Memorias “En el Transcurso del Siglo” primer tomo1

    PROLOGO

    

    

    Recordar lo transcurrido, cuando se está en las postrimerías de la vida, produce una profunda emoción. Cada persona recuerda su pasado con distinto sentimiento, toda vez que, en su diferente tránsito por la vida, adquiere las más disímiles vivencias, en virtud de lo que viera, oyera y sintiera.

    Como un hombre cualquiera, como político que sirve a su país y pueblo que, después de la Edad Moderna, siempre ha resaltado en la política mundial, tiendo la vista hacia los tiempos pasados, los cuales dejaron grabados en mi memoria hechos inolvidables.

    Nacido en una época en que la nación comenzaba a sufrir la lúgubre tragedia de su ruina, tuve que dar los primeros pasos en un torbellino de situaciones interiores y exteriores, que cambiaban bruscamente, obligado a compartir el destino de la Patria y las penas y las alegrías con los compatriotas y, en este camino, llegué a cumplir ya los ochenta años.

    Mi vida, testigo de enormes e inauditas huellas que el siglo XX va dejando en la existencia de la humanidad, y de transformaciones admirables marcadas en el mapa político mundial, es de por sí una diminuta historia de mi Patria y mi nación.

    Huelga decir que en esa trayectoria no sólo conocí éxitos y alegrías, sino que, además, experimenté lacerantes dolores y pérdidas de amigos, y enormes reveses y dificultades. En el camino de la lucha tuve muchos amigos y camaradas, pero fueron muchos también con los que tropecé.

    El espíritu patriótico me impelió, a los diez y tantos años, a salir a la calle pavimentada de Jilin, para gritar contra Japón, y a experimentar los azares de la lucha clandestina en la que debía burlar a veces la persecución enemiga. Bajo la bandera antijaponesa, y confian-

    do en el día de la restauración del país, recorrí miles y miles de kilómetros, durmiendo a la intemperie, e incluso, expuesto al embate de las nevascas en los bosques del monte Paektu, y sostuve combates desiguales contra los enemigos, centenares de veces superiores en número. Después de la liberación, debí pasar en blanco noches enteras para salvar el destino de la Patria dividida y tuve que volver a superar inenarrables desgracias y calamidades para defender el país levantado para el pueblo.

    Mas, ni una vez retrocedí, ni flaqueé.

    Si en el azaroso itinerario de mi vida pude vivir y luchar con firmeza sin soltar el timón, es porque los compañeros y el pueblo confiaron en mí y me ayudaron con sinceridad.

    Mi doctrina, mi credo fue “iminwichon”, que significa considerar al pueblo como el cielo. Precisamente, el principio del Juche que preconiza tener por dueñas de la revolución y de su construcción a las masas populares y atenerse a sus fuerzas, es mi más adorado culto político, y la orden principal de la existencia, que me obliga a vivir para el bien del pueblo.

    Habiendo perdido tempranamente a mis padres, pasé los años en medio del afecto y la esperanza de los compañeros. Junto a decenas de miles de estos seguí por la sangrienta trocha de la lid y, en ese proceso, sentí en todas las fibras de mi ser lo valioso que son los camaradas y la organización.

    Mis primeros compañeros de la Unión para Derrotar al Imperialismo, quienes confiaban en mí y me seguían en la colina de Huadian, –allá por la década de los 20 cuando aún eran inciertas las perspectivas de la restauración de la Patria–, y otros inolvidables que, con su pecho, me protegieron de las balas enemigas, o, en mi lugar, subieron con orgullo al cadalso, no pudieron ver la Patria liberada; ahora gozan de la vida eterna en tierras extrañas. Tampoco están a nuestro lado numerosos patriotas, que, aunque al comienzo de la lucha dieron pasos diferentes a los nuestros, al final se unieron a nosotros.

    Cada vez que admiro el victorioso avance de nuestra revolución, la prosperidad de nuestra Patria y los cantos del pueblo en su honor, con mayor pena me acuerdo de mis inolvidables camaradas, quienes, en aras de estos días, se desprendieron de la vida como si fuera de una paja, lo cual me impide muchas noches conciliar el sueño.

    Inicialmente no me sentía muy decidido a escribir mis memorias. Pero renombrados políticos y escritores extranjeros, y otras muchas personalidades me sugirieron hacerlo, argumentando que mi vida daría valiosas lecciones. Sin embargo, no me apresuré.

    Actualmente, el camarada Kim Jong Il me alivia el trabajo en muchos aspectos, lo cual me proporciona cierto tiempo. Se relevan las generaciones: los veteranos de la revolución se van poco a poco y miembros de la nueva generación toman sus puestos. Asimismo, pensé que era mi deber darles a conocer las vivencias que acumulé en todos estos años vividos en el seno de la nación, y explicarles cómo sacrificaron su juventud los precursores, en aras del presente. Fue así como en cada tiempo libre, escribí una o dos páginas.

    No creo que mi vida sea especial, diferente a la de los demás. Estoy satisfecho sólo al considerar que está consagrada a la Patria y la nación y ha transcurrido entre el pueblo.

    Deseo que estas memorias den a conocer a las jóvenes generaciones la verdad, una lección de vida y lucha, de que si uno confía y se apoya en el pueblo lo alcanza todo, sale siempre victorioso; pero, si se aleja de él o es repudiado por él, sufre mil derrotas.

    

    En memoria de los precursores caídos

    Abril de 1992

    En el monte Myohyang

    

    

    

    

    

    I N D I C E

    

    

    CAPITULO I. PAIS EN DESGRACIA (Abril de 1912 – junio de 1926) 1

    1. Mi familia 1

    2. Mi padre y la Asociación Nacional Coreana 13

    3. Ecos del reclamo por la independencia 32

    4. De un lugar a otro 47

    5. “Canción del río Amrok” 69

    6. Mi madre 88

    7. Herencias 98

    

    CAPITULO II. HUADIAN INOLVIDABLE (Julio a diciembre de 1926) 119

    1. Escuela Hwasong 119

    2. Desilusión 134

    3. La Unión para Derrotar al Imperialismo 142

    4. La aspiración a un nuevo escenario de actividades 152

    5. Ri Kwan Rin, heroína del Ejército independentista 164

    

    CAPITULO III. MI ETAPA EN JILIN (Enero de 1927 – mayo de 1930) 178

    1. Búsqueda de una ideología avanzada 178

    2. Profesor Shang Yue 199

    3. La Unión de la Juventud Comunista de Corea 210

    4. Para extender las organizaciones 226

    5. Demostración de unidad 245

    6. Gran conferencia de An Chang Ho 256

    

    7. Fusión de las tres juntas 270

    8. El camino que encontró Cha Kwang Su 280

    9. Incidente de Wangqingmen y sus lecciones 298

    10. En la cárcel 310

    

    

    

    

    

    

    CAPITULO I. PAIS EN DESGRACIA

    (Abril de 1912 – junio de 1926)

    

    

    1. Mi familia

    

    

    Mi vida surgió en la década de 1910, cuando las tragedias más desastrosas en la historia moderna de Corea martirizaban de modo sucesivo a la nación. El país se había convertido en colonia absoluta de Japón, ya antes de mi nacimiento. Con el tratado de anexión de Corea a Japón1, el poder del emperador pasó totalmente al empe-rador de este país, y el pueblo se convirtió en un esclavo con cuño moderno que actuaba según las “órdenes del gobernador general”2. El territorio, que daba orgullo por su larga historia, abundantes recursos naturales y hermosos paisajes, era atropellado por botas y cureñas de cañón, de producción japonesa.

    La población se estremecía de indignación y desdicha, por haber sido privada de la estatalidad. En campos y hogares, donde no desaparecía el eco del “gran lamento por la ruina del país”, numerosas personas fieles y confucianistas, optaron por el suicidio al no poder soportar el dolor. Incluso un carnicero desconocido, lamentándose del destino del Estado puesto en la picota, ante la ignominiosa “anexión de Corea a Japón”, se dio muerte.

    En el país se estableció un cruel sistema gendarme-policíaco, en el cual hasta los maestros de escuelas primarias, sin contar a policías y funcionarios en general, se ponían gorros y uniformes con entorchados y llevaban sables a la cintura. Por disposición del emperador, el gobernador general poseía ilimitadas potestades para cerrar el oído y la boca de nuestros habitantes y atarles de manos y pies, entre otras,

    sobre el mando de su ejército y armada en Corea. Todas las organizaciones políticas y científicas creadas por los coreanos, se vieron forzadas a disolverse.

    En los reclusorios o cárceles, los patriotas fueron azotados con látigo plomado. Los verdugos que emplearon, tal como eran, métodos de tortura de la etapa de gobernación de Tokugawa, quemaron sin piedad la piel de los coreanos, con varillas de hierro candente.

    En virtud de una de las “disposiciones del gobernador general”, —que se proclamaban por montones cada día—, el traje blanco de los coreanos debía ser embadurnado con tinta china. Los plutócratas japoneses, que cruzaron el Estrecho de Corea, se llevaron por montones los tesoros y riquezas de nuestra Patria, al amparo de la llamada “Ley de compañía”, la de investigación y otras por el estilo.

    Estuve en muchos países, otrora coloniales, en distintos lugares del mundo, pero no vi un imperialismo tan cruel, que privara a otra nación de su lengua, de sus patronímicos e incluso de sus vasijas.

    Corea era, al pie de la letra, un infierno. Sus habitantes, aunque estaban vivos, parecían muertos. Resultaron muy justas y correctas las palabras de Lenin de que “…Japón irá a la guerra por el derecho a seguir saqueando a Corea, a la que está despojando con inaudita ferocidad, combinando los últimos inventos de la técnica con las torturas netamente asiáticas”.

    Mientras yo crecía, los imperialistas libraban también en otros continentes una furiosa guerra de desalojo, encaminada a redistribuir las colonias. En el mismo año en que nací, se produjeron sucesivamente acontecimientos complicados en distintos lugares de la Tierra. La marina de Estados Unidos desembarcó en Honduras; Francia convirtió a Marruecos en su protectorado, e Italia ocupó la isla Rodas, de Turquía.

    En el interior del país, la publicación de la “Ley del censo de la tierra” alarmó la opinión pública.

    En una palabra, nací en una época de turbulentos sucesos y pasé una infancia aciaga. Tal contexto no pudo menos que influir en mi desarrollo.

    Después que oí a mi padre hablar de la ruina del país, sentí un odio implacable hacia los gobernantes feudales e, indignado, decidí dedicar toda la vida al rescate de la soberanía nacional.

    Los gobernantes feudales de nuestro país, mientras otros recorrían el mundo en buques o trenes, pasaron en vano centenares de años viajando sobre asnos, tocados con sombreros típicos, o cantándole al viento y a la luna, hasta que abrieron las puertas del país, tan herméticamente cerradas, ante la amenaza de las fuerzas agresoras del Oriente y Occidente que vinieron en buques. La dinastía feudal se convirtió en un foco de libre regateo de las fuerzas extranjeras por la conquista de concesiones.

    Aun cuando el destino del país estaba en peligro, los sucesivos gobernantes feudales, impotentes y corruptos, y que habitualmente profesaban el servilismo a las grandes potencias, se enfrascaban en pugnas sectaristas bajo el control de éstas. Si prevalecía hoy la secta pronipona, los soldados de Japón defendían el palacio real; si la prorusa conseguía otro día las prerrogativas, eran soldados rusos quienes escoltaban al emperador, y si lograba imponerse la prochina, entonces huestes de ese país ocupaban los puestos de la guardia en los palacios reales.

    En consecuencia, la situación se tornó tan lamentable que la reina fue asesinada por un grupo de terroristas extranjeros (“suceso de Ulmi”, en 1895) dentro del propio palacio; el rey estuvo retenido durante un año en el consulado de un país (“agwanphachon”, en 1896) y, aunque su padre fue secuestrado y llevado al destierro en el extranjero, se debían dar excusas a los secuestradores.

    ¿Quién podría defender y cuidar al país, cuando incluso la guardia de los palacios reales se confiaba a ejércitos foráneos?

    Comparada con este mundo extenso, sin límites, la familia puede ser considerada como una pequeña gota de agua. Pero es también una parte de aquel y no puede existir aislada. La marea de la historia moderna, que le trajo a Corea la tragedia de la ruina, irrumpió también, con furia, en mi familia. Mas, sus miembros, sin dejarse doblegar ante su embate, bregaron sin vacilación en medio de esa tempestad, llorando o riendo, junto con la nación.

    Según se transmite, mi tatarabuelo, Kim Kye Sang, se trasladó al Norte en busca de sustento, abandonando a Jonju, en la provincia Jolla del Norte.

    Y la generación de mi bisabuelo, Kim Ung U, se estableció en Mangyongdae. Este había nacido en la comuna Jungsong, de Pyongyang, y desde muy niño se dedicaba a la agricultura, pero por su extrema pobreza se mudó a Mangyongdae, en la década de 1860. Había conseguido en prestación una choza, con el compromiso de guardar las tumbas de la familia del terrateniente Ri Phyong Thaek, quien vivía en Pyongyang.

    Mangyongdae tiene paisajes muy bellos. Cerca de mi casa existió un monte llamado Nam, desde donde se podía admirar la hermosa vista del río Taedong, parecida a un cuadro. Fue por la hermosura del lugar que ricos y dignatarios de otras regiones, compraron, –como por emulación–, sus montes y allí hicieron tumbas a sus antepasados. Hubo también la de un gobernador de la provincia Phyong-an.

    Como arrendaba tierras ajenas, de generación en generación, mi familia era muy pobre. La situación empeoró en la casa de mi abuelo, Kim Po Hyon, cuando la prole se multiplicó con seis hijos, entre varones y hembras, aunque las tres generaciones inmediato anteriores tenían sólo un varón cada una.

    Para sustentarlos a toda costa, el abuelo no dejaba de trabajar. En la madrugada, cuando los vecinos estaban aún durmiendo, recogía estiércol por las calles, y de noche, a la luz del candil tejía con paja sogas, alpargatas y esteras.

    También mi abuela, Ri Po Ik, hilaba con una rueca en las noches.

    Mi madre, Kang Pan Sok, junto con la esposa del tío, Hyon Yang Sin, y las tías, Kim Ku Il Nyo, Kim Hyong Sil y Kim Hyong Bok, escardaban de día y tejían lienzo, de noche.

    La situación de la familia era tan difícil que el tío mayor, Kim Hyong Rok, no pudo ir a la escuela, sólo aprendió algunos caracteres chinos a los nueve años y, desde niño, ayudó al padre en las faenas agrícolas.

    Toda la familia trabajaba a brazo partido, mas no podía preparar siquiera suficiente caldo claro. Solíamos cocinar caldo con sorgo sin descascarillar, y aún recuerdo que era difícil tragarlo pues se prendía en las paredes de la garganta.

    Así, pues, no podía pensar siquiera en frutas o carne. Una vez, se me formó en el cuello un hwagi (inflamación que se detecta en algunos lugares: N. del Tr.). Entonces la abuela trajo carne de puerco, no sé de dónde, y me la comí. De inmediato se me desapareció. Posteriormente, cuando quería comer carne, deseaba volver a tener esa inflamación.

    En los años de mi niñez que pasé en Mangyongdae, mi abuela se quejaba siempre de la falta de un reloj. Aunque no era codiciosa, tenía muchos deseos de poseer uno de pared, como el que se encontraba en una casa vecina.

    Lo quería, me dijeron, desde que mi padre comenzó a estudiar en la escuela Sungsil, a 12 kilómetros de Mangyongdae. Si no preparaba temprano el desayuno, mi padre podía llegar tarde a las clases. Por esta razón, todas las noches dormía a retazos calculando el tiempo, mediante conjeturas, para decidir la hora de cocinar.

    Algunas veces preparó el desayuno a media noche, y por no saber si era hora de tomarlo e ir a la escuela permaneció horas enteras contemplando el ventanillo desde la cocina. Entonces decía a mi madre:

    –Ve a la casa vecina y pregunta qué hora es.

    Mi madre iba, pero no se atrevía a pasar la valla porque le daba pena despertar a los dueños, y acurrucada junto a ella, esperaba a que el reloj diera la hora.

    Todo esto me lo dijo la esposa de mi tío, cuando regresé de Badaogou, tras preguntarme cómo estaba mi padre. Me expresó, asimismo, que, aunque él afrontó grandes dificultades por quedarle lejos la escuela, yo tenía buenas condiciones para estudiar en casa de los padres de mi madre, en Chilgol donde iba a vivir, porque la escuela estaba cerca.

    Mi familia, antes de la liberación del país no consiguió el reloj de pared, tan deseado por mi abuela.

    Mis familiares, si bien muy pobres, y sustentándose de caldo claro, tenían una fuerte disposición para ayudar al prójimo.

    En cada oportunidad que se le daba, el abuelo aleccionaba a sus hijos y nietos diciendo:

    –Podéis vivir sin dinero, pero no, sin virtudes humanas.

    Esta sentencia vino a convertirse en la filosofía de mi familia.

    Mi padre era muy sensible a lo nuevo y tenía un gran afán por saber. Cuando aprendía caracteres chinos en un colegio privado, manifestaba siempre su deseo de aprender en otro público.

    En el verano del año en que se produjo el “suceso del emisario secreto en La Haya”3, en el poblado Sulme se efectuaron competencias deportivas conjuntas de los alumnos de cuatro escuelas, las de Sunhwa, Chuja, Chilgol y Sinhung. Mi padre pertenecía al equipo de la primera y ganó en barra fija, lucha tradicional, carrera y en otras disciplinas. Pero, en el salto de altura no pudo ocupar el primer lugar, porque su trenza se enredó en el listón.

    Terminadas las lides subió a un monte cerca de la escuela y, ¡chas!, se cortó el cabello. Por aquel entonces, tomar esa decisión sin permiso de los padres y desafiando las viejas costumbres respetadas por centenares de años, no era un asunto sencillo.

    El abuelo se alborotó. Los miembros de mi familia tienen, innato, un fuerte carácter.

    Por miedo al abuelo, mi padre no se atrevía a entrar en la casa y rondaba alrededor de la valla hasta que mi bisabuela le dejó entrar por la puerta trasera, y le dio la cena. Ella le tenía un afecto especial por ser su nieto mayor. Mi padre solía recordar que, por su mediación, pudo ingresar en la escuela Sungsil, pues ella convenció a su hijo, Po Hyon, de que le dejara ir a ese centro moderno. Como las costumbres feudales eran muy fuertes, a la generación de mi abuelo no le agradaba la escuela moderna.

    Mi padre se matriculó en ese plantel en la primavera de 1911, al año siguiente del sometimiento del país. Recién se había iniciado el período de la modernización y pocos eran también los nobles que estudiaban en escuelas públicas. Para mi familia, que ni siquiera podía consumir suficiente caldo de grano sin descascarillar, resultaba muy difícil costear el estudio de un hijo en una escuela secundaria.

    El costo mensual del estudio en la mencionada institución, según me dijeron, era de dos wones. Para ganarlos, mi madre recogía conchas en el río Sunhwa y las vendía, el abuelo cultivaba sandías y la abuela nabos, e incluso el tío mayor, de 15 años, tejía alpargatas de paja.

    Con el mismo objetivo, mi padre, después de terminadas las clases, realizaba duros trabajos hasta la puesta del sol, en el taller de prácticas que gestionaban las autoridades de la escuela. Después leía unas horas en su biblioteca y regresaba a casa muy avanzada la noche, donde dormía una o dos horas, para volver al plantel.

    Como se ve, era una familia común y sencilla, como las que se podían encontrar por igual en cualquier aldea o poblado de Corea. Una familia pobre que no tenía rasgos o señales que la distinguieran de las demás.

    No obstante, sus miembros se ofrecieron sin vacilación para cumplir las tareas que se presentaban en bien de la patria y de los connacionales.

    El bisabuelo, aunque tenía por oficio cuidar tumbas ajenas, amaba con pasión al país y a la tierra natal.

    Cuando el “Sherman”4, barco agresor del imperialismo norteamericano, subió por el río Taedong y ancló en la isla Turu, él, junto con aldeanos, reunió todas las sogas que tenían y las tendió en varias líneas desde la colina Mangyong hasta la isla Konyu, y echando piedras en el agua, impidió navegara hacia arriba.

    Al informarse de que la nave había avanzado hasta cerca de la isla Yanggak y con sus cañones y rifles asesinaba a la población, mientras sus ocupantes saqueaban y violaban a las mujeres, fue de inmediato a la ciudadela de Pyongyang, al frente de sus vecinos. Entonces los pyongyaneses, junto al ejército, ataron varias barcas repletas de leña, les prendieron fuego, y las hicieron acercarse al barco “Sherman”, de modo que éste y sus tripulantes terminaron por hundirse. Se cuenta que mi bisabuelo desempeñó un papel importante en esa gesta.

    Después de hundido el “Sherman”, los agresores imperialistas norteamericanos volvieron a la desembocadura del río Taedong en otro buque, el “Shenandoah”5, y perpetraron asesinatos, incendios y saqueos. También en esos días, los vecinos de Mangyongdae se alzaron como un solo hombre en defensa de la patria, organizando un grupo de voluntarios.

    Mi abuelo solía decir: “Es natural que el hombre caiga luchando en el campo de batalla”, y educó a su familia para que viviera con dignidad en bien del país, por lo cual permitió a hijos y nietos, sin titubeos, participar en la lucha revolucionaria.

    También la abuela les decía que debían vivir con rectitud y firmeza.

    En un duro invierno, los japoneses, con la intención de lograr mi “retorno”, la llevaron a Manchuria para que recorriera sus montañas y campiñas, imponiéndole así sufrir muchas penalidades. Mas, ella, dándoles órdenes como si fueran sus criados, se comportó con dignidad y firmeza, como madre y abuela de revolucionarios.

    Mi abuelo por línea materna, Kang Ton Uk, fue un ferviente patriota y educador, quien dedicó toda su vida a la instrucción de los integrantes de la joven generación y al movimiento independentista. Levantó en su tierra natal una escuela privada donde enseñó a jóvenes y niños. Kang Jin Sok, el tío mayor por línea materna, fue otro patriota, que se incorporó tempranamente al bregar por la soberanía.

    Mi padre me educó con constancia para que tuviera desde niño un profundo espíritu patriótico, y con ese deseo y aspiración me decía Song Ju, que significa constituir un pilar para el país.

    En la época de la escuela Sungsil, él, junto a sus dos hermanos, trasplantó tres álamos cerca de la casa, como símbolos de ellos mismos. En aquel tiempo no había todavía un álamo en Mangyongdae. En esa ocasión, explicó a sus hermanos que esos árboles crecerían pronto, y que también ellos se desarrollarían con rapidez para lograr la independencia de la nación y vivir felices.

    Posteriormente, partió de Mangyongdae en aras de la revolución y le siguió el tío menor, Kim Hyong Gwon, en el camino de la lucha.

    En la vivienda de Mangyongdae quedó solo el tío mayor, pero los tres álamos crecieron mucho. Llegaron a echar sombra más allá de las lindes, sobre parcelas de un terrateniente, el cual, argumentando que la sombra afectaba su cosecha, cortó uno sin miramientos. El mundo era tan injusto que, aun viéndolo, no pudieron pronunciar ni una palabra de protesta.

    Al conocerlo, cuando regresé a casa después de la liberación, me caló hondo en la mente el noble sueño de mi padre, y a la vez me sentí indignado.

    Pero, ese no fue el único hecho que me causó resentimiento.

    Frente a mi hogar existían varios olmos a los que subía de vez en cuando con mis amiguitos. Mas, al regresar tras veinte años de ausencia, me encontré con que había desaparecido el más cercano a la casa. El abuelo me dijo que lo cortó el tío mayor. En ello hubo también un motivo deplorable.

    Cuando yo luchaba en las montañas, los policías molestaron de modo insoportable a mis familiares.

    Los del puesto de Taephyong vigilaron mi casa por turno, a todas horas. Como ese lugar distaba un tanto de Mangyongdae, en el verano, el referido olmo les servía de centro para el cumplimiento de su misión. Bajo su sombra llamaban a aldeanos cuando les daba la gana de preguntarles cosas, o dormían la siesta, abanicándose. Algunas veces sacrificaron pollos y bebieron, o maltrataron a mi abuelo o a mi tío mayor.

    Un día, éste, por naturaleza un bonachón, de un tirón cortó el olmo con un hacha. El abuelo me dijo que no se animó a impedirlo. “¿No dice el refrán: Tu casa está envuelta en fuego, pero al ver quemarse las chinches, te sientes aliviado?”, arguyó.

    Reí con amargura.

    Por que sus hijos y nietos se dedicaban a la revolución, mis abuelos sufrieron muchas penalidades. Sin embargo, pese a tan severa prueba y a la persecución, lucharon con entereza, sin doblegarse. Aunque los imperialistas japoneses impusieron el cambio de nombres coreanos por japoneses en las postrimerías de su dominación, ellos no lo aceptaron. En mi tierra natal sólo mi familia se resistió, hasta el fin, a modificar sus apellidos y nombres de esa manera.

    En las ciudades, el ayuntamiento japonés no permitía distribuir raciones a quienes no cambiaban sus apellidos, por eso era difícil sustentarse.

    Eso le costó al tío Hyong Rok que fuera golpeado y llevado varias veces al puesto de policía.

    Si el policía decía: “Desde hoy no eres Kim Hyong Rok. ¿Cómo te llamas?”, mi tío respondía: “Me llamo Kim Hyong Rok”. Entonces le daba una bofetada y volvía a preguntar: “Ahora me contestarás, ¿cómo te llamas?”, mas la respuesta era siempre igual: “Me llamo Kim Hyong Rok”. Y le daba bofetadas más fuertes, pero el tío no se doblegó nunca.

    Luego el abuelo le dijo: hiciste bien en no cambiar tu nombre por uno japonés; ¿cómo podrás hacerlo mientras Song Ju combate a los japoneses?; no debes modificarlo nunca, aunque por ello te maten a golpes.

    Los que nos despedimos de los abuelos y abandonamos la tierra natal les prometimos, llenos de confianza, que regresaríamos después de rescatar el país.

    Sin embargo, yo fui el único que retorné a la Patria.

    Mi padre, quien dedicó toda su vida al movimiento independentista, dejó este mundo a los 31 años. A esa edad, un hombre vive con pleno vigor. Todavía está fresca en mi memoria la figura de mi abuela, llorando a lágrima viva, ante la tumba de su hijo, en Yangdicun, Fusong. Cuando ella llegó allí desde Mangyongdae, había terminado el entierro.

    Seis años después murió mi madre, en Antu, sin ver el día de la independencia.

    Luego cayó en un combate mi hermano Chol Ju, quien luchaba en la guerrilla. No se encontró su cadáver.

    Después de unos años, en la cárcel de Mapho murió por las crueles torturas el tío menor, quien estaba cumpliendo cadena perpetua. Había llegado a mi casa el aviso de recoger su cadáver, mas mis familiares no pudieron hacerlo por falta de recursos. Por eso fue sepultado en el cementerio de la prisión.

    Así, durante unos veinte años, los hijos de fuerte complexión, convertidos en un puñado de tierra, se esparcieron por lugares extraños.

    Cuando regresé al pueblito natal, después de la liberación, la abuela me abrazó, fuera de la cancilla y, dándose con los puños en el pecho, se lamentó: “¿Por qué viniste solo?, ¿dónde dejaste a tus padres? … ¿Es que no te pareció bien que regresaran juntos?”

    Ante la tristeza de la abuela, ¿cuán dolida no había de estar mi alma, al pasar por la cancilla de la casa natal, sin traer ni siquiera los restos de mis padres que yacían lejos, en tierras extrañas?

    Desde entonces, cada vez que cruzaba por cancillas ajenas, pensaba cuántos habrían regresado, y cuántos no, de los que pasaron por éstas. Todas las cancillas de este país llevan implícitas historias de tristes despedidas, angustiosas nostalgias por seres queridos que no pudieron retornar vivos, y lacerante dolor por esas pérdidas. Miles y decenas de miles de padres y madres, hermanos y hermanas de esta tierra ofrendaron sus vidas al altar de la restauración de la Patria. Tardamos 36 largos años en restaurarla, tras sobreponernos a lluvias de balas y salvar un mar de sangre, de lágrimas y de lamentaciones. Fueron años de lucha sangrienta, que nos costaron demasiado caro. Sin embargo, si no se hubiera librado esa batalla y sufrido esas pérdidas, no pudiéramos imaginar siquiera la Patria de hoy. Entonces este siglo que vivimos, seguiría siendo un período de dolor y desgracia y permanecería la odiosa esclavitud.

    Mis abuelos, dedicados toda la vida al cultivo de la tierra, me dejaban admirado, francamente, por su firme espíritu revolucionario, el que me proporcionó un gran estímulo.

    Es fácil decir que los hijos están en el camino de la revolución y apoyarlos constantemente, por encima de todas las penalidades y pruebas que ello acarrea; pero, en realidad, creo que eso no tiene comparación con la participación en algunas batallas, ni con unos años de prisión.

    Las desgracias y las penalidades de mi familia no pasan de ser una muestra de lo que padeció el pueblo despojado del país.

    Bajo la cruel dominación del imperialismo japonés, varios millones de coreanos murieron quemados, o apaleados, o de hambre, o de frío.

    Si se somete el país, no puede estar tranquila, ni la población ni el territorio. Ni siquiera los vendepatrias que viven con lujo y con dinero que consiguen con viles actos, pueden dormir a pierna suelta. Las personas, aunque están vivas, no valen más que un perro después que su dueño muere, y el territorio, aunque conserve sus fronteras, no puede ostentar su fisonomía original.

    Los que se convencen primero de este aforismo, se llaman pioneros; quienes se esfuerzan para disipar la tragedia de la nación, haciendo de tripas corazón, son considerados patriotas, y los que ponen en claro la verdad a costa de su vida y se dedican a derrocar el mundo injusto, exhortando al pueblo a levantarse en pie de lucha, son denominados revolucionarios.

    Nacido el 10 de julio de 1894 en Mangyongdae, y en calidad de pionero del movimiento de liberación nacional de nuestro país, mi padre dedicó toda su vida a la revolución, hasta que el 5 de junio de 1926 murió con el dolor y la indignación por el destino esclavizado de la patria.

    Yo nací en Mangyongdae, como primogénito de Kim Hyong Jik, el 15 de abril de 1912, dos años después de haber sido sometido el país.

    

    

    

    2. Mi padre y la Asociación

    Nacional Coreana

    

    

    Mi padre tenía por máxima de su vida el “Jiwon”.

    Escribía con un pincel estas dos sílabas, en mayúsculas, y colgaba la frase en las paredes de la casa, en la escuela Sunhwa y en la Myongsin, en fin, a dondequiera que iba.

    Como muestran algunos originales que se conservan, escribía bastante bien con el pincel.

    Como por esa época se estimaba mucho la caligrafía, era una moda tener adagios, famosas máximas o bellas escrituras en cuadros y biombos. Lo creía yo también cuando era todavía pequeñito. Mi padre colocaba esos adagios, sin marcos, en los lugares más visibles.

    Cuando llegué a la edad de razonar, me educó en el amor al país, subrayando que, para quererlo verdaderamente, tenía que abrigar una gran aspiración.

    Precisamente, su máxima “Jiwon” significaba, en el real sentido de la palabra, que uno debía tener un gran propósito.

    No es nada extraño que un padre enseñe así a su hijo. Sin un alto ideal, una meta y esfuerzos abnegados, ninguna tarea puede coronarse con el éxito.

    Lo que encerraba el “Jiwon” no era una lección mundana de la vida humana, que perseguía prosperidad o prominencia y celebridad personales, sino una concepción revolucionaria de la existencia, de quien encontraba verdadera dignidad y felicidad en la lucha por la patria y la nación, así como su inflexible espíritu revolucionario de alcanzar, a todo precio, la restauración del país, aun peleando, generación tras generación.

    Mi padre me habló mucho de la necesidad de proponerse elevados fines. En pocas palabras, se refería a lo que sería la historia de lucha antijaponesa de nuestro pueblo.

    Desde que me llevaba de la mano a la colina Mangyong, solía decirme:

    “… Originalmente, Corea fue un país poderoso. Como tenía desarrollado el arte militar, venció casi siempre en las guerras, y desde temprana época, prosperó su cultura, cuya influencia llegó allende los mares, hasta tierras japonesas. Sin embargo, los cinco siglos de corrompida política de la dinastía de los Ri arruinaron indeteniblemente al territorio, otrora tan próspero y poderoso.

    “Antes de que tú vinieras a este mundo, los japoneses ocuparon nuestro país a fuerza de fusiles y bayonetas. A los traidores que les vendieron la soberanía nacional, se les conoce como los ‘cinco vendepatrias Ulsa’6.

    “Pero, estos renegados no pudieron vender el espíritu de Corea.

    “Soldados voluntarios empuñaron las lanzas para ‘exterminar a los enemigos japoneses y restaurar la Patria’. Las tropas independentistas eliminaron, con mosquetes, a los invasores. A veces los enemigos japoneses fueron acosados por levantamientos populares y atacados por doquier a pedradas, y los clamores de independencia llamaron a la conciencia de la humanidad, a la justicia del mundo.

    “Choe Ik Hyon7 fue llevado preso a la isla Tsushima, prefirió morir en huelga de hambre a aceptar la comida de los enemigos. Ri Jun, al abrirse con sus manos el vientre ante los representantes de las potencias imperialistas, demostró el genuino espíritu independentista de nuestra nación, mientras An Jung Gun8, al matar a tiros a Ito Hirobumi9, en la estación ferroviaria de Haerbin, y clamar por la independencia, puso de manifiesto el espíritu de los coreanos.

    “Incluso Kang U Gyu, un anciano de más de 60 años, arrojó una bomba contra el propio gobernador general Saito, y Ri Jae Myong apuñaló a Ri Wan Yong para desahogar su dolor y rabia por la ruina de la Patria.

    “Fieles patriotas como Min Yong Hwan, Ri Pom Jin y Hong Pom Sik se inmolaron exhortando a defender la independencia nacional.

    “Nuestra nación se vio obligada a emprender hasta la tan dolorosa campaña del pago de la deuda. Se trataba de los 13 millones de wones que recibió en préstamo de Japón después de la guerra ruso-japonesa. Para devolverlos, todos los hombres dejaron de fumar. Lo hizo hasta el emperador Kojong10, en expresión de respaldo a esta campaña. Las mujeres disminuyeron los gastos de la cocina y donaron sus adornos. Hubo muchachas que entregaron sus dotes de matrimonio. También sirvientes y costureras de casas ricas, vendedoras de tok (comida hecha con harina de cereales: N. del Tr.) y de yerbas comestibles y hasta los que vendían alpargatas de pajas, donaron, sin penas, las monedas reunidas a costa de su sudor, para ver al país libre de esa deuda.

    “No obstante, nuestra nación no pudo conservar su soberanía.

    “Lo que se necesitaba era unir a todo el pueblo bajo la sola voluntad y propósito de recuperar al país y fomentar su fuerza a tal punto que pudiera vencer al enemigo.

    “Si se toma una firme decisión, se puede incrementar el poder, y entonces, es del todo posible derrotar a cualquier enemigo por poderoso que sea.

    “La independencia nacional se puede recuperar sólo cuando todo el pueblo se concientice y alce en la lucha, pero esto no se logra en uno o dos días. Por eso digo que se deben plantear objetivos de largo alcance …”

    Las enseñanzas de mi padre estaban colmadas de ideas patrióticas.

    Una vez le oí hablar con el abuelo y la abuela, y decía:

    “No tiene sentido vivir si no alcanzo la independencia del país. Estoy dispuesto a combatir y vencer a los enemigos japoneses, aunque mi cuerpo sea despedazado y reducido a un puñado de tierra. Debemos reconquistar, a cualquier precio, la soberanía del territorio. Si caigo en esta lucha, la continuarán mis hijos, pero si no la alcanzan ni ellos, seguirán peleando mis nietos.”

    Posteriormente, cuando la Lucha Armada Antijaponesa, que creía podría culminarse en tres o cuatro años, cobraba un carácter de guerra de larga duración, recordé esas palabras y, después de la liberación del país, ante la prolongada tragedia de la división nacional, cuando el Norte y el Sur siguieron caminos opuestos, volví a pensar con solemnidad en la honda significación que encerraban.

    Puedo afirmar que éstas eran la expresión de sus ideas y convicción del “Jiwon”, de sus pensamientos y su aspiración en cuanto a la restauración de la Patria. A pesar de las dificultades económicas de la familia, mi padre ingresó en la escuela Sungsil, con la inconmovible decisión de realizar su “gran propósito”.

    En los más de 10 años comprendidos entre la ejecución de la reforma Kabo11 y la concertación del tratado Ulsa, se hicieron esfuerzos para implantar, aunque era un poco tarde, un régimen educacional moderno como consecuencia de las olas de reformas políticas en nuestro país. Mientras en Soul se fundaban, bajo la antorcha de la enseñanza moderna, centros docentes como las escuelas Paejae, Rihwa y Yugyong, –donde se impartían nuevas materias de política, economía y cultura del Occidente–, en las regiones del oeste del país los misioneros norteamericanos crearon, –como parte de su trabajo–, la escuela secundaria Sungsil, de Pyongyang.

    Su matrícula se hacía a escala nacional. Muchos jóvenes que aspiraban a adquirir conocimientos contemporáneos, deseaban ingresar en ella. Historia, Algebra, Geometría, Física, Higiene, Biología, Educación Física, Música y otras asignaturas modernas, que se ofrecían en esa escuela, atrajeron la atención de los jóvenes, que querían poner fin al atraso del país y avanzar al unísono con las nuevas corrientes mundiales.

    Mi padre dijo que se matriculó en ella para aprender las ciencias modernas. No le gustaban ni los cuatro libros canónicos ni los cinco textos sagrados del budismo, ni otras caducas disciplinas que se aprendían, con suma dificultad, en los antiguos colegios privados.

    Independientemente del fin que perseguían los misioneros en la escuela secundaria Sungsil, se formó un gran número de conocidas personalidades patrióticas, las cuales, más tarde, desempeñarían importantes papeles en el movimiento independentista. Entre sus graduados Son Jong Do fue el primer vicepresidente, y después presidente, del consejo legislativo, en el Gobierno Provisional en Shanghai, y Cha Ri Sok actuó como miembro del consejo estatal, a finales de la existencia de este gobierno; también en ella estuvo un tiempo el talentoso poeta patriótico Yun Tong Ju.

    Igualmente, el señor Kang Ryang Uk estudió en un curso especializado del centro. A este curso lo denominaban escuela especializada Sungsil, y al de nivel medio, secundaria Sungsil. Por haber salido de allí muchos independentistas antijaponeses, los colonialistas le llamaron cantera de ideas antiniponas.

    Mi padre aglutinaba a jóvenes y estudiantes patriotas, haciéndoles comprender que “cuando se aprenden letras o tecnologías, debe ser en bien de Corea y si se quiere creer en el cielo, hay que creer en el coreano”.

    Bajo su dirección, en esa escuela se constituyó un círculo de lectura y otro de amistad inquebrantable. Estas agrupaciones educaron a los estudiantes en los preceptos antijaponeses y, al mismo tiempo, desarrollaron intensas actividades de ilustración de las masas en Pyongyang y en sus contornos. En diciembre de 1912, organizaron hasta una huelga estudiantil contra los maltratos y actos de explotación inhumanos de las autoridades del plantel.

    Mientras seguía sus estudios secundarios, mi padre iba durante las vacaciones a Anju, Kangdong, Sunan, Uiju y a otras numerosas localidades de las provincias Phyong-an del Sur y del Norte y la Hwanghae, donde realizaba misiones para ilustrar a la población y ganar a camaradas.

    Se puede decir que el mayor fruto que obtuvo durante su permanencia en esa escuela, fue la conquista de numerosos compañeros con quienes podía compartir la vida y hasta la muerte.

    Muchos de sus condiscípulos de la Sungsil mantuvieron estrechos lazos con él, por tener idénticos propósitos en cuanto al destino de la nación. Todos eran jóvenes progresistas, muy conocidos por su magnanimidad, amplio saber y sobresaliente personalidad.

    Uno de ellos, Ri Po Sik, oriundo de Pyongyang, participó tanto en el círculo de lectura, como en el de amistad inquebrantable y, con posterioridad, trabajó mucho para la formación de la Asociación Nacional Coreana y tuvo un importante rol en el Levantamiento Popular del Primero de Marzo12.

    Cuando vivíamos en la comuna Ponghwa, fue en varias oportunidades a la escuela Myongsin, para entrevistarse con mi padre.

    De entre los colegas de la misma promoción, procedentes de la provincia Phyong-an del Norte, Paek Se Bin (alias Paek Yong Mu), de la región de Phihyon, mantenía estrechas relaciones con mi progenitor. Cuando él iba a la provincia Phyong-an del Norte, muchas veces le sirvió de guía. Era el enlace de la Asociación Nacional Coreana con el extranjero. Según informaciones, actuó como miembro del “Consejo central para la reunificación nacional independiente”, que se creó en diciembre de 1960, en el Sur de Corea.

    Pak In Gwan fue quien se alojó junto con mi padre en el albergue de la escuela Sungsil, pues, él al principio estaba internado.

    En la primavera de 1917, cuando trabajaba de maestro en la escuela Kwangson, en Unryul, en la provincia Hwanghae, ingresó en la Asociación Nacional Coreana. Mientras viajaba con frecuencia a Songhwa, Jaeryong, Haeju y otras zonas para aglutinar a los camaradas, fue detenido por los enemigos y tuvo que sufrir un año de prisión en Haeju. Hasta hoy se conservan en el museo histórico de Un-ryul, originales de composiciones hechas por sus alumnos, con el título de “La Península y nuestras relaciones”. Su contenido permite conocer una parte del estado ideológico y del mundo espiritual de esos estudiantes que por aquel entonces se encontraban bajo la influencia de la Asociación Nacional Coreana.

    Entre los independentistas, el que más estrechos lazos tenía con mi padre era O Tong Jin. Ya desde que mi progenitor estudiaba en la Sungsil, visitaba con frecuencia nuestra casa. Por aquel tiempo era alumno de la escuela Taesong, de Pyongyang, fundada por An Chang Ho. Como sus relaciones tenían un carácter ideológico, superiores a las puramente afectivas, resultaron desde el comienzo sinceras y fervorosas. Dicen que O Tong Jin pudo conocer y simpatizar con las ideas de mi padre, por primera vez, en un acto deportivo organizado en la primavera de 1910, en el campo de ejercicios militares, en el valle Kyongsang (se encontraba delante de un cuartel militar, a finales de la dinastía de los Ri).

    A este evento asistieron más de 10 mil jóvenes y estudiantes provenientes de Pyongyang, Pakchon, Kangso, Yongyu y de otras zonas.

    En el concurso de oratoria, organizado después de concluidas las competencias, mi padre, con su discurso, atrajo la atención del público al oponerse a la idea de un grupo de estudiantes de que Corea tenía que admitir la influencia japonesa para convertirse en un país civilizado, y al sostener que su modernización debía realizarse con las propias fuerzas de los coreanos. Entre los que escucharon su disertación se encontraba O Tong Jin, quien, después, sería el máximo jefe militar de la junta Jong-ui. Cada vez que evocaba esa época, decía con voz emocionada: “Me conmovió fuertemente el discurso pronunciado aquel día por el señor Kim”.

    A partir de 1913, haciéndose pasar por comerciante, hizo frecuentes viajes a Soul, Pyongyang, Sinuiju y otras importantes ciudades del país y China y, en cada ocasión, visitaba a mi padre para intercambiar opiniones acerca del futuro del movimiento independentista.

    Yo lo creía un simple comerciante bondadoso. Sólo cuando nos trasladamos a Badaogou y Fusong, llegué a saber que era un destacado luchador por la soberanía nacional.

    Ganó tanta fama, que no había nadie que no conociera su nombre, O Tong Jin, junto con su seudónimo, Song-am. Desde el punto de vista de la fortuna y otras condiciones, habría podido vivir bien, sin necesidad de meterse en la escabrosa revolución, pero empuñó el fusil y peleó contra el imperialismo japonés.

    Le manifestaba a mi progenitor un profundo sentimiento de respeto y amistad. Su casa en Uiju era visitada por muchas personas, de ahí que el ala exterior de la residencia estuviera destinada a alojarlas. Como tenía tantos huéspedes, tuvo que contratar una cocinera expresamente para atenderlos. Pero, por lo que cuentan, a mi padre lo alojaba en el cuerpo principal de la vivienda y su propia esposa le preparaba comidas.

    Una vez, este matrimonio visitó nuestra casa. En esa ocasión mi abuela les obsequió una escudilla de latón.

    Si presento aquí tan detalladamente a O Tong Jin, es porque no sólo fue amigo y camarada de mi padre, sino que también guarda estrecha relación con mi época juvenil. Desde niño sentí especial cariño por él. Cuando yo estudiaba en Jilin, fue detenido por los imperialistas japoneses. Mucho tiempo después, a principios de marzo de 1932, cuando yo andaba por la zona de Jiandao, para organizar la Guerrilla Popular Antijaponesa, fue juzgado en la corte provincial de Sinuiju. Si muy sorprendente resultó que las notas tomadas durante el examen preliminar de Gandhi llenaron 25 mil páginas, en el caso de O Tong Jin esos documentos ocuparon 35 mil cuartillas, recogidas en 64 legajos.

    El día del juicio, miles de personas penetraron en el local del tribunal, por lo que el proceso apenas pudo comenzar después de pasada la una de la tarde, aunque estaba previsto iniciarse en horas de la mañana.

    O Tong Jin, quien negó todo lo que le preguntaron, subió adonde estaba el presidente y gritó “¡Viva la independencia de Corea!”, lo que sacudió todo el lugar.

    Los jueces japoneses, preocupados ante la confusión creada, interrumpieron apresuradamente el proceso público y dictaron el fallo sin la presencia del acusado. Aunque en el proceso de apelación, su condena fue conmutada por la de cadena perpetua, murió en la cárcel, sin llegar a ver la liberación del país.

    Cuando luchábamos arduamente para fundar las guerrillas, se publicaron en los periódicos artículos que se referían a su noble integridad y voluntad y sus fotos con la cabeza encestada, cuando lo llevaban a la prisión de Pyongyang. Mirando esas fotos evoqué con emoción su férreo patriotismo.

    Como vemos, muchos de los cercanos camaradas de mi padre, de cuando estudiaba en la escuela Sungsil, se convirtieron en resueltos revolucionarios y, más tarde, constituyeron el núcleo de la Asociación Nacional Coreana.

    Después de abandonar ese centro, mi padre se desempeñó como maestro en la escuela Sunhwa, de Mangyongdae, y, luego, en la Myongsin, de Kangdong, para consagrarse a la enseñanza de la joven generación, en tanto realizó ingentes esfuerzos para agrupar a camaradas. Me han dicho que dejó de estudiar para ampliar la esfera de sus actividades revolucionarias y dedicarse plenamente a acciones prácticas.

    En 1916, aprovechando el período de vacaciones, estuvo en Jiandao. De allí fue a Shanghai, para establecer contactos, no sé por qué conducto, también con el grupo de la revolución nacional de Sun Wen.

    Mi padre apreciaba altamente a éste, considerándolo precursor de la revolución democrática burguesa en China. Según me refirió, si en ese país los hombres se cortaron las trenzas y comenzó a aplicarse el régimen de un día de descanso a la semana, fue gracias al esfuerzo de los reformistas burgueses.

    Sobre todo, mi progenitor apreció Tres Principios Populares: el nacionalismo, la democracia y el bienestar, que Sun Wen presentó como plataforma de la Unión Revolucionaria de China, y sus tres políticas: alianza con la Unión Soviética, con los comunistas y apoyo en las masas obreras y campesinas, que planteó bajo la influencia del movimiento del 4 de mayo.

    Expresaba que era un revolucionario magnánimo, con férrea voluntad y perspicacia. Señaló como un error suyo, el que, después de fundar la República de China, cediera a Yuan Shikai el cargo de presidente, con la condición de que estableciera un régimen político republicano y lograra destronar al emperador de Tsing.

    En mi infancia, varias veces le oí hablar también sobre el movimiento reformista burgués en Corea. Le daba mucha pena que el poder surgido con el golpe de estado Kapsin dirigido por Kim Ok Kyun había durado sólo tres días, pero calificó de progresistas las medidas que propuso el Partido reformista en la plataforma renovadora: igualdad de derechos, erradicación del nepotismo, promoción de personas con talento, y la idea independentista que sugería la rotura de las relaciones de subordinación respecto a Tsing.

    Consideré entonces a Kim Ok Kyun una personalidad relevante e incluso pensé que si no hubiera fracasado su movimiento reformista, habría sido otra la historia contemporánea de Corea.

    Más tarde encontramos limitaciones en el movimiento y su programa, y las analizamos desde el punto de vista de la idea Juche.

    Casi todos los maestros que nos enseñaban la Historia de Corea, consideraban a Kim Ok Kyun un elemento projaponés. Hasta después de la liberación del país, durante mucho tiempo se le dio ese calificativo en los círculos académicos. La causa fue que durante los preparativos del citado golpe de estado, recibió ayuda de los japoneses.

    No creíamos justa esa valoración. Por eso manifesté a los historiadores que, sin dudas, fue un error que en ese movimiento no se prestara atención a la unidad con las masas populares; sin embargo, sería nihilismo calificar de acto projaponés el haberse apoyado en las fuerzas de Japón, pues si se aprovechó de éstas, su propósito no fue realizar reformas de carácter pronipón sino que, sobre la base de una minuciosa valoración de la correlación de fuerzas, pensaba desviarla a favor del Partido reformista. Teniendo en cuenta la situación de entonces, fue una táctica inevitable.

    Mi padre señaló que una de las principales razones de que el golpe de estado promovido por Kim Ok Kyun fracasara a tres días de iniciado, fue que los reformistas no confiaron en el poderío del pueblo, apoyándose sólo en algunas fuerzas dentro del palacio real, y subrayó la necesidad de sacar lecciones de este revés.

    Supongo que el objetivo de su viaje a Jiandao y Shanghai consistía en estudiar directamente el estado del movimiento independentista en el extranjero, del que se conocía hasta entonces sólo a través de rumores; ganar nuevos camaradas y trazar orientaciones para posteriores actividades.

    En el plano mundial, por aquella época no estaba maduro el problema de la lucha de liberación nacional en las colonias. En éstas todavía no se lograba definir fórmulas o métodos para el movimiento en pro de la soberanía.

    En el período en que mi padre estuvo en Jiandao y Shanghai, la revolución china estaba enfrentando graves contratiempos, a causa de las acciones de los militaristas y las intervenciones de potencias imperialistas. También en la revolución china, el principal obstáculo lo constituían las fuerzas foráneas, sobre todo, de EE.UU., Inglaterra y Japón. Pese a esta situación, no pocos independentistas en el exilio, aferrados a ilusiones sobre los imperialistas, perdían el tiempo en inútiles discusiones acerca de cuál de las potencias les brindaría ayuda.

    El estado de cosas en Jiandao redobló la convicción de mi padre de que la independencia de Corea se debía conquistar por las propias fuerzas de los coreanos. Después de regresar de ese viaje, se dedicó por entero al trabajo de ilustrar a las masas y al de agrupar camaradas.

    Esto ocurría después de que nuestra familia se había mudado de Mangyongdae a la comuna Ponghwa, del distrito Kangdong. Por el día, mi padre impartía clases en la escuela Myongsin, tal como hacía en Mangyongdae, y por la noche, iba a la escuela nocturna para la labor de concientizar al pueblo. Regresaba a casa muy tarde.

    Una vez, en una exposición de trabajos escolares, leí un discursito de contenido antijaponés, redactado por mi padre.

    El componía muchos versos y canciones revolucionarios para la educación de sus discípulos.

    Numerosos independentistas venían a la comuna Ponghwa, para entrevistarse con él, quien, por su parte, realizaba con frecuencia recorridos por las provincias Phyong-an del Norte y del Sur y Hwanghae, para relacionarse con los camaradas. En este decursar, se desarrollaron los elementos de núcleo y se echó el fundamento del apoyo masivo.

    Sobre la base de estos preparativos, él, junto con Jang Il Hwan, Pae Min Su, Paek Se Bin y otros patriotas independentistas, fundó, el 23 de marzo de 1917, la Asociación Nacional Coreana (ANC). Como local para el acto, se utilizó la casa de Ri Po Sik, situada en el valle Haktang, en Pyongyang. Los jóvenes combatientes que ingresaron en esa organización se hicieron heridas en sus dedos para escribir con sangre “Independencia de Corea” y “Vida o muerte”.

    La Asociación Nacional Coreana, como agrupación secreta, cuyo objetivo consistía en obtener la independencia del país, mediante la unión de toda la nación coreana y con sus propias fuerzas, y establecer un Estado civilizado, fue una de las más grandes organizaciones revolucionarias antijaponesas clandestinas, de entre todas las que formaron los patriotas coreanos dentro y fuera del país, antes y después del Levantamiento Popular del Primero de Marzo.

    En el 1917 muy pocas agrupaciones secretas quedaban en pie en el país. Ya en ese tiempo, habían sido disueltas, por la represión del imperialismo japonés, todas las organizaciones, entre otras, la Junta de voluntarios independentistas, el Cuerpo de restauración de Corea y el Cuerpo de recuperación de la independencia de Corea, creadas después de la anexión. Como los involucrados en las actividades clandestinas eran detenidos implacablemente, tan pronto como se descubrían, otras personas, sin férrea voluntad, no se atrevían a tomar parte en éstas. Aun en el caso de las que estaban dispuestas, no acometían nada en el país, limitándose al exilio, donde se contentaban con formar organizaciones antijaponesas de diversa índole. Y quienes no tenían ni ese valor, solicitaban el permiso del gobierno general y realizaban en el país actividades insignificantes, de modo que no ofendieran a las autoridades.

    Precisamente, en esas circunstancias, nació la Asociación Nacional Coreana, que fue una organización revolucionaria de recta posición independiente y antimperialista.

    En el prospecto de la ANC se señalaba que, como era más que claro que en el Oriente crecería la presencia de las fuerzas de Europa y de EE.UU. y llegaría el momento en que Japón disputaría la hegemonía con ellas, resultaba preciso aprovechar esa oportunidad, para promover la aglutinación de los camaradas y hacer los preparativos para lograr la independencia de Corea, con las propias potencialidades de su pueblo.

    Como podemos apreciar, la ANC, a diferencia de quienes depositaban esperanzas en las fuerzas foráneas, adoptó una posición independiente: que la soberanía de Corea debía ser conquistada por los propios coreanos.

    Esa asociación tenía también trazado un plan ambicioso: enviar a sus hombres a Jiandao para convertir esta zona en cantera del movimiento independentista.

    La ANC fue organizada con mucha meticulosidad. La selección de los militantes era muy rigurosa y se aceptaban sólo los patriotas preparados y probados. Su sistema organizativo era vertical y hasta entre sus miembros se utilizaban contraseñas. Así se procedía también para redactar documentos secretos. Se decidió que la reunión de sus integrantes se efectuaría regularmente cada año, en ocasión del comienzo del nuevo curso escolar en la escuela Sungsil, para lo cual fue estrictamente encubierta por sus organizaciones periféricas legales, tales como las asociaciones Hakkyo, Pisok y Hyangtho, que se constituyeron con posterioridad. Tenía designados jefes regionales y mantenía enlaces en Beijing y Dandong, para contactos con personalidades en el extranjero.

    La ANC se fundó sobre una sólida base de masas, con la incorporación de obreros, campesinos, maestros, estudiantes, militares (del Ejército independentista), comerciantes, religiosos, artesanos y personas de otras capas y sectores, y sus filiales se extendieron no sólo por el país, sino también en el extranjero. Por ejemplo, en China se constituyeron en Beijing, Shanghai, Jilin, Fusong, Linjiang, Changbai, Liuhe, Kuandian, Dandong, Huadian y Xingjing.

    Durante la fundación y extensión de la ANC, mi padre ganó muchos camaradas, entre ellos a Jang Chol Ho, Kang Je Ha, Kang Jin Gon y Kim Si U. Es imposible describir, por escrito u oralmente, cuánto tesón puso en la búsqueda de cada uno de ellos. Para este fin siempre estaba dispuesto a caminar cientos de kilómetros.

    Una vez, O Tong Jin, quien se dirigía hacia zonas de la provincia Hwanghae, se desvió del itinerario y le hizo una visita inesperada a mi padre. Aquel día, parecía más atentamente aseado que en otras ocasiones, y tenía buen humor.

    Sin disimular su orgullo de haberse encontrado con una buena persona O Tong Jin dijo:

    –Se llama Kong Yong, oriundo de Pyoktong, todavía es muy joven. Posee amplios conocimientos, es un varón alto y guapo. Como es serio y domina el arte marcial tradicional, si hubiera nacido antaño, habría sido, sin duda, de buena madera para el cargo de ministro de guerra.

    Mi padre también se mostró contento:

    –Como desde la antigüedad se dice que el mérito mayor no es que exista una persona de valor, sino descubrirla, el presente viaje de usted, señor O, a Pyoktong, es una preciosa contribución a nuestro movimiento.

    Después de la partida de O Tong Jin, mi padre rogó a su hermano, Hyong Rok, que le confeccionara unos cuantos pares de alpargatas de pajas. Y al siguiente día, provisto de estas, emprendió el viaje. Lo vimos regresar casi un mes después. Su calzado estaba hecho jirones, lo que significaba que había caminado mucho. Pero cuando entró en el patio de la casa, no dio ninguna señal de cansancio, al contrario, estaba sonriente.

    Se sentía plenamente feliz por el resultado de su encuentro con Kong Yong.

    Desde muy niño aprendí de él amar y estimar a los camaradas.

    La Asociación Nacional Coreana era el súmmun de las fervorosas actividades organizativo-propagandísticas que mi padre había desarrollado en el interior y exterior del país, durante los años posteriores a la “anexión de Corea a Japón”.

    No hay duda de que planeaba desarrollar, por medio de esta organización, actividades de mayor envergadura. Pero la ANC llegó a ser blanco de la cruel represión de los imperialistas japoneses, quienes, en el otoño de 1917, conocieron de su existencia.

    Un día de vendaval, tres policías irrumpieron en el aula de la escuela Myongsin y, sin más ni más, se llevaron preso a mi padre, quien impartía una lección.

    Un vecino de apellido Ho, que lo siguió hasta el embarcadero Maekjon, regresó a todo correr para transmitirle a mi madre lo que mi padre le había dicho por señas disimuladas.

    Ella hizo lo que le pedía: sacó del escondrijo del tejado los documentos comprometedores y los quemó en el fogón de la cocina.

    Desde el día siguiente los religiosos de la comuna Ponghwa se reunían en la escuela Myongsin y realizaban rezos matutinos por su liberación.

    Y numerosos habitantes de Pyongyang y de Kangdong fueron a la sede de la policía de Pyongyang, para entregar un pliego en demanda de su libertad.

    Al enterarse de que habría juicio contra mi padre, el abuelo, que residía en Mangyongdae, envió al tío Hyong Rok a la estación de policía. Quería saber, por lo menos, si mi padre opinaba que hacía falta o no contratar un abogado para la ocasión. Cuando el tío manifestó su decisión de vender todo lo que había en la casa para cubrir esos gastos, mi padre le dijo en un tono categórico:

    –Como quiera que, tanto el abogado como yo, hablamos por la boca, no hay necesidad de gastar dinero para contratar uno expresamente. A una persona que no tiene ninguna culpa no le hace falta defensa alguna.

    Los imperialistas japoneses celebraron, en la corte provincial de Pyongyang, tres sesiones del juicio a mi padre. En cada ocasión, él protestó de modo tajante por el injusto interrogatorio porque decía que no se podía considerar un delito el que los coreanos amaran a su país y realizaran actividades a su favor.

    Como el juicio daba señal de alargarse indefinidamente, los imperialistas japoneses forzaron un fallo en la tercera sesión.

    Después de su detención, vinieron a la comuna Ponghwa el tío Hyong Rok y el tío materno Kang Yong Sok, para llevarnos a Man-gyongdae. Pero mi madre les dijo que quería pasar el invierno en Ponghwa.

    No se fue a Mangyongdae porque hacía falta mantener los contactos con los miembros de la ANC y del movimiento antijaponés, que seguían llegando a nuestra casa, y solucionar otros asuntos.

    En la primavera del siguiente año, concluidas estas tareas, nos llevó a Mangyongdae. Vinieron el abuelo paterno y el materno, y cargaron las cosas de la vivienda en una carreta con buey que habían traído.

