirse en un puñado de la tierra patria ante la necesidad de darle la vida. Partieron sin vacilación alguna al campo de batalla en el extranjero donde no podrían recuperar sus cadáveres y al pasar la frontera redoblaron la determinación de cumplir la orden a costa de la vida, antes de pensar en su tierra natal, sus padres, esposas e hijos de los que se distanciaban más y más. Son detalles muy nobles, inexplicables con la mera obligación militar.
Como muestran las fotos y los objetos que se exhiben en el museo, aunque físicamente estaban en tierras extrañas, nadie olvidó al Partido ni se imaginó fuera del regazo de la patria.
La bandera de la República que previo al asalto contemplaban respetuosamente con la determinación de defender a Pyongyang deseando su paz y prosperidad, las bolsas con el puñado de la tierra patria que guardaban en el pecho para respirar su olor, las cartas en que dejaron constancia de que eran dignos de la patria y los queridos que les dieron la vida aunque no pudieran regresar con ella, los solemnes juramentos y las solicitudes de ingreso al Partido teñidas de sangre explican, en lugar de ellos, su opción admirable y fin heroico.
De veras, nunca concibieron una vida apartada ni separada de la patria y por eso, aunque lograron méritos destacados, no preguntaron por su precio ni pidieron la recompensa por la explosión suicida.
Al caer derramando sangre pidieron a sus compañeros que cumplieran hasta el fin la orden del Partido y ante la inminencia de la muerte dieron vivas a Pyongyang deseando la prosperidad de la patria.
Lo único que deseaban era que el Partido y la patria los recordaran. Y aunque cabía la posibilidad de que no los recordaran, se sentían satisfechos de haber cumplido la orden del Partido, se sentían orgullosos de haberse consagrado de lleno a la madre patria, y esto era su suprema dignidad y felicidad.
Su fin duró apenas unos minutos, unos segundos, pero ese corto lapso fue suficiente para proyectar su inmaculada fidelidad y la máxima de su servicio auténtico al Partido y la patria.
El sacrificio y la consagración que no desean ninguna recompensa ni remuneración definen la elevada fidelidad de nuestro ejército.
La inmaculada pureza nutre el heroísmo excepcional, santifica el juramento, reafirma la voluntad del castigo y realza la personalidad del hombre fuerte para quien la muerte es una gloria.
Con su lealtad al Partido y la patria, adquirieron el valor del ave fénix y el poder de ataque que van mucho más allá de la ley de la fisiología humana, escogieron una muerte que sigue siendo una incógnita para el mundo y dieron la vida para salvar a sus compañeros.
La operación militar en el extranjero de nuestro ejército ha sido una gesta inaudita en la historia de la humanidad, protagonizada por los combatientes que acataron la orden del Partido y la patria no como una simple disciplina y obligación militar de obedecer y cumplir, sino con su propia conciencia y derecho moral, por los hombres más sinceros y hermosos que enardecieron el corazón con la inmaculada fidelidad y traspasaron los límites con su inagotable vitalidad.
Ese espíritu y esas proezas no establecían límites entre especialidades, cargos, edades y rangos, ni hacían distinción entre los miembros del Partido y los de la Unión de la Juventud.
Nuestros militares vivían el mundo heroico antes de ser héroes de ultratumba y el noble mundo espiritual de militantes del Partido antes de ingresar en él.
Soldados fieles al Partido y patriotas son las únicas definiciones que tenemos para los héroes que optaron sin titubeo alguno por suicidarse en aras de su gran honor y también para los que cayeron al frente del asalto y los que se retorcieron de dolor no por el sufrimiento físico de acribillarse a balazos sino por la frustración de no haber podido cumplir la orden.
Dicen que los méritos y la victoria honran más que nada al soldado en combate, pero aun más sublimes y preciosos son su conciencia limpia dedicada al Partido y la patria, y su férrea convicción.