    Pasé muy triste aquella primavera y verano.

    Cada vez que le preguntaba a mi madre cuántas noches más tenía que dormir hasta que volviera mi padre, ella me daba la misma respuesta: “Vendrá pronto.”

    Un día me llevó adonde estaba el columpio, en la colina Man-gyong, y tomándome entre sus brazos se sentó sobre éste y me dijo:

    –Escucha, mi Jung Son, ya se desheló el agua del río Taedong y los árboles comenzaron a reverdecer, pero tu padre no regresa. ¿Por qué se le considera delincuente si ha luchado por la independencia del país? Crece pronto y venga a tu padre … Cuando seas grande, debes ser, sin falta, el héroe que restaure la Patria.

    Le aseguré que me convertiría en un hombre así.

    Posteriormente, ella estuvo varias veces en la cárcel, sin que yo lo supiera. Pero nunca pronunciaba palabra alguna referente a la prisión.

    En una ocasión, me llevó a la ciudad diciendo que iba a Phalgol, para alijar el algodón. Primero se dirigió a la casa de Chilgol, donde dejó el algodón para que lo desmotaran, y emprendió el camino hacia la cárcel de Pyongyang. La abuela materna insistió varias veces en que fuera sola, y me dejara a su cuidado. Decía que no era correcto llevar al pequeño a la prisión. Sobre todo, se opuso tajantemente a esa idea porque temía que me asustara sobremanera, al ver al padre detrás de las rejas. Entonces yo tenía seis años.

    Tan pronto como pasamos el puente de madera que había sobre el río Pothong, adiviné, a primera vista, cuál era el edificio de la prisión. Nadie me lo había descrito, pero según su aspecto, que se distinguía de otras construcciones, y el ambiente lúgubre que lo envolvía, llegué por mí mismo, a la conclusión de que era la cárcel.

    El edificio tenía una imagen tan imponente y terrible que de sólo mirarla, uno podía atemorizarse. Pesadas puertas de hierro, altos muros, torres de vigilancia, rejas, centinelas de miradas frías con uniformes negros, en fin, allí todo provocaba escalofríos de temor y odio.

    La sala de entrevista, adonde fuimos conducidos, era un cuarto sombrío, apenas penetraba la luz solar. El aire estaba tan viciado que se dificultaba la respiración.

    Aun en medio de este adusto ambiente, mi padre nos acogió riéndose como siempre. Se alegró mucho al verme y le dijo a mi madre que había hecho bien en llevarme.

    Me fue difícil reconocerlo porque, además de que llevaba el traje de recluso, su rostro estaba muy demacrado. Cara, cuello, manos, pies y otras partes de su cuerpo estaban cubiertos de magulladuras y heridas.

    Pese a su lamentable estado, se preocupó por la familia. Se portaba con tanta dignidad y entereza que no pude menos que sentirme orgulloso, si bien, por otra parte, me abrumaban la indignación y el resentimiento ante lo que presenciaba.

    –Has crecido mucho. Serás obediente a los mayores y alumno aplicado.

    Hablaba con toda tranquilidad, sin siquiera molestarse a mirar hacia donde estaba el carcelero. Su voz era la de siempre. Al escucharla se me nublaron los ojos, pero le contesté en alta voz:

    –Así haré, padre. Espero que regreses pronto a casa.

    El aprobó con un gesto de cabeza. Parecía contento. Después, dirigiéndose a mi madre, le rogó que si llegaban vendedores de pinceles o de peines, los atendiera bien. Se refería a sus camaradas revolucionarios.

    La imagen inflexible de mi padre me dejó tan fuerte impresión que nunca la pude olvidar.

    Otro suceso de ese día, que recuerdo todavía, fue la presencia de Ri Kwan Rin en la sala de entrevista. Ella estudiaba artes manuales en la escuela femenina de nivel medio de Pyongyang y, al mismo tiempo, era militante de la Asociación Nacional Coreana. Tenía suerte, pues las garras de la policía no habían llegado hasta ella.

    Venía a visitar a mi padre, acompañada por una persona del mismo curso, quien también pertenecía a la ANC. Siendo muy severa la ética feudal, resultaba sumamente riesgoso que una señorita viniera a la cárcel, y esto para entrevistarse con un preso político. En aquel mundo, si se difundía la noticia, ella perdía hasta la posibilidad de casarse. Justamente, desafiando estos obstáculos, una señorita elegante venía a ver a un recluso político, hecho que constituyó una gran sorpresa para los carceleros. Por eso, la trataron con prudencia. Tenía una expresión sonriente cuando dirigió palabras consoladoras a mis padres.

    Aquella visita a la prisión para ver a mi padre, resultó para mí un gran suceso. Comprendí también el profundo objetivo que perseguía mi madre al llevarme allí. Las heridas que cubrían el cuerpo de mi padre, me hicieron sentir en todo mi ser la existencia del diabólico imperialismo japonés. Con ello me grabé una imagen de éste, mucho más real y directa que los análisis y las apreciaciones que numerosos políticos e historiadores del mundo hicieron al respecto.

    Hasta entonces yo había experimentado, en pocas ocasiones, los desmanes de militares y policías japoneses. Por ejemplo, una vez presencié que unos que fueron a Mangyongdae para hacer censos e inspección higiénica, armaron una provocación, sin ningún motivo, y, después de haber golpeado con un látigo a una puerta de nuestra casa, la arrancaron y arrojaron sobre una olla de la cocina rompiendo su tapadera. Pero, nunca antes había visto que maltrataran tan salvajemente a una persona, cubriendo su cuerpo de heridas.

    Durante toda la Lucha Revolucionaria Antijaponesa, no olvidé ni un momento esas heridas. Hasta hoy, la fuerte conmoción que recibí en dicha visita repercute en mi corazón.

    En el otoño de 1918, salió de la cárcel al terminar su período penal. El tío Kim Hyong Rok y el abuelo fueron a la prisión con una parihuela y los vecinos de la aldea lo esperaron en un lugar de la comuna Songsan, por donde pasaba el camino hacia Mangyongdae.

    Con su cuerpo horriblemente torturado, apenas podía arrastrar los pies para salir por el portalón de la prisión.

    Al verlo en tan lamentable estado, el abuelo se estremeció de indignación. Cuando trató de acostarlo sobre la parihuela, se opuso diciendo: “Caminaré con mis pies. ¿Cómo dejarme llevar sobre una parihuela, ante la vista de los enemigos si estoy vivo? Para que sepan quién soy, debo andar por mí mismo.” Y echó a caminar con la frente erguida.

    Ya en la casa, reunió a sus hermanos y les dijo:

    –En la cárcel estaba decidido a salir con vida, aunque bebiendo siquiera un trago más de agua, para seguir luchando hasta el fin. Si en este mundo los peores enemigos son los japoneses, ¿cómo podríamos dejarlos en paz? Hyong Rok y Hyong Gwon, ustedes también deberán combatirlos. Hemos de vender caras nuestras vidas.

    Escuchando estas palabras, tomé la firme decisión de que, más tarde, siguiendo su ejemplo, libraría una lucha de vida o muerte, con-tra los imperialistas japoneses.

    Aun guardando cama, se enfrascó en la lectura.

    Por algún tiempo se había alojado en la casa de Kim Sung Hyon, buen oculista y marido de su tía, para restablecerse y seguir estudios de medicina que había comenzado en la prisión. De allí había traído valiosos libros especializados. Desde que estudiaba en la escuela Sungsil, iba a esa casa para aprender esa materia y leer textos correspondientes.

    Creo que fue, durante su período en el penal, cuando decidió cambiar su aparente profesión de maestro por la de practicante.

    Antes de estar restablecido por completo, emprendió un viaje a ciertas zonas de la provincia Phyong-an del Norte. Estaba decidido a rehabilitar las organizaciones de la Asociación Nacional Coreana, las cuales habían sido destruidas.

    Por su parte, el abuelo le alentó para que llevara hasta el fin el objetivo propuesto sin dar un paso atrás.

    Antes de dejar la tierra natal, mi padre compuso la poesía “Pino verde de la colina Nam”, en la que refleja su firme juramento de luchar sin desmayo, generación tras generación, para, costara lo que costase, traer sobre la hermosa tierra patria la nueva primavera de la independencia, aunque fuese despedazado y reducido a polvo.

    

    

    

    3. Ecos del reclamo por

    la independencia

    

    

    Mi padre había abandonado la casa en un día invernal muy riguroso.

    Yo esperaba con ansias la llegada de la primavera. Para nosotros, como pobres, el frío también era un gran enemigo.

    Cuando se templó un poco el tiempo, mi abuela expresó, en tono preocupado, que pronto llegaría el cumpleaños de Jung Son. Sabiendo que en la época del florecimiento, –cuando se cumple mi aniversario–, mi padre se libraría de las inclemencias del invierno en la región norteña, ella se preocupó para prepararme algo agradable en mi día.

    Aunque ya en la primavera los víveres estaban agotados en la casa, el día de mi cumpleaños me ponían una mesa con arroz y huevo sazonado con camaroncillos salados. En la situación de nuestra familia, que apenas se sustentaba con gacha, un huevo significaba un plato exquisito.

    Pero en la primavera de aquel año, yo no podía reparar en cosas como mi cumpleaños. Después del arresto de mi padre, que me había asustado, no se me quitaba ni un momento la preocupación por él, que actuaba en regiones lejanas.

    El Levantamiento Popular del Primero de Marzo estalló poco después que partió del hogar. Fue una explosión de la indignación y el rencor acumulados por la nación coreana, que había experimentado indescriptibles humillaciones y maltratos durante 10 años de salvaje “gobernación militar” del imperialismo japonés.

    El decenio que siguió a la anexión fue un período de martirio, oscuridad y hambre, en que nuestra nación, –privada de todos los derechos sociales como la libertad de palabra, reunión, asociación y manifestación y despojada de sus bienes–, sufrió penas insoportables bajo una política de terror medieval, que transformó a Corea en una enorme prisión.

    Nuestra nación, que había reunido sus fuerzas a través de los movimientos que desplegó con las asociaciones secretas, las tropas independentistas y la Campaña patriótica de ilustración, se alzó con ímpetu, para no admitir el oscurantismo ni la expropiación.

    El Levantamiento Popular del Primero de Marzo fue planeado y preparado, de modo meticuloso, bajo los auspicios de personalidades religiosas del chondoismo, cristianismo y budismo, y profesores y estudiantes patriotas. El espíritu nacional de nuestro pueblo, que se acendró mediante el golpe de estado Kapsin, el movimiento por la justicia y la erradicación de la corrupción, la guerra campesina Kabo, la Campaña de ilustración y la lucha de los voluntarios, estalló como un volcán, exigiendo la soberanía y la libertad.

    El primero de marzo, en Pyongyang, con las campanadas del mediodía como señal, miles de estudiantes y otros ciudadanos se reunieron en la cancha de la escuela femenina Sungdok, en la colina Jangdae, y escucharon la lectura de la “Declaración de independencia” que proclamaba solemnemente que Corea era un Estado autónomo. Después marcharon en manifestación vigorosa gritando “¡Viva la independencia de Corea!” y “¡Fuera los japoneses y el ejército nipón!”. En las calles se les unieron otras decenas de miles de personas.

    Los pobladores de Mangyongdae y Chilgol se dirigieron en filas hacia Pyongyang. Tras desayunar temprano en la madrugada todos los miembros de nuestra familia salieron para el mitin. Los manifestantes, que al comienzo no pasaron de centenares, se convirtieron pronto en miles, que marchaban hacia la puerta Pothong, tocando tambores y címbalos, y coreando la consigna: “¡Viva la independencia de Corea!”.

    Yo, que tenía seis años, los seguí con mis alpargatas de paja muy gastadas y fui hasta la puerta Pothong, gritando “viva”. Como no podía alcanzar el paso de los mayores que se dirigían hacia la ciudadela como un embravecido oleaje, tuve que quitarme el calzado porque sentía molestia al andar, y correr, de vez en cuando, con éste en la mano, para no quedarme a la zaga. Cuando los mayores daban vivas, yo también gritaba.

    Por doquier, los enemigos reprimieron las demostraciones a sablazos y tiros, movilizando incluso la policía montada y los soldados, lo que trajo por resultado muchas víctimas.

    Sin embargo, los manifestantes resistieron sin temor y a cuerpo descubierto. Delante de la puerta Pothong, también se desarrolló un fiero combate cuerpo a cuerpo.

    Aquel día, vi por primera vez en mi vida la matanza del hombre por el hombre y la sangre derramada por nuestros compatriotas, y aunque era pequeño, mi corazón hirvió de ira.

    Por la noche, nuestros vecinos subieron a la colina Mangyong con antorchas y reclamaron la independencia, tocando clarines, tambores e incluso latas.

    Esa lucha continuó durante varios días. Tras de mi madre, subí a la colina, junto con Hyong Bok, hermana de mi padre, y grité viva hasta regresar en la noche avanzada. Mi madre repartía agua potable y tallos de cáñamo descortezados, que se usaban como antorchas.

    Mientras tanto, en Soul sucedieron manifestaciones violentas con la participación de cientos de miles de personas, incluidos campesinos llegados de provincias para asistir a los funerales de Kojong.

    El gobernador general, Hasegawa, utilizó las fuerzas de la vigésima división estacionada en Ryongsan, para enfrentar la marcha. Con fusiles y sables los soldados asesinaron cruelmente a los manifestantes. En un santiamén, las calles de la ciudad se anegaron en sangre.

    No obstante, el pueblo no se detuvo, los caídos eran sustituidos por los que venían detrás.

    En otras localidades, fue similar el heroísmo de la población que no claudicó ante la sangrienta represión del enemigo.

    Una joven estudiante avanzó, con la bandera nacional en las manos, gritando: “¡Viva la independencia de Corea!” hasta que no se pudo sostener en pie. Cuando le cortaron una mano la levantó con la otra, y aun después de perder ambas siguió la marcha, lo cual hizo temblar de miedo a los policías y soldados japoneses.

    A mediados de marzo, el levantamiento iniciado en Soul y Pyongyang se propagó a las 13 provincias del país, en tanto se sumaban los compatriotas residentes en Manchuria, Shanghai, Primorie y Hawai, convirtiéndose en una resistencia de la nación entera. Todos los coreanos con conciencia nacional participaron, independientemente de su ocupación, creencia religiosa, sexo y edad.

    Hasta las mujeres de familias corrientes, que se abstenían de salir de casa, según la ética feudal, y las geishas, integrantes de la capa más humilde de la sociedad, se unieron a esa lucha.

    En dos meses de contienda, todo el territorio se estremeció con los reclamos de independencia, pero, al pasar la primavera y entrar el verano, el movimiento comenzó a debilitarse gradualmente.

    Mucha gente había estimado que si luchaba algunos meses en demanda de la soberanía, el enemigo cambiaría de idea y se retiraría, lo cual fue un sueño. El imperialismo japonés no estaba dispuesto a abandonar Corea con facilidad, ante una resistencia de esa índole.

    Japón libró tres grandes guerras para conquistar nuestro país. Cuatrocientos años atrás, Kato Kiyomasa y Konisi Yukinaga, subalternos de Toyotomi Hideyoshi, invadieron el territorio con cientos de miles de hombres. Se le llamó “invasión japonesa Imjin”.

    Lo primero que ideó el círculo gobernante de Japón, al emprender el camino de la civilización a mediados del siglo XIX, con la “renovación de Meiji”, fue la “doctrina de la conquista a Corea”, pretensión agresiva de una banda militarista de ocuparla por las armas, en aras de la prosperidad de Japón y del fortalecimiento de su imperio.

    Aunque esa doctrina no se llevó a la práctica en ese momento por las divergencias entre los círculos políticos y autoridades militares, sus partidarios se sublevaron provocando una guerra civil que continuó por más de medio año.

    Dicen que aun hoy, en ese país, permanece la estatua de bronce de Saigo Takamori, caudillo de esa rebelión contra el gobierno imperial.

    Japón efectuó dos guerras, una contra Tsing y otra contra Rusia, a fin de apoderarse de Corea con el apoyo de EE.UU. e Inglaterra.

    He aquí una anécdota sobre la ferocidad del militarismo nipón.

    Durante la guerra ruso-japonesa, la batalla de Lushun fue dirigida por Nogi. En el combate de la cota 203, él trepó a la cumbre usando como escalera los cadáveres. Según se dice, en el cementerio del monte Baiyu, en Lushun, yacen los restos de más de 25 mil personas, que no pasan de ser sólo una parte de sus víctimas.

    Ganó a costa de grandes sacrificios, pero no logró ocupar ni Siberia, ni Manchuria, aunque había fanfarroneado con anterioridad. Informados del regreso de Nogi, muchas viudas y huérfanos de guerra de Japón se aglomeraron en el puerto, dispuestos a protestar con actos violentos.

    Pero, al verlo apretando contra su pecho tres cajas con restos mortales, permanecieron mudos. El mismo había perdido tres hijos en aquel combate.

    La veracidad de esa anécdota no está confirmada, pero resulta claro que los ocupantes japoneses no renunciarían con facilidad a Corea.

    No obstante, los dirigentes del Levantamiento Popular del Primero de Marzo, pertenecientes a las capas superiores de la población, sin tener en cuenta esa lección de la historia, desde el comienzo definieron el carácter del levantamiento como una lucha no violenta, en contradicción con el elevado espíritu de combate de nuestro pueblo. Se limitaron a redactar la “Declaración de independencia” para proclamar al interior y el exterior la disposición de liberar a la nación coreana. Ellos no desearon que la gesta se expandiera hasta convertirse en una lid protagonizada por las masas.

    Algunos dirigentes del movimiento nacionalista pretendieron alcanzar la independencia por “petición”. Al salir a la luz la “doctrina de autodeterminación nacional” de Wilson, recurrieron a una vergonzosa campaña mendigante, con la ilusión absurda de que en la Conferencia de la Paz de París la soberanía de Corea podría ser determinada por los delegados de los países participantes, incluyendo EE.UU. Así, a los representantes de grandes potencias, Kim Kyu Sik y otros, con la “solicitud de independencia”, los visitaron en donde se alojaban para exhortarles y rogarles que los apoyaran.

    Pero, estos se desentendieron del problema coreano, calculando cómo obtener mayores dividendos.

    Las altas capas del movimiento nacionalista equivocadamente abrigaron esperanzas acerca de la “doctrina de autodeterminación nacional” de Wilson, un título hipócrita difundido por los imperialistas norteamericanos para bloquear la influencia de la Revolución Socialista de Octubre y establecer su predominio en el mundo. Con esa engañosa etiqueta estos trataron de desorganizar, desde adentro, a la Unión Soviética, un Estado multinacional; separar a los pueblos de las colonias, pequeños y débiles, para que no pudieran luchar unidos por la independencia; y ocupar los territorios de las naciones derrotadas en la guerra.

    A comienzos del siglo XX, EE.UU. “autorizó” la agresión de Japón a Corea, mediante el “Convenio Katsura-Taft”, por lo tanto no estaba dispuesto ni por asomo a apoyar la independencia de Corea. En la historia no existen casos en que países potentes se hayan compadecido de los sufrimientos de los pequeños y les hayan dado la libertad y la soberanía. Cada nación puede preservar y obtener la independencia con sus esfuerzos y lucha indoblegable. Esto es una verdad demostrada por la historia a lo largo de siglos y generaciones.

    El emperador Kojong envió secretamente a sus misioneros a Estados Unidos, durante la guerra ruso-japonesa y a las conversaciones de Portsmouth para la paz, con la intención de denunciar la agresión de Japón y pedir apoyo para mantener la independencia de Corea. Sin embargo, EE.UU. respaldó a los japoneses por todos los medios para que salieran victoriosos en la guerra contra Rusia y que el resultado de las negociaciones de Portsmouth sobre el problema de la postguerra le fuese favorable. El presidente Roosevelt desatendió la carta secreta de Kojong, bajo el pretexto de no ser un documento oficial.

    El emperador volvió a mandar a una misión secreta a la Conferencia Internacional para la Paz, que tuvo lugar en La Haya, con miras a denunciar el carácter ilegal del “tratado Ulsa” y conservar la soberanía nacional, mediante un llamamiento ante la justicia y el humanismo del mundo. Su mensaje a esa reunión, empero, no surtió efecto, a causa de la tenaz conspiración del imperialismo nipón, y de la indiferencia de los delegados de otros países, por lo que, los febriles esfuerzos de los embajadores para granjearse la simpatía de los países grandes, fracasaron a cada paso. Forzado por el imperialismo japonés, Kojong cedió el trono a Sunjong.

    El envío de la misión secreta a La Haya fue un patente aviso sobre el servilismo a las grandes potencias, que se había arraigado entre los gobernantes feudales. En tanto, la sangre derramada por Ri Jun en el salón de la Conferencia Internacional para la Paz, advirtió a las generaciones venideras que ningún país grande concedería la independencia a Corea, y que ésta no se podía obtener en virtud de esfuerzos ajenos.

    Si las altas capas del movimiento nacionalista mantenían expectativas sobre EE.UU. y la “doctrina de autodeterminación nacional”, sin acordarse de esta lección histórica, fue porque tenían en su mente profundas raíces de adoración servilista a ese país. Cada vez que Corea corría peligro, los impotentes gobernadores feudales procuraron superarlos con ayuda de grandes naciones. Ese hábito fue heredado fielmente por las capas superiores del movimiento.

    El Levantamiento Popular del Primero de Marzo dio fe de que los nacionalistas burgueses no podrían encabezar el movimiento antijaponés de liberación nacional.

    Sus dirigentes mostraron limitaciones clasistas, al no haberse opuesto totalmente al orden de dominación colonial de Japón. Ellos persiguieron el objetivo de obtener ciertas concesiones que aseguraran sus intereses clasistas, sobre la base del reconocimiento de la forma de dominación japonesa. Esto constituyó el fundamento ideológico que llevó posteriormente, a no pocos, por el camino del reformismo o de la reconciliación con Japón para obtener la “autonomía”.

    En nuestro país no existían ideas avanzadas para dejar atrás el reformismo, ni un gran contingente de proletarios listo para aceptarlas como guía directriz de su clase y lucha. La clase obrera coreana, recién nacida, no tenía aún un partido llamado a adoptar el marxismo-leninismo como nueva ideología de la época y aglutinar bajo su bandera a las amplias masas trabajadoras.

    Nuestro pueblo oprimido por el Japón imperialista, tuvo que recorrer todavía un largo y difícil trayecto para entrar en el verdadero sendero de lucha y contar con una vanguardia llamada a defender sus intereses.

    Con el Levantamiento Popular del Primero de Marzo, nuestro pueblo experimentó, en carne propia, que sin una poderosa fuerza directiva, ningún movimiento podía triunfar.

    Aunque varios millones de personas resistieron en las calles con la aspiración común de recuperar el país, la lucha no pudo evitar la espontaneidad y la dispersión, ni desarrollarse según un programa único, un plan de combate, por falta de dirección de la clase obrera y de un partido.

    El Levantamiento Popular del Primero de Marzo dejó una lección seria: para lograr la independencia nacional y la libertad, las masas deben luchar organizadamente dirigidas por un partido revolucionario, con correctas estrategias y tácticas, abstenerse resueltamente del servilismo a las grandes potencias y preparar sus propias fuerzas revolucionarias.

    Asimismo manifestó al mundo entero el fuerte espíritu de independencia, de firme voluntad y ardiente patriotismo de nuestro pueblo, al cual ningún sacrificio le impediría dejar de ser esclavo de otra nación y rescatar su país.

    Ese levantamiento asestó rotundos golpes a los imperialistas japoneses, que se vieron obligados a sustituir, aunque formalmente, la “gobernación militar” por la “civil”, con el intento de aplacar el sentimiento antijaponés del pueblo coreano.

    Dicha acción marcó el punto final del período del movimiento nacionalista burgués en nuestro país y el inicio de una nueva fase en la lucha por la liberación nacional.

    De mi mente no se borraron, todo aquel verano, los gritos de los manifestantes que estremecieron el territorio nacional colonizado, repercutiendo en todas partes del mundo, y que me hicieron tener uso de razón muy temprano. Mi concepción del mundo saltó a una nueva etapa cuando presencié, en la calle de la puerta Pothong, la fiera contienda entre las masas manifestantes y la policía. Podría decir que mi infancia terminó en aquel momento en que gritaba “¡Viva la independencia!”, parado en puntillas entre los mayores.

    El Levantamiento Popular del Primero de Marzo me instó a incorporarme a las filas del pueblo, grabando en mis retinas la auténtica imagen de nuestra nación. Cada vez que recordaba los clamores de aquel inolvidable día, impresos en mi memoria como truenos, me sentía orgulloso de nuestro pueblo, con su inquebrantable espíritu de combate y heroísmo.

    Ese verano recibimos carta de mi padre. Junto con ella me envió tinta china de marca “Kumbulhwan” y un pincel. Fue un regalo especial, portador de su deseo de que hiciera con entusiasmo los ejercicios de escritura.

    Rallándola en el tintero disolví la famosa tinta, mojé el pincel, y escribí en una hoja de papel coreano tradicional, la palabra “padre” con grandes caracteres.

    Por la noche, familiares míos leyeron la carta, por turno, a la luz del candil. El tío Hyong Rok la leyó tres veces. Aunque tenía un carácter desenfadado, fue minucioso, como los ancianos, en la lectura de la misiva.

    Mi madre la ojeó rápido y me la dio para que la leyera en voz alta de modo que el abuelo y la abuela pudieran escucharme. Aunque yo no había llegado aún a la edad escolar, ya sabía leer, porque mi padre me había enseñado el alfabeto coreano.

    Cuando leía con voz sonora, la abuela dejó de hilar con su rueca y me preguntó si no se refería a la fecha de regreso. Y, sin esperar respuesta, se contestó a sí misma:

    –No sé si se encuentra en Rusia o en Manchuria … Hace mucho que ha salido de casa.

    Acostada ya toda la familia, recordé que mi madre no había podido leer la carta con detenimiento y le susurré los pormenores del contenido. Ella nunca se detenía a leer cartas del esposo en presencia del abuelo y la abuela. Las guardaba en su blusa para verlas en el campo, aprovechando la hora del descanso, sin que nadie la observara.

    Al escuchar mi voz queda que reproducía de memoria algunos pasajes de la misiva, acariciándome la cabeza, me dijo:

    –¡Basta! Trata de conciliar el sueño.

    En el otoño incipiente de aquel año, mi padre volvió para llevarse a la familia. Hacía un año que no lo veíamos.

    En ese período actuó con vigor en Uiju, Changsong, Pyoktong, Chosan, Junggang y otros lugares de la provincia Phyong-an del Norte y en Manchuria, para restaurar organizaciones de la Asociación Nacional Coreana, y agrupar a camaradas y amplias masas.

    Fue entonces que convocó la Conferencia de Chongsudong (noviembre de 1918). En ella tomaron parte delegados de las células de la Asociación Nacional Coreana en la provincia Phyong-an del Norte y enlaces de otras regiones, y se decidió orientar la rehabilitación de las organizaciones destruidas y aglutinar en su seno a amplias masas proletarias.

    De regreso, mi padre habló detenidamente, además de la situación de Manchuria, sobre Rusia, Lenin y el triunfo de la Revolución de Octubre. Expresó envidia al recién nacido mundo, protagonizado por obreros, campesinos y otras masas desposeídas, y se mostró apenado por la crisis que sufría la nueva Rusia ante la ofensiva de las hordas blancas y los intervencionistas armados de 14 países.

    Su relato, lleno de hechos vivos y concretos, me hizo pensar que había estado en Primorie, región que como Manchuria fue base importante y punto de concentración para el movimiento independentista de los coreanos. Antes y después del suceso del primero de marzo allí residían cientos de miles de coreanos. Fueron muchos los patriotas y los partidarios del movimiento independentista, emigrados de Corea. Ri Jun y su comitiva fueron a La Haya, a través de esta zona, y Ryu Rin Sok y Ri Sang Sol crearon allí (Vladivostok) el mando conjunto de las tropas de voluntarios de las 13 provincias. Justamente ahí el partido socialista de coreanos, primer grupo socialista de Corea, encabezado por Ri Tong Hwi, comenzó a difundir el marxismo-leninismo y el gobierno provisional en territorio ruso, denominada Asamblea Nacional de Corea, proclamó su nacimiento al interior y el exterior. También Hong Pom Do13 y An Jung Gun tuvieron allí sus bases para actividades militares.

    Los independentistas y otros habitantes patrióticos emigrados de Corea fundaron en ese lugar entidades autónomas y agrupaciones de resistencia antijaponesa actuando con vigor para la recuperación de la estatalidad. Las unidades del Ejército independentista, asentadas en Primorie, atacaron a soldados y policías japoneses en Kyongwon, Kyonghung y otros lugares de la provincia Hamgyong del Norte, causando gran confusión a la dominación y la guardia fronteriza del enemigo. En un tiempo, los soldados del Ejército independentista, trasladados de Manchuria, integraron una gran unidad, para luchar junto con el Ejército Rojo en defensa de la Unión Soviética.

    Cuando las fuerzas aliadas del imperialismo y sus secuaces nativos, arremetían por todos los lados contra el poder soviético recién surgido para estrangularlo en su cuna, miles de jóvenes coreanos ofrendaron sangre y vida para defender el régimen socialista, ideal de la humanidad, luchando con las armas, ora en filas de guerrillas, ora alistados en el Ejército Rojo. En los monumentos erigidos en esa región en memoria de los héroes de la guerra civil, están grabados también nombres de coreanos.

    Hong Pom Do, Ri Tong Hwi y Ryo Un Hyong, quienes actuaron allí, se entrevistaron con Lenin para pedirle apoyo al movimiento de liberación nacional.

    Podría decir que estas actividades dejaron huellas indelebles en la historia del movimiento de liberación nacional en nuestro país, aunque la injerencia de fuerzas exteriores y el antagonismo entre las fuerzas sectarias dieron pie a catástrofes dolorosas, como el Incidente de Heihe.

    No fue infundada, pues, mi conjetura de que mi padre hubiera recorrido Primorie para ganar camaradas.

    El nos dio la noticia de una manifestación popular en la zona fronteriza del Norte, y escuchó la historia de sus familiares sobre la lucha de la población del cantón Kophyong durante el Levantamiento Popular del Primero de Marzo.

    De sus palabras de aquel día, aún recuerdo con frescura lo siguiente:

    “El bandolero que irrumpe en casa ajena para matar al dueño, no lo dejará vivo porque grite ¡socorro!. Si hay alguien fuera de la vivienda, tampoco acudirá a salvarlo al escuchar el grito, si éste es también un bandido. Para salvarse, uno ha de vencer al bandolero con su propia fuerza. Al enemigo con puñal hay que enfrentarlo con el puñal.”

    Mi padre tenía un nuevo punto de vista y disposición para el desarrollo del movimiento de independencia. Según supe después, en el período alrededor del Levantamiento del Primero de Marzo, en la zona norteña fronteriza y en Manchuria meridional analizó con agudeza los acontecimientos internos y externos, para encontrar una vía auténtica para la liberación nacional. Entonces, mostró profundo interés por el proceso de transformación de las relaciones socio-clasistas en nuestro país.

    Como enseñó el Movimiento del Primero de Marzo, con demostraciones y gritos de independencia, no se podía hacer que los agresores se retiraran. Tampoco era posible rescatar el país, sólo con la lucha del Ejército independentista. Dado que todo el territorio se había convertido en una prisión y estaba cubierto de bayonetas de los invasores japoneses, la nación debía levantarse para combatirlos por doquier con su fuerza unida. Nosotros también debíamos efectuar una revolución popular como en Rusia. Las masas populares tenían que ponerse en pie con las armas y luchar para rescatar el país y construir un mundo nuevo, libre de la explotación y la opresión.

    Esa fue la conclusión a que llegó mi padre al cabo de intensos esfuerzos. Así optó por el rumbo de la revolución proletaria.

    Cuando el movimiento de independencia se encontraba estancado, dejando sólo incontables huellas de sangre, se percató de que el problema no se resolvería por los métodos anteriores e insistió en la necesidad de la revolución popular.

    Después del triunfo de la Revolución Socialista de Octubre en Rusia, simpatizó con la idea comunista y, más tarde, con motivo del Movimiento del Primero de Marzo, consolidó su idea y tuvo la firme decisión de hacer que la lucha de liberación nacional en nuestro país se transformara de movimiento nacionalista en comunista.

    En la Conferencia de Chongsudong, celebrada en julio de 1919, argumentó sobre la necesidad histórica de la revolución proletaria, y en agosto del mismo año convocó en Hongtonggou, distrito Kuandian, China, una reunión de jefes y enlaces de las organizaciones regionales de la Asociación Nacional Coreana y de dirigentes de las agrupaciones del movimiento independentista, en la cual declaró oficialmente la orientación de lograr el viraje del movimiento nacionalista al comunista y planteó derrotar al imperialismo japonés con las propias fuerzas de nuestra nación, conforme a los cambios de la época, y construir una nueva sociedad que asegurara los derechos y los intereses de las masas proletarias.

    Trazar la orientación para el viraje del movimiento nacionalista hacia el comunista constituyó un mérito más de mi padre en el bregar antijaponés de liberación nacional.

    Expresó de modo sencillo su ideal de la revolución proletaria, al decir que se necesitaba un mundo nuevo que abasteciera de víveres y de ropa a las personas que no los tuviesen, y en la lucha práctica educó a obreros, campesinos y otros trabajadores con ideas progresistas y los incorporó a organizaciones de masas para formarlos como fuerza revolucionaria.

    Otro de sus aportes fue la preparación para nuevas actividades armadas y el éxito en el proceso de unir las organizaciones militares.

    Impulsó con fervor esta labor, convencido de que la liberación del país no se alcanzaría con “petición” o por “vía diplomática”, sino a través de la acción armada.

    Su proyecto fue formar como cuadros militares a selectos jóvenes patriotas procedidos de clases humildes, y transformar ideológicamente a comandantes y soldados de las organizaciones militares existentes, para convertirlos en fuerzas armadas de obreros y campesinos, capaces de cumplir la revolución proletaria.

    A este fin, envió a integrantes de la Asociación Nacional Coreana a las unidades del Ejército independentista y dirigió, por medio de ellos, la labor de pertrechar las filas armadas con ideas avanzadas, la adquisición de armas, la formación de cuadros militares y el fortalecimiento de su combatividad.

    Por otra parte, se empeñó por lograr la unidad de las agrupaciones militares. El problema más difícil que salió a su paso por aquel entonces, fue el de cohesionar el movimiento independentista.

    En Jiandao y Primorie existían varias unidades militares y entidades pro soberanía. Aparecían sucesivamente múltiples grupos como los denominados Sociedad de coreanos, Cuerpo de independencia de Corea, grupos Thaeguk y Kunbi, y otros. Sólo en Manchuria meridional, hubo más de 20 de este tipo. Si hubieran logrado unirse y efectuado acciones conjuntas, habrían podido mostrar su gran fuerza. Pero desde el comienzo se entregaron a riñas sectarias por la hegemonía, repudiándose y hostilizándose unos a otros.

    Sin remediar esta situación no se podía evitar la división de las filas del movimiento de independencia, ni, por consiguiente, superar el riesgo de perder el apoyo del pueblo o ser derrotados por separado ante el ataque del enemigo, ni tampoco realizar la gran empresa de cambiar el rumbo del movimiento.

    Cuando se informó que se agravaba el antagonismo entre el Cuerpo juvenil de independencia de Corea y el Kwangje, fue a Kuandian, y permaneció allí varios días para persuadir a sus dirigentes y lograr la fusión de ambos. Gracias a su tesón, varios grupos militares, entre otros el Hung-op y el Kunbi, que actuaban en las zonas adyacentes del río Amrok, formaron uno denominado Kukmin.

    Renovar las organizaciones militares con jóvenes de origen obrero y campesino, conducirlas por el nuevo camino de lucha armada para el movimiento comunista, y acabar con la dispersión en sus actividades, mediante la unión de diversos grupos armados, era, precisamente, lo que pretendía preparando nuevas acciones bélicas.

    Puso gran empeño para plasmar la orientación de cambiar el rumbo, hasta contraer una enfermedad incurable.

    Después de proclamada esa orientación en la Conferencia de Kuandian, entre los nacionalistas se aceleró el proceso de descomposición ideológica.

    Mientras mi padre guardaba cama, algunos camaradas fueron detenidos, otros capitularon y los restantes se dispersaron, de modo que muy pocos estuvieron dispuestos para el movimiento comunista.

    Entre los nacionalistas, los conservadores no quisieron ver lo nuevo, aferrándose, como siempre, a su modalidad caduca. Pero no pocas personalidades progresistas optaron por el camino que se abría, y, más tarde, se unieron a nosotros para la revolución comunista.

    El pensamiento de mi padre sobre el movimiento comunista sirvió de importante elemento nutricio para mi formación ideológica.

    

    

    

    4. De un lugar a otro

    

    

    Nos vimos obligados a mudarnos varias veces, pues mi padre trasladó, con frecuencia, el escenario de sus actividades.

    A los cuatro años, abandoné por primera vez mi tierra natal. Era primavera y fuimos a la comuna Ponghwa, pero esto no me dio una gran tristeza, aunque tuve que alejarme de mis abuelos y parientes, porque, con poco uso de razón, estaba más arrobado por la curiosidad acerca de un lugar nuevo, de cosas novedosas, que por el pesar de la despedida.

    Sin embargo, en el otoño del año en que partimos hacia Junggang, sentí que el corazón se me encogía.

    Al saber que nos mudábamos al extremo septentrional del país, también los familiares expresaron su gran tristeza. Mi abuelo, quien hasta entonces apoyaba y unía su fuerza a todo el trabajo de mi padre, quedó alicaído pensando que su hijo y sus nietos irían a vivir lejos.

    Mi padre se esforzaba para quitarle el pesar que le causaba la separación. Aún mantengo frescas en la memoria las palabras que le dijo, sentado sobre un poyo ayudándole por última vez en el trabajo:

    “Estoy en una lista objeto de especial vigilancia. Así que dentro de Corea no puedo hacer nada. Cuando salía de la cárcel, los enemigos trataron de persuadirme de que me dedicara sólo a las faenas agrícolas en casa, renunciando al movimiento. Pero lucharé, aunque vuelvan a llevarme diez veces a prisión. Los japoneses son feroces y, por consiguiente, no es posible recuperar al país, sólo con gritar vivas a la independencia.”

    Llegó el día de la partida para Junggang. Mi tío mayor tomó las manos de mi padre y le pidió llorando que aunque estuviera lejos, no se olvidara de su tierra natal y enviara con frecuencia cartas, si no tenía tiempo para visitarla.

    Mi padre le contestó sin soltar sus manos:

    –¿Cómo no? No la olvidaré. ¿Cómo puedo hacerlo? Ahora nos despedimos así por tener un mundo de maldad, pero, una vez lograda la independencia del país, volveremos a vernos y viviremos felices. Me siento muy apenado por confiarte hoy una gran familia a ti, que tienes callos en las manos de tantas alpargatas de paja que has tejido desde la niñez para ayudarme.

    –No hables así, hermano. En lugar tuyo atenderé bien a los padres y te deseo que luches y alcances a toda costa ese gran fin que persigues. Esperaré aquí la llegada de ese día.

    El cuadro de la despedida también me causó una tristeza incontenible.

    Aunque también mi madre había dicho que regresaría al ser independizado el país, me surgió en la mente una idea, vaga e inquietante, de cuándo vendría ese día. Realmente, mis padres no regresaron, fallecieron y fueron enterrados en tierras extrañas.

    Me disgustaba separarme de mis abuelos y por tanto con frecuencia volví la cabeza para mirarlos.

    Así y todo, había una cosa que me tranquilizó: al trasladarnos a Junggang nos alejábamos de la cárcel de Pyongyang. Dicho con franqueza, aun después que mi padre fue puesto en libertad, al cumplir la pena, me inquietaba que los japoneses volvieran a llevárselo a la prisión. Era tan ingenuo que pensaba que si íbamos a un lugar recóndito, separado de Pyongyang o de Soul, no habría cárceles, ni se verían japoneses.

    Pregunté cuántos kilómetros había hasta Junggang y me contestaron que unos 400. Me tranquilicé bastante, porque me pareció que los japoneses no podrían perseguirnos hasta ese lugar tan lejano.

    Comentaban que Junggang era el sitio donde hacía más frío en Corea. Sin embargo, pensé que podía resistirlo, si mi padre estaba seguro.

    La mudanza no era nada más que un fardo con unos cuantos platos y cucharas, que preparó mi madre, y otro que mi padre llevaría sobre sus espaldas. Cuando nos trasladamos a la comuna Ponghwa, nos habíamos llevado cofres, mesas y platos de latón y de loza.

    Nos acompañó un amigo de mi padre. En Sinanju bajamos del tren; desde allí debíamos viajar a pie hasta Junggang, pasando por Kaechon, Huichon y Kanggye, ya que hacia esa zona no funcionaba aún el ferrocarril.

    Empezó nuestra caminata; mi padre se preocupaba por si yo podía andar tan larga distancia. Vi el mismo estado de ánimo en los ojos de mi madre. Era más que natural, porque yo apenas tenía siete años.

    De vez en cuando monté en carretas que pasaban, pero, la mayor parte del tiempo viajé a pie. Fue la primera prueba física que experimenté en mi vida.

    En Kanggye dormimos en la fonda que existía fuera de la puerta Nam. Su dueño, junto con integrantes de la organización clandestina del lugar, nos ofreció una gentil hospitalidad. Al día siguiente, reanudamos nuestra caminata. El camino de 200 kilómetros que conducía de Kanggye a Junggang era una acumulación de innumerables cerros y yermos.

    Atravesar el paso Paenang le costaba más trabajo a mi madre, puesto que llevaba a la espalda a Chol Ju, de tres años, y un bulto sobre la cabeza, y para colmo de males, tenía ampollas en los pies y rotas sus alpargatas.

    Llegamos a Junggang, pero de inmediato me decepcioné al ver que también allí pululaban los japoneses, como en el barrio Hwanggum y la calle Somun, de Pyongyang. Actuaban como señores hasta en estos lugares recónditos, cuando los coreanos debían emigrar de aquí para allá, privados del derecho a vivir en su tierra natal.

    Mi padre dijo que los había dondequiera que vivían los coreanos. Conocí más tarde que en Junggang existían tanto la policía y la gendarmería, como el penal.

    La permanencia en ese lugar me convenció de que todo el territorio de Corea era, al pie de la letra, una cárcel.

    Los japoneses asentaron a sus emigrados en más de la mitad de la parte superior del poblado; allí funcionaban la escuela, la tienda y el hospital para ellos.

    Los lugareños nos explicaron que habían empezado a extender sus tentáculos hacía ya 10 años. El imperialismo japonés, que después de concluido el “tratado de protección Ulsa” arrebató a nuestro país el derecho a talar árboles, instauró una compañía forestal en Sinuiju y su filial en Junggang, adonde ubicó sus taladores, quienes en las nóminas aparecían como tales, pero, de hecho, en su mayoría, eran “soldados desmovilizados”, sistemáticamente entrenados, los cuales constituían un cuerpo semimilitar capaz de movilizarse en cualquier momento en caso de emergencia. Además, permanecían allí varios policías y guardias del ejército regular.

    El objetivo de mi padre al trasladarse a Junggang junto con nosotros, consistió en avivar más la lucha antijaponesa instaurando como punto de apoyo un dispensario allí, por donde pasaban con frecuencia los independentistas. Como practicante, podía disfrazarse con facilidad ante la vigilancia enemiga y, al mismo tiempo, mantener contactos relativamente libres con las personas.

    Nos alojamos en la fonda de Kang Ki Rak. Nos asignó el cuarto más apacible y limpio de los que tenía. Había procedido así con mi padre, cuando permaneció allí algún tiempo, en el camino de regreso de su visita a Jiandao, después de ser liberado.

    Kang Ki Rak, aunque aparentaba gestionar ese establecimiento, mientras se dedicaba a sacar muelas y a la fotografía, de hecho sirvió de enlace para mi padre, ligándolo con las organizaciones exteriores de la Asociación Nacional Coreana, cuando él residía en el país, y con sus filiales del interior en el tiempo en que actuaba en el extranjero.

    En el local de Kang Ki Rak mi padre mantenía contactos con independentistas del interior y el exterior, que actuaban en las zonas ribereñas del río Amrok, tales como Linjiang, Changbai, Junggang, Pyoktong, Changsong y Chosan.

    Como Kang Ki Rak era una persona muy influente, conocida en Junggang, podía entrar libremente hasta en los ayuntamientos, y era allí donde detectaba materiales del enemigo que contribuían en gran medida a las actividades de mi padre.

    En ayuda a éste, yo montaba guardia, servía a los independentistas que frecuentaban el local o actuaba como enlace secreto, andando por lugares como Jungsang y Jungdok. Una de las impresiones inolvidables que me causó Junggang, fue la ocasión en que en un encuentro de lucha coreana con un niño japonés más gordo que yo, levantándolo en vilo lo derribé. En aquel entonces, si veía a cualquier niño japonés que molestaba a los coreanos, no le dejaba tranquilo. Aunque los dueños de la posada se preocupaban por las consecuencias, mi padre me alentó, diciendo que nunca debía bajar la cabeza ante quienes despreciaban a los coreanos.

    En Junggang se patentizó el espíritu antijaponés y por doquier aparecían volantes, surgían huelgas estudiantiles y se ajusticiaba a lacayos perversos.

    Los enemigos empezaron a observar todos estos cambios, relacionándolos con mi padre. La policía de Junggang lo vigilaba, poniéndolo en una lista como “Coreano desobediente” o como “objeto de vigilancia especial”, según el parte enviado por la jefatura de la provincia Phyong-an del Sur. Una vez, Kang Ki Rak fue al ayuntamiento cantonal y allí vio en el registro de residentes, una raya roja puesta bajo el nombre de mi padre y le advirtió que para su seguridad sería mejor escapar pronto, ya que los enemigos lo tenían inscrito en la lista para detenerlo. Fue entonces que un policía del lugar divulgó el secreto de que intentarían apresarlo. No podía permanecer allí por más tiempo.

    Nos vimos obligados a preparar otra vez los bártulos para abandonar ese lugar norteño del país, donde soplaba el viento frío, y emigrar a una tierra extraña.

    Con un solo paso que se dé desde Junggang se llega a territorio chino. Cuando cruzaba el río Amrok, en un barquito desde Jungdok, no pude contener las lágrimas que corrían por mis mejillas. Partir de Junggang significó que nos mudábamos por cuarta vez. Este lugar resultaba extraño para mí, pero al pensar que debía abandonarlo para pasar a otro país, lo sentí como mi tierra natal. De todos modos, era parte de mi Patria. Si Mangyongdae fue el seno donde me cantaban canciones de cuna y me mecían en el columpio, Junggang, junto con la comuna Ponghwa, se convirtió en sitio inolvidable que me enseñó que todo el territorio de Corea era, literalmente, una celda del imperialismo japonés.

    Nos despedimos de Junggang un día aciago. La hojarasca, llevada por el último viento otoñal, rodaba desordenadamente por el embarcadero. En el cielo, bandadas de aves migratorias volaban hacia el sur, lo cual me infundió tristeza, sin saber porqué.

    Abandonar aquel poblado significó el último adiós de mi madre a su Patria y, una vez cruzado el río, mi hermano Chol Ju no pudo repatriarse.

    En el curso de la vida, el hombre padece, como es natural, toda clase de tristezas. Pero, la más grande es la que se tiene por la pérdida de su país, por despedirse de su patria. Por muy grande que sea la tristeza cuando uno se aleja de su lugar de nacimiento, nunca puede compararse con la que le origina el abandono de su patria. Dicho en metáfora: Si la tierra natal se compara con la madre, y otro sitio del país con la madrastra, ¿con qué comparar una tierra extraña, varias veces más desconocida que ese otro lugar?

    Al pensar que debía vivir en un sitio foráneo donde no existían personas conocidas y nadie nos daría una buena acogida, y donde no sabríamos comunicarnos, me sentí paralizado y desesperado, aunque era un niño. Así y todo, debía tolerar con paciencia todos esos pesares que me herían hasta los huesos, en bien del grandioso proyecto de mi padre de recuperar al país.

    El barquero comentó que se acrecentaba cada día más el número de emigrantes a Manchuria, quejándose por la situación de los coreanos que empeoraba.

    Mi padre le explicó que no podía calcularse cuántos miles o decenas de miles de personas se trasladaban al extranjero, diciendo adiós a las tierras fértiles de sus pueblos natales.

    Aun antes de la ruina del país, nuestros habitantes fueron en bandadas, en busca de alimentos, a los yermos de Manchuria y Siberia. Privados del derecho a la existencia, abandonaron desesperadamente esta tierra, en desafío a la pena capital. La corriente de emigrantes alcanzó a Estados Unidos, México y otras naciones del lejano continente americano. Embaucados por la melosa propaganda de que “allí florece en todas las estaciones del año y sólo con tirar las semillas se recoge, espontáneamente, una buena cosecha, con que si uno trabaja tres horas al día se hace rico en tres años”, los labriegos y jornaleros viajaron allende el Pacífico, pero lo que les esperaba era un trabajo intolerable. Fueron tratados como personas incultas y tuvieron que emplearse como sirvientes en restaurantes y casas de ricos, y laborar en los latifundios bajo un sol abrasador. Sin embargo, integraban una nación que poseía su propio nombre.

    Después de arruinado el país, decenas de miles de campesinos, despojados de sus tierras, se vieron llevados como hojarasca a los inhóspitos y desconocidos yermos de Manchuria.

    Cuando los verdaderos dueños, que venían fertilizando las tierras donde sus antecesores vivieron generación tras generación, debían abandonarlas para vagar por otro país, y, en su lugar, irrumpían como un alud ricos y comerciantes japoneses en busca de superganancias, ¿cómo no comparar el destino del pueblo con el de la hojarasca o con guijarros sueltos en el camino?

    En la actualidad, los descendientes de esos emigrantes vuelven cada día a esta tierra que habían abandonado sus antepasados. Siempre que me encuentro con ellos, recuerdo el aspecto de los emigrantes que vi en las riberas del Amrok.

    Una vez en Linjiang, me sentía extraño, no me gustaba nada, excepto que eran pocos los japoneses.

    Linjiang, ciudad comercial fronteriza de la provincia Liaoning, en China, funcionaba como centro de comunicaciones que ligaba a nuestro país con el Norte y el Sur de Manchuria.

    El imperialismo japonés no estaba preparado para extender abiertamente sus fuerzas al territorio chino, razón por la cual enviaba sus agentes secretos para amenazar a los independentistas. Esto aseguró condiciones más favorables que Junggang para las actividades revolucionarias.

    Tan pronto como nos asentamos mi padre me instruyó en el idioma chino durante más de medio año, por conducto de un maestro nativo, y luego me matriculó en el primer grado de la escuela primaria de la ciudad. Desde entonces, me entregué de lleno a aprenderlo. Más tarde, continué este aprendizaje en la primaria de Badaogou y en la primaria No.1 de Fusong.

    Si lo puedo hablar a la perfección desde joven, este mérito pertenece enteramente a mi padre.

    En aquellos momentos no comprendí con claridad por qué se apresuró a instruirme en ese idioma y a matricularme en las escuelas chinas, pero ahora, me convenzo de que su clarividencia basada en el “Jiwon”, me sirvió de gran ayuda. Si no me hubiera instruido así tempranamente, habría tropezado a cada paso con grandes obstáculos, teniendo en cuenta que viví en China durante un cuarto de siglo.

    En vista de que el escenario de nuestra lucha era, en la mayoría de los casos, la región de Manchuria, de no haberlo dominado, francamente no habría podido entablar fácilmente amistad con chinos, ni formar de modo exitoso el frente conjunto antijaponés con ellos. Ni siquiera me hubiera atrevido a poner los pies en el Noreste de China, donde era tan rigurosa la represión enemiga.

    Si salía a la calle, vestido con ropa china, y hablaba el idioma con fluidez, los agentes japoneses y los policías de Manchuria, de los cuales se decía que tenían un olfato tan fino como perros de caza, no advertían que yo era coreano.

    En resumen, se puede afirmar que haberlo aprendido contribuyó en gran medida a la revolución coreana.

    Mi padre alquiló una casa con la ayuda de Ro Kyong Du, a quien ya conocía, e instaló un dispensario. Reservó un cuarto y lo convirtió en consultorio y al mismo tiempo, en botica. En la fachada pegó una gran tablilla con la inscripción “Dispensario Sunchon” y en el interior de la sala colgó un diploma de la escuela especializada en medicina Severance. Al parecer lo había conseguido por conducto de un amigo, antes de partir de Pyongyang.

    Al cabo de unos meses, empezó a ser conocido como renombrado practicante. Si, una vez leídos algunos libros, pudo ganar ese honor, no se debió a su arte en el oficio, sino a su humanitarismo. Adondequiera que iba, apreciaba a las personas. Fue singular la atención que dirigía a los compatriotas que gemían con tristeza en tierras extrañas, expulsados tanto de su pueblo natal, como de su Patria.

    De los enfermos que llegaban al “Dispensario Sunchon”, muchos venían con las manos vacías o con poco dinero.

    Cada vez que ellos se preocupaban por el dinero, mi padre les consolaba, diciéndoles que si querían pagar los medicamentos, lo hicieran después de independizado el país, puesto que si vivían atenazados por la pobreza en tierras extrañas, pronto llegaría el día en que volverían a cruzar el río Amrok, con la restauración de la Patria.

    En Linjiang mi casa siempre estaba repleta de huéspedes, como en la comuna Ponghwa. Venían, desde luego, enfermos, pero la mayoría eran independentistas.

    Fue entonces cuando Kang Jin Sok, mi tío por línea materna, llegó y organizó el Cuerpo de guerreros denominado Paeksan. Se trataba de una tropa armada constituida con independentistas de la zona de las provincias Phyong-an como eje. “Paeksan” simbolizaba el monte Paektu.

    Los precursores de Corea que habitaban en la zona de Manchuria, apreciaban mucho el término “Paeksan”. Ellos bautizaron con este nombre a la escuela privada de los coreanos, instaurada en la zona de Fusong. Igualmente llamamos Unión de la juventud Paeksan la que estructuramos allí en diciembre de 1927.

    El Cuerpo de guerreros Paeksan fue una organización armada, relativamente grande y disciplinada, entre las pequeñas y medianas tropas independentistas que actuaban en las zonas de Linjiang y Changbai. Su sede estaba en el distrito Linjiang. Su escenario de acciones en el interior del país se extendía a Junggang, Chosan, Huchang y otras áreas de la provincia Phyong-an del Norte, y a las de Pyongyang, Sunchon y Kangso.

    Mi tío, quien en Pyongyang había sido miembro de una organización juvenil clandestina, se alojó algún tiempo en mi casa, en Linjiang, y trabajó como talador, hasta que fundó dicho cuerpo militar. Fue elegido como su encargado de asuntos exteriores y frecuentaba las provincias Phyong-an del Norte y del Sur, en labores políticas y para resolver el problema de los gastos militares.

    El y comandantes del Cuerpo de guerreros iban a menudo por mi casa. Entre ellos figuraban Pyon Tae U y Kim Si U. Este último fue el encargado de las finanzas del Paeksan. También, en muchos casos, pasaban la noche en mi hogar.

    Mi tío siempre dormía con la pistola bajo la almohada en la habitación principal donde residíamos, mientras que otros huéspedes se alojaban en el cuarto contiguo.

    Según la exigencia de la Conferencia de Kuandian, de cambiar el rumbo del movimiento, mi padre realizaba ingentes esfuerzos para preparar la lucha armada, a partir de una ideología avanzada. Viajó con frecuencia por Hongtuya, para trabajar con el Cuerpo de guerreros Paeksan.

    Una noche me desperté y descubrí que mi padre y mi tío desmontaban una pistola a la luz del candil. En el momento en que la vi, me vino inesperadamente a la memoria aquella escena que se había desarrollado en la calle frente a la puerta Pothong, cuando la manifestación del primero de marzo por la independencia. Allí vi, entre la multitud, nada más que rastrillos y palos. Sin embargo, en un plazo menor de un año, llegué, por fin, a ver la pistola en manos de mi tío, lo cual significaba que los precursores de Corea se levantaban, arma en mano, según las lecciones selladas con la sangre de miles de personas.

    Unos días después, mi padre me confió la tarea de viajar por Junggang para traer municiones y pólvora. Lo decidió, a mi parecer, por la rigurosa vigilancia de la aduana sobre los adultos.

    Firmemente decidido, llegué al destino y regresé sin novedades, llevándolas en una maleta. Aunque en la aduana unos policías registraban con rigor a cada uno que embarcaba, ese día no tuve ningún miedo, no sé por qué.

    Más tarde, mi tío abandonó Linjiang para actuar con su grupo armado en el interior del país.

    Sin embargo, apenas un mes después, vino a vernos el cabo Kim Tuk Su, quien servía en la gendarmería de Junggang, y nos transmitió la noticia de que estaba detenido. Kim Tuk Su, aunque se desempeñaba en esa labor, era un hombre consciente que ayudaba a mi padre en diversos aspectos.

    Al regresar de la escuela vi que mi madre se enjugaba las lágrimas. La noticia de la detención de mi tío levantó un remolino en mi casa.

    Tras partir de Linjiang con el grupo armado, desplegó dinámicas actividades en las zonas de Jasong, Kaechon y Pyongyang, pero, por desgracia, en abril de 1921, fue detenido por la policía japonesa en esta última ciudad. Fue sentenciado a una pena de 15 años y, después de vivir 13 años y ocho meses en la cárcel, volvió a casa, en razón de la liberación condicional, para morir en 1942.

    Su batallar en su tierra natal contra el juego de azar, el alcoholismo y la superstición mediante una organización de ilustración llamada Sociedad de bellos rasgos morales, escaló altura de movimiento de salvación nacional, gracias a que había recibido una buena influencia por parte de su progenitor Kang Ton Uk y de mi padre.

    La revolución no es obra de unos cuantos individuos especiales. Si se concientiza bien y se recibe una buena influencia, cualquiera puede realizar proezas asombrosas en la lucha revolucionaria para transformar y hacer que el mundo avance.

    Después de detener a mi tío, los enemigos enviaron a Linjiang a muchos agentes y policías vestidos de paisano para apresar a mi padre. Por tanto, éste tuvo que esconderse por las noches en casa de un amigo, en los suburbios de Linjiang, y regresar por las mañanas para continuar su oficio.

    Tampoco podíamos vivir por más tiempo en Linjiang. Debíamos mudarnos, una vez más, a otro lugar de China. Preparamos los bártulos para el viaje y todos los miembros de mi familia los cargamos sobre la cabeza, la espalda o al hombro, pero aun así no alcanzaba nuestra fuerza. En este momento, se presentó con un trineo el misionero Pang Sa Hyon, quien nos acompañó hasta Badaogou, del distrito Changbai, donde habitaríamos. Según decían, este lugar distaba de Linjiang unos 100 kilómetros.

    Badaogou, al igual que Linjiang, era una aldea fronteriza bordeada por el Amrok. Tal como en Junggang, más allá de Linjiang, estaban instalados el cuerpo de gendarmería japonesa y la estación de policía, así también en Phophyong, al otro lado de Badaogou, funcionaban semejantes organismos.

    Phophyong está situado en el extremo septentrional de Corea, y hasta allí el imperialismo japonés extendió una densa red de fuerzas represivas, tomando en cuanta que el teatro principal de operaciones del movimiento independentista se había trasladado a Manchuria. Agentes, gendarmes y policías enviados desde Phophyong, andaban día a día echando espuma por la boca para descubrir a los patriotas en Badaogou.

    Mi casa estaba situada no lejos de la confluencia del río Badao y el Amrok. Mi padre colgó a la entrada una nueva tablilla con la inscripción “Dispensario Kwangje”.

    A la derecha, vivía un hombre de apellido Kim, miembro de la Asociación Nacional Coreana y a la izquierda y al frente, junto al camino, residían otros dos Kim, que se sustentaban con la venta de kuksu.

    El mismo apellido lo tenían dos hermanos comerciantes que bajo la dirección de mi padre suministraban, con regularidad, materiales a las tropas armadas estacionadas en las riberas del Amrok. Como se ve, las cuatro familias Kim, que vivían cerca de mi casa eran relativamente buenas.

    Si surgía algún problema, debía ser por la casa trasera. Más tarde fue descubierto que su dueño era un agente que se llamaba Son Se Sim y había sido enviado por la policía de Phophyong. Al principio, vivió en Junggang, pero, cumpliendo una orden de la policía japonesa, se mudó a Badaogou para vigilar a mi padre.

    Aquí mi padre también tenía contactos con personas de diversos sectores. Entre ellos figuraba un ideólogo de apellido Hwang, quien en el curso del trabajo como escribano en el aserradero de Nanshe, fue influenciado por la ideología avanzada y emprendió el camino de la revolución. En secreto le sirvió de enlace a mi padre. Cuando recibía una tarea, no tardaba en salir de Badaogou y viajaba de aquí para allá para llevarla a cabo y, una vez cumplida su misión, regresaba a mi casa para recibir otra.

    En ocasiones él y mi progenitor charlaban largo tiempo, sentados alrededor de una mesa con bebida, o apreciaban la situación, comentando con entusiasmo algún artículo insertado en el periódico “Asahi Shimbun”.

    Cuando mi padre iba a pescar, él le acompañaba con una jarrita llena de pasta de soya picante, y en el río echaba la red o limpiaba los pescados para comerlos allí mismo. Como estuvo yendo a mi casa durante no menos de tres años, cierta vez festejó junto con nosotros el chusok (fiesta tradicional de otoño: N. de Tr.).

    Acompañado por él, mi padre fue varias veces al aserradero de Nanshe a 80 kilómetros de distancia para educar a los obreros y aglutinarlos en una organización antijaponesa. También dirigió a los maestros de la escuela primaria de Rajuk. En esta escuela se produjo una huelga estudiantil, y la noticia se propagó ampliamente.

    En Phophyong al lugar adonde mi progenitor iba con más frecuencia era a la iglesia. Nominalmente funcionaba como tal, pero no se diferenciaba de un edificio común, pues no tenía techo cónico, ni cruz, sino una techumbre de tejamanil y una sala a la que se le había eliminado el tabique.

    Después que vino a Badaogou, la iglesia sirvió como sitio para educar a las masas y para reuniones de los revolucionarios del inte-rior del país. Cada vez que se celebraba un culto, iba a Phophyong y hacía propaganda antijaponesa. De vez en cuando, enseñaba canciones tocando el órgano.

    En caso de que estuviera ausente, mi madre o mi tío, Hyong Gwon, lo sustituían: reunían a los cristianos y los educaban en las ideas antijaponesas. También yo, junto con Chol Ju, la visitaba para aprender con mi padre a tocar el órgano.

    En las calles de Phophyong había muchos puntos secretos de enlace utilizados por él.

    Por ejemplo, un hombre que trabajaba de mozo de limpieza en el puesto de policía, se dedicaba a la labor clandestina. Detectaba datos secretos y los entregaba al dueño de la casa de consignación de bultos postales, quien, a su vez, los transmitía a mi padre.

    También me encargué con frecuencia de la comunicación secreta a petición de mi padre. Una vez, no recuerdo cuándo, llevé comida y ropas a los patriotas encarcelados en el establecimiento policíaco. Adonde más iba era a la casa de consignación de bultos postales, porque mi padre me encomendaba traer de allí publicaciones editadas en Corea, entre ellas, los periódicos “Tong-a Ilbo” y “Joson Ilbo” y las revistas. En aquel entonces, actuaba como representante de la sucursal de “Tong-a Ilbo” con el nombre de mi tío Hyong Gwon. Aunque no recibía emolumentos, podía leer gratis los periódicos.

    Yo iba a ese local dos veces por semana, más o menos, aunque era difícil viajar por Phophyong cuando no estaba helado el río.

    Pero, congeladas sus aguas, también se dieron casos en que lo hacía cada dos días. Si tenía que estudiar, lo hacía mi tío Hyong Gwon y, si avisaban que había llegado voluminoso correo, mi tío y yo viajábamos juntos para traerlo. Eran, principalmente, paquetes, revistas, y libros de medicina editados en Japón.

    Cuando frecuentábamos Phophyong, recibíamos un gran apoyo de Hong Jong U, ayudante de la gendarmería, quien, influenciado por mi progenitor, se había convertido en partidario y colaborador de la revolución. Por supuesto que no fue fácil establecer relaciones con él desde inicio.

    Badaogou, done vivíamos, caía bajo la jurisdicción de una estación de gendarmería de Phophyong, a la que obedecían tanto los integrantes de puesto de policía, como los funcionarios de la aduana. Los órganos de gendarmería establecidos en las zonas fronterizas gozaban de gran autoridad.

    Mi padre y los miembros de la organización, siempre observaban el movimiento del puesto de vigilancia de la gendarmería, y lo mismo hacían ellos con mi casa.

    Cuando Hong Jong U se presentó en mi hogar por primera vez, iba con el uniforme de ayudante de la gendarmería; me puse en guardia y también mis padres estuvieron alertas.

    Hong Jong U escudriñó un buen rato, y embarazosamente, la botica y luego expresó:

    –Vengo a transmitir a usted saludos de Jang Sun Bong, el que vive en Anju, y no tengo otro propósito. Al saber que me trasladaba a la zona fronteriza, me rogó que si llegaba a Huchang fuera a ver, aunque me costara trabajo, a su amigo Kim Hyong Jik. También yo quise verle y escuchar sus consejos.

    Teniendo en cuenta que era un hombre que vestía el uniforme de gendarme, su gesto era muy modesto y prudente.

    Sin embargo, ese día, mi padre no se mostró afable con el visitante.

    –Entre usted y el cabo Kim Tuk Su, el de Junggang, no hay cumplidos, pero ¿qué le pasó hoy?, –preguntó mi madre, después de haberse ido el visitante.

    –Es que su uniforme me hizo recordar la cárcel de Pyongyang. –contestó mi padre, y agregó que se sentía culpable por su actitud poco amistosa hacia el que vino para transmitirle el saludo de su amigo, y que si volvía a verle, lo acogería con hospitalidad.

    Con posterioridad, Hong Jong U nos visitó asiduamente.

    Un día, mientras charlaba con mi madre, mi padre expresó:

    –Si Hong Jong U viene a detectar algo en mi casa, yo lo haré por su conducto en la gendarmería. Si fracaso, lo único que puede suceder es que me ponga en peligro, pero si logro transformar su ideología, ¿cuánta ayuda significará para nosotros? Entonces, además de Kim Tuk Su en Junggang, contaré con Hong Jong U, en Phophyong. Verás que existen gendarmes amigos en todos los lugares donde estoy yo, Kim Hyong Jik.

    Desde ese momento, empezó a persuadir con paciencia a Hong Jong U.

    Renunció a tratar de modo áspero a aquel ayudante de la gendarmería y lo recibió con cordialidad, como a un compatriota, ofreciéndole buena acogida.

    Con el paso de los días, le abrió su corazón, y resultó que era un hombre con conciencia nacional. Había nacido en Sunchon, en la provincia Phyong-an del Sur, y trabajado a brazo partido en el campo para recoger buenas cosechas, sin conseguir sustentarse. Así, pues, decidió mejorar su destino y pasó por el examen para ayudante de la gendarmería. No obstante, después que vio con sus propios ojos las horripilantes barbaridades de la gendarmería y la policía para reprimir a los manifestantes en el Levantamiento Popular del Primero de Marzo, se arrepintió y quiso volver a labrar la tierra. Fue entonces que le llegó el aviso de su aprobación y fue citado para participar en un ejercicio y, al fin, se hizo ayudante de gendarmería.

    Cuando sustituyó su “gobernación militar” por la “civil”, el imperialismo japonés, so pretexto de la “reorganización del sistema administrativo”, redujo los organismos de gendarmería en el interior de Corea y estableció y amplió mucho los de policía, reforzando, al mismo tiempo, los de gendarmería en las zonas fronterizas. Casi todos los coreanos ayudantes de gendarmería se convirtieron en policías o fueron trasladados a estas zonas. Empujado por ese oleaje, también Hong Jong U llegó a Huchang.

    En una ocasión, vino a ver a mi padre y le comunicó su decisión de incorporarse al movimiento independentista con armas arrebatadas a la gendarmería.

    Mi padre apreció altamente su determinación y le dijo:

    –Es, de veras, admirable que usted haya decidido participar en el movimiento independentista. ¿Cómo puede envilecerse su espíritu por vestir el uniforme japonés? ¿Es admisible que nosotros, que nos enorgullecemos de nuestra nación con una historia de cinco milenios, aceptemos dócilmente, cruzados de brazos, la esclavitud impuesta por los japoneses? Pero, considero más beneficioso que nos ayude desde el puesto actual. Si viste el uniforme, podrá cooperar de diversas maneras con el movimiento independentista.

    Más tarde, Hong Jong U ayudó sinceramente a los involucrados en este movimiento.

    Visitó a menudo a mi progenitor y le avisaba los días y horarios en que estaría de guardia en el embarcadero para que si alguien tenía que cruzar el río, lo enviara en ese tiempo. Con este método, propició varias veces el paso de revolucionarios por el río.

    Mi padre, más de una vez, pudo salir ileso, gracias a su intervención. Si veía que a éste le acechaba alguna desgracia, corría de inmediato a Badaogou, para advertirle directamente que se cuidara porque vendrían policías o para avisarle a mi madre que si regresaba su esposo le dijera que permaneciera algunos días en un aldea.

    Un día, que vino a Badaogou cumpliendo la orden de su jefe de vigilar las tendencias de los independentistas y de los coreanos en las zonas ribereñas, vio que un policía del puesto de Phophyong conducía hacia el embarcadero a mi padre con las manos atadas.

    Se presentó ante él y le gritó:

    –Este señor es un hombre nuestro, sirve a la gendarmería, ¿por qué lo habéis detenido por su cuenta, sin avisar de antemano? Si en adelante se presenta un problema con el señor Kim, no intervendréis y me informaréis de ello.

    El policía le pidió perdón, inclinando la cabeza y soltó a mi padre.

    De esta manera, mi padre pudo zafarse de ese momento peligroso.

    Una vez, un gendarme, al regresar de patrulla le preguntó a su jefe si no quería detener e interrogar al practicante Kim, de Badaogou, ya que era, según se decían, un ideólogo.

    Al escucharlo, Hong Jong U abrió un legajo de informaciones y le espetó:

    –Estos datos fueron recogidos por el practicante Kim; para conocer las verdaderas intenciones de los ideólogos es natural parecer tal; el practicante Kim ha aportado grandes méritos a nuestro trabajo.

    Aquellos “datos de las informaciones” eran inventados por él.

    Tan pronto como en mayo de 1923 quedó anulado el sistema de ayudantes de la gendarmería, manifestó que vendría a China, junto con su familia, para incorporarse al movimiento independentista. Y añadió que no quería servir más en el organismo enemigo.

    Ese día, a mi padre le costó mucho trabajo persuadirlo. Le rogó encarecidamente:

    –Vaya a su tierra natal e ingrese en un órgano policíaco para seguir ayudándonos; así es más útil para nosotros que actuar en el Ejército independentista; y si vuelve a su pueblo, vaya a Mangyongdae y transmita mis saludos a mis padres.

    De regreso a su tierra natal, visitó primero a Mangyongdae, para ver a mis abuelos. Y en cumplimiento de las instrucciones de mi progenitor se puso a trabajar como policía en su poblado y, más tarde, en 1927, logró trasladarse al puesto de policía de Taephyong, gracias a que lo seguía solicitando a la unidad superior. Estando allí, volvió a visitar a mis abuelos para saludarles con motivo de Año Nuevo, en compañía de un servidor que cargaba sobre la espalda un paquete de bebidas, carne de cerdo y naranjas. También Mangyongdae era una zona que caía en la jurisdicción de dicho puesto de policía.

    Hasta el último momento de su vida, Hong Jong U mantuvo la conciencia de la nación coreana, según las enseñanzas de mi padre y protegió invariablemente a mi familia. Si se trasladó al puesto de policía de Taephyong, fue también para amparar la casa de mis abuelos en Mangyongdae. Cuando él estaba encargado de la comuna Nam, los enemigos no molestaban mucho a mis abuelos ni a mi tío Hyong Rok. Cada vez que el responsable del puesto de policía le advertía que la familia de Kim Hyong Jik tenía ideas antijaponesas desde hacía mucho tiempo, y por eso debía vigilarla con rigor e inspeccionar con frecuencia su hogar, Hong Jong U lo desinformaba diciéndole que no había descubierto nada en especial.

    Después de liberado el país, por doquier los habitantes apresaron y golpearon a los projaponeses, pero a él no se le tocó. Esto fue porque si bien había actuado como policía pagado en su pueblo, no había perjudicado a nadie y pasaba por alto todas las acciones de quienes violaban las leyes de Japón.

    Aunque fue objeto de desconfianza por sus antecedentes, nunca habló sobre lo que había hecho. Si hubiese sido otro hombre, quizás me hubiera enviado siquiera una carta para resolver el problema, pero no lo hizo.

    Unos años después del cese de la Guerra de Liberación de la Patria, di con él en Sunchon por conducto de unos funcionarios. Ya era un anciano de más de sesenta años, sin embargo, lo instruí, matriculándolo en la escuela provincial de cuadros.

    Luego de egresado de ese centro, también vivió modesto y sosegado, como de costumbre. En los últimos años de su vida, consagró todo su ser a la tarea de recoger materiales sobre la historia revolucionaria de mi padre.

    Para quien se decidió a vivir con su propia convicción en bien del país, de la nación, como lo hizo Hong Jong U, no era un obstáculo el uniforme o el oficio de policía. El quid del problema consistía en su ideología y su espíritu, y no en su labor o vestimenta.

    Cuando radicamos en Badaogou, mi padre igualmente se dedicaba a educar a las nuevas generaciones. Aun después de cambiar su oficio de maestro por el de practicante, le entregaba los mismos esfuerzos que cuando acometía la labor educativa.

    Tenía la convicción de que para recuperar al país y construir un Estado independiente y próspero, era indispensable concientizar a las masas y preparar un gran número de personas útiles mediante escuelas regulares y nocturnas. En el verano de 1924, en Sanyuanpu, tuvo lugar un cursillo para maestros de escuelas primarias coreanas; en él mi progenitor definió, en concreto, el contenido de la enseñanza, e incluso, las canciones para los alumnos.

    Gracias a su empeño, se instauró en Badaogou un plantel para coreanos, en el cual se matricularon para aprender el idioma nativo, hasta jóvenes y niños de Phophyong, quienes preparaban comidas por sí mismos con arroz y otras cosas que traían de sus casas.

    Dondequiera que estuvo, siempre dijo:

    “La educación de las nuevas generaciones es la base para la independencia del país y construcción del Estado.”

    “El hombre ignorante no difiere de un animal. Sólo cuando se instruye puede desempeñarse como hombre, y, al mismo tiempo, restaurar el país.”

    Yo tenía bien presente estas palabras y aprendía con ahínco. La escuela primaria de Badaogou, donde estudié, era para chinos y tenía un curso de cuatro años. Allí las clases se daban en ese idioma y también las asignaturas eran chinas. Dentro de la ciudad no funcionó ninguna escuela para coreanos antes que el plantel arriba mencionado.

    Así, cuando yo regresaba de la escuela, mi padre me impartía más conocimientos. Me enseñó la lengua materna, la geografía y la historia de Corea y dedicó muchas horas a relatarme sobre hombres renombrados del mundo, tales como Lenin, Sun Zhongshan y Wa-shington, así como orientó, de manera sistemática, mi lectura entregándome novelas y libros progresistas que me hacía leer, sin falta, para luego escuchar mis impresiones. Gracias a ello, en aquel tiempo pude conocer gran cantidad de periódicos y revistas, y buenos libros, entre otros, “Hombres destacados de Corea”, “Historia de los héroes de Corea” e “Historia revolucionaria de Rusia y Lenin”.

    Era muy exigente con nuestro estudio. Si descubría que no nos aplicábamos, nos llamaba, no sólo a mí y Chol Ju, sino también a mi tío Hyong Gwon, para asestarnos fustazos en las pantorillas.

    También mi madre prestó una gran asistencia a mi educación. Cuando regresaba de la escuela y me disponía a ir al monte para cortar leña, ella me lo prohibía diciéndome: “¿Qué te pasa? No vayas, estudia.” Así se esforzaba para dedicarme más horas.

    Al ver que se preocupaba tanto por mí, aunque estaba atenazada por los duros quehaceres, y ni siquiera podía vestir debidamente, siempre meditaba cómo podría alegrarla. Por fin, le compré en Phophyong calzado de goma con el dinero que me dio para mis zapatos de tenis.

    Entonces, me dijo: “Aunque eres pequeño ya sabes razonar. No me importa qué zapatos me pongo. Mi alegría es ver que estudies bien y crezcas con vigor”.

    Mi madre consagró todo su ser para que yo creciera alegre, con el corazón abierto.

    Gracias a ello, pude crecer optimista, sin tristezas en el alma. Mirando retrospectivamente, recuerdo que cuando vivíamos en Badaogou yo era un pequeño revoltoso. Incluso me dedicaba a tales jugueteos, que los adultos lo comentaban. Si un niño vive sin juegos, ¿cómo puede decirse que vive la infancia?

    Cuando recuerdo los inviernos que junto a mis amigos pasé en Badaogou, saltando por turno un agujero en el hielo, de un metro de diámetro, en el río Amrok, también ahora siento resucitar mi alma infantil de hace 70 años. En aquel entonces, decíamos que el que fracasara al saltarlo, no podía ser miembro del ejército coreano, cuando creciera. Corríamos con toda nuestra fuerza hacia el agujero, para no tener la vergüenza que nos causaría la privación de ese derecho.

    Algunos, de piernas cortas o cobardes, caían en el agua, sin lograr saltar. Si sucedía esto, sus padres, secando al fuego del brasero las ropas mojadas, se quejaban y decían que todos los niños de la aldea se convertirían en myongthae congelado por culpa de Song Ju, el de la casa de Pyongyang. Como se había propagado el rumor de que yo, Song Ju, era el cabecilla de los niños de Badaogou, los adultos, cuando reprendían a sus hijos, siempre me mencionaban.

    Algunas veces, en la montaña trasera de Badaogou mis amigos y yo nos divertíamos jugando a los militares, hasta avanzada la noche, lo cual preocupaba mucho a nuestros padres. En esos casos, los vecinos de Badaogou se movilizaban en busca nuestra, no se acostaban. Como esto se repetía, los padres empezaron a controlar con rigor a sus hijos. No obstante, no lograban echar llave al alma infantil, libre e inquieta, que volaba por el vasto universo.

    Un día, mi condiscípulo Kim Jong Hang nos mostró, con orgullo, uno de los detonadores que se conservaban en el depósito de su casa. Allí se veían amontonados armas, vestidos, calzado y cosas por el estilo, destinados a las tropas independentistas. Los hermanos mayores de Kim Jong Hang habían conseguido gran cantidad de ropas y zapatos de trabajo, a través de la filial de la compañía japonesa y los enviaron a esas tropas. Para este fin, incluso, prepararon dos barcos y caballos, y viajaban de aquí para allá, para comprar en grandes cantidades, al por mayor, las mercancías.

    Ese día, jugábamos alrededor de un brasero masticando semillas de calabaza, y Kim Jong Hang silbaba con el detonador en la boca. En un momento se le prendió y explotó, causándole heridas en varias partes.

    Uno de sus hermanos lo cargó sobre sus espaldas envuelto en una sábana y corrió a ver a mi padre.

    Este lo curó durante más de 20 días, ocultándolo en mi casa, pues si lo del detonador llegaba a oídos de la policía, podría perjudicarse en gran medida.

    Con este acontecimiento pude convencerme que la de Kim Jong Hang era una familia de comerciantes patrióticos encargados de la intendencia para unidades del Ejército independentista.

    Por aquel tiempo, me aventuraba tanto que podría decirse que no tenía uso de razón.

    Sin embargo, de mi mente no desapareció una sombra.

    A medida que entraba en años, aumentaba más la tristeza que me causaba la ruina de mi país.

    

    

    

    5. “Canción del río Amrok”

    

    

    A principios de 1923, mi padre me llamó a su lado y me preguntó qué iba a hacer cuando me graduara días después en la escuela primaria.

    Respondí que quería estudiar en la secundaria. Ese era también el deseo que mis padres acariciaban. Sin embargo, ahora, de buenas a primeras, preguntaba por mi futuro, lo cual me pareció algo extraño.

    Después de mirarme con seriedad, manifestó que sería bueno que fuera a estudiar en Corea.

    Esas palabras resultaban para mí inimaginables, pues para eso tenía que despedirme de ellos, y nunca había pensado en tal cosa.

    Del mismo modo se sorprendió mi madre, quien estaba cosiendo y propuso enviarme a un lugar cercano, pretextando que era todavía un niño.

    Mas, parecía que mi padre estaba firmemente decidido:

    –Debemos enviar a Song Ju a Corea, pase lo que pase, aunque por ahora nos sintamos apenados y desconsolados. –Nunca había retirado sus palabras, sin tener una razón lógica.

    Y prosiguió circunstanciadamente:

    –Has pasado muchas dificultades acompañándonos a mí y a tu madre, en continuas mudanzas; si regresas ahora, es probable que sufras mayores penalidades; pero decidí enviarte, pues los nacidos en Corea necesariamente deben conocerla bien. Sería muy provechoso que conocieras allí, con certeza, tan siquiera el porqué de la ruina de nuestro país; experimenta en tu propia tierra la vida miserable que soporta nuestro pueblo; entonces sabrás lo que debes hacer.

    Le dije que procedería según su propósito.

    En Corea los hijos de los adinerados hacían sus maletas para ir a estudiar en el extranjero. Era corriente considerar que sólo en Estados Unidos o en Japón podían cultivarse y adquirir conocimientos científicos. Así, cuando otros hacían eso, a mí me tocó regresar a la Patria.

    Era muy especial el modo de pensar de mi padre. Aun ahora considero justo que me enviara a Corea. Por aquel tiempo, yo iba a cumplir los once años. Sin embargo, me puso en un camino de 400 kilómetros que pasaba por zonas casi inhabitadas. Tenía, pues, un temperamento extraordinario, que me redobló la fuerza y la confianza.

    Francamente, en esos momentos mis pensamientos se me complicaban. Estudiar en la Patria resultaba provechoso en todos los sentidos, si no fuera que para ello debía despedirme de mis padres y hermanos. Ardía, sin embargo, en deseos de ver mi pueblito. Estuve desasosegado algunos días con sentimientos encontrados que me producían constantemente la nostalgia por la Patria y la pena de alejarme del agradable hogar familiar.

    A mi madre le afligía que su hijo, aún pequeño, hiciese solo ese camino. Propuso dejarme ir cuando el tiempo fuera templado. Mi padre no accedió.

    Invadida por esas preocupaciones me confeccionó un abrigo y unos calcetines, sin dormir noches enteras, para enviarme el día fijado por mi padre. No dio más opiniones, porque ya lo había decidido todo su marido. Este era un rasgo característico de mi madre.

    En vísperas de la partida, mi padre me preguntó si podría hacer solo los 400 kilómetros desde Badaogou a Mangyongdae. Respondí que sí. Entonces trazó en mi bloc de notas la ruta que debía seguir. Señaló los lugares donde pernoctar: uno en Huchang, otro en Hwaphyong, y así por el estilo; anotó también las distancias entre esos puntos y me dijo que le enviara dos telegramas, uno desde Kanggye y otro al llegar a Pyongyang.

    Partí de Badaogou el último día de enero por el calendario lunar (16 de marzo por el solar). Desde temprano hacía un furioso viento y se desató la nevasca. Mis amigos me acompañaron 12 kilómetros hasta la parte sur de Huchang, al otro lado del río Amrok. Me costó mucho persuadirlos para que volvieran.

    Una vez en camino, acudieron a mi mente diversas ideas. De los 400 kilómetros de ruta, la mitad pasaba por abruptas montañas. No sería fácil cubrirla sin compañía. Aun de día merodeaban las fieras en los bosques, a ambos lados de la senda entre Huchang y Kanggye.

    Resultó muy difícil la caminata. Sobre todo, me costó mucho trabajo atravesar por los puertos Jik y Kae (Myongmun). Demoré todo un día en cruzar el monte Oga. Si alcanzas una cima, aparece otra, otra y otra. Incluso se me formaron ampollas en las plantas de los pies. Afortunadamente, en la base del monte un anciano me las curó con cerillas encendidas.

    Después de dejar atrás Wolthan y el monte Oga, pasé por Hwaphyong, Huksu, Kanggye, Songgan, Jonchon, Koin, Chong-un, Huichon, Hyangsan y Kujang para llegar a Kaechon, donde tomé el tren en dirección a Mangyongdae.

    Desde Kaechon hasta Sinanju estaban tendidas las vías estrechas por donde circulaba un tren ligero con una pequeña locomotora de producción inglesa marca “Nikisha”. Y desde Sinanju hasta Pyongyang, ya se encontraban colocadas las vías anchas como ahora. El billete Kaechon-Pyongyang costaba un won y 90 jones.

    Durante la caminata, conocí a muchas buenas personas. Una vez tuve un dolor insoportable en los pies, por eso pedí a un campesino que me llevara en su trineo. Al separarme de él, quise pagarle su servicio, pero con el dinero que le extendí, me compró alfeñique.

    La persona que mayor e inolvidable impresión me produjo, fue el dueño de la fonda de Kanggye.

    Llegué a esta ciudad al atardecer y fui a esa fonda. Al verme, el dueño salió del portalón para recibirme con alegría. Con el cabello arreglado al estilo europeo y con vestidos típicamente coreanos, era un hombre comunicativo y amable, de baja estatura. Me dijo que había recibido un telegrama de mi padre y que me esperaba.

    Su anciana madre también se alegró, como si se encontrara con su propio nieto. Opinó que me veía muy crecido, aunque hacía cuatro años, cuando iba a Junggang junto a mi padre, era pequeñito. Ella lo respetaba mucho, llamándole “señor Kim”. Preparó sopa de costillas de res y arenques y me los sirvió a mi sólo, aunque en el lugar se encontraban sus nietos. Por la noche, preparó mi lecho con un cobertor recién hecho. Los dueños se mostraron verdaderamente cordiales conmigo.

    Al día siguiente, de acuerdo con el consejo de mi padre fui al correo y le envié un telegrama a Badaogou. Por cada sílaba cobraban tres jones, pero si el contenido pasaba de seis sílabas, se debía pagar un jon más por cada una. Por eso redacté el telegrama con seis: “Kang gye mu sa to chak (llegué sin novedad a Kanggye: N. del Tr.).

    Al otro día, el dueño de la posada fue a la empresa de servicios de camiones para enviarme en uno. De regreso, me comunicó que el transporte estaba averiado, y dejó un pedido allí. Propuso que partiera unos diez días después, y permaneciera en su casa como si fuera un pariente. Le agradecí el ofrecimiento, pero respondí que debía partir pronto.

    El no insistió, me entregó dos pares de alpargatas y me presentó a un carretero que iba hacia el paso Kae.

    Fue también un noble ser, el dueño del hotel Soson, cercano a la estación de ferrocarril de Kaechon, donde me alojé.

    En ese hotel, pedí una comida de 15 jones. Era la más barata. Mas, sin hacer caso de mi solicitud, me sirvieron platos por 50 jones. Dije que por falta de dinero no podía tomarlos, pero el dueño insistió en que, aun así, los ingiriera.

    Por la noche, prestaron a cada huésped una colchoneta y dos mantas por unos 50 jones. Lo que me quedaba no me permitía gozar el lujo de cubrirme con dos mantas, por eso pedí sólo una. De nuevo el dueño me obligó a usarlas sin pena, diciendo que no las pagara, no podía permitir que yo durmiera sólo con una manta, mientras otros lo hacían con dos.

    Los coreanos, aunque les habían arrebatado el país y convertido en esclavos y vivían de forma difícil, conservaban inmaculadas sus cualidades humanas y los bellos rasgos morales y costumbres heredados de los antepasados. Aun a principios del presente siglo, existieron muchos viajeros sin recursos. Fue una costumbre de Corea darles de comer y albergarlos, en casas privadas o en aldeas, aunque no pudieran pagarlo. Los europeos estimaban mucho este gesto. Durante mi caminata de 400 kilómetros, me di cuenta de que la nación coreana es muy honesta, con alta moral.

    El dueño del hotel Soson, lo mismo que los de las posadas de Kanggye y de Junggang, estaba influenciado y dirigido por mi padre, quien tenía, por doquier, camaradas y amigos que compartían un mismo propósito, de lo cual me había percatado ya a los siete años, cuando nos trasladábamos a Junggang.

    Ante esas personas que acogían y cuidaban a mis familiares como si fueran sus propios parientes, pensaba en qué tiempo mi padre había conseguido tan numerosa amistad y cuánto hubo de caminar para lograrla.

    Como él tenía amigos en todas partes, en sus viajes recibía ayuda en muchos aspectos, y lo mismo sucedía conmigo.

    Una de las inolvidables impresiones que recibí durante el recorrido, fue el alumbrado con bombillas eléctricas en la ciudad de Kanggye, donde cuatro años atrás usaban el candil. Aunque sus habitantes se alegraban con la luz eléctrica, me sentía triste viendo las calles que iban adquiriendo, cada vez más intensa, la apariencia japonesa.

    Me grabé en el corazón el auténtico sentido de las palabras que mi padre me dijo encarecidamente, al enviarme a la Patria: “Debes conocer a Corea”. Rememorándolas observé con atención la aciaga fisonomía de la Patria.

    Esa caminata de 400 kilómetros fue una gran escuela que me enseñó sobre la Patria y el pueblo.

    A los 14 días de la partida de Badaogou, o sea, el 29 de marzo de 1923, al ponerse el sol, entré en el patio de mi casa natal.

    La abuela, que estaba en el cuarto hilando con una rueca, salió sin siquiera tener tiempo de calzarse, y me abrazó con fuerza.

    –¿Con quién viniste?

    –¿En qué viajaste?

    –¿Cómo están tus padres?

    Lanzó así varias preguntas una tras otra, sin darme oportunidad para contestar.

    Salió también mi abuelo, que tejía una estera.

    La abuela, incrédula ante mi respuesta de que había venido solito, a pie, chascando, dijo:

    –¿Verdad que viniste solo? Tu padre es más temerario que un tigre.

    Mis familiares estuvieron toda la noche escuchándome hablar.

    Los paisajes eran tan agradables y hermosos como antes, pero la pobreza se manifestaba con mayor nitidez en todas las vertientes de la vida de la aldea.

    Me quedé algunos días en Mangyongdae, después me matriculé en el quinto curso de la escuela Changdok en la que fungía como administrador mi abuelo por línea materna. Me trasladé a su vivienda. Así empecé mis estudios en la Patria.

    La situación de esta casa no era tan holgada como para recibirme. Pasaban apuros por el asunto del tío Kang Jin Sok, porque después de su encarcelamiento, su salud se tornó mala, lo cual preocupó mucho a la familia, además de que se intensificaron la vigilancia y la persecución de los policías. Vivían al día, sustentándose de caldo de granos sin descascarillar y arroz con puré de soya. El otro tío, por no poder mantenerse sólo con el cultivo de la tierra, trabajaba también como carretero, superando así, a duras penas, la penuria.

    Sin embargo, no me dejaron ver, ni por asomo, su miseria, en cambio crearon buenas condiciones para mis estudios. Me destinaron un cuarto y colocaron una lámpara de queroseno y una estera. Y no se quejaban aunque tres o cuatro amigos me visitaran juntos a cualquier hora.

    La escuela Changdok era un plantel privado de tendencia positiva establecida por mi abuelo y otros precursores en la zona de Chilgol, con el objetivo de contribuir al rescate de la estatalidad y como parte de la corriente de la Campaña patriótica para la ilustración.

    En las postrimerías de la Vieja Corea y después de la “anexión de Corea a Japón”, en nuestro país se llevó a cabo con ímpetu una campaña patriótica por la educación, imbricada a la lucha para la salvación nacional. Los precursores y otros patriotas, dándose cuenta con amargura de que el origen de la vergonzosa pérdida de la estatalidad estribaba en el atraso del país, consideraron que la educación era la base y el fundamento del fortalecimiento del poderío nacional, y que, sin desarrollarla, era imposible lograr la independencia del país y la modernización de la sociedad. De ahí que emprendieran en todas partes un movimiento para el establecimiento de escuelas privadas.

    Al frente se encontraban An Chang Ho, Ri Tong Hwi, Ri Sung Hun, Ri Sang Jae, Yu Kil Jun, Nam Kung Ok y otros patriotas partidarios de la ilustración. También asociaciones científicas organizadas en distintas localidades impulsaron con energía ese movimiento.

    Al calor de esa campaña educativa y cultural, abarcadora de todo el país, surgieron miles de escuelas privadas que despabilaron la inteligencia de la nación adormecida bajo el tabú del feudalismo. Los colegios, que enseñaban dogmas de Confucio y Mencio, se transformaron en escuelas destinadas a dar clases sobre ciencias modernas, en las cuales se exhortaba a las jóvenes generaciones a alzarse con espíritu patriótico.

    Todos los dirigentes del movimiento nacionalista, sin excepción, consideraron la educación como punto de partida para las actividades independentistas y le dedicaron enteramente su talento y vigor. También Kim Ku14, quien, planteándose el terrorismo como política principal para dichas tareas, manipuló a espaldas, constantemente, actos tan temibles como los acometidos por Ri Pong Chang15 y Yun Pong Gil16, fungió, al principio, como educador en una región de la provincia Hwanghae. An Jung Gun fue, igualmente, un maestro que estableció una escuela en Nampho e instruyó a integrantes de la joven generación.

    Entre los planteles privados instalados en la región oeste del país, tenían fama la escuela Taesong en Pyongyang, patrocinada por An Chang Ho, y la Osan, de Jongju, que había levantado Ri Sung Hun con recursos propios. En éstas se formaron muchos independentistas e intelectuales renombrados.

    Mi abuelo por parte de madre, me dijo que era un honor que de la escuela Changdok hubiera salido una personalidad de la talla de An Jung Gun y me aconsejó que estudiara con ahínco para que fuera un patriota excelente. Le expresé que, aunque no llegara a ser como el tan renombrado mártir, sí me haría un patriota abnegado por la independencia del país.

    De las escuelas privadas de la región oeste, la Changdok, con su matrícula de 200 alumnos, fue considerada relativamente grande y moderna. No era pequeña, repito, teniendo en cuenta aquel tiempo. Si en una zona existía un plantel, era posible ilustrar con rapidez a sus habitantes, teniéndolo por base. Por tanto, la población y los intelectuales de la región de Pyongyang le concedieron gran importancia y le prestaron ayuda desinteresada.

    Paek Son Haeng donó también una enorme suma. Conocida más por el mote de Paek la Viuda, que por su nombre, tenía fama en Pyongyang, antes de la liberación, por sus actos de caridad. Quedó viuda antes de cumplir los 20 años, pero se negó a volver a contraer matrimonio y así llegó a los 80 años. Reunió dinero, jon a jon, y se hizo rica. Por su audaz y característico método de hacerse de dinero, andaba en lengua de la gente desde temprano. Según se decía, la actual área de la cantera de piedra caliza, perteneciente a la Fábrica de Cemento de Sunghori, fue de su propiedad por un tiempo. La había comprado barata porque era un monte de piedras y no llamaba la atención de nadie, y la vendió a los capitalistas japoneses, decenas de veces más caro.

    Cuando del pueblo se alzaba el clamor de indignación contra los traidores que entregaron al país a los imperialistas japoneses, mediante documentos, la noticia de que ella, una mujer común y corriente que ni siquiera sabía calcular con el ábaco, había obtenido beneficios exorbitantes en ese negocio con capitalistas japoneses hábiles en la materia, se difundió como si fuera una hazaña bélica.

    Paek Son Haeng fue respetada por la población porque hizo grandes aportes a la sociedad. Aunque era una adinerada, no ambicionaba ni una pizca el lujo y vivía con modestia, comiendo con frugalidad, pero no escatimó en bien de los demás el dinero que acumulara durante toda su vida. Con éste se construyó un puente y un club. Aun ahora se conserva el edificio de ese club cerca del pabellón Ryongwang.

    A pocos días de iniciados mis estudios, el abuelo me trajo un paquete de manuales de quinto curso, que me dejaron profundamente impresionado. Los repasé, página por página. Mas, al abrir uno con el título “Lecciones de lengua materna”, quedé desalentado. Resultó ser un libro de lengua japonesa.

    Con el fin de japonizar a nuestra nación, los imperialistas nipones impusieron el uso de su idioma. Ya en los primeros años de su ocupación, proclamaron que la lengua común que debía emplearse en las instituciones oficiales, los tribunales y las escuelas era la suya, y prohibieron el uso de la coreana.

    Pregunté al abuelo por qué se denominaba ese libro, manual de lengua materna. Se limitó a suspirar, sin decir nada.

    Raspé con una cuchilla la palabra “materna” y en su lugar inscribí “japonesa”. Así en un santiamén “Lecciones de lengua materna” se convirtió en “Lecciones de lengua japonesa”. El intento de rechazar la política de “japonización” me hizo proceder de esa manera.

    En los primeros días en la escuela Changdok observé que algunos niños hablaban en japonés en las aulas, las calles y los lugares de juego. Había algunos que, incluso, se lo enseñaban a otros. Eran pocos quienes consideraban esto una vergüenza o un acto reprochable. Parecía como si con el sometimiento del país hubiera desaparecido para siempre la lengua coreana.

    Cada vez que veía a niños que se esforzaban para aprender el japonés, les aconsejaba que los coreanos debían hablar en su idioma.

    El día que fui a Chilgol, en casa de mis abuelos se reunieron los vecinos para escucharme contar sobre la situación reinante y me pidieron lo hiciera en chino, pues, decían, yo lo dominaba porque había vivido algunos años en Manchuria. Alumnos de la escuela Changdok también me molestaban pidiendo insistentemente que les enseñara chino. No obstante, me negué argumentando que para qué hablar otro idioma, cuando existía nuestra excelente lengua materna.

    En la Patria hablé chino sólo una vez.

    Un día, el segundo hermano de mi madre me propuso dar un paseo por la ciudad de Pyongyang. Como estaba siempre atareado, raramente tenía tiempo libre para curiosear, pero ese día quiso dedicarme horas enteras.

    –Regresaste después de años de estar ausente; hoy irás conmigo y de paso, comeremos en un restaurante, –me dijo.

    Dimos un recorrido por la ciudad y luego entramos en un restaurante chino en Pyongyang Oeste para almorzar. En la zona donde se encuentra hoy el hotel Ponghwasan existían muchos comedores chinos. Para ganar más, sus dueños esperaban afuera a los clientes y los acogían con cordialidad, diciendo: “Bienvenido”, “Bienvenido”. Así, trataban de atraerlos, compitiendo.

    El dueño del restaurante nos preguntó en un mal coreano, qué queríamos comer. Pedí en chino, para que entendiese con facilidad, que trajese dos platos de hotok.

    El hombre se quedó atónito. Luego preguntó si era un alumno chino. Contesté que no, sólo que había vivido unos años en Manchuria, por eso hablaba su idioma, mal que bien. Charlé un rato con él, quien se mostró muy alegre, me manifestó que yo, todavía un niño, dominaba ya el chino, y que al verme se acordaba de su patria. En sus ojos asomaron incluso gotas de lágrimas. Trajo, además de hotok, otros platos, y nos invitó a comer, aunque rehusamos por cortesía. Al fin los comimos todos. Al terminar quisimos pagar la cuenta, pero no quiso cobrar.

    En el camino de regreso, el tío expresó que me había llevado a la ciudad para agasajarme, pero resultó al revés, y soltó una alegre carcajada. Luego contó esa anécdota a los vecinos.

    Me matriculé, como lo deseaba, en la clase del maestro Kang Ryang Uk, quien unos días atrás había comenzado en ese plantel, después de interrumpir sus estudios en la escuela Sungsil, por no poder costearlos. Estaba muy apenado por ello.

    La pobreza de su familia llegó a ser tan insoportable que su esposa, Song Sok Jong, regresó a la casa de sus padres, abandonando por un tiempo la de sus suegros. Sus progenitores la reprendieron con severidad: “Tal vez no tengas grandes virtudes, no te exigimos que seas una esposa de entereza, pero no podemos tolerar que abandones al marido por no aguantar la miseria. ¿Cuántas familias coreanas no viven en tal pobreza? Cuando te casaste, ¿creías que comerías arroz de jade con agua de miel, sentada sobre un cojín de oro? Regresa de inmediato, sin más explicaciones, y pide disculpas allá”. Con esto basta para comprender a qué extremo llegó la miseria de la familia de Kang Ryang Uk.

    Llamábamos a la esposa del maestro “tía de Sukchon”, porque era oriunda de este lugar, en la provincia Phyong-an del Sur. Cada vez que visité su casa, me invitó a comer arroz con puré de soya, que me resultaba muy sabroso.

    Inmediatamente después de la liberación, estuve en el hogar de Kang Ryang Uk, para felicitarle con motivo de su cumpleaños. En esa ocasión recordé a su esposa esa comida que me servía en la época de la escuela Changdok.

    –Señora, aun ahora me acuerdo, de vez en cuando, del arroz con puré de soya que usted preparaba para mí. Era muy sabroso. Como estuve en tierras extrañas durante más de 20 años, no tuve la oportunidad de expresarle mi agradecimiento. Reciba ahora mi gratitud.

    Ella respondió entre lágrimas:

    –La penuria en que vivíamos, me impedía ponerle ni un plato decente de arroz, y ahora, cuando me agradece ese puré de soya, no sé cómo comportarme. ¿Cómo podía ser sabroso ese plato? Luego sirvió en la mesa manjares elaborados por ella para, me dijo, suplir la falta que cometiera en el tiempo de la escuela Changdok al agasajar al querido General.

    Un año, con motivo de mi cumpleaños, me envió una botella de “Paekhwaju”, que significa licor hecho con cien flores y que preparó ella misma.

    El hermoso nombre de la bebida me despertó una curiosidad especial, pero no pude levantar la taza con ligereza. Vinieron a mi mente los días de esa mujer, quien ni una vez comió suficiente arroz y bregaba siempre con hambre. Por eso no pude tomarlo.

    Para mí, que me calaba hasta los tuétanos la tristeza de un pueblo sin país, eran muchas veces más preciosos que antes, cada árbol, cada hierba y cada espiga de cereal en mi tierra natal. Encima, Kang Ryang Uk insufló de modo constante la conciencia nacional en sus alumnos. Así, tanto en la familia, como en la escuela, estuve diariamente bajo una influencia patriótica. El maestro organizó muchas excursiones o viajes de estudio para educar a sus discípulos en el patriotismo.

    Entre todos el más llamativo fue por el monte Jongbang, en la provincia Hwanghae.

    Después de la liberación, el señor Kang Ryang Uk ocupaba el cargo del secretario en jefe del Presidium de la Asamblea Popular Suprema y de vicepresidente de la República, por eso tuve con él muchos contactos, durante los cuales evocamos, con profunda emoción, esos viajes de estudio, el templo Songbul y el pabellón Nammun, que vimos en el monte Jongbang.

    Otro recuerdo inolvidable se centra en la clase de música que él impartía. Era una de las que mayor interés despertaba en nosotros.

    Tenía una voz de tenor que desluciría la de músicos profesionales. Cuando cantaba “Avance” o “Himno del amor infantil a la Patria”, imperaba un silencio absoluto en el aula.

    Pienso que las melodías que nos enseñó, sembraron en nuestros corazones muchos sentimientos patrióticos. Posteriormente, cuando la Lucha Armada Antijaponesa, a veces cantaba lo que aprendí en la escuela Changdok. Todavía están frescas en mi memoria letras y melodías.

    Retornado a la Patria, constaté que la vida de los vecinos de mi aldea natal se había tornado más difícil que antes.

    Cada año, cuando empezaba la siembra de primavera, los hijos de las familias más pobres no podían asistir a las clases. Además de ser urgentes las faenas agrícolas, se habían agotado las provisiones, por eso debían recoger yerbas comestibles como mulguji, naeng-i y mesak, para suplir la escasez de cereales. En los días de feria, algunos muchachos iban a la ciudad para venderlas y con lo ganado comprar cereales, y otros cuidaban a los hermanos en casa, en lugar de sus padres. Los niños pobres traían como almuerzo mijo, sorgo o panizo cocido, y no pocos eran los que ni eso podían traer.

    En Chilgol y Mangyongdae existieron muchos que no podían ir a la escuela por la difícil situación familiar. Me daba mucha pena.

    Para ellos abrí una escuela nocturna en Mangyongdae aprovechando las vacaciones. Los reuní a todos en la escuela y les enseñé las letras. Empecé con “Lecciones de la lengua coreana” del primer curso. Luego, introduciendo más asignaturas, impartí clases de Historia, Geografía, Aritmética y Música. Fue una sencilla actividad de ilustración que hacía por primera vez en la vida.

    En mis idas a la ciudad junto con mis amigos, llegué a darme cuenta que la vida de los pyongyaneses no era muy diferente a la de los aldeanos de Mangyongdae o Chilgol.

    De los 100 mil habitantes de la ciudad, sólo un puñado de japoneses y norteamericanos vivían sin preocupaciones. Los norteamericanos gozaban de una existencia lujosa en la región de Sinyangli, cuyos paisajes eran los más hermosos de la ciudad, mientras los japoneses se daban la gran vida en su zona residencial reservada en los barrios Pon y Hwanggum, las regiones más bulliciosas de la ciudad.

    En las “villas europeas”, donde vivían los norteamericanos, o en las zonas residenciales de los japoneses abundaban las casas de ladrillos, los comercios y las iglesias, pero en las riberas del Pothong y la calle Paengtae se extendían los barrios de los pobres.

    En los terrenos a orillas del río, donde ahora se encuentran los repartos Chollima, Kyonghung, Ponghwa y otras calles modernas, con grandes edificaciones como el Palacio Cultural del Pueblo, el Palacio de Deportes de Pyongyang, el Patinadero Cubierto, el Centro de Cultura Física Changgwangwon, y altos edificios de apartamentos, había antes, cuando yo estudiaba en la Changdok, infinidad de tugurios con techos de tablas desiguales y sacos de paja que hacían las veces de puerta.

    En el año en que regresé a la Patria, hubo una epidemia en la región de Pyongyang, que causó muchas penalidades. Para colmo, una inundación produjo inenarrables daños y dificultades en toda la ciudad. El diario “Tong-a Ilbo” informó que más de diez mil casas, es decir, la mitad del total, quedaron inundadas.

    Los integrantes de la nueva generación no se imaginarán cuán miserable vida llevaban sus abuelos, en casuchas en la zona cerca de la plaza Pothonggang, donde se está levantando actualmente el hotel Ryugyong de 105 pisos, el mayor del mundo.

    Viendo esa realidad, yo aspiraba a una sociedad donde el pueblo trabajador pudiera vivir feliz y llegué a odiar, de modo más implacable, a los agresores imperialistas japoneses, los terratenientes y los capitalistas.

    Cuando estudiaba en la escuela Changdok se produjo un gran terremoto en Kanto, Japón. Los elementos ultraderechistas de ese país, inventando el bulo de que, con motivo de esa catástrofe los coreanos trataban de sublevarse, asesinaron con sus fuerzas armadas a miles de compatriotas. La noticia llegó hasta Chilgol, suscitando indignación entre los alumnos. Ese suceso me produjo una fuerte conmoción. Me hizo conocer con mayor claridad que los japoneses trataban a los coreanos como bestias, aunque de boca para afuera cacareaban acerca de “no discriminación y tratamiento igualitario” y “conciliación entre japoneses y coreanos”.

    A partir de entonces, no dejé pasar impune las bicicletas de los policías japoneses. Escondía en el suelo tablas con clavos, e invariablemente se ponchaban.

    El odio al imperialismo japonés y el amor a la Patria se reflejaron también en la danza “Trece casas” que compuse. En ella trece alumnos formaban, al compás de la música, cada uno con un cartón, símbolo de cada provincia, el mapa de Corea.

    Se estrenó en otoño de 1924, cuando efectuábamos competencias deportivas. Mientras desarrollábamos la representación, apareció un policía en la cancha, quien, montando en cólera, ordenó que la interrumpiéramos de inmediato. Por entonces, toda competencia deportiva, por pequeña que fuera, debía ser aprobada de antemano por la policía, y aun en ese caso, debía llevarse a cabo en presencia de sus agentes.

    Fui a ver al maestro Kang Ryang Uk y le dije:

    –¿Cómo puede ser delito amar a nuestra tierra patria y cantar y bailar en su honor? Prosigamos la función, hagan lo que hagan los enemigos.

    Junto con otros maestros, condenó el injusto procedimiento del policía y decidió continuar el programa.

    Cuando los niños tenían tan fuerte espíritu patriótico y de resistencia, sobra hablar de los que abrigaban los adultos.

    En el verano del año de mi retorno tuvo lugar en Pyongyang una huelga general de los obreros de la fábrica de calcetines, la cual ocupó extensos espacios en los periódicos.

    La noticia me hizo pensar que Japón tropezaría, tarde o temprano, con una resistencia más fuerte que el Levantamiento Popular del Primero de Marzo, aunque insistía en la “gobernación civil”.

    Pasaron dos años. Meses antes de la graduación en la escuela Changdok, el abuelo me comunicó la inesperada noticia de que mi padre había sido detenido otra vez por la policía japonesa. Parecía que el cielo se derrumbaba sobre mi cabeza. Se apoderaron de mí una terrible ira y un odio irrefrenable. Tanto en Chilgol como en Mangyongdae los parientes me miraban desconsolados.

    Decidí luchar a ultranza para hacer pagar caro a los enemigos por mi padre, por mi familia, por mi nación. Hice los preparativos para marchar a Badaogou.

    Cuando expresé mi determinación, en casa de mis abuelos maternos me aconsejaron que partiera después de graduado; de igual forma, el abuelo de Mangyongdae trató de persuadirme esgrimiendo varias razones.

    –Después de unos meses terminarás tus estudios y se templará el tiempo; aguárdate hasta entonces, –insistió.

    No podía aceptar. Pensé que no estaba en condiciones de seguir estudiando tranquilamente, mientras mi padre sufría; que tenía que ir cuanto antes para ayudar a mi sufrida madre junto a mis hermanos, y que ya era capaz de cobrar caro mi sangre en el lugar que fuera.

    El abuelo, al ver que era difícil convencerme, cambió de actitud y sentenció:

    –Haz lo que quieras. Ahora que tu padre está en prisión, te toca el turno de actuar.

    Partí al día siguiente. Entre lágrimas, el abuelo, la abuela, el tío y toda la familia me desearon buen viaje.

    Mucho lloró también el tío Kang Chang Sok, quien me acompañó hasta la estación ferroviaria de Pyongyang; mi condiscípulo, Kang Yun Bom, gimoteó con tristeza.

    Era mi más íntimo amigo en la escuela. No tenía otros tan allegados, y venía mucho a verme. Con frecuencia íbamos juntos a la ciudad.

    A la hora de salir el tren, Kang Yun Bom me entregó un paquete de comida y un sobre. Me dijo que lo abriera en el vagón, pues contenía una carta escrita con la tristeza de la despedida y con la incertidumbre de un nuevo encuentro. Cuando el tren se puso en marcha, hice lo que me pidió. El sobre contenía una esquela y tres wones, que me impresionaron sobremanera.

    Sin una profunda camaradería no puede existir tal acción. En aquellas circunstancias, resultaba muy difícil que un niño consiguiera esa suma de dinero. A pesar de que emprendí el camino para vengar a mi padre, me tenía preocupado el problema de los gastos de viaje.

    Así, pues, Kang Yun Bom me sacó del apuro, aunque de seguro le costó mucho trabajo conseguirlo. Después de la liberación, cuando vino a verme, saqué a colación, a guisa de primer saludo, lo de tan oportuno dinero, que me había entregado hacía 20 años. Me confesó que verdaderamente le había sido difícil reunirlo. En efecto, esos billetes no tenían comparación con los millones de los ricos. ¿Cómo se podría estimar el peso de la pura y hermosa camaradería que llevaban implícita? El dinero no hace la amistad, pero ésta sí hace dinero y cualesquiera otras cosas.

    Kang Yun Bom aseguró que no había hecho aportes dignos de mención para el país, mientras el General luchaba en las montañas para rescatarlo. Entonces le propuse que a partir de ese momento, construyéramos un nuevo país uniendo las fuerzas. Y le pregunté si no quería encargarse de una parte del establecimiento de escuelas, porque el más difícil problema que encarábamos en aquel tiempo para la edificación del país, era la escasez de cuadros. Accedió con presteza. Poco después, abrió una secundaria en Jochon y me pidió que le pusiera el nombre. La denominé de Samhung, que significa prosperar en el conocimiento, la moral y la salud, o sea, dotarse con profundos conocimientos, nobles rasgos morales y buena salud.

    Posteriormente, se desempeñó de modo magnífico al frente de la edificación de la Universidad. En la actualidad no es un gran problema construir un centro de enseñanza superior, mas en aquel tiempo faltaban fondos, materiales y especialistas, por eso surgían muchas dificultades. Cuando tropezaba con algunos obstáculos, venía a verme y consultaba conmigo hasta altas horas de la noche. A veces dormía en mi casa.

    Kang Yun Bom fue mi inolvidable camarada y el amigo que me despidió al emprender el camino de la restauración de la Patria. Todavía tengo en la memoria su figura en la estación de Pyongyang, con los ojos arrasados en lágrimas.

    En su carta había escrito así, más o menos:

    “Song Ju, ¿sabes que nuestra despedida me convierte en un mar de lágrimas? ¿Podremos volver a vernos? Aunque estemos a muchísima distancia, no nos olvidemos; acordémonos de la época de la escuela Changdok, pensemos en nuestra tierra natal, en nuestro país.”

    Estimulado por esa camaradería y amistad, volví a cruzar las abruptas montañas. A los 13 días de la partida de Mangyongdae, por la tarde llegué a Phophyong. Me acerqué al embarcadero, pero no pude pasar el río. Al otro lado se encontraba Badaogou, mas no me decidía a dejar la tierra patria. Permanecí indeciso en la ribera.

    No podía dar un paso más, porque me acordaba de la abuela y del abuelo, quienes, acompañándome más allá de la portilla, y con lágrimas en los ojos me acariciaron las manos, arreglaron los vestidos y manifestaron preocupación por la nevasca. Me parecía que si cruzaba esa ribera, ese río, no podría dejar de llorar a mares.

    Al echar un vistazo a mi sufrida tierra desde la frontera batida por el viento frío, sentí un fuerte impulso de regresar a la amada aldea natal, a la casa donde nací.

    Aunque pasé sólo dos años en la Patria, aprendí y experimenté mucho.

    La más valiosa experiencia fue que llegué a comprender profundamente a mi pueblo. Un pueblo modesto y laborioso, valiente y firme. Un pueblo poderoso que no se doblega ante ninguna dificultad ni prueba, un pueblo cortés y de ricas cualidades humanas, pero resuelto e inconciliable con la injusticia. Pese a que los reformistas nacionales desarrollaban un movimiento de índole reaccionaria por la “autonomía” bajo el rótulo de asociación Yonjong, obreros, campesinos, jóvenes estudiantes y otras amplias masas populares le hacían resistencia al imperialismo japonés derramando su sangre. Mediante sus acciones, percibí en mis fibras su dignidad nacional y su férrea voluntad de lograr la independencia, que ninguna fuerza podría menoscabar. A partir de entonces, me convencí de que nuestro pueblo es el mejor del mundo, y que si se organizaba y movilizaba con acierto podría restablecer el país.

    Los soldados, los policías y las cárceles que aumentaban cada día más, bajo la supuesta “gobernación civil”, y los vagones y barcos que transportaban incesantemente las riquezas saqueadas a nuestra Patria, me hicieron constatar que el imperialismo japonés era el más cruel estrangulador de la libertad y la dignidad de nuestra nación, un feroz explotador y saqueador que le imponía una pobreza y un hambre insoportables.

    La asfixiante realidad de la Patria reforzó mi convicción de que sólo mediante la lucha, la nación coreana podría expulsarlo y vivir feliz en una patria independiente.

    Ardía en deseos de rescatarla cuanto antes y hacer nuestras todas sus riquezas y convertirlas en propiedad inalienable del pueblo.

    Evitando ser visto por los policías, fui un poco más hacia abajo del embarcadero, hacia donde se encontraba un rabión, y puse mis pesados pies sobre el hielo del río Amrok. Al otro lado, a unos 30 metros, se encontraba la ciudad de Badaogou, y en su calle, en la misma orilla, mi casa. Pero no me atrevía a caminar. Si me despido ahora de la Patria, ¿cuándo podré volver a cruzar este río?, pensaba.

    Volví y recogí un canto en el repecho de la ribera. Quería llevarme y guardar con cuidado cualquier cosa que perteneciera a la Patria y me la recordara.

    Aquel día, a orillas del Amrok, adquirí una experiencia verdaderamente dolorosa, que me dejó en el corazón una herida incurable. Por eso, en el banquete que prepararon los patriotas del interior del país con motivo de mi retorno triunfal a la Patria, recordé primero lo que sentí al cruzar ese río.

    Entoné para mis adentros la “Canción del río Amrok”, que no se sabe quién la compuso, y me encaminé lentamente hacia el otro lado del río.

    

    Crucé el río Amrok

    el 1 de marzo de 1919.

    Cada año vuelve este día,

    pero yo volveré

    con mi propósito cumplido.

    

    Díganme, Amrok y tierra patria,

    ¿cuándo podré volver a verlos?

    Tengo un deseo de toda la vida

    y volveré con mi país rescatado.

    

    Lleno de tristeza e indignación lancé la mirada varias veces al territorio patrio. Corea, te voy a dejar. Aunque no puedo vivir ni un momento separado de ti, cruzo el río Amrok para rescatarte; al otro lado se extienden tierras extrañas; voy allí, pero no te olvidaré; espérame, Corea. Pensé así y volví a cantarle al río Amrok.

    No sabía cuándo podría volver a pisar esta tierra; cuándo vendría el día de mi retorno a esta tierra que me vio crecer y guarda los restos de mis antepasados. Aunque era niño, al pensar así no cabía en mí de tristeza. Ante la visión de la trágica realidad de la Patria, reafirmé la decisión de no volver a Corea si no lograba su independencia.

    

    

    6. Mi madre

    

    

    Cuando entré a las calles de Badaogou anochecía. Al llegar ante la casa se hizo más tensa la inquietud que me abrumaba durante los 400 kilómetros del recorrido.

    Sin embargo, para mi gran sorpresa, la expresión de mi madre inspiraba mucha tranquilidad y calma. Me acogió cariñosamente. Abrazándome con fuerza dijo:

    –Tú solo recorriste dos veces los 400 kilómetros, para ir y regresar, lo que yo no pude hacer ni una vez. Ya eres un hombre hecho y derecho.

    Después de darle en pocas palabras las noticias de la tierra natal, pregunté por mi padre. Bajando la voz me dijo que estaba bien. No me dio otras explicaciones.

    Pero, según su mirada y ademanes, comprendí que aunque no atravesaba una situación peliaguda, le perseguía el peligro, razón por la cual ella se mantenía muy alerta ante la posibilidad de oídos y ojos indiscretos.

    Yo pensaba que después de repartir a mis hermanitos las galletas que compré con los ahorros hechos de lo que me habían dado en Mangyongdae para gastos de viaje, estaría toda la noche hablando con los de la casa, pues teníamos un montón de hechos y cosas que recordar.

    No obstante, cuando terminé de comer, mi madre me aconsejó que abandonara de inmediato la casa porque los enemigos la tenían bajo rigurosa vigilancia. Sin indicarme el paradero de mi padre, dijo simplemente que estaba a salvo y que yo también debía irme. Ella fue siempre una persona gentil y benevolente, pero aquella vez no quería saber nada de mi opinión o estado anímico, ni de que su hijo había recorrido 400 kilómetros a despecho de un frío cortante. Me pidió que partiera de inmediato, sin dejarme dormir siquiera una noche en la casa, pese a que volvíamos a vernos al cabo de dos años. Estaba tan aturdido, que permanecí plantado en medio del cuarto, sin pronunciar una palabra. Apenas cuando le oí decir que tenía que llevarme conmigo a los hermanitos, le pregunté qué haría ella después.

    –Estoy esperando a que tu tío regrese de Sinpha. Cuando esté aquí, tendré que ocuparme del despacho de las cosas de la casa y de otros asuntos. Lo primero es que ustedes se marchen pronto –dijo.