Aunque se desplomaban solos en medio del bosque nevado y el cuerpo se esparcía en mil pedazos a merced del viento en tierras foráneas, confiaban en que con ese sacrificio aportaban su grano de arena al cumplimiento de la misión, que con su ráfaga de luz contribuían al prestigio de la patria grandiosa y que esta es la mayor de todas las glorias. Intentar medir únicamente con el volumen de méritos esas ideas y sentimientos tan inmaculados y bellos sería como tratar de borrar el verdadero amor, las lágrimas y los sacrificios incalculables de un sinfín de soldados magníficos.
Son hijos de nuestro Partido y patria que en los parajes más apartados del mundo son capaces de explicar su razón de ser con tal amor y lealtad.
Por todo ello, enaltecemos como símbolo de la combatividad de nuestro ejército y del heroísmo de este país la ardiente lealtad al Partido y la patria y el noble espíritu de sacrificio que emana de ella, por encima de las hazañas excepcionales.
Se puede decir que el mural de recordación de este museo representa a numerosos mártires quienes, si bien ya no están físicamente entre nosotros, siguen siendo paradigmas descollantes y perduran con la patria.
Las estrellas del mural, que brillan día y noche por estas vidas inextinguibles y por estas almas inmarcesibles nos ayudarán a conocer la verdad de la eterna existencia y apreciar la posición y el peso del museo.
El museo se alza a la vista del mundo como baluarte inmenso en que perviven las almas de los hijos fieles y laten fuerte los corazones de los patriotas.
Con todas las riquezas del mundo no se podrá levantar un museo como este, equivalente a la medalla dedicada a la patria por nuestros hijos laudables.
El tiempo correrá sin parar, pero el museo seguirá acercando a los héroes a todas las generaciones de la República y nuestros futuros soldados se fundirán con ellos en un efusivo abrazo y continuarán escribiendo la historia del patriotismo apasionado para que no sea en vano la sangre derramada por los guerreros.
El país sostenido por el ardiente patriotismo de sus defensores es eternamente fuerte y grande.
La actual ceremonia se registrará en una página de nuestros anales como acto sagrado que perpetúa la absoluta dignidad y fama de nuestro Estado.
Compañeros:
En el museo dejamos constancia de una nueva historia de la amistad escrita a sangre por los pueblos coreano y ruso, una nueva historia de la justicia conquistada al precio de la sangre.
Esto simboliza la firme continuación y nuestra voluntad.
El futuro se proyecta con toda claridad.
Para defender la soberanía y los intereses nacionales en estos tiempos de cambios repentinos, debemos metamorfosearnos de continuo como rivales temibles del enemigo y a tal efecto unirnos y fortalecernos cada vez más.
Como he mencionado en varias ocasiones, debemos consolidarnos como bastión auténtico, abnegado y poderoso, capaz de encarar siempre con la fuerza mancomunada cualquier regla de la guerra, independientemente de cómo cambie, y cualquier crisis, sin que importe cuándo y dónde se produzca.
Lo desean los dos pueblos que aspiran a la independencia, la dignidad, la paz y el florecimiento. Lo señala la historia de la confianza y unidad escrita con la sangre.
Como nos enseñan las esculturas de la inmortalidad de los militares de ambos países, la época desea que estemos siempre preparados como ellos, podamos consagrarnos como ellos y seamos resueltos como ellos.
El Museo Conmemorativo de Méritos de Combate en la Operación Militar en el Extranjero, levantado con la historia de nuestra audacia, la justicia y la obligación moral, reafirma nuestra decisión de cara al futuro.
Compañeros:
Nuestro ejército seguirá luchando valerosamente en aras de la dignidad y el honor de su patria, la República Popular Democrática de Corea.
Al igual que las crónicas de defensa que escribimos con el sagrado sentido de la misión y la persistencia, el museo ostentará su aspecto ante el mundo y sus rayos radiantes perpetuarán a los mártires.
Deseando con toda el alma la eterna y preciosa vida de nuestros grandes militares, hijos dignos de nuestro pueblo, declaro inaugurado el Museo Conmemorativo de Méritos de Combate en la Operación Militar en el Extranjero.