    Después de informarnos que íbamos a la casa de Ro Kyong Du, en Linjiang, y advertirnos que nadie debía vernos partir, se fue a casa de Song el Capataz para solicitarle que nos llevara en su trineo de caballo.

    El aceptó amablemente el ruego. Se llamaba Song Pyong Chol, pero como tenía el hábito de darse aire de importancia como los capataces, los habitantes de Badaogou comenzaron a llamarle Song el Capataz.

    Gracias a su ayuda pudimos viajar en trineo desde Badaogou hasta Linjiang.

    En mi vida de revolucionario he tenido incontables despedidas y encuentros, empero nunca una tan rara como aquella.

    Al emprender otra vez el viaje, en la misma noche en que llegué a casa, al cabo de casi 15 días de caminata desde Mangyongdae y sin siquiera tener tiempo para desatar el equipaje, me puse a pensar profundamente en mi madre.

    Era una persona tierna y apacible. Como el padre, siendo un revolucionario, tenía un carácter firme y serio, era ella quien me envolvía con su cálido amor.

    Dos años antes, cuando fui a estudiar a la Patria, para ella resultó muy difícil la separación. No se atrevió a oponerse, porque estaba presente mi padre, de quien una vez la abuela de Mangyongdae había dicho que era más temerario que un tigre, pero sentí sus silenciosas lágrimas.

    Era tan bondadosa que, aunque no fuera su hijo el adolescente de 13 años de edad que, tras recorrer 400 kilómetros, llegara a su casa al anochecer, ella lo habría invitado, e incluso obligado a entrar, para darle de comer y dejarlo dormir como en su hogar.

    Un día de primavera, de Huchang, situado al otro lado del río, y a cuestas de su tío mayor, vino un niño en estado crítico, por furúnculos en la pierna izquierda y la nuca. Sus padres se habían separado a causa de serias discrepancias familiares y el pobrecito vivía en casa del tío.

    Mi padre lo examinó y aseguró que debía ser sometido a una operación de la pierna y, por algún tiempo, no podría caminar y que por tanto debía quedarse en nuestra casa hasta que se restableciera; mi mamá aceptó la medida, calificándola de correcta. Después de la operación, había que aplicar todos los días una pasta de harina de trigo y bicarbonato de soda, amasada con miel, en el lugar dañado y en esta tarea, ella lo ayudaba, sin la menor señal de molestia por ese trabajo no tan limpio.

    Al cabo de varios días de tratamiento y atenciones, el niño pudo partir de regreso.

    El tío, cuando vino a llevárselo, sacó un billete de un won, y extendiéndolo ante mi padre, dijo:

    –No alcanzarían ni varios cientos de wones para recompensarle, pero como somos pobres sólo le podemos expresar nuestro agradecimiento con palabras. Por favor, reciba este dinero como un modesto honorario. Si se puede comprar una botella de licor…

    Y no pudo hablar más.

    Mi madre, que presenciaba la escena, intervino:

    –¿Recibir honorario de gente pobre? No, eso es totalmente injusto. Al contrario, me siento apenada por no haber podido darle al paciente mejores comidas.

    El tío del niño no cedió. Insistió en que lo aceptaran. Mis padres se vieron en una situación bastante embarazosa, pues si este dinero hubiese provenido de gente rica, el problema habría sido otro, pero quien les rogaba encarecidamente aceptar un won, era una persona que para reunirlo habría tenido que recoger leña en el bosque y venderla.

    Cuando mi padre, algo confundido, miró a mi madre y le preguntó qué debía hacer en tal caso, porque rechazar el ruego significaría menospreciar la sinceridad ajena, ella dijo:

    –Lo que se ofrece de corazón hay que aceptarlo. –Y en el acto se fue a la feria y compró cinco ja (Medida de longitud. Un ja equivale a 30,3 cm: N. del Tr.) de lienzo. Al regresar a casa se lo entregó al niño diciéndole que como se aproximaba la fiesta Tano se hiciera un traje. Teniendo en cuenta que por aquel tiempo un ja de lienzo costaba 35 jones, resultó que por el tejido se pagaron, además de aquel won, 75 jones más.

    Mi madre, si bien pobre, nunca se mostraba calculadora en cuanto al dinero, ni tenía ambición por reunirlo.

    Su filosofía era: “El hombre muere, no por falta de dinero, sino por ser corto su destino. El dinero viene y va”.

    Decía que mi madre era una persona generosa, de carácter apacible.

    Si por algún motivo mi padre la reprendía, cosa muy rara, no trataba de justificarse, se limitaba a pedir disculpas como “perdóname” o “no se repetirá más”. Si nosotros nos tornábamos demasiado revoltosos, manchando la ropa, o rompiendo alguna cosa o armando algarabía en la casa, mi abuela le preguntaba en tono desaprobatorio por qué no nos regañaba y entonces ella le contestaba, en pocas palabras: “No tiene sentido reprenderlos por hechos ya consumados.”

    De hecho, toda su vida, considerada no como la de una esposa de un consagrado revolucionario, sino como la de una simple mujer, fue una sucesión de años de privaciones, de interminables preocupaciones. Disfrutó muy poco de la vida matrimonial, en un cálido y armonioso ambiente familiar, porque el esposo casi siempre se encontraba fuera de la casa, por asuntos del movimiento independentista. Apenas si la pudo saborear durante un año, más o menos, en Kangdong, cuando mi padre era maestro y después en Badaogou, por unos dos años, al máximo.

     La mayor parte del tiempo, él estuvo recluido en las cárceles o enfermo después de salir de éstas, o tuvo que trasladarse con frecuencia de un lugar a otro, para despistar a los policías, que lo perseguían. Después que él murió, yo también emprendí el camino de la revolución, razón por la cual abandoné temprano la casa.

    En Mangyongdae, como esposa del primogénito de una numerosa familia de 12 personas, siempre estuvo muy atareada. Además de atender a su esposo y a los suegros tenía que barrer y ordenar el interior y el exterior de la vivienda, fregar platos y cubiertos, lavar y tejer, en fin, no le quedaba ni un rato para enderezarse, y por el día, desde la mañana hasta el atardecer, trabajaba en el campo. Estaba tan abrumada de quehaceres que ni tenía tiempo para levantar la cabeza y mirar el sol. No era nada fácil cumplir las obligaciones de nuera mayor en una familia numerosa, en aquella época en que las normas de conducta feudales resultaban severas y eran complicadas y difíciles las formalidades de cortesía y de ética. Si se cocía arroz blanco, cosa que ocurría muy rara vez, para mi mamá quedaba sólo la raspa y, en los días en que se preparaba gacha, la parte más clara, con menos granos.

    En los momentos en que los quehaceres le resultaban casi insoportables, iba junto con la tía a la iglesia. Se llamaba Songsan el lugar donde hoy está la Universidad Militar y allí había una iglesia presbiteriana. En la comuna Nam y en sus contornos, vivían muchos cristianos. No faltaban personas que si en vida no gozaban de una existencia humanamente digna, por lo menos querían ser fieles a los sermones de Jesús para ir al “paraíso” después de la muerte.

    Detrás de los mayores, iban también los chiquillos para presenciar el culto. Con el fin de ampliar las filas de los creyentes, la iglesia ofrecía, de vez en cuando, caramelos y cuadernos de apuntes a los niños. Atraídos por tales obsequios, los domingos, grupos de muchachos se dirigían hacia Songsan.

    Vencido por la curiosidad, yo también fui en ocasiones a Songsan, con mis amiguitos, hasta que me sentí aburrido ante las solemnes ceremonias religiosas y monótonos sermones del pastor, ajenos al sentimiento infantil.

    Cierto domingo, comiendo alfeñique saturado con granos de soya tostados, hecho por la abuela, dije a mi padre.

    –Papá, hoy no quiero ir a la iglesia. No es interesante escuchar sermones.

    Aunque todavía era un niño sin razonamiento, me hizo sentar y dijo:

    –Tú decides si irás o no. Francamente, en la iglesia no hay nada que ver. Así que puedes dejar de ir. Debes creer más en tu país, en tus connacionales, que en Jesucristo y pensar en hacer algo grande para el país.

    Estas palabras completaron mi desinterés por la iglesia. En la escuela de Chilgol, donde exigían a los alumnos ir a la iglesia, yo nunca fui allí. Consideraba que el Evangelio de Jesucristo era demasiado ajeno a la tragedia de nuestro pueblo. Entre sus doctrinas, muchas eran humanistas, pero, para mí, que estaba en una profunda aflicción por el destino de la nación, resultó más imperioso prestar oídos a la exhortación de la historia a salvar la Patria.

    Ideológicamente mi padre era ateo, pero como estudió en la escuela Sungsil, donde se impartía teología, muchos fieles simpatizaban con él y, por consiguiente, tuve frecuentes contactos con ellos. Hay personas que preguntan si recibí mucha influencia cristiana en mi adolescencia, y la verdad es que no fue así, aunque obtuve mucha ayuda humanitaria de los fieles cristianos. Además, influí en ellos ideológicamente.

    El espíritu cristiano, que predica que todo el mundo viva en paz y armonía, no está en contradicción con mi ideología, que aboga por la existencia independiente del ser humano. Yo acudía a Songsan sólo cuando mi madre iba a la iglesia. Ella la frecuentaba, pero no creía en Jesucristo.

    Un día le pregunté en tono confidencial:

    –Mamá, ¿vas a la iglesia porque crees que realmente existe Dios?

    Ella meneó negativamente la cabeza y con cara sonriente dijo:

    –No voy por creer en algo. ¿Qué me importa ir al paraíso después de muerta? La verdad es que como estoy harto agobiada, quiero encontrar allí un momento de sosiego.

    Su confesión me hizo sentir pena por ella y desde entonces la amé más. Vencida de cansancio algunas veces dormitaba en medio de la misa. Abría los ojos cuando otros se levantaban después de decir a coro “amén” a una señal del pastor. Si no despertaba después del “amén”, yo le sacudía y advertía que la ceremonia había terminado.

    Un anochecer pasábamos mis amiguitos y yo por delante de una cabaña, situada en la loma de detrás de Mangyongdae, en la que los aldeanos guardaban accesorios funerales. Cuando éramos chiquitos le teníamos mucho miedo.

    En el preciso momento en que llegamos allí, uno gritó: “¡Miren, un fantasma!”. Creyendo que de veras salía de la cabaña un espíritu, nos atemorizamos y corrimos con todas las fuerzas, sin siquiera darnos cuenta de que los zapatos se nos salían de los pies.

    Por la noche, por miedo, no pudimos ir a casa, nos quedamos a dormir en la de un amigo, y apenas al clarear, emprendimos el regreso, recogiendo, de paso, los zapatos.

    En casa conté lo ocurrido y entonces mi madre me dijo:

    –Al pasar por delante de esos lugares, debes cantar a voz en cuello. Entonces nada se atreverá a asomar por el susto.

    Seguro que me indicó eso al considerar que, cantando, a uno se le olvida el miedo. Después, cada vez que cruzaba por allí me ponía a cantar.

    Comúnmente, era una persona tranquila y generosa, pero delante de los enemigos se tornaba soberbia y firme.

    En la comuna Ponghwa, los policías japoneses que habían llevado preso a mi padre, volvieron unas horas después e irrumpieron en nuestra casa para registrarla. Cuando comenzaron a revolver en busca de documentos secretos, ella se puso muy brava, y gritándoles en la cara:

    –¡Si quieren ver algo, pues aquí lo tienen!, –les arrojó encima las ropas sacadas del armario, algunas hechas jirones por ella misma, y otras cosas que le caían a la mano. Ante su actitud tan desafiante y férrea, los policías tuvieron que retirarse impotentes.

    Así era mi madre.

    Aquella noche en las orillas del río Amrok se levantó un tremendo vendaval.

    La densa oscuridad, llena del ulular del viento que batía tan furioso como si quisiera barrer de raíz todo el bosque, y de aullidos de fieras, hizo más dolorosa la herida que dejó en mi alma la ruina del país.

    Mientras el trineo se deslizaba sobre el hielo, a lo largo del río, que constituía la frontera coreano-china, abrazando estrechamente en mi pecho a mis hermanitos que temblaban de miedo, me di cuenta de que no resultaba nada fácil emprender el camino de la revolución, como tampoco lo era el amor de mi madre.

    Los tres tiritábamos de frío aunque nos cubríamos con un cobertor. Como la oscuridad era muy intensa, mis hermanitos no querían despegarse de mí ni un momento. Tenían pánico.

    Pasamos una noche en Ogubi, en la orilla coreana, y al siguiente día llegamos a Linjiang.

    Supe que Ro Kyong Du era nuestro viejo conocido, dueño de una fonda, quien con anterioridad, cuando nos mudamos a Linjiang, nos consiguió una casa alquilada y visitaba a menudo a mi padre para intercambiar opiniones acerca del destino del país. Nos recibió y hospedó con suma atención como si fuéramos huéspedes importantes.

    El edificio era de dos alas unidas por la cocina. Había siete habitaciones. Ocupamos la segunda de un ala, adonde no llegaba el ruido. Los tres cuartos que tenía la otra parte, siempre se llenaban de inquilinos. Los que iban de Manchuria a Corea, pasando por Linjiang, y los que viajaban en dirección contraria, siguiendo el mismo itinerario, pernoctaban, por lo general, en este establecimiento.

    La fonda de Ro Kyong Du se tornaba albergue para independentistas. Su dueño, nacionalista de fuerte espíritu antijaponés, era una persona tranquila, a la vez que testaruda y de férrea voluntad. Con una parte de las ganancias que le daba el negocio ayudaba a los independentistas. Como apenas se sustentaba con la venta de comidas, podía considerarse un trabajador. No pude saber todas las circunstancias por las que él se estableció en Linjiang. Según afirmaban ciertas personas, por un tiempo vivió en la zona de Dandong, huyendo, por haber estado involucrado en un caso de extracción del país de minerales de tungsteno con el fin de conseguir fondos para el movimiento independentista y, cuando se fue olvidando el asunto, se trasladó a Linjiang en busca de un refugio más seguro.

    Era oriundo de la comuna Ha, en el cantón Kophyong, del distrito Taedong. Ha era una aldea vecina a la Nam, mi tierra natal, las separaba el rio Sunhwa. Dicen que originalmente fue un campesino laborioso, pero desde que conoció a mi padre, raras veces se encontraba en la casa, casi siempre estaba de viaje por asuntos del movimiento independentista. Sus parientes no lo veían con buenos ojos por haberse convertido en vendedor ambulante, dejando de cultivar la tierra. Con la bajamar, cruzaba el río Sunhwa y venía a la comuna Nam con el fin de entrevistarse con mi padre.

    No sé si fue en recuerdo de esos lazos, pero de todas maneras nos agasajó y protegió. Para mí y nuestra familia fue un gran bienhechor. Durante casi un mes que permanecimos en su establecimiento, gastó mucho para atendernos, y no se mostró nunca molesto, siempre nos trató con expresión sonriente. Una vez, nos pagó una llamada por un teléfono interurbano con mi padre, que se encontraba en Fusong.

    Fue la primera vez en mi vida que hablé por teléfono. Mi padre quería oir la voz de todos y mi madre y nosotros pudimos dialogar con él por turno.

    Mi madre, acompañada por el tío Hyong Gwon, había llegado a Linjiang en la fecha prevista. Enseguida nos propuso un paseo por la ciudad y nos condujo a un comedor chino. Mientras comíamos empanadillas, nos preguntó sobre diversas cosas.

    Creía que quería agasajarnos con ricos manjares después que habíamos vivido durante casi un mes en casa ajena, y por eso la seguí sin pensar en nada más, pero al rato comprendí que el objetivo no era la comida, sino saber cómo lo habíamos pasado en su ausencia.

    Quería conocer si en la fonda no estuvieron personas sospechosas, si preguntaron por nosotros, si habíamos visitado otras viviendas, y cuántas se enteraron de nuestra presencia en la casa de Ro Kyong Du. Después nos advirtió, una y otra vez, que en ninguna parte debíamos decir que éramos hijos de Kim Hyong Jik y que hasta que nos fuéramos a otro lugar teníamos que cuidarnos de todo.

    No pudo dormir a piernas sueltas ni en Linjiang por tener que protegernos. En plena noche, al menor ruido, se sobresaltaba y prestaba oídos con la respiración entrecortada.

    Si no estuvo tranquila ni un momento por temor a que alguna desgracia cayera sobre sus hijos, ¿cómo había podido adoptar una actitud tan implacable aquella noche en que nos había obligado a ir a Linjiang?

    Puedo afirmar que su amor fue genuinamente maternal, un amor revolucionario.

    En este mundo no puede haber otro tan ardiente, sincero e inalterable, que el maternal.

    La madre reprende e incluso golpea, pero el hijo siente, no el dolor, sino el amor maternal, y ella, movida por este sentimiento, está dispuesta a coger hasta las estrellas del cielo si es en bien de sus hijos. Y este amor no espera recompensa.

    Hoy día, hasta en sueños, veo, de vez en cuando, la imagen de mi madre en aquellos tiempos.

    

    

    

    7. Herencias

    

    

    El señor Hwang, quien venía a menudo a nuestra casa, en los años que pasamos en Badaogou, fue la persona que dejó la más honda huella en la vida de mi padre. Precisamente él lo salvó en Huchang de las garras de la policía japonesa.

    Mi padre se fue a Phophyong para establecer contactos con las organizaciones del interior del país; pero, al acercarse al restaurante de kuksu, utilizado como lugar de cita secreta, cayó en una emboscada de los policías. Lo había delatado Son Se Sim, quien tenía una posada detrás de nuestra casa. Nos visitaba con frecuencia, y sentándose casi pegado a mi padre, le decía a cada rato en un tono halagador “señor Kim”. Hasta entonces, no sabía que era un agente.

    Para descubrir la organización clandestina, el departamento de policía del gobierno general mantuvo en estricto secreto la detención de mi padre y envió a altos funcionarios a la sección de policía de la provincia Phyong-an del Norte, con la misión de realizar investigaciones con respecto a Kim Hyong Jik. El agente superior Akishima y otro más, del puesto policíaco de Phophyong, recibieron la instrucción de conducir con prisa a mi padre hasta la sección policíaca provincial en Sinuiju, pasando por la estación de policías de Huchang. Los enemigos se apresuraban tanto, porque temían que las unidades independentistas que operaban en las zonas del río Amrok lograran liberarlo.

    Durante la permanencia de mi padre en la celda del puesto policíaco de Phophyong, no se nos permitió visitarlo, por lo que no supimos que lo trasladarían a Sinuiju.

    Hwang vino a toda prisa con esta información y aseguró:

    –Madre de Song Ju, no se preocupe demasiado. Venderé todos los bienes para contratar un abogado y regresaré después de asistir al juicio. Si hay aguardiente en la casa, llevaré algunas botellas.

    Metió en su bolsa de paja unas cuantas botellas de aguardiente fuerte y una docena de myongthae seco e, inadvertidamente, siguió de cerca a mi padre y los dos que lo conducían.

    Los policías emprendieron el camino muy temprano y cuando llegaron a la taberna de la comuna Yonpho era hora de almorzar. Como tenían hambre mandaron a preparar su comida. Hwang entró también en el establecimiento y después de analizar el ambiente sacó una botella e invitó a los policías.

    Al principio no querían aceptar por estar escoltando, decían, a un delincuente, pero ante la insistencia de Hwang, comenzaron a tomar una copita tras otra, sin dejar de elogiarlo como “una persona muy buena”. Al rato, éste les convenció de que también el preso necesitaba comer y así logró que le quitaran las esposas de una mano.

    El también bebió bastante, pero no se emborrachó. Era un alcohólico.

    Akishima y el agente coreano que le acompañaba se embriagaron de tal manera que se tumbaron en el mismo lugar y empezaron a roncar.

    Mi padre aprovechó el momento. Ayudado por Hwang, liberó sus manos esposadas y los dos salieron de la taberna y escalaron la loma Pyojok, que se hallaba cerca. Cuando estaban llegando a la cima comenzó a nevar.

    Los policías, más tarde, al despertarse y darse cuenta de la desaparición del detenido, emprendieron la persecución e incluso tiraron al aire con sus fusiles. En tal circunstancia, mi padre y Hwang se vieron obligados a separarse. Después, no volvieron a encontrarse.

    Cuando se liberó el país, traté de averiguar por su paradero, por diversos conductos. No sé por qué esa persona que auxilió a mi progenitor, sin la menor vacilación, a riesgo de su vida, al llegar un mundo mejor, se hizo tan difícil de localizar.

    Hwang era un verdadero amigo y camarada de mi padre, dispuesto a subir hasta al cadalso en sustitución de éste.

    Sin la ayuda de un sincero compañero como él, mi padre no habría logrado sobreponerse a una situación tan crítica. Sus amigos solían decirle que había nacido con la dicha de contar con buenos camaradas. Como estaba consagrado a la lucha por el país y el pueblo, y compartía la vida y muerte con los independentistas era natural que le siguieran las masas y muchos revolucionarios y amigos.

    Durante la retirada, en la guerra de Corea, también el señor Ri Kuk Ro me contó detalles sobre cómo mi padre logró evadirse.

    A principios del otoño del año en que estalló la guerra en Corea, el Gobierno de la República envió a miembros del Consejo de Ministros a diversas zonas, como delegados plenipotenciarios, con el fin de acelerar la entrega de impuestos en especies.

    El señor Ri Kuk Ro, ministro sin cartera, estuvo en la zona que por entonces pertenecía a la provincia Phyong-an del Norte. Concluyó la tarea en el momento en que emprendimos la retirada estratégica y nos encontramos en Kanggye. Un día, vino a verme para presentar el informe de su trabajo ante el Consejo de Ministros y en esa ocasión se refirió, de modo imprevisto, a la taberna de la comuna Yonpho. Según explicó, terminado su trabajo en el distrito Huchang se dirigía hacia Kanggye, pero de paso se fue, acompañado por el jefe de la estación de seguridad de aquel distrito, a la taberna de Yonpho, de donde se había evadido el señor Kim Hyong Jik, y comprobó que esa casa aún existía. En ese entonces, Kanggye y Huchang pertenecían a la provincia Phyong-an del Norte.

    Fue sorpresivo y extraño oir contar de lo ocurrido en la taberna de Yonpho, de boca del señor Ri Kuk Ro, quien pasó la mayor parte de su vida en el extranjero y el Sur de Corea, y que vino al Norte después de la liberación, para tomar parte en la construcción del país.

    Habría sido comprensible escuchar tal cosa, si por ese tiempo se hubieran difundido ampliamente materiales y hechos referentes a mi padre como ahora, pero no pude menos que considerar muy rara la ocurrencia, porque casi nadie sabía la historia de la taberna.

    Sin poder disimular la curiosidad, pregunté:

    –¿Cómo es que usted, señor Ri, conoce la vida de mi padre?

    –Hace 20 años oí hablar del señor Kim Hyong Jik. En Jilin, una buena persona me contó con lujo de detalles sobre la familia de usted, General. Quisiera escribir después del término de la guerra la biografía de su honorable padre. Pero no me he decidido, dudo de mi capacidad.

    El señor Ri Kuk Ro, comúnmente taciturno y tranquilo, aquel día no pudo sobreponerse a su estado emotivo y habló mucho.

    Abandonamos el muy concurrido local del Consejo de Ministros, y paseando a lo largo de la casi desierta orilla del río Tokro (Jangja), platicamos durante más de una hora.

    La persona que le había hablado de mi progenitor fue Hwang Paek Ha, padre de Hwang Kwi Hon, cuando el señor Ri Kuk Ro se encontraba en Manchuria como integrante de una delegación de la Asociación Singan. Su misión consistía en prestar socorro a los coreanos damnificados durante las rebeliones del 30 de mayo y del primero de agosto. Como había muchos afectados por esos disturbios, la dirección de la Asociación Singan se propuso enviar una comisión a Manchuria para auxiliarlos.

    En esa ocasión, el señor Ri Kuk Ro se encontró con Choe Il Chon, en Shenyang. Este le aconsejó que, si iba a Jilin, se entrevistara con Hwang Paek Ha.

    El señor Ri Kuk Ro procedió tal como él le dijo. En Jilin, entró en contacto con Hwang Paek Ha y recibió su ayuda en el trabajo de socorro y le oyó hablar de mi padre. Así llegó a saber que la comuna Yonpho estaba situada en el distrito Huchang y que éste era uno de los principales puntos de contacto para las actividades de mi padre.

    La Asociación Singan designó a Ri Kuk Ro su delegado en Manchuria, por haber servido allí al trabajo educacional durante varios años. Por un tiempo, fue jefe de instrucción en la unidad de independentistas estacionada en el monte Naitoushan y se desempeñó como maestro en la escuela Paeksan, en el distrito Fusong, y en la Dongchang, en el distrito Huanren. Teniendo esto en cuenta, resultó más que posible que en Manchuria hubiese conocido sobre mi padre.

    –Ese jefe de la estación de seguridad, casi no sabía acerca de la historia de la taberna. Por eso le critiqué un poco, le dije que su ignorancia constituía una vergüenza para el distrito Huchang. Y le aconsejé que bajo su propia responsabilidad conservara con esmero la casa.

    Estaba preocupado porque estimaba que los trabajadores directivos descuidaban la educación en las tradiciones, y afirmaba que si los integrantes de la joven generación desconocían la historia de lucha de los mártires, entre ellos saldrían inevitablemente hijos infieles.

    Me sentí indeciblemente agradecido al señor Ri Kuk Ro, porque en un momento de tan severa prueba para nuestra joven República, con sólo dos años de fundada, cuando se decidía su destino, subrayara la necesidad de defender las tradiciones revolucionarias. Quedé fuertemente impresionado al parecerme que veía ante mis ojos algunas imágenes de los que cayeron en la lucha por la reconquista de la Patria y que me exhortaban con vehemencia a vencer en la guerra, a salvaguardar la Patria hasta el fin.

    Las palabras del señor Ri Kuk Ro acerca de la comuna Yonpho, me dieron fuerzas en el preciso instante en que se hacía mucha bulla diciendo que Corea estaba a punto de sucumbir.

    Después de separarse de Hwang, mi padre erró todo el día por el bosque hasta descubrir en el paso llamado Kaduk, no lejos de la taberna de Yonpho, una cabaña semisubterránea. Pidió amparo a su dueño. Al presentarse, ambos supieron que tenían el mismo apellido, Kim, de origen de Jonju.

    El dueño de la cabaña consideró un suceso feliz que en un lugar tan retirado como el paso Kaduk se encontrara con un revolucionario de apellido de igual origen y le ayudó de corazón.

    El anciano preparó un escondrijo en medio de un pajar de mijo cerca de su cabaña. Allí, donde penetraba un frío cortante, mi padre tuvo que permanecer encogido durante varios días, sin poder ni siquiera extender las piernas ni las manos, ni tampoco hacer otros movimientos, a consecuencia de lo cual sufrió de sabañones en los pies, las rodillas, en fin, en toda la parte inferior del cuerpo.

    El viejo le llevaba bolas de arroz y patatas asadas y hacía otras cosas para protegerlo.

    Akishima fue duramente reprendido por los superiores a causa de la evasión de mi padre. La sección de policía de la provincia Phyong-an del Norte tendió una espesa red de vigilancia a lo largo de las zonas adyacentes al río Amrok, desde Huchang hasta la comuna Jukjon, y durante varios días efectuó una operación de rastreo. No obstante, no prestó atención al pajar del paso Kaduk. Considero que mi padre se había orientado bien y también había acertado con la elección del refugio.

    Entretanto, el anciano Kim iba a observar con detenimiento el estado de congelación del Amrok y le enseñaba a mi padre cómo cruzarlo con la ayuda de palos. Como el río todavía no estaba intensamente helado, hacía falta cuidarse mucho para pasarlo.

    Mi padre pudo cruzarlo, sin accidentes, al hacerlo tal como le había enseñado el viejo Kim: colocó los palos sobre el hielo y empujándolos con las manos se arrastraba adelante con el vientre bien pegado al hielo. Teniendo palos en las manos, no había peligro de ahogarse, aun cuando se rompiera la capa de hielo. Era un método sumamente ingenioso, pero en esta operación mi padre volvió a sufrir otra helada. Esto constituyó una de las causas de su muerte, ocurrida un año después, en Fusong.

    Después que a costa de sobrehumanos esfuerzos logró cruzar con éxito el río Amrok, permaneció algunos días en el poblado Taolaizhao, para someterse a tratamiento y más tarde, guiado por Kong Yong y Pak Jin Yong, se fue a Fusong. Estos dos servían en una unidad del Ejército independentista estacionada en ese último lugar. Esa unidad, mandada por Jang Chol Ho, pertenecía a la junta Jong-ui.

    Ya mencioné las circunstancias en que mi padre conoció a Kong Yong, por intermedio de O Tong Jin. Oriundo del distrito Pyoktong, era un joven leal que recibía orientaciones de mi progenitor desde que actuaba en el cuerpo de la juventud independentista de Pyoktong y como miembro armado del campamento especial de Pyokpha. Entre ellos se establecieron muy estrechas relaciones. Si venía a nuestra casa, me trataba con mucho cariño llamándome a cada rato “mi Song Ju”. Por mi parte, seguí llamándole tío, hasta que se hiciera comunista y nuestro camarada de armas. Después de la muerte de mi padre, él, que se encontraba en Wanlihe, venía más o menos una vez por semana a nuestra casa con arroz y leña y consolaba a mi madre. Le acompañaba su esposa, siempre con un bulto de hierbas comestibles sobre la cabeza. En memoria de mi padre, Kong Yong siguió observando por cierto tiempo las exigencias del luto.

    Mi padre, junto con los dos acompañantes, volvió a ser víctima de una peripecia, al caer en manos de un grupo de bandidos en el territorio de Manjiang, poco antes de llegar a Fusong. Por esa época, por doquier pululaban los bandoleros. La confusa e inestable situación de entonces, cuando en todas partes los caudillos militaristas reñían a mano armada por la conquista de poderes, favoreció la aparición de un gran número de salteadores. Eligieron este camino también muchos individuos del estrato más bajo de la sociedad, privados de cualquier otro medio de subsistencia. Además, los imperialistas japoneses, con el fin de debilitar a las fuerzas que se les oponían, se infiltraron en las pandillas y manipularon a sus capas superiores e, incluso, los formaron expresamente. Esos malhechores, actuando en grupos, ora asaltaban hogares, ora detenían a los viajeros para despojarles del dinero y otros bienes. Si no les salían bien las cosas, no vacilaban en cometer actos salvajes como cortarles las orejas o degollar a sus víctimas. Dada esa realidad, los dos compañeros de mi padre se mantenían en estado de extrema alerta.

    Aunque mi padre explicó que era practicante, aquellos seres ignorantes y rudos no querían soltarlo, alegando que si era practicante debía tener mucho dinero. Trató de persuadirlos de que no lo tenía, apenas ganaba con su trabajo para sustentarse; que estaba dispuesto a atender a sus enfermos; y que, de regreso, no los delataría ante las autoridades. E hizo otras gestiones, pero no querían dejarlos ir.

    Ante esta situación, Kong Yong aprovechó un momento de despreocupación de los captores, quienes después de comer se pusieron a fumar opio. Apagó la lámpara de aceite y primero propició la fuga de mi padre y de Pak Jin Yong y después, al tumbar con su arte marcial tradicional a una docena de bandidos, también logró huir. Fue una acción tan dramática que daba la impresión de una escena de una obra de teatro.

    El espíritu de sacrificio que mostró Kong Yong en esos instantes, fue frecuentemente recordado con emoción por mi padre. Era un combatiente abnegado, que no se cuidaba de sí mismo en bien de los camaradas.

    Algunos días después, mi padre se encontró con Jang Chol Ho en Fusong. Hasta unos años atrás, andaba con instrumentos de medición topográfica, pero esta vez era un militar al mando de una compañía del Ejército independentista. Ante el aspecto muy enfermizo de mi padre se mostró sumamente desanimado y le aconsejó que descansara lo suficiente, hasta restablecerse, en la casa que ellos habían conseguido. Otros tenían la misma opinión.

    Efectivamente, era tan delicado su estado de salud, que, de no cuidarse, quedaría incapaz de mantenerse de pie. El también se daba cuenta de esto. Además, esa temporada invernal era muy dura. No obstante, poco tiempo después emprendió un viaje hacia zonas norteñas, sin haber podido recibir, ni siquiera, tratamiento con fomentos.

    Le acompañó el mismo Jang Chol Ho. Estuvieron en Jilin y Huadian. El objetivo por el que mi padre, pese a su enfermedad provocada por la helada, se fuera con tanta prisa a esas zonas, consistía en acelerar el proceso de unión de las organizaciones independentistas en un frente único, y cohesionar otras fuerzas patrióticas antijaponesas. Por esa época, también entre los independentistas se planteaba como orden del día la creación de un partido.

    Con el desarrollo de las ideas y la profundización del proceso revolucionario basado en ellas, la política por los partidos se hizo una tendencia mundial y su práctica se fue generalizando de modo vertiginoso en el escenario político internacional. Tanto los políticos burgueses como los comunistas se inclinaban hacia esa tendencia. Tomando la Revolución de Octubre por punto de viraje, en varios países de Asia se fundaron sucesivamente partidos comunistas. Con la difusión de la nueva corriente ideológica, el Oriente acogió la era de la política de partidos. En 1921, en nuestra vecina China se fundó el Partido Comunista.

    En estas circunstancias, las personas progresistas de Corea impulsaron el trabajo encaminado a crear una organización capaz de dirigir la lucha de liberación nacional por la vía política.

    Se puede decir que la política de partidos tiene por premisa la creación y desarrollo de una ideología y los principios que le sirvan de guía y fundamento, de lo contrario resulta imposible llevarla a cabo.

    En la historia moderna de nuestro país, el nacionalismo burgués, surgido como corriente ideológica, había venido dirigiendo el movimiento de liberación nacional, pero declinó antes de llegar a tener su propio partido. En el escenario de la lucha de liberación nacional apareció en su lugar una nueva corriente, la comunista. Entre los elementos progresistas de la nueva generación que llegaron a comprender de modo imperioso que el nacionalismo burgués ya no podía constituir la bandera para esa contienda, crecieron con rapidez las filas de los adeptos al comunismo. También en el campo del nacionalismo, muchos elementos progresistas tomaron esta dirección.

    El lineamiento de cambio de dirección, presentado en la Conferencia de Kuandian, no se redujo a una mera declaración; personas progresistas lo llevaron a la etapa de materialización en el seno del movimiento nacionalista.

    El primero en llevarlo a la práctica fue O Tong Jin. Con posterioridad a la Conferencia de Kuandian, en la unidad de independentistas que él mandaba surgió un buen número de simpatizantes de la corriente marxista-leninista. A la nueva fuerza surgida en esa época, los imperialistas japoneses la definieron como “tercera fuerza”.

    A mediados de la década de los años 20, cuando mi padre se escapó de las garras de la policía japonesa y se dirigió a Jilin pasando por Fusong, se aceleraba en el interior del movimiento nacional el proceso de separación de la fracción renovadora tendente al cambio de rumbo, de la conservadora, que se le oponía.

    Mi padre, percatando de ello, estimó que había llegado el momento de formar una organización política capaz de hacer realidad el giro en la dirección.

    Hasta entonces, el movimiento nacional de los coreanos en Manchuria se había desplegado bajo el ideal de la recuperación de la soberanía nacional, principalmente en forma de acciones militares y, al mismo tiempo, esfuerzos autonomistas, como el trabajo educacional y fomento del bienestar del pueblo. Sin embargo, faltaba una organización que pudiera conducirlo por la vía política. En vista de esta situación, mi padre, en unión con los nacionalistas de la fracción renovadora que actuaban en Jilin y en sus contornos, comenzó los preparativos para fundar la organización llamada a asegurar la dirección política a todas las agrupaciones militares y autónomas que se hallaban dispersas en el territorio de Manchuria.

    El primer paso fue, precisamente, la reunión efectuada en Niumaxiang, Jilin, a propuesta de él. La cita tuvo lugar a comienzos de 1925 en la casa de Pak Ki Baek –el padre de Pak Il Pha–, situada al pie del monte Bei. Asistieron veteranos y personalidades del movimiento independentista, entre otros, Ryang Ki Thak, Hyon Ha Juk, O Tong Jin, Jang Chol Ho, Kim Sa Hon, Ko Won Am y Kwak Jong Dae.

    Todos reconocieron la necesidad de crear una organización política que dirigiera de modo unido el movimiento y adoptaron, por unanimidad, una resolución para fundar en un futuro cercano un partido único. En la reunión se examinaron otros asuntos de principios relacionados con su creación.

    Según las memorias de Ri Kwan Rin, el tema más discutido fue el de la denominación del futuro partido. Concretamente, se trataba de decidir entre dos propuestas: Partido revolucionario de Corea y Partido revolucionario de Koryo. Finalmente, partiendo de la opinión de que si bien importaba la denominación del partido, lo fundamental era definir con acierto sus deberes y programa en correspondencia con los objetivos del movimiento, se aceptó el nombre de Partido revolucionario de Koryo y se pasó al debate de su plataforma.

    Un año después, los dirigentes del movimiento independentista que participaron en la reunión de Niumaxiang, junto con representantes del grupo renovador del chondoísmo y los de la sociedad Hyongphyong, procedentes del país, y los provenientes de Primorie, convocaron una reunión conjunta y allí fundaron el Partido revolucionario de Koryo, cuyos objetivos eran “liquidar el actual régimen de propiedad privada, disolver la actual organización del Estado y formar otra única a escala mundial, bajo el régimen comunista”. Por motivos de salud, mi padre no pudo asistir a esta reunión.

    Después de visitar el Beishan y el parque de Jiangnan y sostener contactos con cuadros de organizaciones juveniles de Xinantun, había vuelto a Fusong, desde donde nos pidió por teléfono que saliéramos de Linjiang.

    Algo alejados ya de Linjiang, nos encontramos con dos militares independentistas enviados por el jefe de compañía, Jang Chol Ho. Llevaban sobre la cabeza antiguos sombreros, a manera de disfraz para evitar la sospecha de los agentes. Subimos en su trineo de caballo y salimos hacia Fusong.

    Mi padre nos recibió en Daying, a unos 16 kilómetros de Fusong. Al verlo con una amplia sonrisa, sentí que se me desvanecían de golpe miles de preocupaciones, si bien en su semblante mostraba que estaba muy mal. Corrí hacia él, tirando de las manos de mis hermanitos, quienes, antes de que yo le saludara, se arrojaron en sus brazos, hablándole a coro todo lo que no pudieron decirle durante dos meses de separación.

    Mi padre, mientras los atendía cariñosamente, no quitaba sus ojos de mí y manifestó así su satisfacción:

    –¡Qué buena es el agua de la Patria! Después de haberte enviado a Corea, no pude conciliar el sueño, pero ahora te encuentro hecho todo un hombre.

    Por fin, aquella vez pudimos conversar toda la noche. En esa ocasión, precisamente le oí comentar sobre Hwang, quien le ayudó en la evasión, el anciano de apellido Kim, de Jonju, y acerca de las valientes acciones de Kong Yong en la guarida de bandoleros de Manjiang.

    Yo le hablé de lo que vi y sentí en el país y manifesté mi resolución de no cruzar más el río Amrok hasta que no se independizara Corea. Me miró orgulloso y aprobó mi actitud, la cual, decía, debían adoptar todos los hijos de Corea. Y me advirtió con seriedad que no considerara terminados, con la escuela Changdok, mis estudios sobre la Patria, sino que tenía que aplicarme en el aprendizaje en este nuevo lugar para conocer mi nación.

    Algunos días después, matriculé en la escuela primaria No.1 de Fusong. De entre los colegas, mi mejor amigo fue el chino Zhang Weihua, hijo de una familia considerada la segunda o tercera de mayor fortuna del lugar. Sólo su propio personal armado contaba con decenas de integrantes. Le pertenecían casi todas las plantaciones de insam de Donggang, en el distrito Fusong. En cada otoño, el insam recolectado se vendía en otras regiones y se transportaba en caballos y burros. La fila de custodios armados en esa caravana se alargaba a no menos de 4 kilómetros. El padre de Zhang Weihua, aunque tenía fama por sus riquezas, era una persona honesta, que odiaba al imperialismo y amaba a su patria. Así también se comportaba su hijo.

    Con posterioridad, cuando me dedicaba a las actividades revolucionarias, varias veces logré salvarme de situaciones muy críticas por la ayuda de ellos.

    Entre los colegas coreanos, se llevaban bien conmigo Ko Jae Bong, Ko Jae Ryong, Ko Jae Rim y Ko Jae Su.

    Reinaba una situación muy desfavorable cuando mi padre realizaba acciones revolucionarias, con Fusong como centro, porque los caudillos militares reaccionarios se inclinaban a la tendencia projaponesa y obstaculizaban, por todos los medios, los movimientos de los patriotas coreanos. Además, su salud era delicada, como consecuencia de las torturas a que había sido sometido en Pyongyang y Phophyong, y por los sabañones. Pero no disminuyó, en absoluto, su lucha revolucionaria.

    A la entrada de nuestra casa, en la calle Xiaonanmen, apareció una nueva placa: “Dispensario Murim”. Con entera franqueza, mi padre no estaba en condiciones de atender a otros, al contrario, necesitaba imperiosamente que lo atendieran. Sin embargo, poco después emprendió otro viaje. Todos le dijeron que no podía hacerlo. Jang Chol Ho, Kong Yong, Pak Jin Yong y otros independentistas que frecuentaban Fusong trataron de impedirlo. Lo hicimos también el tío Hyong Gwon y yo, y hasta mi madre, que aprobaba y ayudaba en silencio todo lo que él planeaba y hacía, le rogó encarecidamente que esta vez se quedara en casa.

    El no cambió su decisión y emprendió el viaje. Le intranquilizaba mucho la noticia de que las capas superiores del Ejército independentista que operaba en la zona del monte Naitoushan, se habían dividido en varios bandos, sin lograr unidad de acción y se dieron a reñir por la conquista de poderes, razón por la cual las huestes se encontraban en peligro de desmembramiento.

    Un hombre enviado por Jang Chol Ho le acompañó hasta Antu. Antes de salir de Fusong metió en la mochila, a modo de provisiones de viaje, unos cuantos kilos de mijo y una vasija de pasta de soya y se pertrechó con un hacha y un revólver. Tenían que recorrer varias decenas de kilómetros por un territorio despoblado. Dijeron luego que pasaron muchas peripecias para atravesarlo. Por la noche, encendían hogueras, y apoyándose en troncos de madera apilados, sin nada con que cubrirse, trataban de dormir con sus cuerpos encogidos, y como mi padre tosía mucho, su acompañante se sintió intranquilo todo el tiempo.

    Aun después de regresar de Antu, no cesaron sus sofocantes accesos de tos. Pese a su delicado estado de salud, unos días más tarde, tuvo que andar por varios lugares para obtener el reconocimiento oficial de la escuela Paeksan.

    Esta era una institución privada con larga historia que los exiliados y otros precursores de Corea establecidos en Fusong, en unión con campesinos connacionales, fundaron para estar a la altura de los esfuerzos que se hacían en el país para crear centros docentes privados.

    Me dijeron que al comienzo era similar en tamaño a la antigua escuela Sunhwa, de Mangyongdae, donde estudió mi padre. Es decir, el local no era más amplio que dos cuartos de una casa de campo de hoy. No obstante sus dimensiones, se vio obligada a cerrar durante mucho tiempo, por falta de recursos para su mantenimiento.

    Nos trasladamos a Fusong en el momento en que estaba en pleno despliegue una campaña para la rehabilitación de este plantel. Para conseguir su reconocimiento oficial, mi padre se enfrentó a muchos obstáculos porque lo negaban las autoridades militaristas, instigadas por el imperialismo japonés.

    Dondequiera que iba mi padre, prestaba atención primordial al movimiento educacional y estableció escuelas en muchos lugares.

    En vísperas de la inauguración de la de Paeksan, junto con Jang Chol Ho, trajo en carretas de caballo pupitres y sillas, hechos en un taller de carpintería. Mi padre siempre pensaba en ella, aunque, bajo el rótulo de “Dispensario Murim”, seguía ejerciendo el oficio de practicante.

    En calidad de director de honor del centro, no impartió clases, pero se interesó por el contenido de la enseñanza y el trabajo auxiliar, pronunció discursos ante maestros y alumnos y dedicó mucho tiempo a la orientación de las actividades extraescolares.

    Fue el autor del manual “Textos de lengua materna”, que se utilizó en esa escuela. Después de inaugurada ésta, él estuvo en Sanyuanpu, en el distrito Liuhe, y al regresar lo redactó en unión de Pak Ki Baek(Pak Pom Jo). Cuando escribía materiales didácticos, había personas de buenas intenciones que los editaban en Sanyuanpu y distribuían por toda Manchuria. La junta Jong-ui mantenía en Sanyuanpu una imprenta que utilizaba la litografía y por eso sus producciones eran de buena calidad. En las escuelas coreanas en Manchuria se usaban libros de textos impresos allí.

    Sólo en Fusong organizó varias reuniones para examinar la cuestión educacional y envió personas competentes a Antu, Huadian, Dunhua, Changbai y otras zonas con la misión de establecer planteles diurnos y nocturnos en todos los lugares donde vivían coreanos. La escuela Yugyong, en la aldea Deying, en Shibadaogou, del distrito Changbai, fue creada precisamente en esa época. Entre sus alumnos estaban Ri Je U, quien posteriormente fue miembro del Ejército Revolucionario de Corea y de la Unión para Derrotar al Imperialismo, y Kang Ton, combatiente antijaponés.

    Al ver que la cosa marchaba bien en la escuela Paeksan, volvió a recorrer diferentes regiones de Manchuria para hacer contacto con independentistas. En aquel tiempo, lo principal en las actividades era esforzarse por la unidad y la cohesión de las filas del movimiento independentista. Aparecía en un primer plano el problema de fundar un partido único que pudiera propiciar un cambio en la dirección. Por eso, la unidad y cohesión que serían su base eran tareas imperiosas que nadie debía esquivar. En aras de esta causa, sacrificó, sin titubeo, sus últimos años de vida.

    En Manchuria se inició una nueva era con el surgimiento de las tres juntas: Jong-ui, Sinmin y Chamui, al fusionarse en éstas las diminutas agrupaciones de independentistas, de diversas tendencias, que actuaban de forma autónoma en las tres provincias del Noreste de China. Pero estas juntas no disfrutaban de simpatías entre las masas populares por sus interminables riñas fraccionalistas, encaminadas a extender sus esferas de influencia.

    Ante tal situación, mi padre, convencido de que el logro de la unidad y la cohesión constituía una gran misión histórica, muy apremiante, en agosto de 1925 se reunió en Fusong con los representantes de la Asociación Nacional Coreana y de las agrupaciones armadas, provenientes del interior y exterior del país, para adoptar medidas a favor de la unidad y cohesión de las filas del movimiento independentista y, en esa ocasión, constituyó la Asociación de promoción de la Unión de las organizaciones nacionales.

    Al parecer, su propósito consistía en adelantar la fundación de un partido único, poniendo en acción esta entidad. Apresuró los trabajos mucho más febrilmente que antes, planificándolos por minutos y segundos. Creo que presentía que le quedaban pocos días.

    Efectivamente, algún tiempo después se agravó su enfermedad. A partir de la primavera de 1926, nunca más pudo levantarse de la cama.

    Al difundirse la noticia, comenzaron a llegar a nuestra casa muchos visitantes. Cada vez que yo volvía de la escuela, encontraba ante la entrada varios pares de zapatos extraños. Venían con remedios valiosos y le dirigían palabras alentadoras. Casi todos, hasta los más pobres, traían, por lo menos, insam. Pero, su estado se agudizó tanto que ya ninguna medicina, por muy buena que fuera, surtía efecto.

    La primavera impartía, generosa, su savia vivificadora a todos los seres de la tierra y cantaba anunciando la llegada de una nueva temporada, pero, desgraciadamente, no pudo restablecer la salud de mi padre, tan deseada y esperada por tantas personas. Me encontraba con tal ánimo que no podía ir a la escuela. Una mañana, como estaba inquieto, volví a casa, sin haber ido a las clases.

    Mi padre me preguntó con severidad:

    –¿Por qué no fuiste a la escuela?

    No pude decirle nada, me limité a suspirar.

    Para hacerme volver insistió:

    –Vete, un varón así no llega lejos…

    Una vez, de Jilin vinieron O Tong Jin y Jang Chol Ho. En virtud del lineamiento trazado en la reunión de Fusong, O Tong Jin hizo varias tentativas para aglutinar las fuerzas patrióticas antijaponesas, pero la cosa no iba tal como quería, lo que le hizo sufrir mucho. Por eso, según sus palabras, traía un doble propósito: animar al enfermo y, al mismo tiempo, escuchar sus opiniones. Y desenmascaró con indignación los actos de quienes persistían en posiciones divisionistas.

    Por su parte, Jang Chol Ho, que tenía un carácter violento, se mostró muy irritado al manifestar que sería mejor separarse de una vez por todas de esa gente tan testaruda.

    Después de escucharles con atención, mi padre cogió una mano de cada uno y dijo:

    –No, no deben actuar así. Aunque cueste mucho trabajo, es preciso lograr la unión. Hasta que no nos unamos y no hagamos frente al enemigo con las armas, no podremos alcanzar la independencia.

    Cuando se fueron, al referirse a las riñas fraccionalistas originadas en el período de dominio de la dinastía de los Ri, mi padre lamentó la gravedad de la situación en que las personas que pretendían ser independentistas seguían divididas y se daban a esas peleas sin haber sacado las debidas lecciones del hecho de que, a causa de éstas, justamente, se había arruinado el país. Y sentenció que hasta que no se pusiera fin a las luchas fraccionalistas, no se podría alcanzar ni la independencia nacional, ni tampoco la civilización y la prosperidad, porque ellas constituían la causa del debilitamiento del poderío del país y un vehículo para la introducción de las fuerzas foráneas; y de ocurrir así, la nación sucumbiría inevitablemente. Agregó que nuestra generación debería terminar, de una vez para siempre, con esas riñas, lograr la unidad y poner en acción a las masas populares.

    En los ratos en que yo, al volver de la escuela, le servía de enfermero, me hacía sentar a su lado y hablaba de diversas cosas. Principalmente se refería a las experiencias que acumulara en toda su vida, muchas de las cuales podrían servir de valiosas lecciones.

    Hasta hoy no olvido lo que dijo respecto a las tres alternativas a que tenían que estar dispuestos los revolucionarios:

    –Dondequiera que vaya, el revolucionario debe estar dispuesto siempre a tres alternativas: morir de hambre, morir a mano ajena y morir de frío, pero nunca abandonar su gran propósito.

    Estas palabras quedaron bien grabadas en mi mente.

    Me sirvieron de lección también sus referencias sobre los camaradas y la amistad:

    –El hombre no debe olvidar al compañero conocido en momentos difíciles. Tienen razón cuando dicen que en la casa hay que apoyarse en los padres, pero fuera de ésta, en los amigos. Camaradas leales, con quienes puedas compartir la vida y la muerte, te son, de hecho, más cercanos que tus propios hermanos.

    Aquel día, habló mucho sobre este tema:

    “… Emprendí la lucha buscando camaradas. Hay quienes inician el movimiento independentista tratando de conseguir primero, dinero o armas, pero yo, dondequiera que fui, busqué antes que todo a compañeros leales. Estos no bajan del cielo, ni brotan de la tierra. Tienes que encontrarlos por ti mismo, con abnegados esfuerzos, tal como se procede para extraer oro u otras riquezas, y darles la preparación necesaria. Con este fin, estuve andando toda mi vida por Corea y Manchuria, y de tanto caminar se me ampollaron los pies. Y tu madre tuvo que trabajar duro y pasar hambre, para atender a muchos que venían a verme.

    “Si estás sinceramente dispuesto a servir al país y al pueblo, podrás encontrar cuantos camaradas quieras. Lo principal es tener ese propósito y voluntad. Aunque no tengan dinero, pueden hacerse entrañables si persiguen un mismo objetivo. Así se explica cómo, una amistad que no se pudo obtener ni con oro, se entabla compartiendo un vaso de agua o una patata cocida.

    “No tengo ni fortunas, ni alto rango dignatario, pero cuento con muchos amigos leales. De poder llamarlos tesoros, esto significaría que poseo mayor fortuna que cualquier otro.

    “No escatimé nada en bien de los camaradas. Por eso, éstos me protegieron a costa de sus vidas. Si hasta hoy tu padre pudo sobreponerse a múltiples penalidades y contratiempos y consagrarse al movimiento por la restauración de la Patria, fue gracias a su apoyo y auxilio, sinceros y desinteresados…”

    Aunque estaba enfermo, manifestaba que a quienes más quería ver era, precisamente, a sus amigos y no dejaba de reiterarme que tenía que ganarme a muchos compañeros fieles:

    “Sólo quien está presto a morir por un camarada, puede encontrar buen compañero.”

    Todo lo que me dijo entonces, quedó para siempre en mi mente.

    Durante varios meses mi madre atendió con toda su abnegación y amor al enfermo, sin dormir y comer muchos días. No podía mirar sin lágrimas cómo ella hacía esfuerzos increíbles para salvarlo de la cruel enfermedad. Nadie en el mundo habría manifestado tanta devoción y sinceridad. Pero ni sus empeños sobrehumanos pudieron conseguirlo.

    El 5 de junio de 1926, mi padre, Kim Hyong Jik, murió en una modesta casa, en tierra foránea, muy lejos de su aldea natal, y sin haber llegado a ver la restauración de la Patria.

    “Al abandonar nuestra tierra prometimos que regresaríamos juntos después de conquistar la independencia, pero yo no podré ir. Cuando se independice el país, ve tú a la aldea natal con Song Ju delante. Me da pena morir sin haber logrado mi propósito. Dejo a Song Ju a tu cuidado. Pensaba darle una instrucción hasta nivel secundario, pero parece que esto ya no será posible. Harás todo lo que esté a tu alcance para que él reciba, al menos, esta enseñanza, aunque tengan que comer sólo gacha. Después, de sus hermanitos se ocupará él.”

    Así comenzó el testamento oral que dejó a mi madre. Colocando ante ella los dos revólveres que siempre llevaba consigo, le rogó:

    –Si después de mi muerte se descubren estas armas, se complicará la situación. Entiérralas y dáselas a Song Ju cuando crezca y emprenda el camino de la lucha.

    Después, dirigió su mirada hacia donde estábamos los tres hijos y nos habló por última vez:

    –Me voy sin haber alcanzado mi objetivo. Pero confío en ustedes. Nunca olviden que pertenecen al país y al pueblo. Tendrán que reconquistar a todo precio el país, aunque en esta empresa se rompan sus huesos y se despedacen sus cuerpos.

    Lloré a mares. Su muerte hizo estallar toda la tristeza de quien no tiene patria, que venía acumulándose en mi corazón.

    Murió mi padre que toda su vida hizo inmensos y dolorosos sacrificios en aras de la Patria. Aun cuando su salud estaba gravemente afectada por repetidas y bestiales torturas y sabañones, no se dio por vencido y continuó yendo adonde estaban el pueblo y los camaradas. Era una persona de tan férrea voluntad que sólo sabía ir adelante, sin mirar hacia atrás, ni vacilar un momento, aun cuando tuviera que apoyarse en un palo, al no poder sostenerse en pie por el agotamiento, o que tragar puñados de nieve para aplacar el hambre.

    Nunca perteneció a ningún bando, ni tuvo ambición por alguna posición autoritaria, al contrario, sin el menor titubeo consagró su existencia únicamente en aras del rescate de la Patria y la felicidad del pueblo. No tenía nada de egoísmo ni de interés material. Si conseguía dinero, lo ahorraba, jon a jon, sobreponiéndose a duras penas al deseo de regalar caramelos a sus hijos, y al tener reunido lo suficiente, compró un órgano y lo donó a la escuela. Pensaba en los compatriotas y la Patria antes que en sí mismo y su familia, y nunca dejó de seguir el camino de la lucha, fustigado por fríos vientos.

    Tuvo una existencia inmaculada y honesta, como hombre y como revolucionario.

    Nunca le oí hablar de algo referente a la situación económica de la casa. De él tuve una rica herencia ideológico-espiritual, pero nada material ni dinero. Ahora, en mi casa natal se exponen aperos agrícolas y algunas otras cosas, pero estos son herencia de mi abuelo y no de mi padre. Todo lo que me dejó se reduce a la idea del “gran propósito”, la disposición a las tres alternativas, la idea de la conquista de camaradas y los dos revólveres. Y este legado tuvo como premisa incontables penalidades y sacrificios, pero para mí fue la mejor de las herencias.

    Sus exequias devinieron homenaje público. El día de la ceremonia fúnebre, la avenida Xiaonanmen se llenó de gente. De las regiones del Norte y el Sur de Manchuria y de Jiandao, así como del interior del país, llegó a Fusong un gran número de camaradas, amigos, discípulos, ex pacientes y otros que lo amaban y le seguían. Hasta el gobernador distrital de Fusong vino con un fajo de papeles dorados y perfumados, y quemando incienso ante su cadáver hizo reverencias mientras derramaba lágrimas.

    Se decidió enterrarlo en Yangdicun, a la orilla del río Toudaosonghuajiang, a unos cuatro kilómetros del barrio Xiaonanmen. Cuando vivía, iba con frecuencia a esa aldea. Con sus moradores se llevaba tan íntimamente como si fueran de una misma familia, narrando cuentos y prestándoles asistencia médica. Aun después de muerto habría querido estar entre ellos.

    Aquel día, esos cuatro kilómetros se convirtieron en un mar de lágrimas. Los independentistas que llevaban sobre sus hombros el ataúd lloraban sin consuelo.

    Las mujeres coreanas de Fusong no se quitaron de la cabeza la cinta blanca en 15 días, a partir de la fecha del entierro.

    Así, en un instante, perdí a la vez al padre, al maestro y al dirigente. El fue mi progenitor, quien me dio vida, y, al mismo tiempo, el maestro y dirigente que me orientó incansablemente desde niño por el camino de la revolución. Su muerte fue un golpe muy duro y me dejó un vacío en el corazón que nunca ha podido llenarse.

    A veces, solo a la orilla del río, y mirando el lejano cielo patrio, derramaba sentidas lágrimas.

    Me di cuenta de que era peculiar el sentimiento de mi padre hacia mí. Desde que llegué a cierta edad, él discutió seria y francamente conmigo sobre el porvenir de la nación. Su amor por mí se caracterizaba por su infinita severidad y profundidad. Ya no podía disfrutar más de tal amor y de tal orientación.

    Lo que me hizo sobreponerme a esta tristeza y sufrimiento desesperantes, fueron sus herencias: el “gran propósito”, la disposición para hacer frente a las tres alternativas, la conquista de camaradas y los dos revólveres…

    En medio del desconsuelo que me desorientaba y me hacía impotente para decidir qué hacer de inmediato, de éstas recibí fuerzas y, entonces, me puse a buscar el camino que debía seguir.

    

    

    

    

    

    CAPITULO II. HUADIAN INOLVIDABLE

    (Julio a diciembre de 1926)

    

    

    1. Escuela Hwasong

    

    

    Después de las exequias, amigos de mi padre permanecieron algunos días en Fusong, deliberando, entre otras cosas, sobre mi futuro.

    Fue a mediados de junio de 1926, cuando marché a la escuela Hwasong con el aval y la recomendación de ellos.

    Poco antes, en nuestro país había tenido lugar la manifestación del 10 de junio, demandando la independencia.

    Esa acción masiva antijaponesa estuvo organizada por los comunistas aparecidos en el escenario de la lucha de liberación nacional, después del Levantamiento Popular del Primero de Marzo.

    Como se sabe, éste marcó un punto a partir del cual el movimiento nacionalista viró hacia el comunista, en la gesta independentista. Tras el Levantamiento, personas progresistas, conscientes de que el nacionalismo burgués ya no podía constituir el estandarte en esa lucha, se inclinaron hacia la nueva corriente ideológica y, gracias a sus actividades, se propagó con rapidez el marxismo-leninismo.

    Al año siguiente, en Soul surgieron, sucesivamente, la Asociación obrera de ayuda mutua y organizaciones de campesinos, jóvenes, mujeres y de otros sectores.

    Bajo su dirección, desde comienzos de la década del 20, se desarrollaron enérgicas acciones de masas en defensa de los derechos e intereses de los desposeídos y contra la política colonial del imperia- lismo nipón. En 1921, tuvo lugar la huelga general de los obreros del puerto de Pusan, y posteriormente se produjeron, una tras otra, en

    centros industriales como Soul, Pyongyang, Inchon y otras localidades. El movimiento de los obreros fue seguido por la lucha de los arrendatarios de la llanura Namuri, de Jaeryong, y de la isla Amthe, contra los latifundistas japoneses y los terratenientes coreanos más despiadados, y por huelgas estudiantiles contra la enseñanza de esclavitud colonial y por la libertad escolar.

    Tras encubrir la “gobernación militar” con una vistosa cortina de “civil”, los colonialistas admitieron a algunos projaponeses en el “consejo asesor central” para simular la participación de los coreanos en la política, y autorizaron la publicación, en nuestro idioma, de algunos periódicos y revistas bajo el rótulo de “verificación de la voluntad popular”, como para hacer ver que había llegado un período de bienestar. Pero, nuestra nación continuó su batalla contra los agresores, sin caer en la trampa con tal engañifa.

    La lucha de los obreros y de otras masas trabajadoras, en rápido desarrollo, necesitaba una poderosa fuerza de dirección política, capaz de orientarla de modo unificado y, por esta demanda histórica, en abril de 1925, fue fundado en Soul el Partido Comunista de Corea. En aquel tiempo, en muchos países europeos se organizaron también partidos políticos de la clase obrera.

    El Partido Comunista de Corea no pudo desempeñar satisfactoriamente su papel como vanguardia de los obreros, a causa de sus limitaciones esenciales: no tenía una idea directriz, idónea para nuestra realidad, ni pudo alcanzar la unidad de sus filas, ni compenetrarse con las masas. No obstante, su fundación fue un importante hecho, que reflejó la sustitución de la vieja corriente ideológica por una nueva y la transformación cualitativa de la lucha de liberación nacional, y estimuló el desarrollo de movimientos masivos como el obrero, el campesino, el juvenil, así como el de liberación nacional.

    Los comunistas prepararon una nueva manifestación antijaponesa a escala nacional.

    Por ese entonces, falleció Sunjong, último rey de la dinastía de los Ri. Su muerte excitó el sentimiento antijaponés de la nación coreana. Al difundirse el anuncio fatal, los coreanos, vestidos de luto, prorrumpieron en sollozos, sin distinción de hombres y mujeres, viejos y niños. Sunjong simbolizaba la dinastía de los Ri, aun después de arruinado el país. Su desaparición, pues, aumentó la tristeza de la nación esclavizada. El llanto de la población se exacerbó con el canto melancólico que entonaron los estudiantes al compás de la banda:

    

    Adiós, palacio Changdok,

    deseo tu prosperidad.

    Me voy para siempre

    al paraje lúgubre

    del Pukmangsan.

    Me marcho ahora,

    y no podré volver nunca.

    Que sean felices

    veinte millones de compatriotas.

    

    Ese llanto fue para los ocupantes japoneses como la explosión de una bomba. Allí donde se aglomeraban los coreanos para expresar su pésame, aparecía la policía montada, para dispersarlos por la fuerza, blandiendo bayonetas y porras. Descargó golpes, incluso, sobre pequeños de escuelas primarias, impulsada por su concepto de que los coreanos no debían llorar la ruina de su país y el fallecimiento de su rey. Esta era la naturaleza de la política del gobernador general disfrazada de “gobernación civil”.

    La salvaje represión avivó más el sentimiento popular antinipón, como cuando se echa aceite al fuego.

    Los comunistas, conocedores del estado de ánimo de las masas, decidieron efectuar manifestaciones antijaponesas en todas partes, con motivo de los funerales de Sunjong y sigilosamente llevaron a cabo sus preparativos.

    Pero, el secreto fue delatado al enemigo por fraccionalistas infiltrados en el comité preparatorio de esa lucha y se desató una despiadada represión.

    Sin embargo, los habitantes patriotas no se detuvieron.

    El 10 de junio, el féretro de Sunjong pasaba por la avenida Jongro, de Soul, cuando decenas de miles de ciudadanos desfilaron por las calles lanzando las consignas: “¡Viva la independencia de Corea!”, “¡Fuera el ejército japonés!”, “¡Uníos, independentistas de Corea!”. El rencor y la indignación acumulados durante siete años de “gobernación civil” estallaron al fin, en demanda de soberanía.

    En la demostración participaron hasta alumnos de primaria, con poco más de diez años. Los manifestantes se alzaron con valentía frente a las armas de soldados y policías.

    No obstante, a causa de las intrigas de los fraccionalistas la acción fracasó, sin poder resistir la brutal represión del imperialismo japonés. Si el servilismo a las grandes potencias arraigado en la mente de los nacionalistas burgueses fue una de las causas principales del fracaso del Levantamiento Popular del Primero de Marzo, la actitud sectaria de los comunistas recién surgidos fue el factor principal de la frustración de las luchas del 10 de junio. El grupo Hwayo organizó y dirigió la contienda, partiendo de su interés fraccionalista, mientras el grupo Soul la obstaculizó solapadamente.

    En aquella ocasión, fue arrestada la mayor parte de los integrantes de la dirección del Partido Comunista de Corea.

    Los sucesos del 10 de junio pusieron al desnudo la falsedad y la astucia de la “gobernación civil”. Con esta gesta, nuestro pueblo hizo patente su firme voluntad y disposición combativa para rescatar el país y defender la dignidad nacional, venciendo todo tipo de adversidad.

    Si los comunistas, despojados de ideas sectarias, la hubieran organizado y dirigido de manera unificada, el movimiento hubiera podido expandirse a todo el país, propinando golpes más poderosos a la dominación colonial del imperialismo japonés.

    La acción demostró palpablemente que, sin erradicar el fraccionalismo, no se podía desarrollar el movimiento comunista, ni alcanzar el triunfo en la lucha antijaponesa por la liberación nacional.

    A mi modo, reflexioné sobre el resultado de este movimiento. Me extrañaba el por qué sus organizadores habían aplicado, además, métodos pacíficos como en el Levantamiento Popular del Primero de Marzo.

    Como enseña el proverbio que dice: “Entrenamiento de mil días para un día de provecho”, es preciso educar, aglutinar y preparar con paciencia a las masas populares, para movilizarlas a un combate.

    Sin embargo, sus organizadores expusieron a decenas de miles de personas indefensas, sin suficiente preparación previa, a las armas del ejército y la policía del enemigo, y el resultado no pudo menos que ser trágico.

    Yo no podía conciliar el sueño por el resentimiento que me producía pensar que el movimiento antijaponés fracasaba a cada paso, dejando como saldo incontables muertos.

    El hecho me hizo subir la sangre a la cabeza y afianzó más mi determinación de derrotar el imperialismo japonés y restaurar la patria.

    Impulsado por esa idea, decidí sacar mayor provecho de los cursos de la escuela Hwasong, sin apartarme del testamento de mi padre, del deseo de mi madre y la expectativa del pueblo.

    Esta fue una escuela militar y política con cursos de dos años, que pertenecía a la junta Jong-ui. Inaugurada a comienzos de 1925, tenía como fin formar a cuadros del Ejército independentista.

    Los partidarios del movimiento de independencia y otros patriotas entregados a la labor de ilustración consideraban el incremento de la capacidad como una vía para el renacimiento nacional, y se empeñaron en el establecimiento de escuelas comunes y, al mismo tiempo, de otras para preparar cuadros castrenses. Gracias a sus esfuerzos, en todas partes de Manchuria surgieron centros militares como el plantel de Xinxing (distrito Liuhe), el colegio de cadetes de Shiliping (Wangqing), el campo de entrenamiento de Xiaoshahe (Antu) y la escuela Hwasong (Huadian).

    Los caudillos del movimiento independentista, entre ellos, Ryang Ki Thak, Ri Si Yong, O Tong Jin, Ri Pom Sok, Kim Kyu Sik y Kim Jwa Jin, desempeñaron papeles protagónicos en la implantación de dichas unidades docentes.

    La escuela Hwasong matriculaba a militares en servicio activo, elegidos en las compañías subordinadas a la junta Jong-ui. Según indicaciones de la instancia superior, cada una seleccionaba determinado número de jóvenes, quienes, al terminar el curso de dos años, eran ubicados en su anterior unidad y promovidos a nuevos cargos, conforme a las notas de estudio. Raramente se admitía a algún joven no alistado, por recomendación individual de personalidades. Los muchachos de lozanos abriles y con grandes propósitos, querían estudiar en esa escuela.

    Hoy, entre mis condiscípulos de la Hwasong, quizá no exista quien pueda recordar aquel tiempo.

    Cuando mi padre vivía, casi no me preocupé por mi futuro ni por la situación económica de la familia. Pero, después de su fallecimiento me vi obligado a enfrentar mi porvenir y otros asuntos complejos relacionados con el mantenimiento de la familia.

    Sumido en profunda abstracción, por la tristeza y la pena que me causó su muerte, reflexioné acerca de mi futuro, con el juramento de hasta dar mi vida por el movimiento de independencia, heredando su propósito, y con la esperanza de ir a la escuela superior, si me lo permitía la situación, aunque por ello mi madre tuviera más carga.

    En su testamento, él dijo que yo siguiera los estudios secundarios. Pero la situación de la familia no me permitía expresar interés por ir a la escuela. Para que yo estudiara, mi madre debería soportar pesadas cargas. Lo que ganaba lavando y cosiendo para otros, no alcanzaba para sustentar a la pobre familia y pagar la mensualidad por mi enseñanza.

    Con el fallecimiento de mi padre, el tío Hyong Gwon, que trabajaba como su ayudante, perdió el empleo. En la botica de mi progenitor quedaron pocos medicamentos.

    Fue entonces que amigos de mi padre me recomendaron que ingresara en la Hwasong. En su testamento, él se refirió, entre otras cosas, al problema de mi instrucción. Recomendó a mi madre y a mi tío que escribieran a sus camaradas pidiéndoles ayuda cuando me promovieran a la escuela superior.

    Mi madre había enviado cartas a varias personas, como él le había rogado. En aquella sociedad en que no se podía vivir sin ayuda misericordiosa, ella no tenía otro remedio, aunque se sentía apenada. Así fue como la cuestión de mi estudio se sometió a discusión entre los independentistas que permanecieron en Fusong, después de los actos funerales.

    O Tong Jin me planteó:

    –He enviado una carta de recomendación al señor Uisan Choe Tong O. Marcharás, pues, a la Hwasong. Aprender allí asuntos militares convendrá con tu propósito. Tu padre decía que con palabrería no se logra la independencia. Debes estudiar con entusiasmo, sin preocuparte por problemas posteriores a la graduación, pues los resolveremos bajo nuestra responsabilidad.

    Puede ser que los amigos de mi padre hubieran planeado prepararme como uno de sus relevos. Fue bueno que los dirigentes del Ejército independentista priorizaran la formación del personal, mostrando profundo interés por la preparación de las reservas.

    Acepté con mucho gusto la propuesta de O Tong Jin. Agradecí sinceramente la cordial atención de los independentistas. Su pretensión de forjarme como cuadro de su movimiento en la escuela militar, se avenía a mi determinación de entregarme a la obra de la liberación de la patria. Durante esa época, yo pensaba que para vencer al imperialismo japonés debía enfrentársele con las armas y que era preciso poseer conocimientos militares para situarse en las avanzadas del movimiento por la soberanía. Ahora se me abría el camino para realizar mi sueño.

    Muy dispuesto, aceleré los preparativos para el viaje a Huadian; consideraba la escuela Hwasong como un atajo hacia el escenario de la lucha antijaponesa por la restauración.

    En cierta ocasión, un político extranjero me preguntó por qué yo, el Presidente, siendo un comunista, había estudiado en la escuela militar mantenida por los nacionalistas. Pienso que es una interrogante lógica.

    Me matriculé en la escuela Hwasong antes de iniciar el movimiento comunista. Entonces mi concepción del mundo no estaba en una etapa tan elevada como para asimilar perfectamente el marxismo-leninismo como mi ideal. Si tenía algún conocimiento del comunismo, se reducía a lo que había leído en Fusong en los folletos “Fundamentos del socialismo” y “Vida de Lenin”, y a la ilimitada simpatía por la sociedad socialista y comunista, que me brotó al escuchar hablar de los logros de la joven Unión Soviética, como consecuencia de haber plasmado el ideal socialista.

    Alrededor de mí, había más nacionalistas que comunistas, y los maestros de varias escuelas en que estudié me inspiraron más esas ideas nacionalistas que las comunistas. Vivíamos dentro del cerco del nacionalismo con influencia considerable y con más de medio siglo de historia, aunque ya se avizoraba que iría a ser reemplazado por una nueva corriente ideológica.

    El hecho de que en la Hwasong se encontrasen muchos jóvenes fogosos y que impartía gratis instrucción política y militar me impulsó a ir a Huadian. No podía esperar condiciones más propicias para realizar, a la vez, la esperanza de continuar los estudios en la escuela superior, aunque no tenía recursos para costearlos, y la determinación de luchar por la liberación del país, heredando el propósito de mi padre.

    Francamente, abrigué grandes expectativas sobre la instrucción en la Hwasong. Me agradaba pensar que en dos años podría dominar el arte militar, además de terminar el nivel secundario.

     Al emprender el camino, miré a menudo hacia atrás. Al divisar a Yangdicun, donde yacían los restos mortales de mi padre y al dirigir la vista hacia donde mi madre y mis hermanos menores me despedían desde lejos, un sentimiento perturbador se apoderó de mí, haciéndome pesados los pies.

    Tenía preocupación por mi madre, quien debía sufrir penurias con los hijos pequeños. En aquella situación no era fácil para ella sustentar sola a la familia en una región extraña como Fusong.

    Me animé recordando sus palabras de que el viajero no debe mirar atrás.

    Por carretera, Fusong distaba 120 kilómetros de Huadian. Los adinerados podían aprovechar el servicio de vehículos cubiertos, pero yo no estaba en condiciones de entregarme a ese lujo por mis escasas posibilidades de gastos para el viaje.

    Huadian, ciudad montañosa perteneciente a la provincia Jilin, a unos 20 kilómetros de la confluencia de los ríos Songhwa y Huifa, fue un importante centro del movimiento de independencia en el Sur de Manchuria.

    Cuando iba a abandonar mi casa, un independentista de Fusong me dijo con preocupación que las condiciones de vida en la escuela Hwasong eran muy malas, por lo cual debía aguantar estrecheces. Aunque fuese pobre la vida del plantel –pensé– por las dificultades financieras del Ejército independentista, esto no constituiría un problema. Desde pequeño, conocí la pobreza, vistiéndome con algodón casero y comiendo gacha de sorgo con cáscara. Creí, pues, que de todas maneras la Hwasong no podría ser más pobre que mi casa de Mangyongdae.

    Lo único que me inquietaba era pensar cómo me tratarían allí, siendo menor de edad sin experiencia en el servicio militar. Pero, en Huadian, vivía Kim Si U, y en la Hwasong trabajaban amigos de mi padre, como Kang Je Ha, y eso me sirvió de gran apoyo.

    Cuando llegué, me dirigí primero a la casa de Kim Si U, como me aconsejó mi madre. Era inspector de la oficina de servicios de Huadian, bajo la égida de la junta Jong-ui. Como organismo autónomo, ésta tenía la misión de atender la vida de los coreanos residentes en su zona. Similares funcionaban en Fusong, Panshi, Kuandian, Wangqingmen, Sanyuanpu y otras regiones.

    Kim Si U tuvo relación con mi padre desde que residía en el distrito Jasong. Después del Levantamiento Popular del Primero de Marzo, actuó en Linjiang y Dandong, hasta que se trasladó a Huadian, en 1924. En esta ciudad construyó un molino arrocero, y con lo que ganaba, aseguraba fondos para el movimiento independentista y para la labor de ilustración de las masas.

    Su molino, denominado Yongphung, se encontraba en Nandai. Mientras desempeñaba el cargo de inspector de la oficina de servicios, se dedicaba a la administración del molino para proveer de víveres al Ejército independentista y dar ayuda financiera a la Hwasong y a la escuela primaria ejemplar de coreanos en su zona.

    Desde que le conocí en Linjiang, me gustaron su carácter abierto y su firmeza, propios de las personas norteñas, y le profesaba simpatía y respeto. A su vez, él me trató con cariño, como si fuera su auténtico hijo o sobrino.

    Al verme, Kim Si U y su esposa dejaron a un lado unas jaulas de gallinas que reparaban y me recibieron con mucha cordialidad. El patio de la casa estaba cubierto de pollos.

    Acompañado por él, fui a la Hwasong. Se ofreció para guiarme, tras ponerse un traje saturado de olor a salvado característico de los molineros.

    La escuela radicaba en la ribera del río Huifa. Por entre los zelkovas, se divisaban su techo de paja, con mucha inclinación, y sus paredes oscuras, de ladrillos azules, tal como se podía observar en cualquier otro paraje de Manchuria. Detrás del edificio se hallaba el albergue, separado de éste por una cancha.

    La escuela y el albergue eran mucho más humildes de lo que me imaginaba. Para quitarme esa ingrata impresión pensé: ¿Qué me importa la mísera apariencia del edificio? Lo que más me interesa es aprender muchas cosas útiles.

    Por lo menos, la cancha era ancha y llana.

    Caminando observé atento cada detalle con expectativa y curiosidad.

    Al instante, recordé que un frío día de invierno, O Tong Jin, sin llevar siquiera un gorro de piel, visitó nuestra casa en Badaogou y consultó con mi padre la instalación de este colegio.

    Me resultó muy impresionante recordarlo allí mismo.

    El director, de baja estatura, mediana edad y grandes entradas en las sienes, daba la impresión de ser un buen hombre. Me recibió en su gabinete. Era el señor Choe Tong O.

    Había sido discípulo de Son Pyong Hui, patriarca de la tercera generación del chondoismo, uno de los 33 dirigentes del Levantamiento Popular del Primero de Marzo. Después de graduarse de un plantel establecido por Son Pyong Hui, regresó a su tierra natal, Uiju, donde creó un colegio privado y enseñó a los hijos de los chondoistas, entregándose desde entonces al movimiento de independencia. Participó en el Levantamiento Popular del Primero de Marzo, se exilió luego en China y estableció la secta regional del chondoismo para desplegar patrióticas actividades religiosas entre sus compatriotas.

    Se mostró muy apenado por no haber podido asistir a los funerales de mi padre y conversó un buen rato con el inspector de la oficina de servicios recordándolo.

    Fueron muy impresionantes sus consejos aquel día.

    –Song Ju, has venido en un momento muy oportuno. El movimiento independentista ha entrado en tiempos nuevos que requieren genios. Ya pasó la época de Hong Pom Do y Ryu Rin Sok, cuando se luchó de forma elemental, como quien calcula con los dedos. Para superar a novedosos métodos de combate y armas modernas de los japoneses necesitamos nuestros propios medios. ¿Quién debe resolverlo? Los jóvenes como Song Ju…

    El director me advirtió muchas otras cosas que consideraba útiles para mí. Sobre la inconveniencia del albergue, subrayó la necesidad de soportar con la esperanza puesta en la independencia de Corea. A primera vista noté su carácter tranquilo y sus dotes de conversador.

    Aquel día, en la casa de Kim Si U me ofrecieron una cena. Cuando, junto con personas que pertenecían a la generación de mi padre, me senté a la mesa, que denotaba la amabilidad del matrimonio, experimenté una extraordinaria sensación.

    A un lado había una botella de aguardiente. Pensé que sería un aperitivo para el dueño. Pero, de pronto, Kim Si U me extendió una taza llena.

    Muy cohibido, me negué a aceptarla con un ademán de las manos. El tratamiento de adulto que recibía por primera vez en mi vida me perturbó. Durante los funerales de mi padre, Jang Chol Ho me ofreció una taza para aliviar la tristeza que me embargaba, lo cual fue un tratamiento para un hijo de luto, y nada más.

    Pero, esta vez, Kim Si U me consideraba como un adulto. Esto se notaba también en su lenguaje. Si antes me hablaba con “haz esto”, ahora se dirigía a mí con “deberías hacer esto”.

    –Al recibir la noticia de tu visita, recordé a tu padre. Y mandé traer una botella de aguardiente. Cada vez que él venía a Huadian, yo le ofrecía licor en esta mesa. Hoy tú debes recibir esta taza en su lugar. Desde ahora, tú eres cabeza de familia.

    Yo no podía tomar con ligereza la taza que él me extendía sin cumplidos. En la pequeña taza percibí un peso excesivo.

    Cuando Kim Si U me trataba como un mayor, advertí mi obligación de portarme como tal en aras del país y la nación.

    Me prestó un cuarto que usaba como escritorio y dormitorio a la vez. Me forzó a residir en su casa, diciendo que ya lo había consultado con el director.

    Y subrayó que días antes de morir el señor Kim Hyong Jik le había escrito rogándole velara por Song Ju, y tenía que cumplirlo.

    Igual que en Fusong, en Huadian los amigos de mi padre me atendieron cordialmente, tal vez para cumplir su obligación moral con él. Entonces pensé en muchas cosas en cuanto a su amabilidad sincera y moral. En el fondo de ese compañerismo yacía la gran esperanza de personas de la generación de mi padre, de que yo hiciera un aporte a la independencia del país. Ello me inspiró un alto sentido de responsabilidad como hijo de Corea y miembro de la joven generación. Así que renové la decisión de estudiar y hacer ejercicios con aplicación para responder a la confianza del pueblo, sin apartarme del último deseo de mi padre.

    Desde el día siguiente, empecé la vida de cadete en la escuela Hwasong. El señor Choe Tong O me llevó al aula. Los alumnos me miraron con curiosidad.

    A juzgar por la poca edad que yo aparentaba, tal vez pensaron que era un novato procedente de una compañía donde habría servido de ordenanza.

    Entre más de 40 estudiantes no se veía ninguno de mi edad. En la mayoría eran jóvenes veinteañeros, algunos ya padres con bigotes. Podían ser mis tíos o hermanos mayores.

    Ellos aplaudieron cuando el director me presentó.

    Me senté en un pupitre de la primera fila, al lado de la ventana, que me señaló el maestro.

    Mi vecino era Pak Cha Sok, procedente de la primera compañía. Cada vez que empezaba una lección, me susurraba de modo conciso antecedentes y cualidades características de cada profesor.

    El sentía gran respeto por Ri Ung, instructor militar. Fungía de comisario militar de la junta Jong-ui y decían que había estudiado en la Academia Militar de Huangpu. En aquel tiempo sus graduados se consideraban hombres importantes. Comentaban que consumía mucha cantidad de insam en virtud de que su padre tenía en Soul una gran botica, y disfrutaba de la estimación de los alumnos, por ser omniscio y poseer múltiples habilidades, aunque tenía el defecto de comportarse como un burócrata.

    Pak Cha Sok me entregó por escrito el horario de la escuela, dándome a conocer las asignaturas que se impartían: Historia y Geografía de Corea, Biología, Matemática, Educación Física, Ciencia Militar e Historia de la revolución mundial.

    De esta forma establecí amistad con Pak Cha Sok, quien posteriormente, en el curso de la lucha armada, me causaría una incurable herida en el alma. En la etapa escolar de la Hwasong fue muy amistoso conmigo, como un hermano, aunque más tarde tomó un camino erróneo.

    En la tarde de aquel día, Choe Chang Gol, de la sexta compañía, me visitó en la casa de Kim Si U con más de diez compañeros. Parece que tuvieron una buena impresión de mí, y la presencia de un novato, muy joven, les despertó la curiosidad y los deseos de hablar conmigo.

    Choe Chang Gol tenía una gran cicatriz en la cabeza, en tanto la frente ancha y las densas cejas acentuaban su carácter varonil. Era alto y fuerte. Si no hubiera tenido la cicatriz, se podría decir que era un hombre bien parecido. Su lenguaje y sus gestos tenían gran fuerza de atracción. En el primer encuentro, me produjo una impresión imborrable.

    –Song Ju, aparentas más edad, si bien dices que tienes catorce años. ¿Cómo serviste en el ejército, siendo menor de edad, y cómo fue que pudiste ingresar en la escuela Hwasong?

    Fue lo primero que preguntó Choe Chang Gol. Este hablaba con un rostro risueño, sin apartar su vista cariñosa de mí, como si fuéramos viejos amigos que hubieran pasado juntos un decenio bajo un mismo techo.

    Le contesté lacónico y verídicamente lo que quería conocer.

    Al saber que era el primogénito de Kim Hyong Jik, los visitantes mostraron asombro y me trataron con más amabilidad y consideración. Quisieron conocer muchas cosas de la realidad de la patria que yo había presenciado.

    Luego, le pregunté a Choe Chang Gol sobre la vida en el Ejército independentista.

    Comenzó su relato hablando acerca de la cicatriz de su cabeza. Era un hombre que sabía narrar, usando chistes. Siempre contaba en tercera persona. En vez de decir “yo lo hice” o “yo fui engañado”, decía: “Lo hizo Choe Chang Gol”, “Choe Chang Gol fue engañado”, haciendo reir a los interlocutores.

    –Cuando Choe Chang Gol servía en la unidad de Ryang Se Bong, en cierta ocasión, mientras conducía a un espía detenido en la región de Kaiyuan, se alojó en una fonda, donde Choe Chang Gol, descuidado, dormitó ante el prisionero. Estaba cansado por el largo viaje. Entre tanto, el espía se deshizo de la cuerda, descargó un hachazo sobre la cabeza de Choe Chang Gol y escapó. Afortunadamente, no logró acertar el punto vital. La marca que lleva Choe Chang Gol en su cabeza tiene esa historia triste. Si uno se descuida, puede sufrir lo mismo que Choe Chang Gol.

    Al cabo de unas dos horas de charla, noté que era un hombre muy interesante. Entre los numerosos amigos de mi adolescencia, veía por primera vez a alguien tan chistoso que sabía relatar con naturalidad poniéndose en tercera persona.

    Posteriormente, supe su historia personal. Su padre disponía de una fonda pequeña en Fushun, y deseaba que su hijo le ayudara en los negocios. Pero, Choe Chang Gol abandonó la casa con el intento de independizar el país e ingresó en el ejército. Durante el servicio militar en Sanyuanpu, su abuela le visitó en varias ocasiones para persuadirlo. El no cedió, convencido de que era impermisible dedicarse a la administración de una fonda privada, cuando el país estaba condenado a la ruina.

    Además de Choe Chang Gol, Kim Ri Gap, Kye Yong Chun, Ri Je U, Pak Kun Won, Kang Pyong Son y Kim Won U, en la Hwasong tuve contactos con muchos otros jóvenes llegados del Sur de Manchuria y de diversos lugares de Corea para incorporarse al movimiento antijaponés.

    Ellos iban, en horas de la tarde, a la casa de Kim Si U para departir conmigo. Para mí fue grato y asombroso, a la vez, que me visitaran muchos colegas de la escuela. Nació de este modo la amistad con personas que me llevaban entre cinco y diez años. Fue por eso que no pocos compañeros del período del movimiento estudiantil y de las actividades revolucionarias clandestinas, eran mayores que yo.

    Algunos días después de mi llegada, supe que la situación económica de la escuela era peor de la que me había advertido el independentista de Fusong. El mobiliario digno de mencionar consistía en viejos pupitres y sillas y algunos aparatos de ejercicios.

    Pero abrigué una gran esperanza. En contraste con el mísero edificio, estrecho y oscuro, ¡cuán gallardos eran los muchachos que crecían bajo su techo de paja! Podría decir que la Hwasong resultaba rica en el sentido de que contaba con muchos jóvenes prometedores, a pesar de que carecía de finanzas.

    Este pensamiento me agradó.

    

    

    

    2. Desilusión

    

    

    No tardé en familiarizarme con la vida en la escuela Hwasong. Según estudié unas dos semanas, tampoco tuve asignaturas tan difíciles.

    La Matemática era el mayor rompecabezas para los cadetes de este plantel. Un día, a la hora de la clase, se quedaron muy admirados al ver cómo resolví, con relativa facilidad, un problema complicado de las cuatro operaciones fundamentales en Aritmética, que otros no habían podido hacer. Esto era lógico porque servían en el Ejército independentista, separados de la enseñanza regular ya hacía algunos años.

    Desde entonces, me veía en apuros por causa de la Matemática. Algunos de los jóvenes ya con bigotes, que no querían exprimirse el cerebro, venían y me importunaban cada vez que tenían tareas de esta asignatura.

    En expresión de recompensa, lo considero así, me contaron diversas experiencias suyas, entre las cuales existían muchas que merecían ser escuchadas.

    Y en los entrenamientos militares que requerían una sobrecarga física, se esforzaron para prestarme ayuda.

    En este decursar, nos hicimos amigos tan entrañables que nos hablábamos sin vacilación, hasta de secretos escondidos en lo hondo de los corazones. Si me trataron con amabilidad, sin importarles la diferencia de edad, fue porque, pensando que por lo menos no debía constituir una carga para ellos, aunque novato muy joven, no me quedaba a la zaga ni en el estudio ni en el entrenamiento militar y me llevaba bien con ellos, sin distinguir lo mío de lo tuyo en la vida cotidiana.

    Era, pues, relativamente bueno el ambiente que me envolvía.

    Sin embargo, algún tiempo después empecé a sentirme disgustado con la enseñanza que se impartía en la Hwasong. No obstante tratarse de una escuela instaurada por amigos de mi padre, y apadrinada y gestionada por personas relacionadas con él, descubrí allí remanentes de las viejas ideas y métodos dejados por la generación anterior.

    Si bien la historia del movimiento nacionalista burgués databa de decenas de años, este plantel no poseía ninguna teoría que lo sintetizara, analizara y resumiera de manera crítica. Los nacionalistas burgueses, aunque lo dirigieron todo ese tiempo, no redactaron ningún artículo o manual acertado que sirviera como guía directriz y lección. Tampoco los caudillos del Ejército independentista ni personalidades patrióticas, que visitaban la escuela, hicieron nada más que pedir a gritos descabelladamente la soberanía, golpeando la mesa con su puño. En esta institución no se enseñaban métodos para estructurar las fuerzas revolucionarias, movilizar a las masas y alcanzar la unidad y cohesión de las filas del movimiento independentista, mientras que sus clases de reglamentos y tácticas de la lucha armada resultaban pobres. La asignatura Historia de Corea estaba fundamentada en los anales de las dinastías, así como la Historia de la revolución mundial era, principalmente, de carácter burgués.

    Se impartía no más que nacionalismo e instrucciones militares anacrónicas que olían a la Vieja Corea.

    Aunque sus maestros, empapados en el agua del nacionalismo, hablaban con mucha fuerza sobre la lucha antijaponesa y la independencia nacional, se obstinaban en métodos trasnochados de lucha. Las autoridades de la escuela invitaban a menudo a los veteranos del Ejército independentista, para relatar sus experiencias combativas, pero lo que propagaban con esto era el terrorismo individual, ya empleado por mártires como An Jung Gun, Jang In Hwan, Kang U Gyu, Ri Jae Myong y Ra Sok Ju.

    Quedaba en meras palabras la misión de la escuela de formar cuadros del Ejército independentista, pues no había ni fusiles ni balas para las prácticas de tiro, y en los ejercicios utilizaban modelos de madera. Por eso, los alumnos se preguntaban descontentos cómo se podría expulsar así a los japoneses.

    Cierto día, uno de ellos preguntó al instructor militar cuándo podrían poseer armas modernas, y éste, hallándose en apuro, contestó vagamente que las verían pronto porque los cuadros del Ejército independentista trajinaban de aquí para allá para recaudar fondos con el objetivo de comprarlas a países como Estados Unidos y Francia. La situación era tal que debían mirar hacia naciones occidentales tan lejanas para conseguir unos cuantos fusiles.

    Cada vez que en las horas del entrenamiento corríamos con las polainas llenas de arena, me surgía la duda de si podríamos vencer con tal método a los japoneses.

    En otros tiempos, la tropa Tonghak comandada por Jon Pong Jun, que contó con decenas de miles de hombres, fue totalmente derrotada en la montaña Ugumchi por no poder hacerle frente a mil soldados japoneses armados con fusiles modernos. Aunque la tropa Tonghak estaba en condiciones favorables para atacar Kongju y, seguidamente, avanzar hasta Soul, sólo si 100 mataban a uno, sufrió el revés, a causa de su vulnerabilidad en armamento y efectividad combativa.

    Tampoco las armas de la tropa de voluntarios diferían mucho de aquellas que había poseído la Tonghak. Desde luego, algunos llevaban fusiles modernos, pero su número era reducido y la mayoría estaba equipada con lanzas y sables, o con mosquetes. Considero que esta es la razón por la que los historiadores comparan la lucha de los voluntarios con la pelea entre el mosquete y el fusil modelo 38. No sería tan difícil imaginarse qué horribles pérdidas humanas se sufrieron y cuán ardua batalla se desplegó para enfrentarse al fusil modelo 38, que lanzaba 10 balas por minuto, con el mosquete, cuya mecha había que prender con la mano a cada disparo.

    Se decía que mientras el secreto de la eficacia del mosquete estuvo sólo en poder de los voluntarios, los japoneses huían con temor al oir su disparo, pero, una vez revelado éste, ya no le tenían miedo, al contrario, se mofaban de esa arma. Se podría suponer cuál habría sido el resultado del combate.

    Y los de origen confucianista, siendo fieles a la moral y las normas de la nobleza, hasta en los combates llevaron el taekwan (Tradicional sombrero de crin: N. del Tr.) y el incómodo topho (Una especie de sobretodo tradicional: N. del Tr.). El ejército japonés los aplastó simplemente con ametralladoras y cañones.

    Cuando incrementaba su fuerza incomparablemente más que en aquel tiempo, fabricando en serie armas modernas y equipos pesados como tanques, cañones, buques y aviones, ¿cómo se podría derrotar a este ejército imperialista tan poderoso con sólo andar haciendo ejercicios con las polainas llenas de arena?

    Lo que más me desilusionaba, era el atraso ideológico de la escuela Hwasong.

    Como quiera que las autoridades del plantel se precipitaban por el único camino del nacionalismo, mientras estaban en guardia contra todas las demás ideologías, sus estudiantes confluían, como era natural, en esa corriente.

    Incluso, existieron jóvenes que abrigaban cierta esperanza en la política de dinastías o se hacían ilusiones con la democracia norteamericana.

    Esta tendencia se patentizaba más en el seminario de la asignatura Historia de la revolución mundial. Los cadetes designados por el maestro para contestar, explicaban largamente sobre el desarrollo capitalista, repitiendo al dedillo el contenido del tema aprendido en la clase anterior. No pude menos que sentirme descontento de ese dogmatismo en el estudio.

    En las clases de política nunca se abordaba la realidad palpitante de Corea vinculada con su independencia y sus masas populares. Sólo se transmitían mecánicamente el contenido de los manuales y otros materiales indicados en el programa docente, para luego preguntar sobre ellos.

    Yo, que pensaba que lo lógico era que en el seminario se pusieran sobre el tapete cuestiones prácticas relacionadas con el futuro de Corea, le pregunté al alumno que acababa de hablar qué sociedad debía establecerse en nuestro país después de lograr la independencia.

    El no vaciló en contestar que había que tomar el camino del capitalismo. Argumentó que nuestro país había sido arrebatado por los japoneses por culpa de los gobernantes feudales que mataban el tiempo cantándole al viento y a la luna, cuando otras naciones avanzaban por el camino capitalista, así que para no volver a experimentar esa historia habría que establecer ese tipo de sociedad.

    Algunos cadetes se pronunciaron por la necesidad de resucitar el régimen de dinastía feudal.

    Sin embargo, no hubo ninguno que abogara por implantar una sociedad democrática u otra, donde el pueblo trabajador fuera su dueño. Parecía que no valoraban en absoluto la tendencia de la época en la que el movimiento de liberación nacional marcaba un viraje en el rumbo, del nacionalismo hacia el comunismo.

    Hubo otros que permanecieron cruzados de brazos, arguyendo que el problema de qué Estado se establecería debía discutirse después de la independencia y que era absurdo hablar antes de alcanzarla sobre la implantación del capitalismo o la restauración de la dinastía.

    Mientras escuchaba tales razonamientos, comprendí de modo profundo que la enseñanza nacionalista que se impartía en la Hwasong era atrasada. Sentí que el corazón se me oprimía al pensar en lo anacrónico de todas esas insistencias para restablecer la dinastía feudal o tomar el camino hacia el capitalismo.

    No pude aguantar más; me paré y afirmé que nuestro país no debía realizar una revolución burguesa como en las naciones europeas, ni resucitar el viejo sistema de dominación feudal.

    Y continué:

    “Tanto en la sociedad capitalista como en la feudal, sin excepción, los ricos viven con lujo, explotando a las masas trabajadoras. Es inadmisible establecer tal sociedad desigual en Corea, después de independizarla. Es un error observar sólo la magnitud de la civilización tecnológica, dándole las espaldas al mal capitalista. Es ilógico también abogar por resucitar la dinastía feudal. ¿Existirá quien abrigue cierta esperanza en la política de la dinastía que vendió el país a fuerzas extranjeras? ¿Qué hicieron los reyes? ¿Fuera de exprimir el sudor y la sangre a las masas populares y degollar o desterrar a fieles vasallos que les sugerían la verdad, qué otras cosas hicieron?

    “Cuando independicemos a Corea, debemos establecer en la tierra patria una sociedad libre de la explotación y opresión, donde los obreros, campesinos y demás sectores de las masas trabajadoras vivan felices…”

    Mi discurso recibió la aprobación de muchos estudiantes. ¿Quién se opondría a la insistencia de implantar una sociedad rica y poderosa, sin explotación ni opresión, que asegurara la igualdad a todo el mundo?

    Cuando terminó la clase, también Choe Chang Gol me dio un fuerte apretón de manos y me apoyó expresando que mi intervención había sido excelente. Y agregó con gran júbilo que había propagado hábilmente la ideología comunista, sin siquiera usar el término comunismo.

    La limitación de la Hwasong era la misma del movimiento nacionalista. En esa escuela pude observar toda la faz de éste.

    Fue entonces que las unidades del Ejército independentista ya no daban más de sí dedicándose sólo a riñas por la hegemonía. Su situación era tal que casi renunciaron a las actividades práctico-militares que venían desplegando con frecuencia en el interior del país o en las riberas del río Amrok, en la primera mitad de la década de 1920, y permanecían en zonas bajo su jurisdicción, entregándose únicamente a recaudar fondos con fines militares.

    También las personalidades del Gobierno Provisional en Shanghai, que se autodenominaba “gobierno pannacional que representa a la nación coreana”, pelearon sin freno para subir a la silla, divididos en el “grupo por la autonomía”, y el “grupo por la independencia”. Justamente a esto se debió el cambio frecuente de su máximo jefe; incluso se dio el caso de reorganizar el gabinete dos veces en un año.

    En lugar de sacar merecida lección del hecho de que en la Conferencia de la Paz de París, la “solicitud de independencia de Corea” no había sido ni siquiera incluida en la agenda por las perversas intrigas obstruccionistas de los delegados de Estados Unidos y de otras naciones, continuaron esta campaña de petición tan humillante, ultrajando hasta la dignidad de la nación.

    Además, cuando la “misión de inspección al Oriente de los congresistas de Estados Unidos” llegó a Soul, pasando por Shanghai, instigaron a los servilistas proyanquis del interior del país a obsequiarles insam, objetos de plata y otros diversos artículos valiosos.

    Pese a esto, a mediados de la década del 20, les fue difícil mantener siquiera ese gobierno provisional, por falta de dinero, y, finalmente, cayeron en la miserable condición de vivir al amparo del gobierno de Jiang Jieshi, en Chongqing.

    Atemorizados por el avance revolucionario de las masas populares trabajadoras, muchos dirigentes del movimiento nacionalista, procedentes de la clase propietaria caracterizada por la vacilación política, acabaron por rendirse y renegar de sus ideas ante el enemigo. Ellos, que se convirtieron de “patriotas” en lacayos del imperialismo japonés, en reformistas nacionales, tomaron el camino de entorpecer el movimiento de liberación nacional.

    El imperialismo japonés, con su “gobernación civil”, predicó que si los coreanos deseaban la independencia nacional, no debían oponerse en el plano político a su gobierno, sino prestarle colaboración, y bajo esta premisa, esforzarse para conquistar la autonomía, fomentar la cultura y la economía, así como reformar la nacionalidad.

    Fueron, precisamente, aquellos dirigentes, quienes aceptaron por entero esa prédica. Ellos, bajo los lemas de “reforma nacional” y “fomento de la fuerza”, pregonaron ruidosamente acerca del “avance” de la enseñanza y de la industria, la “autosuperación” de cada individuo, la “cooperación clasista”, la “gran unidad” y la “autonomía nacional”.

    Este aire reformista soplaba también en la escuela Hwasong.

    Mi cuarto en la casa de Kim Si U siempre bullía de jóvenes que venían a intercambiar opiniones en torno a asuntos políticos. Como yo leía afanosamente los libros marxista-leninistas conservados en su gabinete, nuestro debate se centraba, como es natural, en esos temas.

    En Fusong también había leído algunos libros como “Vida de Lenin” y “Fundamentos del socialismo”, pero una vez en Huadian, conocí mayor cantidad. Antes me había limitado a comprender su contenido, mas, después de matriculado en la Hwasong, me puse a analizar los principios de la revolución expuestos en los clásicos, combinándolos siempre con la realidad de Corea. No eran una o dos las cosas que quería conocer en relación con la práctica de la revolución coreana.

    Para mí, todo resultaba desconocido: ¿cuál será el método que deberá aplicarse para derrotar al imperialismo japonés y rescatar al país?, ¿quiénes se definirán como enemigos y con qué sectores había que unirse en la lucha por la restauración de la patria?, y ¿qué camino se escogerá, una vez independizado el país, para construir el socialismo y el comunismo?

    A fin de encontrar las respuestas, cuando tomaba un libro en las manos lo leía con paciencia y afanosamente hasta que descubría el párrafo ansiado. De modo especial, leí diez o veinte veces aquel que se refería al problema de las colonias. Esto me permitió tener muchos temas para debatir con los amigos que venían a verme.

    Dedicamos muchas horas a la discusión sobre la nueva corriente ideológica y la Unión Soviética. En aquellos días en que escuchaban tales novedades, los reunidos no querían separarse, imaginando ante sus ojos un mundo nuevo, libre de explotación y opresión. Expresaban que les gustaba mucho más hablar de esto que de las teorías que insistían en resucitar la dinastía, emprender el camino del capitalismo o realizar una reforma nacional. Entre ellos, que habían vivido al día, empezó a brotar, poco a poco, un sentimiento de simpatía hacia lo nuevo.

    Sin embargo, una vez en el aula no podían hablar libremente sobre Lenin, ni sobre la Revolución de Octubre, porque lo prohibían las autoridades de la escuela.

    De mi mente empezó a desaparecer, gradualmente, la esperanza que había depositado en la escuela Hwasong.

    

    

    

    3. La Unión para Derrotar al

    Imperialismo

    

    

    El atraso de la anacrónica escuela Hwasong me hizo pensar que no se debía proceder con ese viejo método. En mi cerebro iba tomando cuerpo, cada día con mayor solidez, la idea de que era imposible lograr la independencia del país, ajusticiando a algunos policías japoneses, cruzando el río Amrok en pequeños grupos armados, y reuniendo fondos con fines militares.

    Llegué a la firme decisión de abrir con otro método el camino de la restauración de la patria. Mis compañeros estaban de acuerdo en buscar una nueva vía.

    Mas, no eran muchos los que tenían tal criterio. La mayoría de los alumnos no asimilaron con rapidez la moderna corriente ideológica, antes bien se guardaban de ésta o la rechazaban.

    En la escuela Hwasong estaba prohibido leer libros comunistas.

    Cuando llevé allí el “Manifiesto Comunista”, mis amigos, tocándome el costado, sugirieron que lo leyera en la casa. Dijeron que las autoridades del centro se cuidaban de los libros rojos, considerándolos muy peligrosos e, incluso, amenazaron con expulsar de la escuela a quienes los leían.

    Insistí en que aun así se debían leer textos considerados como exponentes de la verdad, pues, sin conocerlos, y amilanados por el control, ¿cómo podríamos cumplir nuestra gran causa?

    El “Manifiesto Comunista” se encontraba en el gabinete de Kim Si U, junto con muchos otros libros de igual contenido. Podría decirse que ese cuarto era una muestra de la contextura de la época, en que el movimiento de liberación nacional giraba del nacionalismo hacia el comunismo, y de la posición de su dueño, quien quería marchar al compás de ese paso.

    Estaba descontento con la referida disposición de las autoridades de la escuela. Las normas de conducta escolar no pudieron enfriar nuestra pasión por profundizar en la nueva ideología, que nos atraía con fuerza. Ignorando la exigencia de la administración, seguí leyendo con entusiasmo los libros comunistas. A la sazón, el número de alumnos que querían conocerlos aumentó tanto que hacían cola, por eso nos vimos obligados a definir el orden y el plazo de lectura y dispusimos que devolvieran a tiempo lo leído. Los jóvenes respetaron en general esta norma establecida espontáneamente entre los condiscípulos partidarios de la nueva corriente ideológica.

    No obstante, Kye Yong Chun, que era de carácter desenvuelto, faltaba frecuentemente a ese acuerdo. No respetaba el plazo, ni elegía con precaución el lugar de lectura. Demoró más de 10 días en leer el “Manifiesto Comunista”. Le dije que lo entregara pronto a otro amigo y pidió dos días más, porque quería extractar algunos pasajes.

    Al día siguiente, no asistió a clases. Había salido a escondidas del albergue estudiantil. No apareció ni a la hora del almuerzo. Lo localizamos echado de bruces sobre el césped a la orilla del río Huifa enfrascado en la lectura.

    Le advertí con voz suave que, aunque estaba bien leer con pasión, debía hacerlo escogiendo con acierto el tiempo y el lugar, sin faltar a clases.

    El muchacho prometió que tomaría precauciones, mas, al otro día, fue cogido in fraganti por el maestro, mientras lo leía en la clase de Historia, y el libro pasó a poder del director. Se armó un escándalo.

    La administración de la escuela se dio cuenta de que yo lo había sacado del gabinete de Kim Si U; mandó al maestro de Historia a verme a mí y al inspector. El maestro le dijo a éste, que no era digna actitud de un inspector hacer caso omiso, aun con pruebas, de que los alumnos leyeran libros de tendencia izquierdista, pues su misión consistía en ayudar con sinceridad a la labor de la escuela Hwasong, y le exigió que los controlara con rigor para evitarlo. A mí me amenazó, diciendo que sería bueno que me cuidara.

    La disposición de la administración de la escuela me dejó muy indignado.

    Manifesté a Kim Si U mi descontento:

    –Para que un hombre se dote de buenas cualidades, es indispensable que adquiera conocimientos multifacéticos, ¿no? ¿Por qué la administración de la escuela priva a los jóvenes, quienes deben asimilar de lleno lo nuevo, del derecho a estudiar ideas avanzadas mundialmente reconocidas? Ahora, cuando las obras de Marx y Lenin se venden en las librerías corrientes y las leen todas las personas capaces de hacerlo, no sé por qué sólo en la escuela Hwasong lo prohiben.

    Kim Si U, suspirando, confesó que no podía hacer nada, porque eso era una medida de la junta Jong-ui y una disposición de la administración del plantel.

    El criterio principal con que se aprecia el valor de la enseñanza, de la escuela, es la ideología y ésta es el parámetro básico para estimar el valor de las personas. Sin embargo, la dirección de la Hwasong trataba en vano de poner barreras al oleaje de la nueva corriente, con las ya caducas ideas que no se avenían a la tendencia de la época.

    Por aquel suceso, los alumnos se percataron de que en el centro había un grupo que estudiaba el marxismo-leninismo. Las autoridades armaron un alboroto y hablaron de expulsión, castigo severo, y otras cosas, lo cual, por el contrario, estimuló la simpatía y la curiosidad de jóvenes progresistas por las ideas del comunismo.

    De esta manera, creció bruscamente el número de estudiantes que venían a pedirme libros de tendencia izquierdista.

    De entre ellos, comencé a establecer contactos, uno a uno, con quienes estimé que podía compartir un mismo propósito, la vida y la muerte.

    Mi padre me decía frecuentemente que debía conseguir buenas y numerosas amistades. Yo tenía presente siempre sus palabras de que por muy justo y excelente que sea el objetivo que uno tenga, no es posible hacerlo realidad, si no cuenta con compañeros con quienes pueda compartir vida y muerte.

    Hablé con muchos alumnos, incluido un tal Ri, proveniente de la compañía No.1, que estaba dotado de buenas cualidades, inteligencia y alto nivel intelectual, por lo cual gozaba del afecto de sus compañeros. Sin embargo, en el terreno ideológico, era un conservador, lo que me causó extrañeza. Fue quien se pronunció primero por el restablecimiento de la dinastía en una clase de Historia de la revolución mundial.

    Comúnmente, con él sólo intercambiaba palabras de saludo cuando nos encontrábamos, mas, desde que tuvo lugar un partido de fútbol con alumnos del curso superior de la escuela primaria ejemplar de coreanos, nuestra amistad se profundizó a tal grado que nos abríamos el corazón. Aquel día jugó como delantero, pero salió herido en una pierna al chocar con un adversario.

    Entonces, lo atendí durante más de diez días, durmiendo y comiendo juntos en el albergue. Así intimé con él.

    Me dijo que ahora veía lo absurdo de su pronunciamiento por el restablecimiento de la dinastía en la clase de Historia de la revolución mundial; que le parecía justo que después de lograda la independencia, nuestro país se convirtiese, –como yo sustentaba–, en una sociedad donde los trabajadores vivieran y comieran bien, y que deseaba vivir feliz después de expulsar a los japoneses.

    Le pregunté si con la instrucción militar que se impartía en la escuela podríamos vencer a los japoneses, y si sólo con la fuerza del Ejército independentista, que no tenía siquiera un fusil digno de mención, sería posible hacer frente a un enemigo tan poderoso como Japón, que era, según afirmaban, una de las cinco potencias del mundo.

    Respondió que para combatirlo no existía otro remedio que fortalecernos el cuerpo y tirar bien con el fusil, y seguir el método de quienes durante largo tiempo venían dedicándose al movimiento independentista.

    –No, –me opuse–, no podemos lograr la independencia de esa forma; para buscar una nueva vía, leo ahora obras de Marx y Lenin, que tienen muchas cosas dignas de aprender; en la actualidad los imperialistas nipones hablan mal de las ideas comunistas y los nacionalistas recalcitrantes rechazan el socialismo, pero nosotros, hijos de obreros y campesinos, no debemos oponernos sin ton ni son al comunismo, sin siquiera conocerlo, aunque esos adinerados hablen mal de él; para ser auténticos independentistas y patriotas, debemos estudiar con profundidad el marxismo y el leninismo.

    El se mostraba pensativo. Parecía estar de acuerdo con mis palabras. Al final me pidió que le prestara aquellas obras.

    Lo animé diciéndole que si se restablecía pronto, lo haría, pero debía curarse por completo y levantarse de la cama lo antes posible.

    La tendencia de simpatizar con la nueva corriente ideológica inundó la escuela Hwasong con una fuerza incontenible. La mayoría de los estudiantes, excepto los más recalcitrantes partidarios del nacionalismo, llegaron a abrazar la avanzada ideología .

    Organicé con frecuencia simposios con libros circulados entre los estudiantes progresistas. Tenían lugar, tanto en las casas de Kim Si U y del superintendente, Kang Je Ha, como a orillas del río Huifa.

    Cuando se efectuaban en el gabinete del inspector, éste, preocupado en su interior, controlaba rigurosamente a los visitantes e, incluso, a sus familiares, para que no entraran allí. A veces, vigilaba sentado en el poyo, fingiendo reparar algunas fruslerías. En su muda actitud, percibí cálido afecto y solidaridad.

    Escogimos también la vivienda de Kang Je Ha como sede de estas reuniones, porque había sido amigo de mi padre y tenía una tendencia ideológica positiva, y porque, además, su hijo, Kang Pyong Son, era mi íntimo amigo.

    Aunque nacionalista, no rechazaba al comunismo. Al contrario, cuando yo visitaba su casa, me explicaba algunos aspectos sobre él. “Nosotros ya no podemos hacer nada a causa de la edad, decía, pero vosotros tenéis que combatir y vencer, aunque sea con métodos comunistas.” Sus palabras nos animaron en cierta medida. En su hogar tenía, también, varios libros comunistas.

    Aun desde el punto de vista actual, creo que por entonces discutimos a un alto nivel sobre asuntos prácticos relacionados con la revolución coreana. Mediante esos debates pudimos unificar los criterios y la posición de los jóvenes, respecto a ella.

    Un día, cuando efectuábamos esa charla en casa de Kim Si U, vino el compañero Ri en muletas y me pidió que le prestara los libros prometidos. Se justificó diciendo que al permanecer acostado solo en el albergue, mientras otros avanzaban por un nuevo camino, le pareció que se quedaba atrás, y por eso venía a verme. Así tomó el mismo rumbo que nosotros.

    A los capitalistas les da mucho gusto reunir dinero, pero para mí la mayor alegría y gusto es conseguir camaradas. ¿Cómo comparar el placer que se siente al ganar un compañero, con la alegría que se tiene al conseguir un pedazo de oro? Mi lucha por ganarlos se inició en la escuela Hwasong. Desde entonces, dedico toda la vida a ella.

    Al agrupar a mi alrededor a muchos camaradas excelentes, reflexionaba para buscar la manera de organizarlos y actuar con grandeza de espíritu. Les di a conocer mis inquietudes. Si no recuerdo mal, eso ocurrió en una reunión efectuada a fines de septiembre.

    Ahora me acuerdo que aquel día me referí durante mucho tiempo a la necesidad de crear una organización. Discursé que, para liberar el país y establecer un mundo donde viviesen con holgura las masas trabajadoras, debíamos avanzar por un largo y difícil camino; que podríamos vencer con toda seguridad, si ampliábamos nuestras filas y librábamos con tenacidad batallas sangrientas; que después de fundar la organización, debíamos aglutinar en su torno a las masas y concientizarlas para restaurar el país con su fuerza. Mis camaradas acogieron con alegría mi disertación y exigieron formar cuanto antes una organización.

    Les dije que para hacerlo debíamos prepararnos bien y ganar más prosélitos que pudieran compartir nuestras ideas y luchar junto a nosotros.

    En esa reunión determinamos quiénes tenían valía para ser miembros y distribuimos tareas, como por ejemplo, uno se encargaría de la educación de otro, y alguien, de tal persona.

    Algunos compañeros manifestaron su preocupación por si la fundación de una nueva organización no significaría crear otra fracción.

    Expliqué: “La que queremos es una entidad revolucionaria de nuevo tipo, completamente distinta a las fracciones de los nacionalistas o los comunistas; no pretende tener riñas sectarias, sino exclusivamente, llevar a cabo la revolución. Nos sentiremos satisfechos con luchar y luchar por la revolución, entregándole todo nuestro ser …”

    Después del alistamiento, celebramos una reunión preliminar el 10 de octubre, día nacional de China por entonces, en la cual discutimos sobre el nombre de la organización, su carácter, programa de lucha y normas de acción, y una semana después, o sea el 17 de octubre de 1926, la constituimos, de modo formal, en la casa de Kim Si U.

    La cita transcurrió en silencio, en un modesto hipocausto, donde no existía siquiera una tribuna. Sin embargo, aun ahora, más de 60 años después, vuelvo a sentir el ánimo y el entusiasmo que llenaban aquel cuarto.

    Estábamos emocionados todos, mis compañeros y yo.

    En ese momento no sabía por qué me acordaba de mi difunto padre y de la Asociación Nacional Coreana. Para constituirla, él recorrió miles de kilómetros durante varios años, aglutinando a camaradas de distintos lugares. Después se dedicó, hasta el día de su muerte, a hacer realidad su ideal. Y como herencia dejó su inconclusa causa a los hijos.

    Al pensar que iba a recoger el primer fruto en el esfuerzo por alcanzar el propósito de mi padre de rescatar el país a toda costa, aunque se desgarrara el cuerpo y se destruyeran los huesos, el corazón me latía fuerte y los ojos se me nublaban de lágrimas.

    En el programa de la organización que íbamos a crear, se incluiría también su ideal.

    Todavía están frescas en mi memoria las figuras de los jóvenes que arengaron en la reunión: Choe Chang Gol, Kim Ri Gap, Ri Je U, Kang Pyong Son, Kim Won U, Pak Kun Won … y Ri Jong Rak y Pak Cha Sok, quienes, aunque posteriormente traicionaron, hicieron la combativa promesa de consagrar su sangre y carne, sin titubeos, en aras de la revolución.

    Unos eran buenos oradores, y otros, torpes, pero todos hablaron de forma magnífica. Yo también pronuncié un discurso bastante largo, teniendo en cuenta aquel tiempo.

    Propuse denominar nuestra organización “Unión para Derrotar al Imperialismo”, y “UDI” como sus siglas.

    La Unión para Derrotar al Imperialismo fue un inmaculado ente político, de nuevo tipo, que bajo el ideal del antimperialismo, la independencia y la soberanía, y en medio del doloroso avance de la historia, crearon los miembros de la nueva generación aspirantes al socialismo y al comunismo, con el fin de lograr la liberación nacional y la clasista.

    Si bien la fundamos con el objetivo de edificar el socialismo y el comunismo, la denominamos de esa manera para evitar que los nacionalistas recelasen creyendo que era una organización de fuerte matiz izquierdista. ¡Tanta importancia concedimos a nuestras relaciones con los nacionalistas!

    La propuesta de darle el nombre de “Unión para Derrotar al Imperialismo” fue aprobada por unanimidad.

    También fue adoptado, tal como estaba, el programa de lucha de la UDI que presenté. Como organización destinada a vencer al imperialismo en general, su consigna también era formidable.

    Fue tarea inmediata de la UDI derrotar al imperialismo japonés y lograr la liberación y la independencia de Corea, y su objetivo final radicaba en la construcción del socialismo y el comunismo aquí, y, a la larga, destruir a todos los imperialismos y realizar el comunismo en el mundo.

    Trazamos las orientaciones para las actividades encaminadas a poner en práctica este programa. A los participantes en la reunión se les distribuyeron los estatutos impresos en mimeógrafo.

    Choe Chang Gol propuso elegirme como responsable de la Unión para Derrotar al Imperialismo.

    Cogidos de mano, y unidos en un grupo, corrimos a la orilla del río Huifa donde cantando tomamos la firme decisión de avanzar juntos, vivos o muertos, por el camino de la revolución, por la patria y el pueblo.

    Aquella noche no logré dormir. La excesiva emoción me lo impedía. Francamente, estaba conmocionado y tan lleno de gozo como si hubiese conquistado el mundo. ¿Cómo se podría comparar esa alegría con el bienestar de los plutócratas sentados sobre un montón de dinero?

    A la sazón, dentro del movimiento comunista había muchas agrupaciones con nombres rimbombantes.

    Y la nuestra, recién nacida, no tenía comparación con esas entidades en tamaño. Todavía no se sabía en el mundo si existía o no una tal UDI.

    No obstante, estuvimos embargados de tan ferviente sensación al fundarla, porque nos sentimos orgullosos de crear una organización revolucionaria comunista de nuevo tipo, completamente distinta a las que existían.

    No se desprendió de alguna otra, ni sus integrantes tenían antecedentes de afiliación a una fracción o a un grupo de exiliados. Eran miembros de la nueva generación tan limpios e inmaculados como un papel blanco, en el estricto sentido de la palabra. La sangre de la UDI era pura.

    Sus componentes tenían mucha hombría. Si se les pedía hacer un discurso, escribir un artículo, componer una canción o practicar kyoksul, lo hacían de modo magnífico. Eran muy competentes. En lenguaje actual, jóvenes de uno contra cien o contra mil. Ellos se unieron para abrir un nuevo camino y era natural que su ímpetu fuera formidable.

    Posteriormente, cada vez que nuestra causa revolucionaria encaró una situación difícil, ellos abrieron el camino exponiendo sus vidas.

    A dondequiera que iban, cumplían el papel de vanguardia como integrantes de las filas medulares de la revolución coreana. Kim Hyok, Cha Kwang Su, Choe Chang Gol, Kim Ri Gap, Kang Pyong Son, Ri Je U y otros muchos hijos de la UDI, lucharon heroicamente, al frente de sus hombres, hasta dar la vida por el sublime fin.

    Hubo hombres que no actuaron así. Me apena recordar a los que, aunque empezaron bien, al profundizarse la lucha revolucionaria terminaron por abandonar el ideal de la UDI y caer en la sima de la traición.

    Ahora no queda ni uno de los compañeros que trabajaron conmigo en la época de la UDI. Sus numerosos hijos e hijas, quienes lucharon contra viento y marea, aspirando a la independencia de la Patria y a la sociedad de las masas desposeídas, murieron todos en la flor de su vida, sin ver un mundo mejor. Con el sacrificio de su juventud, echaron los cimientos de nuestro Partido y de la revolución.

    En la historia de nuestro Partido, la UDI es considerada como su raigambre, y su fundación como el punto de partida, como el origen del movimiento comunista y de la revolución coreana. De estas raíces brotaron el programa de nuestro Partido, los principios de su construcción y de sus actividades, y la armazón para su fundación. Con la UDI, nuestra revolución emprendió una nueva marcha sobre la base del principio de la independencia.

    Creo que, inmediatamente después de la liberación, Choe Il Chon (Choe Hyong U), en su “Breve historia del movimiento de la revolución coreana en el exterior”, escribió en parte sobre el ideal y el espíritu de la Unión para Derrotar al Imperialismo bajo el subtítulo “La UDI y Kim Il Sung ”.

    Años después, cuando, al fundar el Ejército revolucionario y la Asociación para la Restauración de la Patria, exhortamos en voz alta a los 20 millones de coreanos a levantarse en pie de lucha, y cuando llegó el tiempo de gran auge revolucionario, en que decenas de miles de ayudantes y simpatizantes rodeaban esas filas como si fueran sus satélites, recordé con gran emoción como organizamos la UDI en Huadian.

    

    

    

    4. La aspiración a un nuevo

    escenario de actividades

    

    

    En la escuela Hwasong se pasaban enormes dificultades por la escasez de fondos para su administración.

    Su matrícula no llegaba a 100 alumnos, pero, teniendo en cuenta la situación del Ejército independentista en aquel tiempo, no era nada fácil mantener a tantas personas.

    La junta Jong-ui, su patrocinadora, no le proporcionaba suficiente dinero. No estaba en condiciones de hacerlo, porque, a duras penas, mantenía sus aparatos, equivalentes a los de todo un Estado, divididos en tres poderes: administrativo, militar y judicial, con los fondos que creaba con los jones recogidos entre la población.

    A fin de resolver esa escasez de fondos, las autoridades del plantel movilizaron a los estudiantes de modo periódico en operaciones para reunir dinero. Divididos en grupos de 20, estos regresaban y se armaban en las compañías de las que procedían, y recorrían durante dos meses las zonas jurisdiccionales de la junta Jong-ui, para recaudar fondos, y luego eran sustituidos por otros grupos.

    No obstante, se agotaban a los pocos meses. Entonces, se dirigían a la sede de la Jong-ui que se encontraba en Jilin.

    Una vez, el director Choe Tong O mandó al superintendente para que trajera las finanzas para el invierno.

    Pero éste regresó con las manos vacías. Maldijo al jefe de la compañía No.3, pues, dijo, había interceptado la suma destinada a la escuela y la había gastado toda en su boda. Derrochó tanta cantidad, que aun después de agasajar a toda la aldea durante varios días sobraba comida y tenía que invitar también a los vecinos de otro poblado.

    Al escuchar esto no pude reprimir mi indignación.

    Quien llenaba las arcas de la Jong-ui, no era el cielo, sino el pueblo, que entregaba como contribución militar, lo que ahorraba, jon a jon, comiendo caldo claro o ayunando, para que rescataran el país. Si con eso no alcanzaba, hacía alpargatas de paja para ganar alguna suma con su venta. Sólo entonces se sentía aliviado. Así es nuestro pueblo.

    Parecía que al referido jefe de compañía no le importaba. Cuán ciego debía estar por la codicia para cometer tan vil malversación.

    El hecho de que un comandante, quien con las armas en la mano tenía que dirigir combates sangrientos contra los enemigos, perpetrara sin escrúpulos ese desfalco, fue una prueba de que la capa superior del Ejército independentista estaba corrompiéndose.

    Según contaban, hubo un jefe que, al oir de la derrota de la unidad de voluntarios Sunchang, dirigida por Choe Ik Hyon, después de concertado el “tratado Ulsa”, reunió a centenares de voluntarios y desarrolló enérgicas acciones en la región de la provincia Jolla, mas, al informarse de que uno de sus subalternos había saqueado a los habitantes, se sintió tan apenado que disolvió su unidad y se ocultó en una montaña. Esta anécdota demuestra que aquel comandante consideró el perjuicio al pueblo como una vergüenza y un delito imperdonable.

    La fechoría del jefe de la compañía No.3 era un atentado contra la población.

    Cuando vivía en Linjiang, presencié que unos soldados del Ejército independentista andaban en lenguas de la gente, por un buey que trajeron de Corea; lo habían quitado a la fuerza a un campesino. El comandante de la unidad a la que pertenecían estuvo en mi casa y fue duramente criticado por mi padre.

    Por aquel tiempo, si los soldados del Ejército independentista aparecían en un lugar donde residían coreanos con miras a recaudar contribuciones para los fondos militares, el encargado de la zona hacía circular un documento en que estaban anotados los renglones y las cantidades con que cada habitante debía contribuir: cierta cantidad de dinero tal familia, equis kilogramos de arroz la otra, etc., etc. Eso representaba una gran carga para los agricultores pobres.

    Sin embargo, los soldados del Ejército independentista, haciendo caso omiso de esa situación, se esforzaban para cobrar la mayor suma posible e iban ampliando como por emulación su ya determinada región jurisdiccional. Hubo algunos que por medio del chantaje arrebataron a otros grupos armados el dinero recaudado.

    Bandas armadas, pequeñas y grandes, cobraban, cada cual a su manera, a los habitantes, a quienes consideraban como simples contribuyentes, como servidores destinados a entregarles dinero, arroz, y prepararles alojamiento.

    Esos desmanes no se diferenciaban ni una pizca de los actos que en el pasado cometían los burócratas feudales.

    Los gobernantes feudales de Corea, sentados en palacio con su gorro jerárquico, promulgaron incesantemente leyes tributarias para extraer sangre y sudor al pueblo. En un tiempo, el gobierno feudal se las ingenió para aplicar el llamado impuesto de tránsito, para suplir la enorme suma que había gastado en la construcción del palacio real Kyongbok. Si con esas contribuciones hubiera edificado una universidad o una fábrica, las nuevas generaciones les habrían agradecido.

    En vista de que el mencionado jefe de compañía se había degradado a tal manera, los jóvenes avanzados de la escuela Hwasong se lamentaban diciendo que el Ejército independentista se iba degenerando. Mas se limitaron a reprobar y lamentarse. Si hubiese sido una sociedad tan justa como la actual, hubiéramos recogido las opiniones en el ejército y el pueblo para darlas a conocer a los organismos judiciales o al tribunal camaraderil, a fin de ofrecer un escarmiento; sin embargo, en esa época, cuando no tenía efecto la ley y era floja la disciplina en el ejército, no podíamos hacer nada.

    Aunque la junta Jong-ui tenía un aparato encargado de la justicia civil, éste existía sólo de nombre; únicamente reprendía a los habitantes que no pagaban debidamente la contribución para gastos militares, mientras se hacía de la vista gorda ante actos delictivos de personas como ese jefe de compañía. Sus leyes tenían un portillo, por así decirlo, para dejar salir impunes a los de la capa superior.

    Con motivo de ese suceso, decidí hacerles una resuelta advertencia al Ejército independentista y a todos los participantes en el movimiento por la soberanía. Pero el problema era el cómo.

    Choe Chang Gol propuso elegir de inmediato a representantes de los alumnos para que visitaran a todas las compañías, desde la No.1 hasta la No.6, y transmitieran la protesta.

    Ciertos compañeros plantearon que escribiéramos en la prensa, como el periódico “Taedong-Minbo”, que publicaba la Jong-ui, condenando esos actos burocráticos del Ejército independentista. Era buena la idea, pero existía la duda de si lo aceptarían los integrantes de la sede de la Jong-ui, otros jefes de compañías y el colectivo de redacción de la publicación de que se tratara, porque su situación diferenciaba poco de la del jefe de la compañía No.3.

    Mi opinión fue que, en lugar de demorar días con la inseguridad, enviásemos una carta de condena a todas las compañías del Ejército independentista. Los compañeros apoyaron mi propuesta y me dijeron que la redactara.

    Esa misiva de repulsa resultaría la primera crítica a los nacionalistas, después de fundada la UDI.

    Escribía por primera vez ese tipo de carta, por eso me parecía que faltaban puntos que hubiera querido decir, mas, mis compañeros la aprobaron. La entregué, pues, a Kim Si U para que la hiciera llegar al mensajero de la Jong-ui. Posteriormente, por su conducto se distribuyó sin demora a las compañías.

    El documento tuvo mucha repercusión. Parece que impactó hasta a O Tong Jin, quien comúnmente no admitía nada que hiriera su amor propio o censurara a la junta Jong-ui, para no hablar del hombre que gastó el fondo militar en su boda.

    A principios del año siguiente, cuando yo estudiaba en Jilin, O Tong Jin, en una charla que sostuvo conmigo sacó a colación lo de la carta de condena. Dijo que en ocasión de su visita a la compañía No.6 la leyó junto a su comandante y jefes de secciones.

    –Después de leerla reprendí duramente al jefe de la compañía No.3, –recordó–. Pensaba, incluso, destituirlo. Bichos como él desprestigian al Ejército independentista.

    Reconoció francamente que la capa superior de ese ejército iba degenerando, y se mostró apenado y angustiado por no poder reparar la situación.

    ¿Cómo se logró dominar su impetuoso temperamento, al tener que pasar por alto la depravación del Ejército independentista, que veía y sentía en sus fibras?

    Por sus palabras, me di cuenta de que esa degeneración no sólo nos angustiaba a nosotros, los miembros de la joven generación, sino también a los nacionalistas de conciencia.

    Sin embargo, era imposible evitar con una carta la corrupción política y moral de esa tropa, que iba caminando hacia su extinción. Su destino no podía ser otro, porque eran fuerzas armadas nacionalistas que representaban y defendían los intereses de las clases pudientes.

    En el trato brutal a los habitantes y la imposición de pesadas cargas económicas, los estudiantes de la escuela Hwasong no quedaban a la zaga de la citada hueste. Cuando se movilizaban en las operaciones para la recaudación, recababan a porfía bienes y alimentos en sus zonas jurisdiccionales.

    A las familias que no accedían con gusto a sus peticiones, les echaban en cara que no tenían patriotismo o que menospreciaban al Ejército independentista. Encima les exigían que entregaran cerdos, pollos y otros animales.

    Asimismo, se quejaban de las comidas en la escuela. Manifestaban su descontento por el mijo y otros platos. Una vez, un estudiante, al tomar la cena, rezongó por el mijo y la sopa de menestras que le ofrecieron, hasta que riñó con el encargado del comedor, Hwang Se Il, quien cumplía su misión con honestidad. Pese a ello, si la calidad de los alimentos decaía, por mínimo que fuera, los estudiantes decían que no trabajaba bien.

    Inmediatamente después de la liberación, me encontré con él. Ocupaba el cargo de vicepresidente del comité popular distrital en Uiju. Recordamos juntos la época de la Hwasong y, sonriendo, dijo en broma que teniendo muy presente la lección de este plantel, no se quejaba nunca de los alimentos cuando visitaba las comunas de su territorio.

    Me detenía a pensar que los alumnos que protestaban por el mijo en la Hwasong seguirían actuando igual después de graduarse y regresar a sus unidades del Ejército independentista, y terminarían por convertirse en unos viles, que codiciarían sólo dinero y autoridad.

    El problema estaba en que tales personas, después de dos años, irían a mandar compañías y secciones. ¿Qué se podía esperar de un ejército cuyos integrantes ni siquiera estaban dispuestos a comer mijo, para no hablar de morir de hambre?

    En mi mente tomaban cuerpo, cada día con mayor nitidez, la desilusión por el movimiento nacionalista en general, cuyo centro era el Ejército independentista, y el desengaño por la educación en la escuela Hwasong. Esta no satisfizo mi esperanza, ni yo podía satisfacer la suya. De igual modo que no había sido capaz de convertirse en la que yo deseaba, tampoco yo podía ser el alumno que ella esperaba de mí. Mi descontento por ella y el suyo por mí eran parejos.

    Cuanto más profundizaba en las avanzadas ideas del marxismo y el leninismo, tanto más me alejaba de la educación de la Hwasong, y cuanto más me apartaba de ésta, más profundamente caía en los laberintos de la meditación. Pensaba que alejarme del plantel significaba faltar a la confianza de quienes me enviaron allí y al deseo de mi padre, el cual les había pedido protegieran mi futuro. Me sentía culpable al acordarme de O Tong Jin, quien, para asistir al entierro de mi padre, caminó más de cien kilómetros, me consoló y me dio el dinero para los gastos del viaje hasta la Hwasong, así como de Kim Si U, quien, con motivo de mi llegada, me propuso, incluso, hacer un brindis, y de Choe Tong O, y de Kang Je Ha.

    Para no faltar a mi obligación moral con ellos, debería estar sujeto a la enseñanza que allí impartían. Si estudiaba dos años haciendo de tripas corazón y servía dócilmente en la compañía del Ejército independentista a que me destinaran, tendría cara para verlos. Alistarme en ese cuerpo no me impediría seguir estudiando la nueva ideología y ampliar el terreno de la UDI, pensé.

    Sin embargo, me resultaba inconcebible que para tener esa cara viviera como cualquiera, jugando diplomacia con la enseñanza que ya había calificado de conservadora. No quería conciliarme de esa manera con la vieja educación.

    ¿Qué hacer entonces? ¿Regresar a casa para atender la botica y la familia, en lugar de mi tío, o ingresar en otra escuela en Shenyang, Haerbin o Jilin?

    Al cabo de estas complicadas reflexiones, decidí interrumpir mis estudios en la Hwasong y proseguirlos en una secundaria en Jilin. Elegí esta ciudad como otra parada de mi destino, en lugar de Huadian, porque era un importante centro político, donde se reunían muchos independentistas antijaponeses y comunistas coreanos de la región de Manchuria. Fue por esta razón que incluso se conocía como la “segunda Shanghai”. En el interior de China, Shanghai era donde se concentraba un mayor número de coreanos revolucionarios.

    Quería salir de la estrecha cerca de Huadian, presentarme en un escenario más amplio y llevar a una etapa superior el movimiento comunista que dio sus primeros pasos con la fundación de la UDI. Esta resultó la causa principal por la que rompí con la escuela Hwasong.

    La interrupción de mis estudios, a los seis meses, en este centro docente y el traslado a Jilin, fue la primera resuelta determinación que tomé en mi vida. Podría decir que la segunda fue quemar el envoltorio de documentos de los involucrados en la “Minsaengdan”, al organizar una nueva división, después de la Conferencia de Nanhutou.

    Todavía ahora considero justa esa decisión para unirme a los jóvenes estudiantes en Jilin. Si hubiera quedado dentro del cerco de aquel plantel, habrían demorado, en la misma medida, todos los procesos posteriores que llevaron la revolución coreana a un brusco ascenso.

    Los miembros de la UDI quedaron de una pieza ante mi determinación. Les expliqué:

    –Ahora, que está creada la UDI, nos incumbe extender en diversas direcciones esta organización y su ideal; en la escuela Hwasong no me parece que pueda hacer gran cosa; no daría mucho provecho seguir estudiando aquí; después de mi partida, ustedes deberán establecerse en las unidades del Ejército independentista o en otros lugares adecuados, y penetrar en las masas, alargando los hilos de la UDI; como todos ustedes son miembros de la organización, tienen que ser dirigidos de modo unificado por ésta, en cualquier sitio donde trabajen.

    Acordé con algunos compañeros encontrarnos un día en Jilin.

    Había consultado con Kim Si U el asunto.

    –Mire, lo consultaré después con mis familiares, pero no me gusta estudiar aquí, en la escuela Hwasong… Quisiera, pues, matricular en una secundaria de Jilin, aunque no tengo dinero, ¿qué le parece? –le confesé al inspector, quien se mostró muy triste. Pero no se opuso a mi decisión de romper con la Hwasong.

    –Si lo quieres, te ayudaré; pediré a mis amigos que te apoyen. Cada persona toma el carro que le gusta. Si no te agrada el carruaje de la escuela Hwasong, viaja, pues, en el tuyo.

    Kim Si U se había alegrado más que nadie y me había dado la más efusiva bienvenida cuando ingresé en esta escuela. Y ahora me comprendía con tan buena disposición, que me alivió mucho. Me aconsejó que fuera a ver al director Choe Tong O y me despidiera cordialmente de él, para que no se sintiera apenado, y que al ir a Jilin, después de estar con mi madre, pasara a verlo, de todos modos.

    La tarea de convencer a Kim Si U fue, así, más fácil de lo que pensaba.

    Mi despedida del director Choe Tong O, en cambio, estuvo acompañada de una pena intolerable. Al comienzo, montó en cólera y me reconvino alborotado:

    –Si un hombre abriga un propósito, ya está. Y ahora vienes con eso de interrumpir el estudio, ¡ni hablar! Dijiste que quieres dejar esta escuela porque no te gusta su enseñanza. ¿Crees que en este mundo caótico, exista un plantel que agrade a todos?

    Luego me dio la espalda, para ponerse de frente a la ventana. Observaba, absorto, a través de ésta, un espacio lleno de copos de nieve.

    –Si a los talentos como tú no les gusta esta escuela, yo también la abandonaré.

    Me lanzó estas palabras como una bomba. Yo no sabía cómo comportarme, ni podía agregar una frase. Pensé que resultaba demasiado cruel para el director la actitud crítica que asumí frente a él, respecto a la enseñanza del centro.

    Después de unos minutos, Choe Tong O logró serenarse. Volvió a mi lado, y poniéndome una mano sobre un hombro, dijo:

    –No importa para mí el nacionalismo o el comunismo, siempre que sirva al logro de la independencia de Corea. Deseo que tengas éxitos.

    Salimos a la cancha. Allí, durante largo tiempo, me hizo valiosas recomendaciones que me servirían de lecciones en la vida. Los copos de nieve se posaban sin cesar sobre la cabeza y hombros del director.

    Pasado el tiempo, cada vez que recordaba su figura, despidiéndome cubierto de nieve, me arrepentía por no habérsela quitado de encima.

    Transcurridos 30 años, tuve en Pyongyang un emocionante encuentro con Choe Tong O. Yo era Primer Ministro y él, un cuadro del Consejo de los Surcoreanos en el Norte por la Promoción de la Reunificación Pacífica; sin embargo, fue un contacto, inevitablemente, entre discípulo y maestro. En esta tierra, que se sobrepuso a la prueba de la guerra, estaba floreciendo el socialismo, ideal de la UDI, pregonado en Huadian.

    –En fin, Song Ju, Primer Ministro, ¡tenía razón usted en aquel tiempo!, – dijo sonriente llamándome por el nombre de familia, lo cual trajo a mi memoria la cancha de la escuela Hwasong, decenas de años atrás.

    Con esas pocas palabras, y sin más explicaciones, el anciano maestro, quien pasó toda su existencia en vicisitudes políticas, concluyó el diálogo que había empezado conmigo tres décadas antes.

    Mi madre apoyó la interrupción del curso en la escuela Hwasong. Al comienzo, cuando le dije mi intención, se puso muy seria. Pero, al explicarle con franqueza las razones, se alivió.

    –Te preocupas siempre por el pago de los estudios; quien se deja atrapar por las garras del dinero, no puede hacer nada. Los costearé, pase lo que pase, y tú deberás llevar a efecto, a toda costa, el propósito que estás cultivando. Ya que te has decidido a emprender un nuevo camino, hazlo con pasos agigantados.

    Estas palabras me dieron un gran estímulo, a mi regreso a Fusong con un novedoso plan.

    Allí, muchos amigos de la escuela primaria, que no pudieron pasar a la secundaria por su pobreza, permanecían en casa, sin orientación. Pensé en concientizarlos y guiarlos por el sendero de la revolución.

    Como recién había fundado la UDI y decidido extender sus raíces en diversas direcciones, no podía estar con los brazos cruzados, sin trabajar.

    Con el fin de educar a los niños en ideas avanzadas y conducirlos por el camino de la revolución, organicé el 15 de diciembre de 1926 la Unión de Niños Saenal (significa nuevo día: N. del Tr.), con pequeños patrióticos de la ciudad de Fusong y sus cercanías. Fue una organización infantil comunista llamada a batallar por la restauración de la patria, tras la derrota del imperialismo japonés, y por el luminoso día de la construcción de una nueva sociedad, después de destruir la vieja, tal como insinúa su nombre.

    Su constitución sirvió de importante coyuntura para ampliar la esfera de actividades de la Unión para Derrotar al Imperialismo. Su consigna era también formidable, pues se basaba en la lucha para lograr la liberación y la independencia de Corea. Con este objetivo, elaboramos tareas inmediatas, entre éstas, las de estudiar la nueva ideología avanzada y explicarla y difundirla entre las amplias masas.

    Definí el principio organizativo, el sistema de trabajo y las normas de acción de sus miembros con vistas a cumplirlas y dirigí su quehacer hasta que partí para Jilin.

    Sobre la base de las experiencias acumuladas en la creación de la UDI y de la Unión de Niños Saenal, ayudé a mi madre en la fundación de la Asociación de mujeres antijaponesas, el 26 de diciembre de 1926.

    Después de la muerte de mi padre, ella desplegó de modo activo la lucha revolucionaria. Por entonces, visitaba no sólo la cabecera del distrito Fusong, sino también amplias regiones rurales de los alrededores, para establecer escuelas nocturnas, enseñar a las coreanas la lengua materna y educarlas de modo revolucionario.

    Después de permanecer algún tiempo en Fusong, fui a Jilin. De paso, visité a Kim Si U en Huadian, cumpliendo mi promesa.

    Me entregó una carta para Kim Sa Hon, quien había sido, según él, amigo de mi padre. En esa misiva de recomendación, pedía que me ayudara a ingresar en una escuela. Aquel fue mi último encuentro con él.

    Entre las personas inolvidables para mí Kim Si U me dejó la más profunda impresión. Parco de palabras, realizó infinidad de tareas en aras de la independencia del país.

    No hubo casi ninguna esfera en la que él no interviniese, desde la ilustración de las masas y la educación de la joven generación, hasta la fusión de organizaciones armadas y su unidad de acción, pasando por la adquisición de armas, financiación, guía para los trabajadores clandestinos en el interior del país y traslado de documentos y datos secretos.

    No sólo ayudó con eficiencia a mi padre en sus actividades, sino que también me prestó sincera asistencia en mi trabajo.

    Fue quien vigiló afuera, cuando fundábamos la UDI, y más se alegró por este hecho.

    Después de nuestra despedida, siguió administrando el molino arrocero Yongphung, suministró cereales al Ejército independentista y realizó con entusiasmo el trabajo de asistencia a estudiantes coreanos. Cuando la guerra civil en China, hizo lo imposible, en calidad de presidente de la sociedad de ayuda a la revolución, para defender la vida y los bienes de los coreanos en Huadian, de las acciones de los ejércitos de Jiang Jieshi y Japón.

    Kim Si U retornó a la Patria en 1958. Aunque trabajó tanto en aras de la nación, en el curso de toda su vida no lo mencionó ni una vez. Por eso no pude conocer su paradero.

    Sólo cuando se dio cuenta de que estaba en el umbral de la muerte, por una grave enfermedad, en Jonchon, dio a conocer a sus hijos sus relaciones con mi padre y conmigo.

    Uno de sus hijos, muy admirado, le dijo:

    –Teniendo tales relaciones con el General, ¿por qué no fuiste a verlo ni una vez? ¡Cuánto se alegraría si te viera! Todavía no es tarde, pues ahora está aquí en Jonchon, en una visita de trabajo. Si tú no puedes moverte de la cama, ¿por qué no lo invitas a nuestra casa?

    En efecto, por entonces yo estaba dirigiendo esa localidad.

    Kim Si U le reconvino:

    –Les dije lo ocurrido en el pasado, no para que se beneficien de ello, sino para que, teniendo presente los antecedentes de nuestra familia, sean fieles al General y lo apoyen. No debemos detener ni un minuto su atareado paso en los asuntos del país.

    Así fue recto de temperamento en toda su vida. De hacer caso a su hijo, nos habríamos encontrado, mas no ocurrió eso para mi pena, de la que no podré desprenderme en mi existencia.

    Cada vez que recuerdo la época de la escuela Hwasong y de la UDI, siempre aparece Kim Si U; sin él no puedo hablar de mi tiempo en Huadian. En aquellos días, cuando difundíamos la nueva corriente ideológica y creábamos la UDI, él hizo, de modo inadvertido, más esfuerzos que nadie para ayudarme.

    Gracias a que muchas personas honestas como Kim Si U apoyaron a la UDI en diversos aspectos, ésta pudo crecer como una fuerza invencible.

    Guardando en lo hondo del corazón la esperanza que el pueblo depositaba en mí, me dirigí a Jilin, con un gran proyecto y decisión.

    

    

    

    5. Ri Kwan Rin, heroína del Ejército

    independentista

    

    

    Cuando abandoné mis estudios en la escuela Hwasong y regresé a Fusong, vi que mi casa no era tan frecuentada por los independentistas como antes.

    Al compararla con el ambiente de antes, cuando las visitas no cesaban ni en horas de la noche, nuestra choza me pareció muy triste y solitaria.

    De las impresiones que tuve en Fusong me dejó una huella inolvidable la imagen de Ri Kwan Rin. Después de la muerte de mi padre, ella vino a vivir a nuestra casa. Explicó que O Tong Jin, para enviarla, le dijo que como había sido objeto de muchas atenciones por parte del señor Kim Hyong Jik, al menos en memoria de su bienhechor, tenía que ir a Fusong y ayudar con solicitud a la madre de Song Ju.

    Ella le servía de compañía a mi madre, mientras se ocupaba del trabajo de la Asociación de educación femenina del Sur de Manchuria.

    Por naturaleza, era una persona audaz y optimista. En la Corea de la época no existió otra mujer tan sobresaliente, dotada de preparación intelectual y militar, hermosa, digna y valerosa.

    En la época en que a causa de una severa ética feudal, las mujeres se cubrían la cara para salir, la gente miraba muy extrañada, cual si viera algo del otro mundo, cómo Ri Kwan Rin cabalgaba vestida de varón.

    Al cabo de algunos días, me percaté que parecía menos animosa. Quedó muy sorprendida al saber que había abandonado la escuela Hwasong. Para ella resultaba incomprensible que me hubiera apartado para siempre de ese centro de oficiales donde otros no podían matricular fácilmente, aunque lo desearan mucho. Al cabo de escuchar la explicación de mis motivos para dejarlo, y de lo ocurrido antes y después de esto, calificó de justa mi decisión y apoyó mi plan de ir a Jilin. Aunque, por otra parte, no pudo disimular una expresión de tristeza. Parecía que había recibido un fuerte impacto con mi posición de rechazar esa escuela de índole nacionalista, por motivos ideológicos. Como era muy sensible, indudablemente presintió, de un modo más hondo, que llegaba el fin del Ejército independentista y del nacionalismo, al ver el vuelco radical que se producía en mi vida. Mi madre también expresó que había cambiado mucho y que últimamente se comportaba más callada y retraída.

    Creí, al principio, que era expresión de la angustia que solía observarse en muchachas solteras de su edad. Ri Kwan Rin tenía entonces 28 años. Existía una tendencia general a casarse muy joven, y por eso, las muchachas, no bien cumplidos los 14 ó 15 años, tenían que recogerse el cabello y contraer matrimonio. Pero, de tratarse de una de 28 años, todos habrían meneado la cabeza por encontrarla demasiado vieja. Era del todo posible que las muchachas mayores, como Ri Kwan Rin, que perdieron los momentos apropiados para las nupcias, sufrieran por su soledad.

    Al observar que en ella se repetía con frecuencia tal estado anímico, una vez le pregunté por qué en aquellos días su semblante estaba tan pálido y sombrío.

    Suspiró y adujo que se ponía vieja y las cosas no cambiaban. Y continuó en tono quejoso:

    –Cuando vivía tu padre, no me sentía agobiada, aunque caminara 40 u 80 kilómetros en un día; pero después de su fallecimiento no siento apego por ningún trabajo y hasta el revólver que porto está a punto de oxidarse. No tengo nada en que creer y apoyarme. Esto me atormenta. Parece que el Ejército independentista no es capaz de actuar en grande. En su seno reina una situación muy dramática. Los viejos de arriba sólo se dan aire de importancia y no se asoman por las unidades. Nadie sabe en qué están pensando. Y las personas de mediana edad, que podrían servir de principal fuerza de combate, se interesan más por su vida familiar, mientras los muchachos andan tras las faldas … Hace unos días, un joven listo, buen luchador, se casó y se fue de la tropa, para ir a Jiandao. Todos se inclinan a actuar así y desaparecen uno tras otro. Es inevitable que al llegar a cierta edad se casen, pero si después arrojan los fusiles, ¿quiénes van a independizar a Corea? No me explico cómo pueden ser tan desvergonzados.

    Por fin, llegué a comprender su angustia y enojo. No tenía otra alternativa que encolerizarse ante tales acontecimientos, pues mientras se consagraba, incluso renunciando a casarse, al movimiento independentista, los varones, sanos y fuertes, botaban los fusiles y huían en busca de una vida mejor.

    Cuando las llamadas muchachas instruidas vivían en el ocio, con aires de mujeres modernas bajo la influencia del reformismo, Ri Kwan Rin, con una pistola de seis tiros en la mano, combatía contra soldados y policías japoneses cruzando y recruzando el río Amrok.

    Creo que en la historia de nuestro país es muy raro el caso de una mujer que con ropas de hombre y portando pistolas, se convirtiera en militar profesional y participara en la lucha contra los enemigos extranjeros. Si en mis memorias he puesto expresamente un subtítulo aparte para evocar la vida de Ri Kwan Rin, es para subrayar este hecho.

    Aquí donde arraigó con profundidad el convencionalismo de la supremacía masculina y el menosprecio a la mujer, era algo inimaginable que una mujer, arma en mano, fuera al campo de batalla.

    Huelga decir que los métodos de resistencia de las coreanas frente a los invasores foráneos revistieron distintas formas, según las épocas, pero, a pesar de esas diferencias, podemos descubrir un punto común y es que en muchos casos se manifestaron con pasividad, a partir de la concepción feudal-confucianista de la castidad.

    Cada vez que los agresores molestaban y masacraban a nuestra población, las mujeres se refugiaban en remotas montañas o en los templos para no pasar por la vergüenza de ser deshonradas. Las que no podían ponerse a salvo, preferían quitarse la vida con sus propias manos.

    Es del todo posible juzgar cuán alta era la castidad de nuestras mujeres, si se tiene en cuenta que durante la invasión japonesa del año Imjin, el número registrado de las que perecieron así, superó en más de 30 veces al de los vasallos fieles.

    Cuentan que después que Choe Ik Hyon, llevado preso a la isla Tsushima, puso fin a su existencia con una huelga de hambre, su esposa guardó luto por tres años y luego se quitó la vida, para ir por el mismo camino que su marido.

    Desde el punto de vista de los preceptos de la ética, este proceder podría ser calificado con justicia de supremo deber como fiel al país y al marido.

    No obstante, aquí surge un problema en el cual se debe meditar. Es que si todos deciden suicidarse, ¿quiénes van a batir a los enemigos y defender la patria?

    Con la modernización del país, se registraron cambios en el modo de pensar y en la concepción de nuestras mujeres. Si otrora se opusieron a los agresores con métodos poco eficaces, como la búsqueda de refugio o el suicidio, ya habían comenzado a participar junto con los hombres en manifestaciones antijaponesas, exponiéndose ante las bayonetas de soldados y policías, y hubo quienes arrojaron bombas contra las instituciones oficiales enemigas.

    Ninguna, sin embargo, estuvo a la altura de Ri Kwan Rin, quien, siendo combatiente independentista, participó en la resistencia armada durante más de 10 largos años en tierras extrañas.

    Como era bella, pasó muchos dolores de cabeza para desprenderse de los pretendientes, que andaban tras ella. Por su aspecto, instrucción y situación familiar, tuvo la posibilidad de hacerse maestra o de casarse con un hombre de su gusto y vivir en condiciones holgadas, pero se entregó, en cuerpo y alma, al movimiento independentista.

    Su padre, un campesino de la capa media, vivía en Sakju, donde poseía varias hectáreas de tierra labrantía, bosques y una casa de 10 cuartos, si bien era de techo de paja.

    La esposa murió cuando Kwan Rin tenía 12 años, y a los dos años de viudo se casó con una joven de 16.

    Kwan Rin no podía llamar madre a una mujer que le era mayor apenas en dos años. Además, su padre, obstinado adepto del feudalismo, no pensó en la instrucción de su hija hasta que llegara a la edad de 15 años, al contrario, sólo tenía intención de casarla en cuanto se presentara la pareja que le conviniera.

    Kwan Rin, que insistía en ir a la escuela con mayor vehemencia cuando veía a otras que lo hacían, se fue de la casa a los 15 años, desafiando la injusta actitud de su padre.

    Aprovechando su ausencia, se escapó disimuladamente hacia el río Amrok y dejó ante un hueco de hielo su vestido y los zapatos. Luego se refugió en Uiju, donde, con la ayuda de un pariente lejano, se matriculó en la escuela Yangsil. Estudió durante casi medio año con plena tranquilidad y sólo al llegar el otoño escribió a su padre, pidiéndole dinero para pagar su curso.

    El la creía ahogada y pasaba días enteros llorando, y se sintió muy feliz cuando recibió su carta. De inmediato se fue a Uiju. Le dijo a su hija que ya no le impediría estudiar y que le escribiera cada vez que estuviera necesitada de algo.

    Desde entonces, Kwan Rin pudo dedicarse a estudiar, sin tener que preocuparse por costearlo. Por sus buenas notas, el centro la recomendó a la escuela femenina de nivel medio de Pyongyang, para la disciplina de artes manuales.

    Así, al cabo de unos dos años de estudios, llegó a comprender lo que pasaba en el mundo y, avalada por mi padre, ingresó en la Asociación Nacional Coreana para, desde entonces, participar en el trabajo clandestino en calidad de digna integrante de una organización revolucionaria. En esa época precisamente, aprendió de mi padre la idea del “gran propósito”. Realizó en secreto la captación de camaradas entre las estudiantes de la escuela femenina de nivel medio de Pyongyang, la Sungsil, la femenina Sung-ui y la de nivel medio Kwangsong. De vez en cuando, venía a Mangyongdae, como de excursión. En nuestra casa hablaba de trabajo con mi padre y le prestaba ayuda a mi madre en sus quehaceres.

    Pese a las malas condiciones de los caminos, en la primavera venían a Mangyongdae muchos estudiantes de la escuela Sungsil, la de nivel medio Kwangsong y de otras, provistos de merienda, para admirar sus bellos paisajes.

    Al estallar en Pyongyang el Levantamiento Popular del Primero de Marzo, ella se colocó al frente de los manifestantes y peleó con valentía. Si fracasaba una manifestación, retornaba al albergue de la escuela para reponerse un rato y volvía a animar a sus colegas con sus “¡Viva!”. Sofocada la rebelión y desatada una ola de detenciones contra sus promotores, tuvo que regresar a su tierra natal y se convirtió en una independentista profesional. Había llegado a la conclusión de que no podía estudiar tranquilamente, sentada en la escuela, hasta que no recuperara el país de la ruina. Inicialmente, actuó como encargada de asuntos generales en el Cuerpo juvenil Kwangje, organizado por O Tong Jin.

    Antes de irse a Manchuria, fue autora de una acción sin precedentes: en su tierra natal mató con pistola a dos policías japoneses y los arrojó al río Amrok por un hueco en el hielo.

    Después de haber ingresado en el Ejército independentista, una vez le ocurrió que, estando en el país para recaudar fondos, tropezó con un policía que quería registrarla. La situación era muy peligrosa porque en el lío que llevaba sobre la cabeza tenía escondida su pistola. Como el agente le exigió insistentemente desatarlo fingió hacerlo, pero con la rapidez de un relámpago sacó el arma y lo obligó a caminar hasta el bosque, donde lo ajustició.

    En sus frecuentes viajes al interior del país, con la misión de recolectar fondos, sorteó muchas pruebas.

    En otra ocasión, enviada por O Tong Jin, recorrió la provincia Phyong-an del Sur con el mismo objetivo. Cumplida la tarea, emprendió el regreso con una persona de la organización en el interior del país. Se detuvieron en Sandaowan para pasar la noche y entonces fueron acosados por gentes de otro cuerpo armado, que operaba por esa zona. Entre los dos llevaban en aquel momento varios cientos de wones. Los asaltantes, con pistolas en las manos, e incluso tirando al aire, les pidieron el dinero. El acompañante se asustó y les entregó dócilmente la suma que tenía. Pero Ri Kwan Rin no les dio ni un jon, al contrario, logró alejarlos con sus gritos autoritarios.

    En el período de la Lucha Armada Antijaponesa, en las guerrillas había muchas combatientes valerosas, pero en la época de que les hablo, no existía en Corea otra Ri Kwan Rin. Era una mujer que casi no había conocido más que el mundo de los pupitres, de la escuela, donde aprendió a bordar y manipular la máquina de coser, sin embargo, se portaba valiente y audaz.

    Por un tiempo, “Tong-a Ilbo”, “Joson Ilbo” y otros periódicos insertaron noticias extraordinarias sobre ella.

    Ri Kwan Rin poseyó, además, firme entereza y convicción.

    Con posterioridad al Levantamiento Popular del Primero de Marzo, en el Sur de Manchuria se llevaron a cabo intensas gestiones para la fusión de las agrupaciones del movimiento independentista. El proceso no avanzó llanamente porque cada cual menospreciaba a las otras, sólo pensando en sí misma. Los debates sobre la fusión se reducían a inútiles palabrerías y fricciones.

    Con miras a superar la situación, mi padre propuso incluir en este trabajo a veteranos del movimiento, y el primer designado fue Ryang Ki Thak. Pero no era fácil trasladar desde Soul hasta Manchuria del Sur a quien se hallaba bajo vigilancia enemiga. Al cabo de pensar profundamente, mi padre eligió a Ri Kwan Rin como persona apropiada para esta operación y la envió a Soul con una carta dirigida a él.

    Ryang Ki Thak tenía mucha influencia entre los nacionalistas. Nacido en Pyongyang, en la familia de un erudito en chino, desde joven hizo muchos esfuerzos patrióticos, tales como actividades periodísticas y educacionales, para cultivar entre las masas el espíritu independentista antijaponés. Se granjeó fama por haber redactado, por primera vez en Corea, el “Diccionario coreano-inglés” y dirigido la campaña de pago de la deuda a Japón. Varios años estuvo recluido por el “incidente de las 105 personas” y se involucró en la Asociación Sinmin, el Gobierno Provisional en Shanghai (miembro del consejo de Estado) y el Partido revolucionario de Koryo (presidente). Y junto con O Tong Jin, creó también la junta Jong-ui.

    Por estos antecedentes los independentistas le respetaban, sin distinción de pertenencia.

    En Soul, Ri Kwan Rin fue detenida por agentes políticos y llevada a un calabozo de la estación policíaca de la calle Jongro. Diariamente la sometían a crueles torturas: ora le echaban por la nariz agua con polvos de pimienta ora le pinchaban con agujas de bambú las uñas de las manos, ora la suspendían del techo con los brazos torcidos por detrás. Algunas veces, la hacían tenderse boca arriba sobre el entarimado, colocaban sobre su rostro una tabla, se subían allí y daban fuertes pisadas. En cada interrogatorio, acompañado de patadas, puñetazos y pisadas, le repetían las mismas preguntas: si venía de China o Rusia y en qué consistía su misión. Hasta llegaron a amenazarla con quemarla, mientras le untaban en las piernas pasta de cenizas picantes, la rociaban con gasolina y le daban fuego.

    No obstante, Ri Kwan Rin no se doblegó, les espetaba airadamente, en cambio, que era una mujer errante, sin empleo, que había venido a Soul con la esperanza de entrar en alguna casa rica como costurera o niñera, y que ellos la mantenían presa y la torturaban, sin tener pruebas de su culpabilidad.

    Como se mantuvo tan inflexible, al cabo de un mes, tuvieron que soltarla.

    Apenas sin poder sostenerse, logró guiar a Ryang Ki Thak hasta Xingjing. Y tan pronto como llegó allí, cayó enferma a consecuencia de las torturas. Al principio, la atendieron sus camaradas, pero como no daba señal de mejoría llevaron a un viejo médico. Este le tomó el pulso y dió un diagnóstico infundado: embarazo. Quizás fue una broma de mal gusto del anciano, que, ante la famosa belleza de su paciente, se sintió impulsado a decirle algo picante.

    Cuando Ri Kwan Rin, completamente aturdida, le preguntó al médico qué tontería estaba diciendo, éste ratificó su diagnóstico.

    No bien pronunciara éste esas palabras, Kwan Rin le arrojó el mokchim (Trozo de madera grueso que en el pasado se usaba como almohada: N. del Tr.) que usaba, mientras le recriminaba:

    –Perverso, ¿por qué se burla de una joven que ha renunciado incluso a casarse por estar consagrada al movimiento independentista y pelea con las armas en la mano? ¿Qué le pasa? ¿Qué gana con difamarme? ¡Atrévase a decirlo otra vez!

    El médico se asustó tanto que huyó descalzo.

    Por tener Ri Kwan Rin un espíritu inflexible, mi padre le encomendaba muchas tareas de importancia. Y ella cumplía cualquiera que provenía de él. Según le mandaba, iba a Pyongyang o a Soul, servía de enlace urgente y realizaba trabajos de ilustración entre las mujeres.

    En ocasiones en que mi padre salía al interior del país por algunos asuntos, Ri Kwan Rin formaba parte de su comitiva, sirviéndole de escolta y ayudante. Se miden por miles de kilómetros los caminos recorridos por ella. Casi no hay zona o región donde no se imprimieran sus huellas. Estuvo en Uiju, Sakju, Chosan, Kanggye, Pyoktong, Hoeryong y en otras zonas vecinas a la frontera del norte del país, y viajó también a las de Jiandao. Además, pisó las tierras de Sunan, Kangdong, Unryul, Jaeryong, Haeju y de otras regiones occidentales de Corea, y hasta las de la lejana provincia Kyongsang.

    Fuera de ella, hasta entonces ninguna muchacha en nuestro país realizó recorridos por el monte Paektu, venciendo su altura.

    En la dorada época de su juventud, cuando debía disfrutar de la parte de la vida más fervorosamente bendecida dentro de toda su existencia, se entregó a acciones militares, abrumadoras para una mujer, y esto, en inhospitalarias tierras extranjeras.

    Con dos pistolas, impulsada por el amor a la Patria, libró intensas actividades recorriendo un mundo turbulento.

    Fue muy doloroso para mí su sufrimiento ante la declinación del movimiento independentista.

    Contemplando cómo yo hacía los preparativos para trasladarme a Jilin, expresó que con posterioridad, también iría allí y se ocuparía de algo. Mas, no llegó a poner en práctica ese plan.

    Durante mi período de estudiante en Jilin, la vi dos o tres veces en la casa de Son Jong Do. En una de esas ocasiones, a su ruego de que le hablara de la situación, le referí durante largo tiempo las perspectivas de la revolución en nuestro país. Manifestó que le gustaba nuestro modo de actuar. No obstante, no se decidía a separarse de la junta Jong-ui. Pertenecía al ala izquierda de los nacionalistas, que si bien aprobaba el comunismo, no procedía así en la práctica.

    Me dio mucha pena su expresión de angustia por la decadencia del movimiento nacionalista. En él hubo muchas personalidades patrióticas que sacrificaron su vida como el caso de Ri Kwan Rin. Sin embargo, como carecía de un dirigente competente, ésta andaba desorientada aunque tenía tan firme espíritu y entereza. Y la Unión para Derrotar al Imperialismo acababa de dar sus primeros pasos, por lo que no pudo unirse ni a nuestro movimiento.

    Mi padre confiaba plenamente en Ri Kwan Rin y prestaba una atención especial a su formación como combatiente. Al verla sufrir sola, sin apoyo espiritual, lamenté que el movimiento de liberación nacional en nuestro país no contara con un núcleo rector que pudiera aglutinar y guiar a todas las fuerzas patrióticas.

    El martirio de Ri Kwan Rin me hizo pensar que los integrantes de la nueva generación debíamos redoblar los esfuerzos por la revolución. Tomé entonces la decisión de allanar, lo más pronto posible, –siquiera pensando en la situación de patriotas como Ri Kwan Rin, que se debatían por no tener un buen timonel–, un nuevo camino que fuera aceptado por todos. Y así preparar la llegada de otra era de la revolución, en la que todas las personas que aspiraran a la independencia lucharan avanzando en una misma dirección.

    Con esta decisión, aceleré mis preparativos del viaje a Jilin.

    Desde que nos vimos por última vez allí, transcurrió más de medio siglo y en todo este tiempo, no dejamos de buscarla.

    Cuando las actividades guerrilleras en Manchuria del Este, en nuestras filas había muchas jóvenes veinteañeras. Cada vez que las observaba, abriendo nuevos capítulos en la historia de liberación nacional, con igual espíritu y voluntad que los hombres, pensaba en Ri Kwan Rin, heroína del Ejército independentista.

    Estaba muy ansioso e interesado por saber qué hacía y dónde se encontraba. Averiguamos por diversas vías, pero fue imposible saber algo de su destino y paradero.

    Liberado el país, indagamos también en su tierra natal, Sakju, pero tampoco estaba allí.

    Apenas a principios de la década de 1970, recibimos las primeras noticias sobre ella. Al cabo de ingentes pesquisas por diferentes conductos, nuestros compañeros del Instituto de Historia del Partido lograron informarse de que vivía en China y tenía dos hijos un varón y una hembra.

    De entre los camaradas de lucha de Ri Kwan Rin que abrazaron el comunismo bajo la influencia de la Unión para Derrotar al Imperialismo, estuvieron Kong Yong, Pak Jin Yong, y otros que prepararon junto con nosotros el nuevo sendero. Todos concluyeron sus vidas, digna y heroicamente, como revolucionarios.

    Ri Kwan Rin, empero, se vio obligada a abandonar a medias la lucha por no haber encontrado un dirigente que la supiera orientar.

    Por lo menos, cuando O Tong Jin vivía, hizo esfuerzos, conoció peripecias y caminó mucho para ver realizado el lineamiento de la revolución proletaria, proclamado en la Conferencia de Kuandian. En el verano de 1927, cuando me mudé a Jilin, Ri Kwan Rin, Jang Chol Ho y otro grupo de soldados independentistas se fueron a Naitoushan, donde vivían en tiendas de campaña y cultivaban patatas, a la vez que llevaban a cabo actividades de ilustración a las masas. Supongo que O Tong Jin quería ampliar y reforzar la aldea Naitoushan, para luego convertirla en base para la acción del Ejército independentista. Pero, con su detención, todas esas tareas quedaron inconclusas. En el grupo izquierdista de los nacionalistas, el que más se inclinó a la corriente comunista fue O Tong Jin, y después que éste cayó preso, no apareció otro que se entregara a hacer realidad los acuerdos de la Conferencia de Kuandian. Dentro de la Jong-ui había quienes simpatizaban con el comunismo, pero no tenían influencia.

    Luego de la aparición de la junta Kukmin, mediante la fusión de las tres anteriores, los estratos superiores de los nacionalistas cobraron vertiginosamente un carácter reaccionario, razón por la cual era difícil pronunciar siquiera la palabra comunismo. Los caudillos de la Kukmin no vacilaban en perpetrar actos de corte reaccionario, como delatar a la policía del imperialismo japonés o simplemente asesinar a personas del grupo izquierdista de los nacionalistas que simpatizaban con el comunismo.

    Ri Kwan Rin también se vio obligada a errar en busca de refugio, ante la persistente persecución y las amenazas de los terroristas de la Kukmin. Finalmente, se casó con un chino y se encerró en la vida familiar. No pudo resolver, según su deseo, ni lo del matrimonio, tal cual expresa un dicho: no resultó ni esto ni lo otro.

    Así se marchitó, ignorada, la “flor del Ejército independentista”, la “única flor roja en medio del mar de plantas verdes” que apareció como lucero en la inhospitalaria tierra manchuriana y causó pavor a los enemigos, atrayendo la atención del mundo.

    Hablando de forma alegórica, ella fue una independentista que comenzó una larga travesía en un barquito de madera, llamado nacionalismo. Este resultó demasiado débil para avanzar en las furiosas aguas de la resistencia antijaponesa por la independencia, azotadas por múltiples dificultades y pruebas. En él jamás podía haber llegado al objetivo final que era la restauración de la Patria.

    Al iniciar el viaje, el barco estaba lleno de gente, pero la mayoría no llegó a la otra orilla, lo abandonó a mitad. Después, anduvieron en busca de una vida tranquila, ocupándose en subsistir y con aires de patriotas. De entre las personas de la capa superior que antes pretendían “representar” la nación, hubo quienes se convirtieron en pequeños burgueses, productores de ungüento blanco, o en bonzos, al refugiarse en apartadas montañas.

    Sin embargo, es menos deplorable el destino de quienes, sin caer en la traición, se encerraron entre las cuatro paredes de una casa o se dedicaron a ganarse la vida. Entre los independentistas que emprendieron junto con Ri Kwan Rin la travesía del nacionalismo, aparecieron también traidores a la Patria y al pueblo, al hacerse lacayos del imperialismo japonés.

    Ri Kwan Rin, quien después de nuestra separación de entonces, vivió más de medio siglo en el extranjero, regresó a la Patria hace algunos años.

    Dijo que desde que supo que yo era Song Ju, el hijo del señor Kim Hyong Jik, a quien ella respetaba tanto en la época del Ejército independentista, fue más fuerte su deseo de repatriarse. Estaba segura de que si Song Ju conducía el país, se haría realidad el ideal del señor Kim Hyong Jik, sobre la construcción de una sociedad equitativa para todos. Y quería mucho ver esta realidad. Además, guardaba el deseo de ser sepultada en la tierra donde nació y creció, tierra que la hizo derramar cálidas lágrimas de añoranza cada vez que, tumbada en un páramo manchuriano azotado por fríos vientos, teniendo los brazos por almohada, miraba las estrellas.

    Empero, antes de determinar regresar a la Patria, tuvo que sufrir calladamente durante varios años.

    Además de sus dos hijos, tenía varios nietos. No era nada fácil para una persona, en el ocaso de su vida, decidir repatriarse sola, dejando a sus queridos hijos y nietos en tierras tan lejanas que, una vez abandonados, sería casi imposible volver a verlos.

    No obstante, Ri Kwan Rin decidió irrevocablemente regresar a la Patria, aunque tuviera que separarse para siempre de sus queridos seres. Otra mujer, sin un coraje tan grande, no se hubiera atrevido a tomar esta resolución. Ni ella misma habría sido capaz, si no hubiera sacrificado tempranamente toda su juventud en aras de la Patria.

    Sólo quienes lloraron, rieron y derramaron sangre por la Patria, y se le entregaron en cuerpo y alma, comprenden de corazón cuán preciosa es.

    Al verla completamente canosa y sola, dejando lejos a sus hijos y nietos, admiré más su ardiente amor a la Patria y su noble concepción de la vida.

    Aquella Ri Kwan Rin que, cuando nos despedimos en Fusong, era una joven de 20 y tantos años, volvió a aparecer ante mí hecha una anciana blanca en canas, de unos 80. En ella ya no pude encontrar ni huellas de aquella belleza que atraía tanto la atención de la gente.

    En el momento en que, después de no dar ni una señal de vida a nuestras ansiosas búsquedas, se presentó ante mí llevando sobre su cabeza esas blancas escarchas, no pude menos que sumergirme en un sentimiento triste, por lo inclemente que había sido el tiempo al separarnos durante más de medio siglo.

    Le preparamos expresamente una casa en una zona céntrica de Pyongyang. Era un lugar de paisajes agradables. Y teniendo en cuenta su edad, le designamos una cocinera y un médico. Esa vivienda se hallaba cerca del lugar donde anteriormente existía la escuela femenina de nivel medio en la que ella estudió. Fue el camarada

     Kim Jong Il , quien ante el estado anímico de Ri Kwan Rin, indicó establecerla en ese lugar. El mismo la visitó y se interesó hasta por la ubicación de los muebles y las luces y calefacción, de modo que todo estuviera acorde con el gusto y las necesidades de la anciana.

    Pese a su precaria salud, habilitó una parcela de tierra delante de la casa y sembró maíz. Decía que como a mí, de niño, me gustaba mucho, quería agasajarme con algo de este cereal preparado con sus manos.

    Había pasado más de medio siglo, pero recordaba hasta los alimentos que me gustaban. En la época de Fusong, en el verano ella compraba mazorcas y las asaba en el patio trasero para mis hermanitos.

    En memoria de sus méritos en la juventud, sacrificada en aras de la Patria y del pueblo, después de su muerte organizamos un solemne acto funeral y su cuerpo fue enterrado en el Cementerio de los Mártires Patrióticos.

    Es natural que las personas que aman de veras la Patria y el pueblo, no importa en qué lugar del globo terráqueo vivan, regresen a la tierra donde nacieron y están las tumbas de sus antecesores y, aunque partieron con distintos puntos de vista, finalmente se reúnan y compartan sentimientos de confraternidad.

    

    

    

    

    

    CAPITULO III. MI ETAPA EN JILIN

    (Enero de 1927 – mayo de 1930)

    

    

    1. Búsqueda de una ideología

    avanzada

    

    

    Después que permanecí casi un mes en casa y celebré hasta la fiesta de Año Nuevo, partí de Fusong a mediados de enero y llegué a Jilin al mediodía, cuando las calles bullían de transeúntes. Como había previsto que me molestaría sacar del bolsillo una libreta y hojearla con las manos heladas, para preguntar sobre las direcciones de los amigos de mi padre, me grabé de antemano en el cerebro las calles y los números de las casas que me interesaban. La gran ciudad, que se enorgullecía de su larga historia, era tan imponente que me causaba a primera vista la impresión de oprimirme el corazón, acostumbrado sólo a la vida sosegada y pacífica en zonas rurales.

    Salí de la estación ferroviaria, pero la emoción que me embargaba me impedía alejarme de allí y apartar rápido la mirada de un mundo nuevo, palpitante, que me convocaba a una nueva vida.

    Ese día lo que me causó mayor impresión en la ciudad, fueron los incontables vendedores de agua que andaban por la calle. Incluso los viajeros expresaron su descontento, quejándose de que si, como se decía, en un tiempo Jilin había sido llamada embarcadero, en el sentido de ciudad del agua, ahora resultaba que allí se multiplicaban esos vendedores, por falta de agua potable, lo que empeoraba cada día más la situación de la población. Desde el primer momento, me sentí ahogado por la vida urbana, donde cada trago de agua se vendía según el cálculo del ábaco, pero, en expresión de resistencia, marché

    con pasos firmes hacia su centro, levantando la cabeza y agitando con fuerza los brazos.

    Caminé un rato por la calle Chalu, que conducía de la estación ferroviaria hacia el monte Bei, y divisé una muralla que separaba el interior del exterior de la ciudad, y a la entrada un tablero con la inscripción “Puerta Chaoyang”. Cerca estaba la puerta Xinkai. Jilin, además de estas dos, contaba con la Bahu, Linjiang, Fusui, Desheng, Beiji, en total diez, las cuales eran vigiladas por las tropas de Zhang Zuoxiang. La antigua muralla, en ruinas de tramo en tramo por la acción del tiempo, me pareció símbolo de una ciudad de larga historia.

    Reitero que llegué allí por primera vez, pero no me sentí tan extraño, porque quizás era el lugar que quería visitar desde antes y donde actuaban muchos amigos de mi padre. En mi libreta tenía anotadas decenas de direcciones de esos amigos y camaradas, a quienes debía saludar, entre otros, a O Tong Jin, Jang Chol Ho, Son Jong Do, Kim Sa Hon, Hyon Muk Kwan (Hyon Ik Chol), Ko Won Am, Pak Ki Baek y Hwang Paek Ha.

    Escogí a O Tong Jin como primer objetivo de mi visita protocolar y fui a su casa, situada entre las calles Chalu y Shangfu. Francamente, me sentí algo tenso, pensaba en si el comandante O se disgustaría o no, porque yo había abandonado a mitad del curso la escuela Hwasong, adonde ingresé bajo el patrocinio de compañeros de mi padre.

    Empero, O Tong Jin me recibió con alegría como lo había hecho anteriormente. Le conté el objetivo de mi llegada a Jilin; me escuchó durante algunos minutos, mientras movía la cabeza con el rostro serio, sin pronunciar ni una palabra, y por fin expresó:

    –Al irrumpir de improviso en Jilin, sin avisarme de antemano, me vino a la memoria la imagen de tu progenitor. También él renunció así al estudio en la escuela Sungsil. En aquel entonces, esa noticia me causó una gran pena. Sin embargo, una vez transcurrido largo tiempo, me convencí de que había actuado bien. De todos modos, me sorprende tu determinación de abandonar la Hwasong al cabo de seis meses para venir a Jilin. Cavas aquí tu pozo, si crees que es un lugar propicio para tu ideal.

    Esto fue lo que me dijo al escuchar mi explicación. Le estuve agradecido y consideré que eso era, sin duda, el modo de pensar de O Tong Jin, un hombre de amplio corazón.

    Y continuó apenado que si era verdad que me había decidido a estudiar en Jilin, hubiera sido mejor llevarme a mi madre y hermanos para vivir allí. Cuando asistió a las honras fúnebres de mi padre, le sugirió varias veces que nos mudáramos a Jilin, donde vivían muchos amigos del difunto. Ella le expresó su gratitud, pero no abandonó Fusong, convencida de que no podría alejarse de allí, así como así, ya que su marido estaba enterrado en Yangdicun.

    Ese día, O Tong Jin me presentó a Choe Il Chon, su secretario. Como él me había hablado mucho sobre éste, lo conocía ciertamente de antemano. Se trataba de un hombre que tenía fama de literato en la junta Jong-ui. Aquel encuentro dio pie a que más tarde estableciéramos singulares vínculos camaraderiles.

    Esa misma tarde, O Tong Jin me llevó al Sangfengzhan y me presentó ante los independentistas, entre los cuales estaban Kim Sa Hon, a quien Kim Si U le escribió sobre mí, y Jang Chol Ho, jefe de escoltas de la Jong-ui. Sangfengzhan era un hotel. En China, el hotel se llamaba también “zhan”. Allí, además de Kim Sa Hon y Jang Chol Ho, estaban reunidos muchos otros independentistas desconocidos para mí.

    Este y el molino arrocero Taifenghe, fueron los dos puntos importantes que servían de albergue y de enlace para los independentistas. También concurrían muchos coreanos emigrantes.

    El dueño del hotel era un coterráneo del pastor Son Jong Do. Vivió en Jungsan, en la provincia Phyong-an del Sur y, por sugerencia de éste, se trasladó a Jilin y empezó a administrarlo. Nominalmente era tal, pero, de hecho, daba la impresión de ser un albergue o una casa pública de reunión.

    El hotel estaba situado nada más que a cien metros de distancia del consulado japonés. Me pareció peligroso que los independentistas antijaponeses lo frecuentaran, porque radicaba, podría decirse, a las puertas de ese local, que era el cuartel general de espionaje en la zona de Jilin, y porque numerosos agentes y policías trataban de detectarlos, extendiendo sus tentáculos por diversos lugares. No obstante, ellos no dejaron de concurrir al lugar, afirmando que “se hace sombra bajo el candil”. Aunque muy extraño, nunca se dio la desgracia de que allí fueran detenidos patriotas. Así, pues, constituida la organización, también nosotros lo aprovechamos a menudo.

    Al leer la carta de Kim Si U, Kim Sa Hon me preguntó si me gustaría ingresar en la escuela secundaria Yuwen, donde trabajaba de maestro el coreano Kim Kang, bien conocido por él. Era privada, instaurada por un sector social recién nacido, y tenía las tendencias más modernas en Jilin, lo cual era conocido ampliamente en la sociedad gracias a que el diario “Jizhangribao” había publicado varias veces notas al respecto. Ya en 1921, informaba que aunque la escuela era pobre en su administración, recibía alabanzas de diversos sectores sociales por su muy alta calificación.

    Según se decía, en ese centro el director había sido reemplazado con frecuencia por problemas de finanzas y abuso de autoridad, y en el momento en que llegué a Jilin, Li Guanghan acababa de ser promovido como tal, en lugar de Zang Yinxuan, graduado de la Universidad de Jinling, Nanjing.

    A juzgar sólo por los cuatro directores sustituidos, se podía comprender que en el plantel se valoraban mucho la justicia y los preceptos de la ética. Por fin quedé prendado del ambiente progresista de la escuela.

    Al día siguiente, Kim Sa Hon me presentó al maestro Kim Kang, versado en inglés.

    Le seguí y me encontré con el director Li Guanghan, un intelectual consciente que pertenecía al grupo de izquierda del nacionalismo en China. Fue condiscípulo del expremier Zhou Enlai en la escuela secundaria, e influenciado por éste desde su niñez. Pude conocer estas relaciones entre ambos, después de transcurridas decenas de años. Una vez, en ocasión de encontrarme con el expremier Zhou Enlai, de visita en nuestro país, recordé mi adolescencia y le enumeré a los chinos que me habían ayudado mucho, entre ellos a Li Guanghan. Tan pronto como me escuchara, expresó una gran alegría y me contó que habían estudiado juntos en la secundaria adjunta a la Universidad Nankai, en Tianjin.

    Aquel día, el director Li Guanghan me preguntó a qué oficio me dedicaría después de egresado de la escuela. Le contesté sin vacilación que me entregaría a la obra de restaurar al país y él asintió, expresando que yo tenía un deseo muy loable.

    Gracias a la franqueza en la charla, lo creo así, el director accedió con gusto a mi exigencia de que me matriculara en el segundo curso, sin pasar por el primero.

    En el período en que me dedicaba al movimiento estudiantil y juvenil y a las actividades clandestinas, él me ayudó en varias ocasiones. Aunque supiera de mis reiteradas ausencias por causa de misiones revolucionarias, lo pasó por alto y me protegió desde distintos ángulos, para que los maestros reaccionarios sobornados por las autoridades militaristas, no me molestaran a su antojo. Cuando los militaristas o los policías del consulado japonés trataron de detenerme, me lo avisó para que pudiera escapar fuera de las cercas. Por ser un intelectual consciente, muchos ideólogos pudieron trabajar amparados por él.

    Al regresar después de matricular en la escuela, O Tong Jin y la esposa sugirieron que me alojara en casa de ellos hasta terminar el curso, sin necesidad de entrar en el albergue estudiantil. Realmente fue una suerte, teniendo en cuenta mi situación en esos momentos.

    Tuve que estudiar a expensas de mi madre enferma. Cada mes, me enviaba alrededor de tres yuanes ganados con el lavado o la confección de ropas, faenas que debía realizar sin descanso todo el día, independientemente del invierno o el verano. Los empleaba en pagar las clases y en comprar cuadernos y manuales; finalmente, ni siquiera me quedaban para conseguir un par de zapatos.

    Ello me obligó a aceptar la sugerencia y la benevolencia de los amigos de mi padre. Cuando estudiaba en Jilin, me alojé primero en la casa de O Tong Jin; después que él fue detenido estuve un año en la de Jang Chol Ho; luego, algunos meses, en la de Hyon Muk Kwan, y por último, un tiempo, en la de Ri Ung, sucesor del comandante O Tong Jin en la junta Jong-ui.

    Como casi todos los hombres renombrados que actuaban en Jilin entonces, fueron compañeros entrañables de mi padre me atendieron y mostraron su aprecio de diversas formas. Frecuentando sus hogares, llegué a conocer a muchos cuadros del ejército y del movimiento independentistas, y pude entrevistarme con numerosas personas de toda laya, que pasaban por Jilin.

    Por esa época, la mayoría de los cuadros de la Jong-ui residía allí. La Junta, con grandes organismos centrales y locales, tales como los de administración, de finanzas, de justicia, de asuntos militares, de enseñanza, de asuntos exteriores, de fiscalía y de inspección, funcionaba como un Estado independiente, recaudando impuestos de los coreanos residentes en la región bajo su jurisdicción. Y para defender tantos aparatos, tenía preparado un cuerpo central permanente de escoltas, compuesto por 150 efectivos.

    Jilin, capital de una de las provincias de China, como Fengtian, Changchun y Haerbin, era un punto político, económico y cultural de la zona de Manchuria.

    En la administración militar en esa ciudad actuaba como caudillo Zhang Zuoxiang, primo de Zhang Zuolin, quien no obedecía dócilmente a los japoneses. Cada vez que éstos le presentaban acusaciones indicándole quién era comunista o persona de mala fe, él los rechazaba y les advertía que no intervinieran en asuntos ajenos. Procedió así, no porque tuviera un criterio político definido, sino porque era poco instruido y, a la vez, tenía un amor propio exagerado. Estas características crearon condiciones favorables para los revolucionarios y los partidarios del movimiento social.

    En la provincia de Jilin también habitaba la mayoría de los coreanos emigrados a la zona de Manchuria.

    Por esta razón, se reunieron allí independentistas y comunistas coreanos perseguidos por el ejército y la policía de Japón. En resumidas cuentas, la ciudad se convirtió espontáneamente en escenario y centro de las actividades políticas de los coreanos. No fue casual que los japoneses comentaran que “la fuente de la tendencia antijaponesa en las tres provincias del Noreste de China es Jilin”.

    En la segunda mitad de la década del 20, Jilin fue sitio de concurrencia de caudillos de las juntas Jong-ui, Chamui y Sinmin, que constituyeron las fuerzas principales del movimiento nacionalista de Corea en Manchuria. Si, principalmente, en Huadian, Xingjing y Longjing los independentistas publicaron periódicos y establecieron escuelas, Jilin resultó el lugar de concentración de sus jefes y en el que actuaron realmente.

    También allí, fraccionalistas de los grupos M-L, Hwayo, Sosang y otros trajinaban para ampliar su esfera de influencia. Lo frecuentaron casi todos aquellos que se autodenominaban dirigentes de los comunistas. En fin, se reunían las más disímiles personas, entre nacionalistas, comunistas, fraccionalistas y exiliados.

    Igualmente, llegaron jóvenes y estudiantes que aspiraban a algo nuevo y buscaban con ansias la verdad.

    Podía afirmarse, en resumen, que Jilin era punto de confluencia de todas las corrientes ideológicas.

    Justamente allí desplegué mis actividades revolucionarias enarbolando la bandera comunista.

    Cuando arribé a este sitio, miembros de la Unión para Derrotar al Imperialismo ya estaban trabajando en la escuela secundaria Wenguang y en otras, en el depósito de locomotoras o en el embarcadero de la ciudad, en cumplimiento de la promesa hecha en Huadian.

    Tan pronto como conocieron de mi aparición en Jilin, corrieron a casa del comandante O Tong Jin. Sus impresiones se resumían en: “es bueno porque abundan los libros, aunque faltan dinero, agua potable y leña”.

    Les dije, en tono de broma, que si había muchos libros se podría compensar el hambre, aunque eso era lo que yo sentía.

    Tenían una grata impresión de la escuela secundaria Yuwen. Dijeron que entre los maestros existían algunos miembros del grupo derechista del Kuomintang, pero, en su mayoría, pertenecían al Partido Comunista o eran partidarios de los Tres Principios Populares.

    Me sentí tranquilo.

    Como se aclaró más tarde, tanto el maestro Shang Yue como Ma Jun, eran militantes del Partido Comunista.

    Una vez en el nuevo lugar, nos decidimos a consagrar todas las fuerzas a la lucha por alcanzar el objetivo de la UDI y aprender a nuestras anchas la verdad de la revolución.

    Los miembros de la organización que quedaban en Huadian, trasladaron el escenario de sus actividades hacia los distritos Fusong, Panshi, Xingjing, Liuhe, Antu, Changchun, Yitong y otras zonas de Manchuria, donde habitaban coreanos. Entre ellos hubo quienes volvieron a las compañías del Ejército independentista a las que habían pertenecido, para ponerse de nuevo el uniforme.

    En la bulliciosa Jilin era muy difícil actuar con un reducido número de elementos medulares, para lograr que todos prestaran oídos a nuestra voz, y llevar a la práctica el ideal de la UDI.

    No obstante, estuvimos llenos de la firme decisión de transformar el mundo, haciendo que cada cual, prendida la chispa, diera lumbre en los corazones de otras diez o cien personas, y estas cien, en los de mil y esas en los de diez mil.

    Mis labores en Jilin empezaron por profundizar más en el conocimiento del marxismo-leninismo. Había llegado allí con la determinación de realizar a plenitud estos estudios, emprendidos en Huadian. El ambiente socio-político de la ciudad, me incitaba a redoblar la decisión de ahondar en el aprendizaje de la nueva corriente ideológica. Empleé más entusiasmo en la lectura de las obras de Marx, Engels, Lenin y Stalin, que en las asignaturas impartidas en la escuela.

    China vivía por entonces la época de una gran revolución, y por tanto, se publicaban muchas traducciones de buenos libros editados en la Unión Soviética o en Japón. En Beijing editaban la revista “Fanyiyuekan”, en la que insertaban con frecuencia obras literarias progresistas que despertaban el interés de jóvenes y estudiantes. Además, los libros que no se veían en Fusong o en Huadian, se podían conseguir en Jilin. Sin embargo, no tenía dinero para comprarlos. A los lectores les sería difícil creerme si les dijera que en esos tiempos me ponía zapatos sólo cuando iba a la escuela y, una vez regresado, andaba por lo regular descalzo.

    La biblioteca de la calle Niumaxiang exigía mensualmente el pago de 10 fenes, y yo conseguía cada mes una certificación de lectura y, en el camino de regreso de la escuela, leía allí libros y periódicos durante algunas horas. De esta manera pude tener a mi alcance diversas publicaciones aun con poco dinero.

    Cuando por falta de recursos no podía conseguir buenos libros, que aparecían en la librería, incitaba a los estudiantes de familias ricas a comprarlos para luego pedírselos. Existieron quienes los compraban, no para leerlos, sino para lucirse y adornar el cuarto.

    La escuela secundaria Yuwen se administraba de manera democrática. También el responsable de la biblioteca era elegido una vez cada seis meses, en asamblea de alumnos. El tenía derecho a programar el plan de gestión de la biblioteca y a comprar libros.

    Durante mi estancia en esta escuela, fui electo dos veces como tal, ocasiones que me permitieron adquirir gran cantidad de textos marxista-leninista.

    La abundancia de libros me trajo otro problema: falta de tiempo. Me esforcé para conseguir aunque fuera un minuto y un segundo más para la lectura, y me enfrasqué en leer más dentro del tiempo ofrecido y comprender a fondo su esencia.

    Mi padre me había habituado desde la niñez a escribir sobre el contenido central y lo aprendido de cada libro que leía. Esto me resultó de gran provecho. Dirigir la atención a lo esencial, me permitía comprenderlo con claridad, aunque fuera complicado y enmarañado, y leer mucho en un corto lapso.

    En la etapa de la escuela secundaria leí, pasando noches en vela, no solo por tener afición al estudio o fervor para buscar algo. No profundicé en la lectura para ser científico, ni para hacer carrera. Traté de encontrar respuestas a las preguntas de cómo rechazar al imperialismo japonés y recuperar al país, y con qué métodos eliminar la desigualdad social y ofrecer una vida feliz al pueblo trabajador. Siempre busqué eso, sin importarme dónde y qué libros leyera.

    En este decursar empezó a formarse mi actitud de hacer del marxismo-leninismo un arma de la práctica, y no un dogma, y de encontrar el cartabón de la verdad, siempre en la praxis concreta de la revolución coreana, y no en la teoría abstracta. Leí todas las obras clásicas del marxismo-leninismo y sus explicaciones que me cayeron en las manos, entre otras, “Manifiesto Comunista”, “El capital”, “El Estado y la revolución” y “Trabajo asalariado y capital”.

    Además de libros políticos, también aprecié gran cantidad de obras literarias revolucionarias. Me despertaron más interés los trabajos de Gorki y Luxun. Cuando estuve en Fusong y en Badaogou conocí, principalmente, cuentos antiguos como “Chun Hyang”, “Sim Chong”, “Ri Sun Sin” e “Historia del viaje al oeste”; pero, una vez en Jilin, destiné muchas horas a la lectura de novelas revolucionarias como “La madre”, “El torrente de hierro”, “Bendición”, “La verdadera historia de AQ”, “A la ribera del río Amrok” y “El pequeño vagabundo”, así como de otras progresistas que interpretaban la vida real de aquel entonces.

    Más tarde, al tropezar con severas pruebas como la marcha penosa en el período de la Lucha Armada Antijaponesa, recordé el contenido de novelas revolucionarias como “El torrente de hierro”, que leí en Jilin, lo cual me dio fuerza y ánimo. La literatura desempeña un papel importante para cultivar la cosmovisión en el hombre. Por tanto, siempre que me encuentro con escritores, les sugiero que escriban muchas novelas revolucionarias. En la actualidad, ellos publican gran cantidad de obras maestras de ese carácter.

    Asimismo, tomamos conciencia política al observar, con nuestros propios ojos, fenómenos sociales injustos y las condiciones de vida miserable del pueblo en aquel tiempo.

    Entre los coreanos que emigraban a Manchuria, hubo muchos que llegaban a Jilin para luego dirigirse a otros lugares. Por boca de ellos, pudimos escuchar regularmente cuán trágica era la situación interior del país.

    Los emigrantes que cruzaron el río Amrok vinieron hasta Changchun por la línea ferroviaria Nanman, atravesando Dandong, desde donde algunos se dirigieron hacia el Norte de Manchuria, valiéndose de la vía Dongzhi; otros se internaron en parajes recónditos, colindantes con la zona de Jilin, a través de este punto por la línea Jilin-Changchun; y algunos fueron llevados a Dunhua, Emu y Ningan por las vías Fengtian-Hailong y Jilin-Hoeryong, que se extendían desde Fengtian.

    En el invierno frío y la primavera temprana, se veían muchos emigrantes de Corea en la estación ferroviaria de Jilin y en las posadas. Entre ellos los hubo con toda clase de infortunios.

    Cierto día, junto con mis compañeros, fui al teatro para asistir a una representación de “Changxi”. Una vez cerrado el telón, la actriz principal vino a vernos y, mencionando el nombre de su novio de apellido Choe, nos preguntó si lo conocíamos. Al ver que ella hablaba coreano, todos quedamos sorprendidos, pues en Corea no se ejecutaba el “Changxi”.

    La actriz, que se llamaba Ok Pun, era oriunda de la provincia Kyongsang. Un día, su padre bebió con un amigo que vivía detrás de su casa y se comprometió con él: si tu esposa da a luz un varón será mi yerno y si mi esposa pare una hembra te la daré como nuera; pero si ambas tienen hijos del mismo sexo, los pondremos en relación de hermanos.

    Algún tiempo después, en una casa nació un varón y en la otra, una hembra. Sus padres, como símbolo de casamiento, cortaron por la mitad un pañuelo de seda pura y cada cual se quedó con una parte.

    Sin embargo, más tarde, estas dos familias se vieron obligadas a abandonar su tierra natal, en busca de la vida. La familia que tenía el hijo, habitaba en Jilin, y éste, una vez crecido, estudiaba en la secundaria Wenguang. Afortunadamente, su familia logró conseguir un hogar en Jilin y, gestionando un pequeño molino, vivía bastante holgada. A la otra familia, la que tenía la hija, se le agotó el dinero para el viaje cuando llegó a Dandong y, por consecuencia, vendió a la pequeña a un chino. Le hicieron aprender el “Changxi” a palos, y así se convirtió en actriz, pero a medida que entraba en años, empezó a pensar en aquel hombre con quien sus padres la habían comprometido en su tierra natal. Cada vez que llegaba a un lugar, visitaba a escondidas a los coreanos para preguntarles si conocían dónde él vivía.

    Ese día, Ok Pun tuvo un encuentro emocionante con su prometido, y quiso quedarse a su lado, renunciando al “Changxi”, empero la dueña del elenco ambulante, que la había empleado, le pidió una colosal cantidad de dinero. No tuvo otro remedio que decir a su nominal esposo que regresaría a Jilin en unos años, después de pagar su deuda con lo que se le entregara como salario.

    Mientras presenciamos esa trágica escena, el dolor y la cólera nos hirieron el corazón. Retamos a la inhumana dueña, tildándola de “mujer serpiente” que sólo sabía de dinero y nada de buenos sentimientos.

    La vida en la urbe, donde cientos de miles de seres sudaban a chorros como víctimas de la lucha por la existencia, exhalaba el mal olor propio de la sociedad clasista.

    Un día veraniego, de sol abrasador, en el camino de regreso del Bei, junto con mis compañeros, descubrí que el culi de una rikscha discutía con un rico. Al parecer éste le había pagado poco. El culi le pidió unos fenes más, argumentando que debía prestar cierta atención a la vida del pueblo, ya que transcurría la época de los “Tres Principios Populares”. No obstante, el avaro, en lugar de pagarle más, le pegó con su bastón preguntándole por qué conocía sólo los “Tres Principios Populares”, y no la “Constitución de los cinco derechos”.

    Montando en cólera, nos abalanzamos y lo presionamos para que le diera más dinero al culi.

    Al experimentar esto, llegamos a dudar y sentirnos descontento, preguntándonos por qué existían en este mundo hombres que tiraban de la rikscha y otros que iban sobre ella, y cómo algunos podían vivir en la abundancia en viviendas lujosas de 12 puertas, mientras que otros andaban mendigando ayuda por las calles.

    Se puede considerar que la cosmovisión revolucionaria se forma cuando se llega a odiar a la clase explotadora y defender los intereses de la clase explotada, a partir de comprender estos y su situación, y, más adelante, se emprende el camino de la revolución, con la determinación de construir una nueva sociedad.

    Conocí mi condición clasista, al leer obras clásicas marxista-leninistas y otros libros revolucionarios y, luego, observando los fenómenos sociales, llegué a saber que existía mucha desigualdad y cultivé un sentimiento de odio hacia la clase y la sociedad explotadoras, tomando por fin el rumbo de la lucha para reorganizar y transformar el mundo.

    Cuanto más leía las obras de Marx y Lenin y más me embriagaba con éstas, tanto más sentía el impulso de divulgar, sin tardanza, esas teorías revolucionarias entre jóvenes y estudiantes.

    Kwon Thae Sok fue el primer alumno coreano con quien entablé amistad en la escuela secundaria Yuwen. Inicialmente, allí estudiábamos cuatro coreanos, de los cuales solo él y yo aspirábamos al movimiento juvenil comunista; los demás no tenían interés en asuntos políticos, sino únicamente les obsesionaba el dinero y pensaban que, una vez egresados del plantel, se dedicarían al comercio.

    Kwon Thae Sok y yo nos entendimos bien desde el principio, por la razón de que teníamos similares anhelos y criterios sobre la sociedad. De los estudiantes chinos, Zhang Shinmin se llevaba bien conmigo. Siempre me acompañaba e intercambiábamos a menudo opiniones en torno a temas políticos. Eran diversos los asuntos de nuestros debates, desde la desigualdad social, hasta la naturaleza reaccionaria del imperialismo, el designio agresivo del imperialismo japonés contra Manchuria y la acción traidora del Kuomintang.

    Hasta entonces, en Jilin el marxismo-leninismo era sólo objeto de simpatía por parte de jóvenes y estudiantes. Apenas hojeaban las obras clásicas para, como decían que Marx era un gran hombre, analizar su personalidad, o consideraban que si no conocían esa doctrina quedarían a la zaga de las tendencias de la época.

    Con las experiencias de Huadian, organicé primero en la escuela secundaria Yuwen, un círculo de lectura secreta con algunos compañeros identificados conmigo en el modo de pensar. Tenía la misión y el objetivo de cultivar profundamente la concepción y las teorías marxista-leninistas en la mente de jóvenes y estudiantes progresistas. Creció con gran rapidez; algún tiempo después, se extendió hacia diversos centros docentes de la ciudad de Jilin, entre otros, la secundaria Wenguang, las No. 1 y 5, la femenina y la normal.

    Con la ampliación de las filas de miembros del círculo, tuvimos que conseguir una sala del molino arrocero administrado por independentistas, y convertirla en una biblioteca que manteníamos nosotros mismos, con la colaboración de los miembros de la Asociación de Estudiantes Coreanos Cursantes en Jilin.

    Ahora existen bibliotecas por doquier y podemos levantar con magnificencia una tan grande como el Palacio de Estudio del Pueblo, pero, en aquel tiempo nos era muy difícil instaurar una por nuestra cuenta, pues no contábamos más que con nuestras manos vacías. Debíamos comprar libros, hacer estantes, mesas, sillas, y carecíamos de dinero. Por tanto, cada domingo íbamos donde se tendía el ferrocarril o a las riberas del río, para transportar traviesas o guijarros y ganar algo. Las estudiantes trabajaban en el molino, limpiando el arroz descascarillado. Con lo así ganado, comprábamos los libros necesarios.

    Después que establecimos la biblioteca, incluso con un estante secreto en que se podían conservar aparte los libros revolucionarios, pegamos en varios lugares de la ciudad avisos sucintos, pero de explicación amena, sobre los textos que poseíamos, y los estudiantes empezaron a reunirse a porfía en nuestro local.

    Para llamar su atención incluimos novelas de amor.

    Muchos jóvenes venían a la biblioteca, porque les gustaba leerlas. Una vez que les despertábamos el interés por la lectura, les entregábamos, con prudencia, algunos libros de ciencias sociales. Y si en ese transcurso se concientizaban poco a poco, les ofrecíamos obras clásicas marxista-leninistas y novelas revolucionarias, conservadas en el estante secreto.

    Prestábamos novelas de Ri Kwang Su, sobre todo, “El resurgimiento”, “La impiedad” y “El explorador”. Los jóvenes las leían con gusto porque su autor había formulado “El manifiesto del 8 de febrero por la independencia”, en Tokio, Japón, en vísperas del Levantamiento del Primero de Marzo y escribió muchas obras progresistas, mientras que se entregaba al movimiento independentista. Más tarde, traicionó y no escribió ninguna otra de valor educativo, y finalmente, llegó a publicar “La esposa de un revolucionario” de contenido reaccionario. La leí aprovechando el poco tiempo que permanecí en Fusong, una vez fundada la Guerrilla Antijaponesa, en el camino hacia Manchuria del Sur, al mando de una unidad. La novela, una obra amoral sobre las relaciones entre la esposa de un comunista enfermo y un estudiante de medicina que venía a curarlo, estaba permeada por ideas que deshonraban a los comunistas y denigraban su movimiento.

    Cada sábado y domingo, nos reuníamos en la iglesia o en el parque Beishan, para exponer lo leído. Al inicio, existieron estudiantes que hablaban del contenido de novelas de amor y los oyentes los censuraban, advirtiéndoles que dejaran de hablar tales tonterías. Así quedaban en ridículo, y no obstante estar cautivados por esos libros, empezaban a leer voluntariamente los revolucionarios.

    Para ampliar la divulgación de la ideología revolucionaria entre los estudiantes y las masas, también aprovechamos el método “tangsu”.

    Un día, tuve que salir de la clase para que me dieran masajes en el cuello porque me dolía. En el camino de regreso a casa, me detuve en el Bei, donde numerosas personas estaban reunidas y escuchaban a un ciego.

    Me acerqué y vi que éste relataba de memoria un trozo de la “Historia de los tres reinos”, haciendo algo así como un plañido. Incluso tocaba el tambor para despertar más interés, cuando recitaba la escena en la que Zhu Geliang derriba de un golpe la fortaleza enemiga, valiéndose de una táctica singular. De súbito, dejó de hablar en la parte más interesante y extendió una mano a los oyentes, pidiéndoles dinero. A aquel método, los chinos lo llamaban “tangsu” y era bueno para atraer a las masas.

    Desde entonces, también lo utilizábamos para divulgar la ideología revolucionaria.

    Entre nuestros compañeros hubo uno que sabía bromear y relatar de corrido. Trabajaba con los religiosos cumpliendo la tarea que le asignamos, y cuando rezaba y recitaba de memoria la biblia, lo hacía aún mejor que los pastores. Le confié practicar el “tangsu” y lo cumplió mejor que cuando recitaba la biblia. Apareció en tertulias o parques, donde concurrían muchas personas, y recitaba de memoria, con amenidad, novelas de buen contenido, y siempre era objeto de alabanzas. Aunque el referido ciego pedía dinero, él no. En su lugar, dejando de recitar en un pasaje interesante, pronunciaba un discurso de agitación y prometía que lo reanudaría a equis hora del día siguiente. Entonces, el público se reunía en el sitio prometido para escuchar hasta el fin la novela.

    Entre las personas con las que hice amistad mediante los libros, Pak So Sim fue quien me impresionó más.

    En una calle bulliciosa de Jilin, funcionaba una gran librería denominada “Xinwen Shushe”, por ella pasaba varias veces a la semana. También Pak So Sim iba allí como un cliente. Permanecía algún tiempo ante la vidriera donde se vendían los libros de ciencias sociales, para conocer si se exhibían algunos nuevos. Por esta razón, en muchas oportunidades nos encontramos ante el mostrador. Era alto y flaco, y parecía un hombre de fuerte intelecto.

    Cuando mis colegas y yo comprábamos brazadas de libros para nuestra biblioteca estudiantil, él nos sugería que tal texto era así o que tal otro merecía comprarse, porque debía leerse sin falta, mostrándose satisfecho como si seleccionara libros necesarios para sí mismo. Como se ve, la lectura fue el vehículo que me hizo establecer amistad con él. Cuando me alojaba en la calle Dongdatan, vivió conmigo algún tiempo.

    Pak So Sim procedía de Soul. Era débil, por lo que no quiso participar en el movimiento comunista, sino que se limitó a publicar artículos cortos en periódicos o revistas. Creo que estos se hubieran insertado quizás en publicaciones como “Haejosinmun” y “La luz de Corea”. Aunque casi no estaba relacionado con el movimiento, despreciaba mucho a los elementos fraccionalistas. Poseía su propio criterio y ricos conocimientos, por lo que todos los participantes en el movimiento que frecuentaban Jilin trataron de ganarlo.

    El solía leer, sin dormir, la traducción japonesa de “El capital”. Fue un lector tan ávido, que, si se le agotaba el dinero, empeñaba hasta su ropa para comprar libros.

    No era un hombre que se autodenominara un teórico marxista-leninista, sólo por la lectura de unos cuantos libros comprensibles, sino que dominaba a la perfección casi todas las obras fundamentales de esta doctrina.

    Fue un maestro inolvidable, que me alcanzó “El capital” y me explicó su contenido. Tal como de las obras de Marx en general, así también de “El capital” no comprendíamos muchos párrafos. Por eso, Pak So Sim nos dio clases para explicarlo. Era innegable que para comprender las obras clásicas se necesitaban libros complementarios, o un guía. Pak So Sim desempeñó con honor ese papel. Ciertamente, poseía ricos conocimientos.

    Una vez, le pregunté sobre las fórmulas de los clásicos marxista-leninistas, relativas a la dictadura del proletariado.

    El citó de memoria, en serie, las interpretaciones que ellos daban desde diversos ángulos, según las etapas del desarrollo histórico. A juzgar por su nivel teórico y de conocimientos, fue un hombre que merecía llamarse, literalmente, un renombrado marxista. No obstante, también hubo cosas que él no conocía y le hacían parecer sordomudo.

    En otra ocasión, le pregunté si en nuestro país no sería posible alcanzar la emancipación clasista de obreros y campesinos, sólo después de librarlos del yugo del imperialismo japonés, aunque en las obras clásicas del marxismo-leninismo se decía que la liberación clasista del proletariado precedía a su emancipación nacional. Este era un asunto que se debatía mucho entre nuestros compañeros por aquel tiempo.

    Hasta entonces, las obras clásicas del marxismo-leninismo daban pobres explicaciones teóricas sobre la correlación entre la liberación clasista de los obreros y la emancipación nacional. En cuanto a la lucha de liberación nacional para los países coloniales, existían muchos asuntos que esperaban respuesta científica.

    Pak So Sim me contestó vagamente.

    Volví a interrogarle: Generalmente, en las obras clásicas del marxismo-leninismo sólo se subraya el significado de la victoria de la revolución en la metrópoli, insistiendo en que ésta y la revolución en las colonias están vinculadas orgánicamente; ¿quiere esto decir que en el caso de nuestro país, la independencia puede alcanzarse únicamente cuando la clase obrera japonesa triunfe en su revolución?, ¿debemos permanecer con los brazos cruzados hasta que ésta salga victoriosa?

    Tampoco Pak So Sim pudo encontrar palabras para responderme. Me miró sorprendido durante algún tiempo, y expuso que tal como estaba escrito en las obras clásicas, que la liberación clasista del proletariado precediera a la emancipación nacional, y se diera más importancia a la lucha de la clase obrera metropolitana que a la batalla de liberación nacional en las colonias, era una cuestión relativa a la línea del movimiento comunista internacional, ya reconocida a escala mundial.

    Su explicación no me sonó bien al oído y meneé la cabeza en expresión dubitativa. También él se mostró angustiado y confesó con franqueza que el marxismo-leninismo lo había estudiado sólo como una ciencia, sin analizarlo ligado a la realidad concreta de la práctica revolucionaria que implicara la independencia y la construcción comunista en Corea.

    Me sentí algo decepcionado, pues si, como él decía, uno estudiaba las teorías comunistas como mera ciencia, separada de la práctica, esto no serviría de nada.

    El mayor rompecabezas que inquietaba a mis compañeros y a mí en el estudio de la avanzada ideología del marxismo-leninismo era la diferencia que descubrimos entre la realidad de Corea y la situación de Rusia cuando la Revolución de Octubre, puesto que queríamos transformar la sociedad y liberar al país, tal cual lo hicieron los rusos, mediante una revolución.

    Se nos presentaban problemas complicados: ¿cómo realizar la revolución proletaria en una colonia como Corea, un país atrasado, semifeudal?, ¿mediante qué métodos estableceríamos relaciones revolucionarias con China y otros países vecinos, cuando nos veíamos obligados a luchar en tierra china, alejados de nuestra Patria, a causa de la onerosa represión del imperialismo japonés? y ¿de qué manera tendríamos que cumplir el deber nacional que nos asignaba la revolución coreana y el internacional ante la revolución mundial?

    Hasta encontrar la respuesta correcta a estos asuntos, tuvimos que perder un largo tiempo y experimentar dolorosos sacrificios.

    En los días del estudio del marxismo-leninismo, Pak So Sim se me acercó afectivamente y se dejó llevar irremediablemente por nuestra aspiración revolucionaria.

    Ingresó en la Unión de la Juventud Antimperialista y en la Unión de la Juventud Comunista, así como también estuvo con abnegación, junto con nosotros, en la tarea de educar e ilustrar a jóvenes y niños. Como hombre que estaba inmerso en los libros, desplegó un tremendo fervor cuando se decidió a presentarse en el escenario de la práctica.

    Tiempo después, lo enviamos a la zona de Kalun, para que se curara la tuberculosis.

    Levantó una cabaña a orillas del río Wukai, aproximadamente a dos kilómetros de Jiajiatun y permaneció solitario, mientras preparaba con sus propias manos la comida.

    Cuando yo actuaba en las zonas de Kalun y Wujiazi, una vez lo visité, destinándole exprofeso mi tiempo. Tan pronto como me vió se puso muy alegre. Nos dejamos llevar por los recuerdos e intercambiamos opiniones en torno a muchos asuntos.

    En aquella ocasión, me enseñó, por primera vez, una foto de su esposa. Esto me sorprendió porque consideraba que ella había muerto o divorciado de él. Por su foto pude enterarme que era una mujer moderna, muy bonita e instruida.

    Me dijo que ella le había enviado una carta desde Soul, hacía algún tiempo, y quise saber por qué no la había llamado, a lo que contestó que se debía a que era hija de una familia rica.

    Volví a preguntarle si no lo sabía de antemano.

    El interlocutor exhaló un suspiro y aseguró que su cosmovisión fue cambiando después del casamiento.

    Sus palabras me parecieron extrañas, así que le pregunté, una vez más, si era verdad que estaba separado de ella para siempre.

    Respondió con franqueza que consideraba que había desaparecido de su mente, pero una vez recibida esa carta, le resurgía a menudo su imagen.

    Le sugerí con cordialidad: si ama a su esposa, debe llamarla; ¿cómo puede acabar con el mundo viejo y construir un mundo nuevo, si no logra educar ni siquiera a su cónyuge?; si ella está a su lado, esto también le serviría de ayuda para curar su enfermedad.

    Pak So Sim volvió a suspirar y, por fin, asintió:

    —Aceptaré ese consejo, pues me lo dices tú, Song Ju. Pero te digo que mi vida ya está en declive. Es una vida fracasada.

    El no tenía ningún descendiente, ni poseía recursos materiales ni espirituales que pudiera legar a las posteridades. Dijo con congoja que había planeado escribir, a toda costa, un libro al servicio de la clase obrera, aunque consagrara todo su ser al estudio del marxismo-leninismo, pero no logró alcanzar su objetivo; cuando estaba lleno de vigor, no escaló la altura de la verdad y, una vez ahí, ya su salud no se lo permitía.

    Al escucharle, también me sentí angustiado. Fue honesto y sincero ante la ciencia y tenía capacidad de búsqueda. Si se hubiera lanzado, algo más temprano, a la práctica, dejando de sumergirse en los libros, habría descubierto teorías valiosas que contribuyeran a la causa revolucionaria de la clase obrera, y realizado, además, proezas reales. Una teoría nace de la práctica y ésta comprueba su justeza. Esa acción que no debemos olvidar ni un momento, es la independencia de Corea y la felicidad de nuestro pueblo. Desgraciadamente, Pak So Sim se alejó de nuestro lado tan pronto como llegó a comprender esta verdad.

    Más tarde, llamó a su esposa que estaba en Soul y, atendido por ella, escribió breves tesis y artículos antes de morir en Kalun.

    En la antigüedad se decía que quien llegara por la mañana al fondo de la verdad, no tendría ningún resentimiento aunque muriera por la tarde, pero resultó muy triste que un hombre como Pak So Sim, capaz de hacer muchos trabajos, nos abandonara tan temprano, después de haber comprendido esa esencia.

    En Jilin viví durante más de tres años. Este fue, de veras, un lugar que me dejó un recuerdo imborrable para toda mi vida.

    Allí llegué a conocer el marxismo-leninismo, como teoría científica, y, con su ayuda, comprendí más profundamente verdades prácticas para la independencia de Corea y la felicidad del pueblo.

    Si pude entender con tanta rapidez la esencia de la nueva corriente ideológica, se debió a la tristeza y a la indignación que sentía el hijo de una nación que vivía como apátrida. El infortunio y las penas intolerables que padecía nuestra nación, me hizo, prematuramente, tener uso de razón. Acepté como mío propio el destino de la Patria y de los compatriotas que padecían esos martirios. Esto me llevó a tener un gran sentido de obligación ante la Patria.

    Mi época en Jilin me permitió concebir una cosmovisión y hacerla inmutable, lo cual devendría, por decirlo así, en alimento espiritual durante toda mi vida.

    Las experiencias acumuladas allí me sirvieron de ayuda para establecer, más tarde, la armazón de una ideología revolucionaria independiente.

    El estudio es un proceso básico ineludible para la superación de un revolucionario y trabajo espiritual indispensable, al que uno no debe renunciar, ni un día, para preparar recursos al servicio del progreso y la transformación de la sociedad. Partiendo de las lecciones sacadas de mi etapa en Jilin, durante la búsqueda de una ideología avanzada, también hoy subrayo que el estudio es el primer deber para los revolucionarios.

    

    

    

    2. Profesor Shang Yue

    

    

    Si Pak So Sim me invitó a leer “El capital”, el profesor Shang Yue me propuso “La madre”, de Gorki, y “Hongloumeng”. Este enseñaba letras en la escuela secundaria Yuwen.

    La noticia de la llegada del nuevo profesor, graduado de la facultad de lengua inglesa, de la Universidad de Beijing, nos hizo esperar sus lecciones.

    Por otra parte, teníamos cierta inquietud acerca de si era agente del departamento de educación. No pocos maestros enviados por ese departamento a la escuela secundaria Yuwen, fueron elementos de mala conducta sobornados por las autoridades militaristas.

    No hacía mucho que Zhang Xueliang había izado la bandera del Kuomintang en Manchuria, por la directiva de Jiang Jieshi. Sus organizaciones de espionaje extendieron los tentáculos desde Shenyang hasta Jilin. Aunque los esbirros del Kuomintang no tomaron completamente en sus manos la escuela secundaria Yuwen, vigilaron a toda hora el movimiento de sus profesores y estudiantes muy propensos a ideas progresistas.

    Por esta razón, los alumnos tensaron los nervios ante la aparición del nuevo profesor.

    Shang Yue disipó nuestra duda con una sola lección y ganó popularidad. En una hora resumió de modo fácil el enorme argumento de “Hongloumeng”, de 120 capítulos.

    Explicó nítidamente el problema esencial refiriendo abundantes pormenores de la vida descrita, con elocuencia tan probada que nos permitió asimilar a la perfección el quid de esa novela y el proceso de la ruina de una patriarcal familia aristocrática.

    Cuando dio fin a la clase y salió del aula, los estudiantes se mostraron muy satisfechos, calificándolo de tesoro de la escuela.

    El profesor se refirió, lacónicamente, al autor de la novela y dedicó mucho tiempo a relatar su contenido. Al día siguiente, aprovechando que él paseaba en la cancha, me le acerqué y le rogué que me hablara en detalle sobre el escritor, Cao Xueqin. Confesó que no había explicado los antecedentes del novelista por falta de tiempo y considerando lógica mi solicitud, me expuso al dedillo la vida de Cao Xueqin y su familia.

    Le dirigí algunas preguntas más en cuanto a la correlación entre el origen social del autor y el carácter clasista de su obra.

    También me dio respuestas claras. En su opinión personal era cierto que el origen social de un escritor influía sobre el carácter clasista de su obra, pero no resultaba el factor determinante; lo fundamental es su concepción del mundo, me dijo, y citó como ejemplo a Cao Xueqin.

    Agregó que aunque éste había nacido y crecido en el seno de una familia aristocrática que disfrutaba de tratamiento especial del emperador Kangxi, pudo denunciar el trasfondo de la China feudal y la inevitabilidad de su ruina, por tener un concepto progresista del mundo.

    Aquel día, el profesor Shang Yue me animó en estos términos:

    –Hoy, el estudiante Song Ju ha hecho muy bien en venir a verme. Cuando se tiene alguna duda o conocimientos ambiguos, hay que pedir sin titubeos y a tiempo la ayuda del profesor. Esta es la actitud que han de tener los estudiantes en la investigación de las ciencias. Hágame muchas preguntas, sin limitarse por el tiempo y el lugar. Prefiero a los estudiantes que preguntan mucho.

    Me agradaba su invitación a interrogar sin reservas. Desde el tiempo de la primaria, yo era conocido como un alumno que preguntaba mucho. En la secundaria Yuwen, también molesté a los maestros con múltiples interrogantes.

    El profesor Shang Yue dijo que tenía la novela “Hongloumeng” y extractos de la biografía de su autor y, que si yo quería verlas, podía llevármelas prestadas en cualquier momento. Así que tuve el privilegio de visitar su residencia como su primer huésped.

    Mi abuelo decía que era impermisible que los alumnos frecuentaran la casa del maestro. Parecer similar tenían muchos, incluso personas civilizadas en virtud de las ciencias modernas, para no hablar de los integrantes de la generación caduca, que crecieron leyendo en la escuela privada, materiales como el “Tongmeng Xianxi”. Mi abuelo insistía: Si el alumno conoce la vida particular de su maestro, no lo trata con respeto. Este debe hacer que su discípulo lo considere como un ente sobrenatural que no se alimenta, ni orina. Sólo así puede ejercer autoridad docente. A este fin, debe vivir detrás de un biombo abierto.

    Aseguraba que pensaba así desde que mi padre, en su niñez, asistía a la escuela privada.

    En el colegio privado Sunhwa en que estudió mi padre, hubo un maestro llamado Kim Ji Song. Era un gran bebedor. Muy a menudo mandaba a mi padre, que era monitor, a comprar aguardiente. Al principio, éste cumplió mansamente su encomienda. Pero, después de ver a su maestro borracho, tendido en una zanja sucia, cambió de parecer.

    Un día, volvió a pedirle que fuera a comprarle licor, poniendo en su mano un botellón. Al salir de la escuela, mi padre estrelló el recipiente contra una piedra, y mintió al maestro diciéndole que se le había roto al tropezar, mientras escapaba de un tigre. El educador expresó con tristeza: “¿Es que un tigre del monte Paektu ha aparecido en Mangyongdae? ¿Cuán detestable habrá sido mi conducta, si Hyong Jik se vio obligado a decirme mentiras? He cometido un error al mandarlo a comprar licor.” Desde entonces, dejó de beber.

    No obstante, de la mente de mi padre no se borró la imagen del maestro borracho, caído en la zanja. Este hecho dio origen al argumento de mi abuelo, de usar un biombo para mantener la autoridad educacional.

    Penetré, de un salto, hasta el fondo de la vida de Shang Yue, aún inaccesible para otros, sin que éste tuviera tiempo para colocar el biombo.

    En su estante tenía centenares de libros. Nunca vi un armario de textos tan abundante y espectacular. El profesor Shang Yue tenía un tesoro en libros. Había muchas novelas en versiones en inglés y libros biográficos.

    Yo no podía apartarme del estante. Leer todos estos libros –pensé– equivaldría a graduarme de una universidad; la ubicación del profesor Shang Yue en nuestra escuela es una fortuna para mí también. Sumido en este pensamiento, hojeé un libro cualquiera que saqué, y pregunté.

    –Discúlpeme, profesor, ¿cuántos años le llevó recolectar esos libros?

    El profesor, con rostro risueño, se acercó al librero y me escudriñó, contestando:

    –Diez años, más o menos.

    –¿Cuántos años piensa que necesite para leerlos todos?

    –Tres para el diligente y un siglo para el perezoso.

    –Profesor, si estoy dispuesto a hacerlo en tres años, ¿me permitirá libre acceso al estante?

    –Sí, pero con una condición.

    –Aceptaré cualquier condición, con tal de que me preste sus libros.

    –Mi exigencia es que Song Ju debe ser escritor. Desde hace mucho tengo el deseo de formar uno o dos escritores que puedan contribuir a la revolución proletaria, y tal vez Song Ju pudiera serlo.

    –Le agradezco, profesor, por su confianza en mí. Francamente, prefiero la asignatura de literatura y aspiro mucho al oficio de escritor. Después de ser liberado el país, no sé si pueda optar por la senda de literato. Pero, profesor, somos hijos de una nación privada del país. Mi padre se empeñó mucho por rescatarlo y aguantó múltiples dificultades hasta fallecer. Juré entregarme a la lucha por la independencia heredando su propósito. Este es mi supremo ideal y determinación. Luchar por la liberación nacional será mi profesión.

    El profesor Shang Yue, apoyado en el estante, se mostró muy serio, moviendo la cabeza afirmativamente. Se me acercó y poniéndome una mano sobre el hombro, dijo tranquilo:

    –Magnífico, Song Ju. Si su ideal es luchar por la independencia, sin otra condición pongo a su disposición este estante completo.

    Aquel día regresé a la residencia con la novela “Hongloumeng”.

    Los libros que me prestó la segunda vez fueron las novelas de Jiang Guangci: “A la ribera del río Amrok” y “El pequeño vagabundo”.

    Las leí con gran interés. Especialmente, la primera novela, cuyos protagonistas son dos jóvenes coreanos de uno y otro sexo, llamados Ri Maeng Han y Un Ko, me produjo un impacto imborrable.

    Después leí “La madre”, de Gorki.

    Entre nosotros se estableció así, una especial ligazón por medio de los libros y la literatura.

    El profesor me ofreció todo lo que yo quería leer. Algunos que no tenía en su estante, los consiguió con gran esfuerzo. A cambio, quiso escuchar mis impresiones sobre lo leído.

    Intercambiamos opiniones sobre “Enemigos”, de Gorki, y “Bendición”, de Luxun, además de expresar a menudo otros criterios personales acerca de la literatura. Nuestras conversaciones enfocaban el deber de este arte. Abordábamos, en muchos casos, cómo reflejar la realidad y contribuir al desarrollo social.

    El calificaba a la literatura de faro que guía la humanidad hacia la sabiduría, y decía que si la máquina impulsa el desarrollo de la producción, la literatura perfecciona las cualidades del hombre que la manipula.

    Sentía cariño especial por Luxun y sus obras. Fue su amigo y miembro del círculo de literatura dirigido por él. Luxun apreció su cuento “El lomo del hacha”, escrito cuando asistía a ese círculo. Era una descripción de la lucha de la población de la zona Luoshan con-tra las costumbres feudales. Según las palabras de Shang Huewen, hija de Shang Yue, al referirse al defecto de “El lomo del hacha”, Luxun señaló que carecía de agudeza.

    Al superar la inmadurez del comienzo, el profesor Shang Yue elaboró, en la década de 1930, una obra de gran valor ideológico y artístico: la novela “Intriga premeditada”, que disfrutó de la acogida de sus lectores. Fue publicada en serie en una revista que se editaba en la provincia Yunnan. Y en la década del 80, la publicó la Editorial de Literatura Popular de China.

    Además de los títulos mencionados, escribió las novelas “Lanza” y “Cuestión de perros”. Mientras se entregaba a la labor docente, nunca dejó de hacer reflexiones como escritor. No fue casual que, al inicio, pensara guiarme por el camino de la literatura.

    Leí incluso las “Obras de Chen Duxiu”. Chen Duxiu fue uno de los fundadores del Partido Comunista de China, y tenía en sus manos el poder real.

    El profesor Shang Yue no quería prestármelas, por temor a que pudiera influir negativamente en mí su línea de capitulación derechista. Me contó que antes de su ingreso en la Universidad de Beijing, Chen Duxiu fungía como jefe de su sección de literatura, y muchos profesores y estudiantes se sentían orgullosos de eso.

    –Realmente, yo también lo idolatré por cierto tiempo. Fui seducido inconscientemente mientras leía sus primeros artículos y la revista ‘Nueva juventud’ editada por él. Hoy ha cambiado mi opinión acerca de Chen Duxiu.

    El profesor Shang Yue confesó y subrayó que la popularidad de Chen Duxiu, quien disfrutó del cariño de mucha gente cuando el movimiento del 4 de mayo, y a raíz de la fundación del Partido Comunista, cayó bruscamente por su línea de capitulación derechista.

    Su concepto equivocado, oportunista, se manifestó de modo grave en el criterio y la actitud hacia el problema campesino. En 1926, Stalin indicó que los campesinos constituían la fuerza principal en el frente antimperialista de China y el aliado más importante y digno de confianza de la clase obrera. Sin embargo, Chen Duxiu los menospreció. Temiendo su choque con los latifundistas, se opuso a su intervención en la administración y a su autodefensa. En una palabra, trató de restringir su lucha.

    Otra equivocación consistió en que objetó la revolución en el campo, bajo el pretexto de la batalla antimperialista y con el temor a la separación de la burguesía, del frente revolucionario. Su lineamiento capitulacionista redundó en suscitar actos traidores de la burguesía contra la revolución.

    Este era el criterio del profesor Shang Yue sobre Chen Duxiu.

    Como me advirtió justamente, los artículos de éste tenían elementos de capitulación que podían causar grandes daños a la revolución.

    Después de leer las “Obras de Chen Duxiu”, sostuve con Shang Yue una conversación prolongada para intercambiar opiniones sobre el problema campesino. En la discusión, analizamos, entre otros, los siguientes asuntos: ¿Cuáles son los puntos comunes y las diferencias en la posición que ocupa este sector en las revoluciones coreana y china?, ¿Qué es lo provechoso en la estrategia de Lenin sobre el problema campesino?, ¿Qué debemos hacer para que el campesinado pueda de-sempeñar su papel como integrante del grueso de la revolución?

    Expuse que la agricultura era la ocupación más importante en el mundo, por lo que el campesinado debía ser considerado como contingente principal de la Tierra.

    El expresó su consentimiento, comentando que desestimar a los campesinos implicaba un menosprecio a la agricultura y a la tierra, y que con ese procedimiento era inevitable el fracaso de cualquier revolución, por muy excelente que fuese su ideal. Y agregó que Chen Duxiu cometió un error al ignorarlo.

    Al cabo de esta conversación, me convencí de que Shang Yue era un comunista. Y éste a su vez conoció que yo era un activista de la Unión de la Juventud Comunista. Su sensibilidad y juicio fueron asombrosos.

    Ingresó en 1926 en el Partido Comunista de China. Mientras dirigía el movimiento campesino en su tierra natal, fue arrestado por los militaristas reaccionarios del Kuomintang y estuvo más de un año en una prisión del ejército en la provincia Zhejiang, sufriendo múltiples tormentos. Después quedó en libertad condicional, por mediación de un médico militar coreano; se trasladó a la región de Manchuria con el seudónimo de Xia Zhongmu y fue empleado en la escuela secundaria Yuwen, por recomendación de un hombre llamado Chu Tunan.

    Después del diálogo acerca del tema campesino, nuestro análisis abordó problemas políticos. En aquel tiempo, los estudiantes de Jilin llevaron a cabo activamente la polémica política. Los temas de discusión fueron incontables porque China se encontraba en un período de gran revolución y Corea en un ascenso del movimiento de masas.

    Los jóvenes coreanos debatían con fervor, acerca de si eran correctos los métodos adoptados por Ri Jun y An Jung Gun. Muchos estudiantes dieron importancia absoluta a la forma de lucha de este último.

    Le pregunté al profesor Shang Yue su criterio al respecto. Me contestó que el gesto de An Jung Gun fue patriótico, pero su método, aventurero. Su respuesta coincidía con mi opinión. Yo creía que la lucha contra la agresión del imperialismo japonés no podía triunfar con el terrorismo, eliminando algunos agentes de la potencia militarista, y que, para alcanzar su objetivo, era preciso educar y despertar a las masas populares y movilizar a toda la nación.

    El profesor y yo conversamos también acerca de la historia de agresiones del imperialismo japonés a Corea; su política colonial sobre nuestro país; su intento de agresión a Manchuria; la tendencia de los militaristas; la necesidad de la solidaridad y la colaboración de los pueblos coreano y chino en la lucha contra el imperialismo y su agresión.

    Entre los alumnos de la Yuwen se discutía acaloradamente sobre la actitud de la Liga de las Naciones hacia la reducción del armamento. No pocos jóvenes abrigaron ilusión sobre ésta. Entonces escribí un artículo denunciando que la Liga de las Naciones efectuaba un engañoso regateo con la reducción de los gastos militares. Muchos estudiantes expresaron su apoyo a mi escrito. El profesor Shang Yue también me dio la razón.

    Aunque su relación orgánica con el Partido Comunista se había cortado después de su mudanza a Jilin, impartió varias lecciones inductivas sobre obras de Gorki, Luxun y otros escritores progresistas. En cierta ocasión, a petición de los miembros del grupo secreto de lectura brindó en la biblioteca de la escuela una conferencia especial titulada “Opongámonos al imperialismo”, duró una semana, y su repercusión entre los oyentes fue muy positiva.

    Le transmití esa repercusión para animarlo.

    El disfrutaba del respeto de los estudiantes por su pensamiento progresista, alto sentido de responsabilidad en la enseñanza de la joven generación, y amplios y profundos conocimientos de la cultura y la historia antigua del oriente y el occidente, y de la actualidad.

    Otros maestros reaccionarios, celosos y sobornados por las autoridades militaristas, actuaron vilmente con el intento de denigrar la autoridad educacional del profesor Shang Yue. Los estudiantes que disfrutaban de su protección y apoyo, fueron también objeto de insultos y calumnias.

    Un maestro apellidado Feng forzó con amenazas al director Li Guanghan a expulsar a los estudiantes coreanos, y el instructor de deportes de apellido Ma trató de poner a la opinión pública en mi contra, diciendo que los estudiantes coreanos hostilizaban a los profesores chinos.

    Siempre, el profesor Shang Yue me defendió.

    El de Idioma Inglés también se mostró hostil hacia los estudiantes que aspiraban a la nueva corriente ideológica. Estaba empapado hasta la médula, de ideas servilistas al Occidente. Su desdén hacia los orientales llegó al punto de calificarlos de incultura, el que los chinos produzcan mucho ruido al comer, mientras los occidentales no lo hacen. Aun siendo chino, se portaba como europeo.

    Usaba sin reparos palabras groseras acerca del atraso de los orientales, lo que nos disgustaba mucho. Un día en que nos tocó el turno de servicio en el comedor, hicimos fideos e invitamos a los profesores. Estaban calientes y nadie los pudo comer sin hacer ruido. El profesor de lengua inglesa tampoco fue una excepción. Los sorbía ruidosamente. Al verlo, los estudiantes soltaron la carcajada. Este se percató que lo habíamos invitado a esa comida para mofarnos de él, y ruborizado huyó. Desde entonces, no expresó nunca palabras insultantes para los orientales. Su comportamiento servilista a los europeos ayudó a bajar el celo de los alumnos en su clase.

    A comienzos de 1929, se recrudeció aún más la presión de los reaccionarios sobre el profesor Shang Yue.

    Un día, éste habló en favor de las ventajas de la práctica masiva del deporte sobre el entrenamiento de unos determinados jugadores. Tomaba en consideración que el campo de baloncesto de la escuela se utilizaba exclusivamente para los deportistas. Disgustados, algunos pendencieros trataron de atacarlo con violencia, cuando iba de la residencia a la escuela después de terminadas las clases.

    Impedí ese acto junto con miembros de la Juventud Comunista y la Juventud Antimperialista, y reprendimos duramente a sus promotores haciéndolos correr.

    –El instructor de deporte Ma ha entrenado bien a sus esbirros. Son peores que gusanos. –Manifestó triste el profesor Shang Yue, mirando con indiferencia a los fugitivos.

    –No se preocupe, profesor. Pienso que ésta es también una forma de lucha clasista. Debemos estar listos para hacerle frente a choques más violentos en lo adelante.

    Le animé con una sonrisa, cuando expresó su sentimiento:

    –Correcto. Tienes razón. Estamos luchando contra el militarismo.

    Posteriormente, Shang Yue fue destituido por pronunciarse por la anulación de un injusto decreto del departamento de educación sobre la exclusión de algunos estudiantes, y abandonó la secundaria Yuwen.

    Cuando regresé de la región de Changchun y Kalun, después de dirigir la labor de las organizaciones de masas, Kwon Thae Sok me entregó una carta suya.

    En la misiva me decía, más o menos, lo siguiente: “Me marcho derrotado en la batalla contra el militarismo. Pero, en lo adelante, venceremos. Dondequiera que me encuentre, formularé votos sinceros por usted, Song Ju, para que se cumpla su determinación de vivir como hijo auténtico de la Patria y el pueblo.”

    Fue su último e indirecto diálogo conmigo.

    Después no lo vi jamás. Sólo conocí que estaba vivo, al recibir sus trabajos “Mi relación histórica con el Mariscal Kim Il Sung en su infancia” y “El sumario de la historia de China”, que me remitió, en 1955 y 1980, respectivamente. Al leerlos, recordé el período de estudiante en la escuela secundaria Yuwen, cuando discutía con él sobre la situación de Corea y Manchuria, la política agresiva del imperialismo japonés y la lucha común de los pueblos coreano y chino, y, para mis adentros, le expresé agradecimientos cordiales a mi antiguo maestro.

    Cada vez que dirigentes de China han visitado a nuestro país, les he preguntado por el profesor Shang Yue. Pero, fatalmente no logré sostener un encuentro con él. Para mí, sería justo decir que no he cumplido con mi obligación moral como su discípulo. En efecto, la frontera es algo extraño.

    El profesor Shang Yue se dedicó a la labor docente en la Universidad Popular de China en Beijing, hasta fallecer, desgraciadamente, en 1982.

    Su hija mayor, Shang Jialan, investigadora del Instituto de Dinámica de la Academia de Ciencias de China, nos visitó en 1989, y al año siguiente, su tercera hija, Shang Huewen, vino a verme. Esta funge como profesora en la Universidad Popular de China.

    Cuando vi la imagen de mi maestro, del cual me había separado 60 años atrás, en los rostros de sus dos hijas, mi alegría no tuvo límites. El afecto no se altera por diferencias de nacionalidades, el cariño humano ignora la barrera de la piel, de la lengua y de la creencia religiosa. Si me hubiese hallado cerca de la secundaria Yuwen, entregándoles un puñado de flores del clavero de este centro docente, les habría podido decir: “Es la flor que prefería vuestro padre. Al pie de estos claveros el profesor Shang Yue se encontraba a menudo conmigo.”

    Después de abandonar Jilin, Shang Yue se entregó a la labor del partido, la enseñanza, la cultura y la literatura en Haerbin, Shanghai, Beijing, Hankou, Chongqing, Ningxia y Yanan. Durante cierto tiempo, trabajó como secretario en jefe del comité del partido en la provincia Manchuria.

    Hasta el último momento de su vida no me olvidó y conservó fielmente el sentimiento internacionalista hacia mi Patria, la RPD de Corea, vecina íntima de China.

    Sus restos yacen en el cementerio de los mártires del monte Babao en Beijing.

    Quien tiene un maestro digno de recordar toda la vida, es un hombre afortunado. En este sentido puedo decir que yo lo soy.

    La añoranza por el profesor Shang Yue, que marcó huellas imborrables en mi adolescencia, a veces me lleva a recorrer con la imaginación la escuela secundaria Yuwen.

    

    

    

    3. La Unión de la Juventud

    Comunista de Corea

    

    

    Con la rápida divulgación de las ideas del marxismo-leninismo, en virtud de las actividades de los miembros de la UDI y de los grupos secretos de lectura, comenzó a producirse un cambio cualitativo en la conciencia de los jóvenes estudiantes. Las ideas progresistas les hicieron percatarse con claridad, de la misión que asumían ante la historia y la nación.

    Los aglutinamos en diversas organizaciones, sin dejar de concientizarlos. Sólo a través de éstas era posible difundir de modo más amplio las ideas del marxismo-leninismo y formar a la mayor brevedad a las fuerzas medulares.

    Empecé las actividades revolucionarias por el movimiento estudiantil y juvenil. La razón de hacerlo, concediéndole tan enorme importancia, radicaba en que desempeñaba un papel y posición sumamente importante en la concientización y organización de obreros, campesinos y de otras vastas masas, si bien se debía también al hecho de que yo era un estudiante.

    Las teorías del marxismo-leninismo comparan esta misión con el papel que cumple un puente. Es decir, enuncian que ese movimiento, al divulgar las ideas avanzadas, al ilustrar y concientizar a las masas, las estimula y conduce a la revolución. Nosotros aprobamos esta teoría.

    Con la profundización de la revolución, nuestro criterio y posición respecto al rol de los estudiantes y jóvenes sufrió un cambio cualitativo. Nos desprendimos de la vieja óptica, desde la que se determinaba la fuerza motriz de la revolución teniendo en cuenta, principalmente, a los obreros y campesinos, y postulamos en un nuevo plano que los estudiantes y jóvenes forman parte importante del grueso de la lucha revolucionaria. Lo prueba la trayectoria de su movimiento.

    En los importantes acontecimientos históricos que constituían las cúspides de la lucha patriótica antijaponesa en nuestro país antes de la liberación, tales como el Levantamiento Popular del Primero de Marzo, el Movimiento Independentista del 10 de Junio, y el Incidente Estudiantil de Kwangju17, los estudiantes y jóvenes actuaron siempre con valentía, a la vanguardia. En virtud de su fuerza, iniciamos la nueva historia del movimiento comunista, y desplegamos, durante 15 años, la Lucha Armada Antijaponesa, teniéndolos por su armazón. También en la actualidad ellos cumplen el papel de brigada de choque en nuestra revolución.

    Podemos afirmar, además, que en la revolución surcoreana los jóvenes estudiantes constituyen el grueso. Fueron promotores del Levantamiento del 19 de Abril18, fuerzas principales de la Resistencia Popular de Kwangju19 (1980), y abanderados de la Resistencia de Junio, que derribó el poder de la “quinta república”.

    Todo el mundo sabe que al frente del movimiento del 4 de mayo, que los chinos consideran como punto de partida de su movimiento neodemocrático, se encontraron los jóvenes estudiantes.

    La larga y fecunda historia de la lucha del pueblo coreano, que acumula sin cesar nuevas experiencias, abriendo un camino inexplorado por la humanidad, demuestra que la vieja teoría que no los consideraba ni como un estrato social, no se aviene con la realidad de nuestro país.

    Hasta la primera mitad de la década de 1920, el movimiento juvenil y estudiantil coreano adolecía de defectos relacionados con su precaria posición clasista y antimperialista y su incapacidad para compenetrarse con las masas. Su capa superior la constituían, en su mayoría, jóvenes de procedencia intelectual, y sus fuerzas principales se concentraban, únicamente, en la campaña de ilustración.

    Realizamos todos los esfuerzos para dar los primeros pasos con éxito, guardándonos con rigor de que no volviesen a aflorar tales defectos en nuestro movimiento.

    Sin embargo, cuando nos dimos a formar organizaciones e integrar en éstas a jóvenes estudiantes, tropezamos con problemas complicados.

    El más engorroso fue con qué método y en qué forma establecer nuestras organizaciones en las circunstancias en que ya existían entidades juveniles creadas por nacionalistas y fraccionalistas. En Jilin, actuaban la Asociación juvenil, la Asociación de estudiantes coreanos, la Asociación de niños y varias otras.

    Si no hubiesen existido, hubiéramos podido establecer una nueva, como si levantáramos un edificio sobre un terreno libre; mas, en vista de que con los jóvenes estudiantes trabajaban organizaciones de diverso tinte, no podíamos dejar de tenerlas en cuenta.

    Después de una seria discusión, decidimos no hacer caso y reorganizar las que tenían sólo el nombre y no actuaban, y mantener tal como estaban, aprovechar y transformar las que desarrollaban actividades, aunque fuera de un modo muy pasivo.

    La primera organización que creamos en Jilin fue la Asociación de Niños Coreanos. A la sazón, había una de niños instituida por los nacionalistas, pero le quedaba sólo el nombre y los infantes connacionales en la ciudad ni siquiera conocían de su existencia. En abril de 1927, constituimos una organización legítima denominada Asociación de Niños Coreanos de Jilin, en la iglesia de Son Jong Do.

    Dirigí la reunión de fundación, junto con Kim Won U y Pak Il Pha (Pak U Chon). Allí formamos secciones de organización, de propaganda, de cultura y deportes, y otras, así como organizamos grupos por escuelas y regiones.

    De todo eso se acordará bien Hwang Kwi Hon, quien procedía de la escuela normal femenina de Jilin, y era responsable de la sección de propaganda de la Asociación de Niños.

    Se integraron a ésta todos los pequeños coreanos de la ciudad, incluyendo hijos de obreros, campesinos, comerciantes e industriales pequeños y medianos y de nacionalistas. El objetivo de la Asociación estribó en educarlos en las ideas antijaponesas y formarlos como relevos de la revolución, dignos de confianza.

    Su programa planteó como importante tarea estudiar las nuevas ideas avanzadas y explicarlas y difundirlas entre las amplias masas.

    En mayo del mismo año, reorganizamos la Asociación de Estudiantes Coreanos como Asociación de Estudiantes Coreanos Cursantes en Jilin.

    La primera tenía bastante militancia e influencia.

    Originalmente fue creada con el objetivo de promover la amistad entre los jóvenes estudiantes coreanos en Jilin, y estaba patrocinada por los nacionalistas. Entre sus asesores se encontraba Son Jong Do.

    Al tratar de reorganizarla, algunos compañeros propusieron dejarla a un lado, argumentando que era puramente de amistad, auspiciada por nacionalistas. Decían que, como tenía esa base, por muchos elementos extraños que se le añadieran, terminarían por hacerse nacionalistas. La esencia de este razonamiento, radicaba en derrotar el nacionalismo como una corriente arcaica.

    Por entonces, era muy pujante la emulación por atraer a las masas. Los comunistas y los nacionalistas, enfrentados unos a otros, se esforzaron a porfía para ganarlas. Aun dentro del movimiento comunista se desarrollaba de modo aparatoso esa riña entre fracciones. Si hoy el grupo Soul se apoderaba de la dirección de la Unión de la Juventud Comunista de Corea, mañana el Hwayo, para hacerle frente, inventaba algo así como la Asociación de jóvenes Hanyang, y, si éste fabricaba pasado mañana la Federación general de obreros y campesinos de Corea, el Soul, por su parte, fraguaba otra llamada Asociación de obreros y campesinos Kyongsong. Era una moda. Es más, se organizaron, como por emulación, grupos terroristas, para mantener a raya otras fracciones.

    Pero, nosotros, los comunistas de la nueva generación no podíamos seguir ese ejemplo.

    Si hubiéramos creado en Jilin otra organización juvenil a la usanza de esos fraccionalistas, ignorando la Asociación de Estudiantes Coreanos, se habrían originado problemas complicados en nuestras relaciones con los nacionalistas y dividido las filas de los estudiantes. Hacerlo resultaba dañino e inútil en todos los aspectos.

    Me propuse entrar en esa asociación para transformarla, de modo paulatino, de pura organización de amistad, en revolucionaria, conservando su legalidad original. Aunque yo era comunista fui designado su presidente de honor, pero las autoridades militaristas de China no me prestaron mucha atención, porque actuaba, aparentemente, bajo la tutela de los nacionalistas. En el proceso de su dirección la reorganicé como Asociación de Estudiantes Coreanos Cursantes en Jilin.

    Fue una organización estudiantil revolucionaria que, si bien se presentaba como una entidad de amistad, de hecho actuaba para hacer realidad el ideal de la UDI. Resultó una de mis experiencias de mayor peso adquiridas en el proceso del movimiento estudiantil y juvenil.

    Bajo los efectos de las actividades de las organizaciones que creé, se produjo un cambio en el ambiente de la ciudad de Jilin.

    En primer lugar, se impuso un viraje radical en la vida diaria de los jóvenes y niños escolares. Cada mañana, los integrantes de la Asociación de Niños y de la de Estudiantes Coreanos Cursantes efectuaban reuniones matutinas por regiones. Los domingos todos sus miembros en la ciudad de Jilin iban en filas al monte Bei o realizaban caminatas mientras cantaban, o celebraban competencias deportivas en la cancha, al pie del mencionado monte.

    En el trabajo con jóvenes y niños escolares, aplicamos varias formas y métodos, conforme a sus gustos y su nivel de conciencia.

    Entre los miembros de la Asociación de Niños, se encontraban muchos hijos de cristianos. Estaban tan influenciados por sus padres, que creían en la existencia de Dios. Por mucho que les explicaran que no y que era absurdo creer en la religión, resultaba inútil.

    Un día, pedí a una maestra de la escuela primaria de coreanos, quien estaba bajo nuestra influencia, que llevara a la iglesia a los niños religiosos para orar.

    Según mi consejo, ella hizo que en la iglesia rezaran los alumnos todo el día: “Omnisapiente y todopoderoso Padre nuestro, tenemos hambre, dénos, por favor, tok y pan.” Sin embargo, no les envió estos alimentos y sus estómagos reclamaban, cada vez más, el alimento. Otro día le dije a la maestra que los llevara esta vez a un trigal ya segado, para espigar. De esa manera recogieron una formidable cantidad de espigas, con las que se hizo pan y se distribuyó entre ellos. Así llegaron a pensar que era mejor obtener el alimento con su trabajo que rezar a Dios.

    Esto, aunque pareciera un hecho sencillo, fue también un método para transformar la conciencia ideológica de jóvenes y niños y desterrar sus viejas costumbres.

    Al cuidarnos de que no fueran a orar y educarlos constantemente para que no cayeran prisioneros de la superstición, no perseguimos el objetivo de dar al traste con la religión. Nuestra finalidad consistía en prevenir que las nuevas generaciones se convirtieran en hombres débiles e impotentes que no servirían de nada a la revolución, porque si se dejaban dominar por las creencias y llegaban a absolutizar sus dogmas, era posible que se tornaran así. No es correcto decir que los religiosos no pueden dedicarse a la revolución, mas, el hecho es que en el caso de jóvenes y niños carentes de nociones científicas del mundo, pueden recibir influencias negativas de la no resistencia de la religión.

    En Jilin, vi que algunos miembros de la Asociación de Niños entonaban himnos religiosos en plena calle. Así era de fuerte la influencia de la religión en jóvenes y niños. Mas, con esos cantos no podían avanzar, por así decirlo, contra las aspilleras enemigas. Nos eran más necesarios combatientes que interpretaran la “Canción de la batalla decisiva” que religiosos que cantaran sus himnos.

    Hicimos una amplia difusión de canciones revolucionarias entre ellos. Aquellos miembros de la Asociación de Niños que entonaban himnos religiosos en las calles, cantaban ahora con orgullo el “Himno del amor infantil a la Patria” y la “Canción de la Asociación de Niños Coreanos de Jilin”.

    El cursillo de lengua materna que acometimos en las vacaciones veraniegas del año en que creamos las referidas organizaciones, resultó una de las actividades inolvidables.

    Asistieron niños coreanos que estudiaban en escuelas chinas y todos los demás que no sabían nuestra lengua. En su mayoría, eran nacidos en Manchuria y hablaban mejor el chino que el coreano.

    Por entonces, lancé la consigna “Los coreanos deben conocer Corea”.

    Impartieron las clases, por turno, Kye Yong Chun, Kim Won U y Pak So Sim. No teníamos maestros profesionales. Todos los miembros medulares de la organización, fungieron como maestros y conferencistas.

    Con 20 días de cursillo, todos los pequeños llegaron a leer una revista infantil.

    La Asociación de Niños y la de Estudiantes Coreanos organizaron, conforme a los gustos y vocaciones de jóvenes y niños, excursiones por el monte Longtan y el parque Jiangnan, visitas a ruinas culturales, y otros programas extraescolares, como conferencias, debates, estudios, concursos de oratoria, exposiciones de lo leído, divulgación de canciones y funciones artísticas.

    Utilizamos con frecuencia el parque Jiangnan y el monte Bei, como centros para nuestras actividades secretas.

    El parque Jiangnan se encontraba en una isla hermosa, como nuestra Rungra, en el río Songhuajiang. Los capitalistas de Jilin hicieron trasplantar allí muchos árboles y la prepararon de forma hermosa, como un jardín botánico. Cobraban la entrada. En los terrenos libres cultivaban maní. En ese parque efectuamos muchas reuniones clandestinas, con apariencia de excursiones.

    El Bei proporcionaba lugares más convenientes que Jiangnan para esos contactos secretos. Si este parque se aprovechaba principalmente en el verano, cuando se cubría de verdor, el monte Bei ofrecía lugares libres en todas las estaciones del año. Allí se reunía la mayor cantidad de visitantes de Jilin. Por tanto, se estableció en éste y en sus cercanías, la red más densa de servicios en la ciudad. A ambos lados de la vía que conducía al Bei se veían comedores, casillas de pingthang, jugueterías, cigarrerías, quincallas, casas de té, centros de diversiones, y hasta se hallaba el enorme almacén Jingguang, que vendía exclusivamente artículos del Occidente.

    Mucha gente iba allí, porque, además de bellos paisajes, conservaba famosas reliquias culturales como el templo Yaowangmiao, palabra que significa lugar donde se celebran ritos al Dios de la Medicina.

    Cada año, del 4 al 6 de junio, se celebraban en el Bei ceremonias oficiales por el nacimiento de esa deidad, bajo el patrocinio del gobierno provincial. Esos días estaban definidos tradicionalmente como períodos de ferias comerciales, y asistían hasta las personas con cargos oficiales, para no mencionar a los habitantes comunes. Eran días de asueto.

    Al iniciarse dichos festejos, la policía establecía un puesto provisional a la vera oriental de la carretera que pasaba al pie del Bei, colocaba allí un teléfono e incluso mandaba a la cima a un grupo de agentes a fin de mantener el orden en las áreas comerciales, y constantemente controlaba para que el incienso que encendían en los templos Yaowangmiao, Guandi y Niangniang no se extendiera ni convirtiera en un incendio. En esos días hasta los cocheros y culís de rikschas ganaban diez veces más que de ordinario.

    Mientras los comerciantes aprovechaban las jornadas como el mejor momento para los negocios, los intelectuales y los pioneros de la ciudad las consideraban como una tribuna para la educación social, destinada a ilustrar a las masas bajo el nombre de cursillo provincial de conocimientos generales. Los activistas de la ilustración, de distintos oficios, aparecían en todas partes, y agitando los brazos, pronunciaban apasionantes discursos sobre el patriotismo, la moral, la defensa de la ley, la estética, los negocios, el deporte, la higiene, y otros temas. Esas extraordinarias escenas sólo se daban en el Bei.

    En tan tumultuosos lugares también andábamos en busca de las masas para explicarles las ideas avanzadas y, a veces, efectuábamos reuniones secretas. El sótano del templo Yaowangmiao nos servía exclusivamente a nosotros como sala de reunión. Nos habíamos ganado a su bonzo.

    Durante mis estudios en Jilin, di muchas conferencias. Hubo veces que pronuncié discursos en simposios organizados por nacionalistas. O Tong Jin, Ri Thak y otros dirigentes de la junta Jong-ui, reunían con frecuencia a compatriotas, jóvenes y niños escolares de la ciudad para realizar conferencias o simposios los principales días conmemorativos, como el de ruina nacional (29 de agosto), el primero de marzo, y el día natal de Tangun (3 de octubre).

    Los integrantes de la Asociación de Estudiantes Coreanos Cursantes en Jilin debatieron mucho sobre si era correcto el método de Ri Jun o el de An Jung Gun. Como la discusión no tenía fin, en el verano del año de la reorganización de la Asociación de Estudiantes Coreanos en Jilin en Asociación de Estudiantes Coreanos Cursantes en Jilin, los reunimos a todos en la iglesia de Son Jong Do y sometimos a examen ese tema. Ello despertó en gran medida sus conciencias. Llegaron a comprender por primera vez, que no podrían avanzar con el terrorismo o con peticiones, y que era absurdo esperar a que las potencias nos ayudasen, y reconocieron unánimemente que se debía buscar un nuevo camino para lograr la independencia de Corea.

    En los debates o exposiciones de lo leído, que tuvieron lugar en Jilin, se discutieron en gran proporción asuntos relacionados con la práctica de la revolución coreana.

    Fijamos el primer domingo de mayo como “día de la Asociación de Niños”. Celebrábamos competencias deportivas con la participación de los jóvenes e infantes coreanos de la ciudad, en presencia de sus padres y hermanos, personas influyentes e independentistas, con lo que se creaba un ambiente de unidad.

    Después de aglutinarlos así, los involucré en la educación e ilustración de las masas. En las vacaciones, incluso niños de unos diez años fueron a Jiangdong, Liudawen, Xinantun, Dahuanggou y a otras aldeas cercanas, para ilustrar a los campesinos, ayudándolos en sus faenas.

    A todas luces constituyó un éxito y una experiencia valiosa que en Jilin, donde era muy intensa la riña sectaria, lográramos la unidad de las nuevas generaciones de muy diversas tendencias.

     Con las dinámicas actividades de la Asociación de Niños Coreanos, la Asociación de Estudiantes Coreanos Cursantes en Jilin y los grupos de lectura marxista-leninista, crecieron de modo brusco, en esa región, las fuerzas revolucionarias de la nueva generación, nucleadas por los miembros de la UDI.

    El cónsul general de Japón en esa ciudad se percató y fijó su mirada en nuestros movimientos. Alarmado por aquel estado de cosas, advirtió al ministro del exterior de su país, en una información oficial, que se requería prestar atención especial a esas filas, porque su capacidad organizativa era muy fuerte y con el tiempo se convertirían en una terrible agrupación.

    El imperialismo japonés nos temía más a nosotros, que, poniendo barrera a las fracciones, y sin reparar en opiniones ajenas, abríamos entre las masas populares el camino de la revolución con nuestros propios métodos, que al colectivo del Partido Comunista de Corea seccionado en diminutos grupos, y que a las fuerzas nacionalistas, con precaria capacidad de acción y compenetración con las masas.

    La noticia de que había aparecido en Jilin una nueva línea para el movimiento, se extendió, no sólo por todas partes de Manchuria, sino también por otros lugares de China y del interior de Corea. La difundieron principalmente los estudiantes en Jilin y sus padres y hermanos.

    Numerosos jóvenes se trasladaron a Jilin, desde el interior del país, Japón, Primorie y diversos lugares de Manchuria, para unirse a nuestro movimiento. Vinieron a verme los más disímiles jóvenes, con distintos criterios políticos, afiliación y antecedentes: relacionados con el Ejército independentista; que estudiaron en Japón trabajando ellos mismos; que lucharon contra los blancos; que participaron en la rebelión de Guangzhou, después de haberse graduado de la Academia Militar de Huangpu; que huían de aquí para allí de la persecución de los reaccionarios del Kuomintang; adoradores de Lenin, Sun Wen y Rousseau. Fue en esa época que se unieron a nosotros Kim Hyok, Cha Kwang Su, Kim Jun, Chae Su Hang, An Pung y otros.

    Los educamos y admitimos en la UDI, al paso que extendimos ésta a otras escuelas de la ciudad.

    En este proceso, sentimos la necesidad de contar con una organización más que, con mayor cabida que la UDI, pudiese incorporar a una enorme cantidad de personas. De ahí que el 27 de agosto de 1927 convertimos la UDI en Unión de la Juventud Antimperialista y, al día siguiente, fundamos con los miembros seleccionados la Unión de la Juventud Comunista de Corea. La Unión de la Juventud Antimperialista fue una organización juvenil ilegal, masiva y antimperialista, que hizo suya la consigna de la UDI y heredó su programa tal como era. Sus componentes eran principalmente jóvenes coreanos, pero fueron admitidos también chinos, de firme posición antimperialista.

    Esta Unión hizo grandes aportes a la agrupación de amplias masas juveniles antijaponesas en las filas revolucionarias y a la consolidación del terreno de masas de la lucha antijaponesa.

    Se extendió a las escuelas secundarias de Wenguang, la No. 1, la No. 5, la normal, la femenina, el Instituto Superior Judicial en Jilin y a los demás planteles donde estudiaban coreanos, así como echó sus raíces en Jiangdong, Xinantun y otras zonas rurales cercanas a Jilin y en las regiones de los distritos Liuhe, Huadian y Xingjing, en fin, en todos los lugares donde vivían jóvenes coreanos.

    Poco tiempo después empezamos a imprimir materiales de propaganda en hectógrafo.

    Los sábados, tan pronto como terminaban las clases, íbamos a las aldeas cercanas para aglutinar mayor número de jóvenes y volvíamos por la tarde del domingo.

    Convertimos la UDI en Unión de la Juventud Antimperialista, y seguidamente fundamos la Unión de la Juventud Comunista, porque era vitalmente necesaria una organización capaz de dirigir y guiar, de modo unificado, a las diversas agrupaciones de masas, legales o ilegales, que surgieron en poco más de medio año, en las regiones de Jilin y Fusong, integrando a estudiantes y jóvenes.

    Crear una organización de vanguardia de los jóvenes, fue una exigencia legítima del desarrollo del movimiento juvenil.

    Las relaciones entre las que existían se establecieron a través de mis actividades, porque yo estaba incorporado a todas. Los compañeros Choe Chang Gol, Kim Won U, Kye Yong Chun y otros, tenían contactos sólo con las de jóvenes estudiantes, en calidad de comunistas.

    Resultó perentorio también fundar una organización de vanguardia en vista de la situación imperante.

    El imperialismo japonés preparaba apresuradamente la agresión a Manchuria. Intensificaba la represión contra el pueblo coreano y, en contubernio con los militaristas reaccionarios en Manchuria, actuaba con frenesí para aplastar el ímpetu antijaponés de los pueblos coreano y chino.

    Por todas partes los jóvenes coreanos se ponían en pie de lucha contra el imperialismo japonés y los militaristas reaccionarios de China. Esta realidad exigió con urgencia fundar una poderosa organización de vanguardia capaz de abarcar en sí a jóvenes y estudiantes, controlarlos de modo unificado y guiar su lucha con habilidad.

    De igual modo, la situación del movimiento juvenil, que a causa de las riñas de los nacionalistas recalcitrantes y los fraccionalistas por la hegemonía iba camino de dividirse en múltiples grupos, presentó ante los comunistas de la nueva generación, la tarea de la época de crear, lo antes posible, una organización de avanzada que fuera capaz de salvar a los jóvenes del peligro de la división e inducirlos con tino, por la senda de la unidad y la cohesión.

    En la región al Noreste de China funcionaban entonces como organización juvenil ilegal el Cuerpo juvenil comunista coreano en Manchuria, y legalmente, la Federación General de la Juventud en Manchuria del Sur, la Federación General de la Juventud en Manchuria del Norte, la Federación General de la Juventud en Manchuria del Este, la Unión de Jóvenes en Jilin, la Unión de Jóvenes Kilhoe, la Unión de Jóvenes Samgakju, y otras muchas.

    Los fraccionalistas de distintas tendencias trataban de atraerlas hacia sí, y los nacionalistas, que representaban fuerzas disímiles, les echaban mano a porfía, por lo cual sus miembros no sabían si pertenecían a una entidad de índole comunista o de inclinación nacionalista. Así, los jóvenes y estudiantes se dividían en diversas vertientes. Unos estaban influenciados por el grupo M-L o por el Hwayo, y otros, hijos de nacionalistas, incorporados a los grupos pro-junta Jong-ui, pro-Cham-ui o pro-Sinmin, según la pertenencia de sus padres, y encima, escindidos en conservadores y radicales. Como tenían criterios distintos y pertenecían a diferentes organizaciones mantenían una constante enemistad.

    Para encauzar correctamente el movimiento juvenil dividido y guiar a los jóvenes por el auténtico camino de la revolución comunista, tras liberarlos de la influencia de las fuerzas nacionalistas y de los fraccionalistas, era indispensable crear una organización de vanguardia.

    Francamente, si el Partido Comunista de Corea se hubiera desempeñado como era debido, no nos habríamos preocupado de todo eso. Aunque existían un partido y muchas organizaciones juveniles con el ideal comunista, no nos aportaban nada provechoso, lo cual nos causaba insoportable dolor.

    La revolución coreana tenía problemas complicados relacionados con sus propias particularidades, además de que le salieron al paso muchos obstáculos y dificultades.

    Constantemente surgían cuestiones complejas en las relaciones con los fraccionalistas, con los nacionalistas, con el pueblo chino y con la Internacional Comunista. Es más, los comunistas coreanos que actuaban en Manchuria, estaban amenazados doblemente por el imperialismo japonés y por los militaristas reaccionarios de China.

    Para dirigir la revolución con habilidad en esas circunstancias, se hacía indispensable contar con probados núcleos rectores y una correcta teoría directriz, capaces de llevarla adelante.

    En la lucha para hacer realidad el ideal de la UDI, se formaron muchos jóvenes comunistas competentes. Se constituyeron auténticos núcleos, aptos para conducir por una nueva senda los movimientos juvenil y comunista de nuestro país, con jóvenes de nuevo tipo, no manchados de la mugre del pasado, y reacios a las riñas sectarias, al servilismo a las grandes potencias y al afán de poder.

    Del mismo modo, en el proceso del estudio de la nueva corriente ideológica en Huadian y Jilin, y de abrir el camino de la lucha junto con la UDI, pude trazar cierta teoría rectora ajustada a la práctica de la revolución coreana.

    Decidí fundar la Unión de la Juventud Comunista, como organización de vanguardia que sería guiada por esa teoría, y me di a redactar su programa y estatutos.

    En su programa se hizo hincapié, sobremanera, en que era dirigida por una teoría estrechamente vinculada con la revolución coreana y repudiaba, de modo tajante, el fraccionalismo.

    Sobre la base de tal preparación, efectuamos el 28 de agosto de 1927, la reunión de fundación de la Unión de la Juventud Comunista de Corea, en el sótano del templo Yaowangmiao, en el monte Bei.

    Estuvieron Choe Chang Gol, Kim Won U, Kye Yong Chun, Kim Hyok, Cha Kwang Su, Ho Ryul, Pak So Sim, Pak Kun Won, Han Yong Ae, y otros miembros medulares de la Unión de la Juventud Antimperialista y algunos jóvenes comunistas.

    Hice el informe, cuyo contenido está publicado en un folleto.

    Aquel día, unidos en un solo cuerpo y enlazándonos por los hombros, cantamos “La internacional”, al igual que hicimos cuando creamos la UDI.

    La Unión de la Juventud Comunista de Corea, compuesta en su armazón por elementos medulares de la Unión de la Juventud Antimperialista, y por jóvenes probados y fogueados en distintas agrupaciones revolucionarias, fue una organización juvenil ilegal que luchó por la liberación nacional antimperialista y el comunismo.

    Y como avanzada de los jóvenes comunistas coreanos, organizaba y dirigía, al frente, las entidades de masas de todas las capas y sectores.

    Después de fundada, prestamos atención especial a asegurar la pureza de sus filas y fortalecer su unidad y cohesión organizativo-ideológica. Sin lograrlo, era imposible preservarla en vista de que se recrudecían las acciones de gendarmes, policías y agentes y los actos perjudiciales de reaccionarios y fraccionalistas.

    Concediendo suma importancia a la educación ideológica de sus miembros, la Juventud Comunista dedicó grandes esfuerzos a elevar su nivel teórico y político y de dirección. Persistían análisis y debates de temas extraídos de “Sobre el imperialismo”, “Las colonias y el problema nacional” y “Tareas de lucha inmediatas de la revolución coreana”.

    Consideramos muy importante la vida orgánica de los integrantes de la Juventud Comunista. Por aquel tiempo, hacíamos, una vez por mes, el balance de su vida en reuniones llamadas de control de temperamento. A través de la vida orgánica, ellos se forjaron y sus filas se convirtieron en colectivos de fuerte espíritu organizativo y rigurosa disciplina.

    Les asignábamos diversas tareas, como las de dirigir las instancias inferiores, ilustrar a jóvenes estudiantes y a las masas, impregnar el espíritu revolucionario en las aldeas, y otras, forjándolos constantemente en la práctica.

    Por otra parte, ampliamos sin cesar sus filas con excelentes jóvenes formados en otras organizaciones revolucionarias. Como resultado, la Juventud Comunista se extendió en un corto tiempo, ya no sólo en Jilin y sus cercanías, sino también en amplias zonas de Manchuria como Dunhua, Xingjing, Huadian, Fusong, Antu, Panshi, Changchun y Haerbin, e incluso, en la región norte y otras del interior de Corea. Esta desempeñó el papel de vanguardia en la revolución coreana. En el movimiento comunista es conocido que el partido se encarga de la dirección sobre las organizaciones de masas. Pero en nuestro país, como el partido no cumplía su misión como debía, la Juventud Comunista tuvo que hacer las veces de él, en la tarea de dirigir las organizaciones de obreros, campesinos y mujeres, al tiempo que orientaba las juveniles y de niños bajo su jurisdicción.

    Después de fundada la Juventud Comunista, penetramos en las masas, sin que nadie lo notara. Bastaba con promover tareas útiles para la revolución y el pueblo, reconociéranlo o no otros. Esta fue nuestra posición y argumento. Mientras los demás, con el afán por la hegemonía, se autodenominaban “ortodoxos”, los jóvenes comunistas de la nueva generación avanzaron, paso a paso, por el camino de la revolución, poniendo coto a ese mundo de vanidad.

    La Juventud Comunista cumplió el brillante rol de acelerar el aglutinamiento de los jóvenes en organizaciones, formar a miembros medulares y fortalecer las propias fuerzas de nuestra revolución. Su fundación estimuló con energía las actividades de los jóvenes comunistas encaminadas a constituir las organizaciones del partido de nuevo tipo y cumplió el papel de columna vertebral en la aceleración de esa causa. La mayoría de los miembros de la primera organización del partido, creada en el verano de 1930, fueron jóvenes combatientes de vanguardia, formados por la Juventud Comunista.

    Hace meses, escogimos el 28 de agosto, fecha de la fundación de la Juventud Comunista, como Día de la Juventud.

    

    

    

    4. Para extender las organizaciones

    

    

    Con la fundación de las Uniones de la Juventud Antimperialista y de la Juventud Comunista, llevamos nuestros escenarios de actividades hacia extensas zonas. Con este fin, los elementos de núcleo de estas organizaciones partieron sucesivamente de Jilin.

    Yo también iba a diferentes partes pese a mi condición de estudiante. En esos frecuentes viajes hasta lugares a cientos de ríes de distancia, preparaba nuevos terrenos para las actividades. De Jilin, salía en tren el sábado por la tarde, en dirección a Jiaohe, Kalun, Guyushu o a otros sitios, de donde regresaba al otro día, en el tren de la noche y, en inevitables casos, me ausentaba de las clases. Fuera del director Li Guanghan y del profesor Shang Yue, a la mayoría de los maestros le extrañaba esto. Hubo incluso quienes suponían que como mi familia era pobre, sin padre, quizás yo estaría tratando de ganar para los gastos de estudio.

    Efectivamente, por ser estudiante me veía restringido y limitado en varios aspectos. Siempre me faltaba tiempo, ya que tenía que asistir a clases, realizar estudios extraescolares y atender las actividades de diversas organizaciones, aprovechando las escasas horas de que disponía.

    Sólo en la temporada de vacaciones podía actuar libremente, sin limitación de tiempo. Entonces, sobre la base de minuciosos preparativos que habíamos hecho de antemano, íbamos a diferentes sitios para crear o reforzar las organizaciones e ilustrar a las masas.

    Penetrar en el pueblo era una tendencia social, desde entonces, también en Corea. Al iniciarse las vacaciones, numerosos estudiantes realizaban misiones de educación entre los campesinos. En el verano del año en que yo estudiaba en la escuela Hwasong, en mi país, la editora del periódico “Joson Ilbo” organizó cuerpos de ilustración con estudiantes de secundaria y de otros niveles más altos. Antes de que se fueran a sus aldeas natales, les daba preparación necesaria mediante cursillos. Una vez en sus aldeas, alfabetizaban, con el manual de lengua materna, redactado por la editora.

    Incluso los que estudiaban en Japón, venían a la Patria y en grupos rotativos para conferencias, recorrían todo el país, en labor de esclarecimiento, mientras las sociedades de las juventudes chondoísta y cristiana se mezclaban con los campesinos para impulsar el desarrollo rural.

    Pero, a causa de la férrea represión de las autoridades del gobierno general, que consideraban como desafío a su política colonialista cualquier movimiento masivo dirigido a fomentar el espíritu de la nación coreana, y de las limitaciones ideológicas de los dirigentes del movimiento ilustrador, éste no pudo llegar a despertar conciencia revolucionaria entre las masas y organizarlas, sino que quedó como mero intento reformista que perseguía la erradicación del atraso de la nación, y comenzó a decaer a mitad de la década del 30.

    Sólo el análisis del contenido de sus actividades en el campo testimonia de modo fehaciente que este movimiento era puramente reformista. Sus principales tareas se centraban en la alfabetización y el cambio higiénico del ambiente de vida. La labor de la sociedad de la juventud cristiana abarcaba incluso los asuntos de la formación cultural, entre otros, campaña por el mejoramiento del arte culinario y de mantenimiento higiénico de los pozos de agua, difusión de métodos de avicultura y de sericultura y procedimientos de uso de documentos y solicitudes, publicados por las autoridades, cosas que tendían a guiar y atraer a los habitantes rurales hacia una vida moderna.

    Aprovechándonos de las favorables condiciones de que la represión del imperialismo japonés no nos llegaba directamente, relacionamos de modo estrecho las actividades de ilustración con las tareas de despertar la conciencia revolucionaria en las masas campesinas y de incluirlas en organizaciones, a la vez que prestamos profunda atención para convertir estas gestiones en una activa forma de lucha política.

    Nuestro trabajo con las masas se llevaba a cabo teniendo como lo fundamental la formación patriótica, revolucionaria, antimperialista y clasista, en el sentido de concientizar a las personas y aglutinarlas en diversas organizaciones.

    Si hicimos tan ingentes esfuerzos para cultivar la conciencia revolucionaria entre las masas populares, fue porque librándonos del modo de pensar existente, según el cual aquellas constituían sólo ignorantes y brutos objetos de la ilustración, abrazamos y absolutizamos el punto de vista de que precisamente éstas eran nuestras maestras y las principales fuerzas impulsoras de la revolución.

    Con este punto de vista nos compenetramos con el pueblo.

    “¡Que entren en el pueblo!”

    Desde entonces, este lema constituyó la máxima de mi vida.

    Comencé las actividades revolucionarias por vincularme con el pueblo y también con este proceder continúo hoy la revolución. Y en medio del pueblo, estoy revisando mi vida. Si hubiera menospreciado, siquiera una sola vez, sus contactos y olvidado, siquiera por un instante, su existencia, no habría podido conservar el puro y sincero amor al pueblo, que se formó en mí ya en los años de adolescencia, ni ser su genuino servidor.

    Cada vez que pienso en nuestra sociedad actual, donde se aseguran al máximo sus derechos y fomentan de modo ilimitado su inteligencia y fuerza creadora, agradezco al período pasado en Jilin, por haberme montado por primera vez en el tren del pueblo.

    Fue a partir de las vacaciones invernales de 1927, que comenzamos a ligarnos de modo activo con las masas.

    Para los estudiantes de familias ricas, esa temporada constituía, en el verdadero sentido de la palabra, uno de los pasatiempos angelicales. Durante todo el invierno, unas veces leían despreocupadamente novelas de amor, otras realizaban en tren viajes de excursión a grandes ciudades como Changchun, Haerbin y Beijing. En las festividades del nuevo año lunar, se preparaban diversiones interesantes, acompañadas con abundantes comidas y explosiones de cohetes.

    Era una tradición de los chinos organizar festines durante todo un mes, desde el primero de enero al 2 de febrero, según el calendario lunar. Llamaban el 2 de febrero, día en que el dragón levanta la cabeza, y de ahí que consideraran terminadas las festividades sólo cuando comían todas las cabezas de los cerdos sacrificados en enero.

    Sin embargo, nosotros no podíamos, ni divertirnos en paseos, ni disfrutar de abundantes festines como ellos. En cambio, pensábamos en cómo aprovechar las vacaciones para trabajar mejor en aras de la revolución.

    Al iniciarse este período, me fui a Changchun, al frente del grupo artístico, y cuando regresé, me dirigí hacia Fusong. Me acompañaron Pak Cha Sok y Kye Yong Chun, quienes prometieron que pasarían todo el invierno en mi casa.

    Estuvimos muy atareados durante las vacaciones invernales de aquel año.

    Tan pronto como llegué a casa, me vi cercado por los miembros de la Unión de Niños Saenal. Confesaron con franqueza las dificultades que tenían en su labor. Por las explicaciones de su presidente, supe que había problemas que esperaban solución.

    A ese fin, dedicamos muchas horas al trabajo con los integrantes de la Unión. Les enseñamos a sus directivos cómo realizar las actividades del círculo de difusión artística, el trabajo social, la labor con las masas y el despacho de quehaceres internos de la Unión y, a menudo, asistimos a seminarios políticos y a reuniones de control del temperamento.

    Después de haber reforzado el trabajo de la Unión de Niños Saenal, creamos la Unión de la Juventud Paeksan, con jóvenes de vanguardia de Fusong. Le pusimos el nombre Paeksan, en el sentido de que era la organización de los jóvenes de las zonas adyacentes al monte Paektu, pero en realidad, era la Unión de la Juventud Antimperialista, enmascarada. No le agregamos la palabra antimperialista para confundir a los enemigos y camuflar la organización. Esta, simulando estar bajo la influencia de los nacionalistas, pudo cumplir sus misiones en condiciones legales.

    Por su conducto, logramos establecer escuelas nocturnas en Qingwoze y en otras aldeas vecinas.

    Dado que crecía el número de organizaciones juveniles y se ampliaban sus filas, pensé en la necesidad de un periódico que pudiera ofrecer alimento ideológico a amplios sectores de jóvenes y a otras masas. Este trabajo tuvimos que empezarlo absolutamente desde cero. Hubiéramos deseado sacar unos 100 ejemplares en cada tirada, mas no contábamos ni con mimeógrafo, ni tampoco con papel. En Fusong, un chino poseía una pequeña imprenta, pero por el contenido que tendría nuestro periódico no podíamos hacerle el encargo.

    Al cabo de reflexionar seriamente, decidí escribir el periódico a mano y para ello movilicé a los miembros de vanguardia de la Unión de Niños Saenal y de la Unión de la Juventud Paeksan. Para hacer 100 ejemplares se necesitó más de una semana.

    Por fin, el 15 de enero de 1928, sacamos ante el mundo el primer número del periódico que se titulaba “Saenal”. Cuando lo pienso ahora, me resulta difícil creer cómo pudimos manifestar tanto entusiasmo para acometer aquella tarea. A menudo echo de menos la energía y el vigor juvenil de esa época. Encontrábamos la mayor felicidad en nuestra entrega total a la revolución.

    No son jóvenes quienes no tienen sueños, ni coraje, entusiasmo, vigor y férrea voluntad, ni tampoco optimismo.

    En la etapa juvenil uno debe tener un alto ideal y para alcanzarlo, luchar de modo intransigente, venciendo cualquier dificultad. Todos los frutos cultivados y recogidos por los jóvenes, poseedores de frescas ideas y vigor físico, a precio de sudor y sangre, constituyen valiosas riquezas de la Patria y el pueblo nunca olvida a los protagonistas de este empeño.

    Los viejos añoran su juventud porque es cuando mejor se puede trabajar, en toda la vida. La época más dichosa es esa en que se está en condiciones de trabajar mucho.

    Con posterioridad, sacamos el “Saenal” con un mimeógrafo que conseguí con bastante dificultad. Lo tenían los amigos de mi padre.

    De entre las actividades durante las vacaciones del invierno de 1927, las de los grupos de difusión artística resultaron las más exitosas. Al que actuó en Fusong, se incorporaron los integrantes de la Unión de Niños Saenal, la Juventud Paeksan y la Asociación de Mujeres. Hizo giras durante un mes por Fusong y las aldeas próximas. En este decursar formamos en diversas partes, nuevas organizaciones y cumplimos la tarea de educación masiva. “Inmolación en la Conferencia Internacional”, “An Jung Gun dispara sobre Ito Hirobumi”, “Carta de la hija” y otras piezas teatrales fueron escritas por nosotros y puestas en escena en ese invierno, en Fusong.

    Mientras el grupo, en vista de la gira planificada, actuaba unos días en Fusong, las autoridades militaristas me detuvieron y me encarcelaron sin ninguna explicación. Algunos elementos feudalistas me delataron porque el contenido del programa no les convenía. Para sacarme de la prisión, Zhang Weihua, mi colega de la escuela primaria tuvo que esforzarse mucho. Convenció a su padre para que con su influencia impidiera que la policía registrara mi casa.

    El padre de Zhang Weihua se había hecho amigo del mío al llegar a comprenderse recíprocamente, en el transcurso de sus visitas a nuestra morada para recibir tratamiento médico.

    Pese a ser muy rico, era una persona honesta. Cuando mi padre tuvo la iniciativa de rehabilitar la escuela Paeksan y había tropezado con muchas dificultades para obtener el reconocimiento oficial, él intervino para completar las formalidades necesarias.

    Como la presión provenía de una persona influyente las autoridades militaristas no podían ignorarla y, además, no tenían una prueba específica contra mí.

    También los coreanos residentes en Fusong protestaron colectivamente y exigieron mi libertad. Mi madre puso en acción la organización y guió a las masas. Hasta personalidades intelectuales chinas criticaron ese acto y pidieron que me liberaran.

    Algún tiempo después, tuvieron que dejarme libre.

    De inmediato me fui a la aldea Fushuhe, junto con el colectivo de difusión artística, el cual actuó tres días consecutivos.

    Nuestras representaciones fueron presenciadas, además, por pobladores de las aldeas vecinas, y la noticia se propagó extraordinariamente.

    Vinieron gentes de Tujidong para invitarnos y aceptamos con gusto.

    Allí nuestra actuación tuvo mucho éxito. A solicitud de los moradores del poblado, prolongamos varias veces nuestra estancia.

    Cuando terminó la primera representación, me vino a buscar detrás del escenario, el presidente de la Unión de Niños Saenal y me avisó que la persona de mayor edad de la aldea quería verme.

    Fuera de la valla de la casa donde acabábamos de dar el espectáculo, me esperaba un hombre no muy viejo, de buena complexión física. En la boca llevaba una pipa. Sus ojos, debajo de unas cejas espesas y largas, me miraban atentamente. El joven de Tujidong que nos guió hasta allí, se acercó y susurró a mi oído: “Es el viejo Cha el Chonri”.

    Le hice una reverencia:

    –Respetable señor, discúlpeme por mi saludo tardío. Me han dicho que usted estaba de visita en la aldea vecina y por eso no he podido ir a verlo a tiempo.

    –Efectivamente, me hallaba allí, pero al recibir la noticia del espectáculo, regresé a toda prisa. ¿Es verdad que usted es hijo del señor Kim Hyong Jik?

    –Sí, señor, así es.

    –Por tener un hijo como usted, el señor Kim podrá descansar tranquilamente siquiera en la tumba. En mi vida he visto un espectáculo tan bueno como éste.

    Ante sus gestos y palabras ceremoniosos, me sentí muy cohibido, por lo que le dije:

    –Señor, no me trate así. Soy un joven como cualquier otro.

    Me invitó a su casa.

    Mientras caminábamos le pregunté, como de pasada:

    –Señor, perdone mi insolencia, pero quería saber si es cierto que camina usted mil ríes en un día.

    –Vaya, ¿hasta ti llegó la noticia? En mi juventud sí recorría quinientos ríes, pero nunca mil.

    Su respuesta me convenció que era realmente un destacado independentista tal como se decía.

    Había razón cuando se le puso tras el apellido, en lugar de su nombre, Chonri (mil ríes ).

    Por este apodo, el viejo estaba considerado entre los coreanos residentes en Manchuria como un ser misterioso.

    Una vez, también mi padre admiró la rara rapidez de este hombre al caminar. Y explicó que se ganó ese apodo, desde que actuaba como combatiente voluntario en la zona de Kanggye.

    Luego de pasar a Manchuria, ingresó en la junta Chamui y actuó bajo el mando de Sim Ryong Jun. Oí hablar mucho que Cha el Chonri había sido el opositor más resuelto a la fusión de la junta Chamui al Gobierno Provisional en Shanghai. Le apoyaron de modo enérgico ciertas personalidades de la junta Jong-ui, que no veían con buenos ojos que organizaciones del Ejército independentista entraran en la esfera de ese gobierno provisional. Entre los directivos de esta junta, que en su mayoría eran de procedencia militar, prevalecía el menosprecio a aquel por estar compuesto predominantemente por civiles.

    Aquel día, Cha el Chonri me habló de muchas cosas instructivas. Me dijo que otrora la nación coreana era totalmente capaz de rechazar la agresión de los imperialistas japoneses y progresar como digno pueblo de un país soberano, y lamentó que los corrompidos e impotentes gobernantes feudales la llevaran a la perdición. Refiriéndose al movimiento independentista, reiteró que se debían empuñar las armas y aniquilar cuantos más imperialistas japoneses fuera posible, en lugar de perder tiempo en meras palabrerías. Y me advirtió que, como esos enemigos eran muy astutos, se precisaba agudizar la vigilancia. Al respecto, me contó el siguiente episodio:

    –¿Oíste alguna vez cómo se arruinó la fábrica de fósforos de Kyongsong? Sus productos tenían gran fama con la marca “Mono”. Más que los mismos fósforos, esa marca fue la que atrajo la atención de la gente. Tenía la figura de un mono con una rama de melocotonero al hombro. Dicen que los japoneses construyeron en Corea una fábrica de cerillas de sesquisulfro, pero no les producía beneficios a causa de aquellos otros. Al cabo de devanarse los sesos, los compraron por decenas de miles y los llevaron a una isla inhabitada, donde mojaron y volvieron a secarlos. Luego los vendieron en el mercado. Como nadie lograba encenderlos, fueron dados por inservibles y desde entonces se compraron los hechos por los japoneses. La fábrica de fósforos de Kyongsong se declaró en quiebra y vendió su patente a la empresa nipona. Así son esos japoneses.

    No se podía comprobar la veracidad del cuento, aunque resultaba muy significativo para conocer al imperialismo japonés.

    Me explicó que en sus mejores años lograba hacer tres disparos con un mosquete en el mismo tiempo en que los japoneses disparaban cinco balas con un fusil de repetición de cinco tiros, pero como ya era viejo no podía pelear y se quedaba en casa, lo que le resultaba insoportable.

    Apreció como muy buena la danza y la canción “Cintas de unidad” que presentamos aquel día. Lamentó que, precisamente, a causa de la falta de unión, las tropas de voluntarios en el pasado no habían podido prosperar y, que, después, las unidades del Ejército independentista resultaran impotentes, siempre perseguidas por los japoneses.

    –Los coreanos, aunque sean sólo tres, deben luchar contra los japoneses con sus fuerzas unidas, –expuso en un tono violento.

    Tenía razón. Estas palabras podían salir sólo de la boca de quien había experimentado dolorosamente la verdad de que la unidad es la victoria y la división, la ruina.

    Estrechando mis manos, me exhortó a que si bien él no podía continuar la lucha independentista a causa de su edad, la llevaran a buen término los integrantes de la generación sucesora. En aquel momento, me di cuenta de la noble misión que tenía como hijo de Corea: realizar bien la revolución, para no traicionar la expectativa del pueblo.

    La conversación que tuve aquella noche con Cha el Chonri, me impresionó mucho. Su aseveración: los coreanos, aunque sean sólo tres, deben luchar contra los japoneses con sus fuerzas unidas, nos sirvió de valiosa lección en la lucha posterior.

    Al llegar a las masas con el grupo de difusión artística, no sólo las ilustrábamos, sino que también aprendíamos de éstas. El pueblo era nuestro maestro, tal como ahora.

    Por eso, insisto encarecidamente a los trabajadores directivos que se vinculen con el pueblo. No dejo de reiterarles que proceder así significa tomar tónico y hacer lo contrario, tragar veneno. Sólo compenetrándose con las masas pueden encontrar personas como el viejo Cha el Chonri. En el pueblo están la filosofía y la literatura, así como la economía política.

    Posteriormente, supimos que Cha el Chonri actuó como jefe de escolta en la junta Chamui hasta que fuera asesinado por su superior Sim Ryong Jun.

    Al recibir la triste noticia, volví a recordar, embargado de indignación y dolor, aquellas palabras suyas: “los coreanos, aunque sean sólo tres, deben luchar contra los japoneses con sus fuerzas unidas”. Si los dirigentes de la Chamui hubieran unido sus almas, tal como era la máxima de este viejo, no habría ocurrido una desgracia tan lamentable.

    En Tujidong celebramos las festividades del año nuevo lunar.

    Después, envié a Fusong a los integrantes del grupo de difusión artística y Kye Yong Chun, Pak Cha Sok y yo, nos dirigimos hacia Antu. En este distrito estaba la aldea Naedosan, donde sólo habitaban coreanos. Situada al pie del monte Paektu se le llamaba la más cercana al cielo, por estar enclavada en un remoto lugar, en medio de la selva. El nombre de Naedosan tiene en coreano el significado de monte parecido a una isla, en el centro de la selva. Por su parte, los chinos le dicen también Naitoushan por parecerse en su forma a un seno femenino.

    Desde hacía mucho tiempo, hasta allí venían los independentistas de Corea. Durante una etapa, permanecieron en ésta, Hong Pom Do, invencible y veterano comandante del Ejército independentista, y Choe Myong Rok.

    Al enviar a esta aldea a Ri Je U, miembro de la Unión para Derrotar al Imperialismo, con la misión de aglutinar en la organización a los jóvenes de esa zona, ya abrigábamos el plan de convertir, con posterioridad, las zonas colindantes al monte Paektu en una enorme base de la revolución.

    Ri Je U (alias Ri U) era oriundo de la provincia Hwanghae.

    Su padre, desde que vivía en Changbai, tomaba parte en el movimiento independentista, manteniendo contactos con el mío. Por esta razón, Ri Je U y yo llegamos a estrecharnos las manos.

    Después que nos habíamos separado en Huadian lo volví a ver en Fusong, cuando creamos la Unión de la Juventud Paeksan. En esa ocasión, hablé con él sobre la necesidad de establecer en la aldea Naedosan una filial. El me dijo, medio en broma y medio en serio, que yo fuera a ayudarle, sin limitarme a darle tarea tras tarea.

    De Fusong hasta Naedosan había una distancia de más de 120 kilómetros. Vista desde la parte china era la última aldea, pero yendo de Corea, aparecía como la primera, detrás del monte Paektu. Dentro de una circunferencia de 40 kilómetros de radio, en torno a la aldea Naedosan no había un ser humano.

    Llegamos cuando anochecía y, guiados por Ri Je U, fuimos a la casa de un hombre de apellido Choe, practicante de medicina Koryo, donde nos hospedamos. El anfitrión nos explicó que la habitación reservada para nosotros la habían utilizado dos veces Jang Chol Ho y también Ri Kwan Rin.

    Con un sentimiento solemne, pensé que en esa tierra, donde con anterioridad mi padre y sus camaradas iniciaron el trabajo de exploración, nosotros íbamos a hincar fuertemente el arado de la revolución.

    Unos días después, me di perfecta cuenta del porqué Ri Je U nos había invitado con tanta insistencia a venir a su aldea. Allí era casi imposible que se estabilizara gente procedente de otras partes. Habitaban principalmente personas con apellidos Choe, Kim y Jo, las cuales, levantando un “muro” se aislaron del mundo exterior.

    Los matrimonios se contraían entre sí, en forma triangular, es decir, la hija de Choe se casaba con el hijo de Kim y a la hija de éste se la llevaba de esposa el hijo de Jo, cuya hija, por su parte, se hacía nuera de la casa de Choe. Como en un estrecho valle, las familias se formaban de esa manera, todos los moradores estaban emparentados, razón por la cual al encontrarse solían decir “hermano”, “tío” o “pariente político”.

    Casi todos los moradores creían en el budismo Chon. Basándose en una leyenda, según la cual del cielo bajaron 99 hadas y se bañaron en el lago Chon, del monte Paektu, los fieles levantaron un templo con esa cantidad de cuartos, llamado Tongdokkung y, dos veces al año, le visitaban para rezar. Edificaron en la misma aldea, otro templo Chonbulsa, adonde iban a orar, más o menos una vez cada 10 días o cada semana.

    Al día siguiente de nuestra llegada, justamente debían hacerlo. Con la ayuda de Ri Je U, nos acercamos al templo y vimos algo verdaderamente extraordinario. Los fieles, con los cabellos recogidos y trajes multicolores, sin distinción de que fueran hombres o mujeres, como en la época de Koguryo, batían o golpeaban platillos, címbalos, tambores y trozos de madera, de los que salían con mucha solemnidad los sonidos Tong-dok-kung, tong-dok-kung . Dicen que por esa razón, le llamaron así al templo.

    Ri Je U nos explicó que el budismo Chon creaba un dolor de cabeza en Naedosan. Por su simple concepto de que la religión era opio, lo veía con malos ojos. Cuando se refirió a esto en Fusong, yo también tenía tal opinión. Sin embargo, luego de observar la sinceridad con que esos fieles realizaban su ceremonia y ver el imponente templo Tongdokkung, tuve que meditar profundamente, una vez más.

    Ri Je U y yo fuimos conducidos por Choe adonde estaba Jang Tu Bom, fundador de esa secta.

    Había pertenecido al Ejército independentista, pero desde que éste no podía hacer gran cosa, arrojó el fusil y se estableció en Naedosan. Se puso a rezar al espíritu celestial del monte Paektu, para que del cielo vinieran el castigo para los japoneses y la dicha para la nación coreana. Y a partir de esta creencia, fundó el budismo Chon.

    Mientras conversaba con el fundador, no podía apartar los ojos de las espigas de una variedad de millo que colgaban del techo, porque lo mismo observé también en la casa de Choe. Le pregunté a Ri Je U si se guardaban como semillas, a lo cual dijo en tono displicente que esos granos se utilizaban cuando se ofrecían mesas a buda.

    Los pobladores de esos lugares donde no había arrozales, para las mesas ceremoniales usaban ese millo en vez de arroz blanco, por lo que en todas las casas colgaban sus espigas de los pilares o techos. Aun cuando no tenían qué comer, no extendían en absoluto la mano hacia éstas. Sólo cuando iban al templo del monte Paektu para llevar ofrendas, las desgranaban con cuidado en el mortero, luego las ventilaban para separar las cáscaras y volvían a eliminar con una cuchara de madera granos partidos y mal descascarados, semillas de hierbas y otras impurezas. Después seleccionaban, grano a grano, sólo los del mismo tamaño y los guardaban en papel tradicional, hasta que los cocían con límpida agua de manantial.

    –A causa de este maldito budismo Chon, los habitantes de Naedosan se han vuelto locos. La advertencia de Marx de que la religión es opio, constituye el mejor de entre todos los axiomas. Me pregunto si efectivamente resulta necesario y posible transformar a esos creyentes con una nueva ideología.

    Fue la rabiosa expresión de Ri Je U, quien, además, confesó que a veces se sentía impulsado por el deseo de quemar el templo Tongdokkung, que trastornaba por completo a los habitantes de Naedosan.

    Lo critiqué por su estrecho punto de vista:

    –Por supuesto, no niego la tesis de Marx de que la religión es opio, aunque sería una equivocación creer que esto puede aplicarse en todos los casos. ¿Se podría atrever a poner, pues, la etiqueta de opio, al budismo Chon que reza porque Japón sea castigado por el cielo y la nación coreana reciba dicha? Considero patriótica esta religión y patriotas a sus creyentes. Lo único que podríamos hacer es unirlos en una sola fuerza.

    Ri Je U y yo intercambiamos, de modo sincero, nuestras opiniones. Llegamos a la conclusión de que, en vez de combatir al budismo Chon, se debía apoyar con energía el sentimiento antijaponés de sus fieles. Por eso permanecimos allí unos 10 días y trabajamos entre sus vecinos. Los budistas aprobaron, sin dificultad, mi opinión de que sólo con profesar la religión no se podía restaurar la Patria.

    En aquel invierno, los habitantes de Naedosan nos hospedaron con mucha atención y sinceridad. Su alimento principal consistía en patatas. Tenían un sabor exquisito las cocidas con frijoles. Kye Yong Chun dijo en broma que después de comérselas se ventoseaba tanto que casi rompía el piso del cuarto.

    De habernos quedado en Jilin, y no ir a Naedosan, y juzgado la situación de allá, limitándonos a recibir los partes de Ri Je U y a prestar oídos a rumores, no habríamos podido tener una opinión justa respecto al budismo Chon. Gracias a que fuimos y vimos el templo Tongdokkung, la expresión de sinceridad de los creyentes durante los rezos y las espigas de millo colgadas de los pilares de cada casa, llegamos a formarnos una opinión acertada de esta secta y sus fieles.

    Los rasgos populares y el modo de pensar a favor de los intereses de las masas, no se forman jamás delante de un escritorio, ni con simple palabrería. Se cultivan en el contacto directo con el pueblo, al percibir, con los propios ojos y oídos, no sólo la voz de las personas, sino su respiración, color de ojos, expresión facial, manera de hablar, ademanes y posturas corporales.

    Tras previa labor política encaminada a educar a los pobladores de esa aldea, organizamos la filial de la Unión de la Juventud Paeksan y el Cuerpo de niños exploradores.

    Después que regresé a Jilin, mi tío Hyong Gwon se encargó del trabajo de la Unión de la Juventud Paeksan, y junto con Ri Je U, creó sus filiales en Toksu, Tokkol, Jolgol, Yaksudong, Imsugol, Diyangxi y en otras aldeas de la zona Changbai, así como en Sinpha, Pochon, Hyesan, Kapsan, Samsu y varios lugares más del interior del país.

    La Unión le confió a Ri Je U el cargo de jefe de su filial en Changbai, responsabilidad que desempeñó de modo irreprochable. El tío Hyong Gwon y Ri Je U tuvieron que vencer muchas pruebas en su tarea de sembrar la conciencia revolucionaria en las zonas circundantes al monte Paektu. Pero, gracias a sus empeños, la población de esos lugares nos ofreció mucha ayuda durante la lucha revolucionaria.

    En las vacaciones se supone que se cese de modo temporal el estudio y se descanse, pero en las del invierno de aquel año, aprendí muchas cosas que no estaban en los libros.

    Terminadas, regresamos a Jilin y revisamos las actividades semestrales de la Juventud Comunista y de la Juventud Antimperialista y nos planteamos la tarea de ampliar el número de organizaciones masivas, por capas sociales, en que pudieran incorporarse jóvenes y otras personas de diferentes sectores y estratos. Para cumplirla, Kim Hyok, Cha Kwang Su, Choe Chang Gol, Kye Yong Chun, Kim Won U y otros elementos de núcleo, de la Juventud Comunista, partieron hacia los distritos Xingjing, Liuhe, Changchun, Yitong, Huaide, y al interior del país y las extendieron con rapidez.

    Me quedé en Jilin para ocuparme de la constitución de la unión de campesinos, en Xinantun. La aglutinación de los agricultores en una organización, resultaba una labor dirigida a prepararlos como fuerza motriz de la revolución. Sobre todo, en el caso de nuestro país, donde ellos representaban la mayoría absoluta de la población, su conquista venía a ser un problema de suma importancia, del que dependía el destino de la revolución.

    En la aldea Jiangdong establecí la unión de campesinos, la filial de la UJA y la Asociación de mujeres y, seguidamente, las filiales de la UJA en Kalun y Dahuanggou.

    Y también en Jiaohe constituimos una filial de la UJA.

    Mis contactos con los jóvenes de esa zona se entablaron después de mi encuentro con Kang Myong Gun, jefe de la sección de organización de la Asociación Juvenil Ryosin. Parece que Jang Chol Ho le habló mucho a ese hombre sobre mí. Jiaohe era para Jang Chol Ho como una estación intermedia. Cada vez que iba de Jilin a Fusong, o viceversa, pasaba por la casa de Kang Myong Gun, en Jiaohe, para transmitirle las nuevas noticias del movimiento de los jóvenes y los estudiantes en Jilin, y de regreso a esta ciudad, hablaba con lujo de detalles de lo que pasaba en Jiaohe. Así fue como Kang Myong Gun llegó a conocerme y nosotros comenzamos a interesarnos por el movimiento juvenil en Jiaohe. Precisamente entonces, vino a Jilin Kang Myong Gun para entrevistarse conmigo. Yo seguía mis estudios alojado en la casa de Jang Chol Ho, en Dongdatan.

    Aunque era unos 10 años mayor, me trató de “señor” y al explicarme en detalles las dificultades que enfrentaba en el trabajo reclamó ansiosamente mi auxilio, lo que despertó en mí un sentimiento de simpatía. Y no pude dejar de sentir admiración ante su pasión de revolucionario que, para entrevistarse conmigo, un estudiante secundario había recorrido 72 Km, de Jiaohe hasta Jilin.

    En esa época, en el distrito Jiaohe actuaban la Asociación Juvenil Ryosin y la de Jóvenes Lafa, la primera en el noroeste y la segunda en el sureste, teniendo por límite el monte Lafa. Los jóvenes coreanos de dichas zonas se hallaban incorporados, en su mayoría, en estas dos agrupaciones.

    Cuando se incorporaron, abrigaban altos objetivos, no obstante, con el tiempo, llegaron a desilusionarse ante los actos de los dirigentes del movimiento nacionalista, que sólo se ocupaban de riñas por la jerarquía y de recaudar fondos.

    Y por otra parte, les aturdían las palabras vacías de los seudomarxistas que hablaban con mucho ruido de “revolución proletaria” y “hegemonía”.

    Comprendí más que suficiente, el estado anímico de Kang Myong Gun, cuando me dijo que estaba desorientado, sin poder encontrar el camino que debía seguir.

    Le expuse la situación del movimiento de jóvenes y estudiantes en Jilin y en sus contornos y nuestras experiencias.

    Le recomendé que, de regreso a Jiaohe, hiciera los preparativos para establecer la filial de la UJA. Cuando se fue le di varios libros de marxismo-leninismo.

    Traté de enseñarle con toda sinceridad lo necesario, pero después que se marchó, no me dejaba tranquilo el problema de Jiaohe.

    Por fin, como estaba pensando en ir alguna vez allá, emprendí el viaje hasta esa tierra, pasando por Laoyiling. Si no me equivoco, eso fue en la primavera de 1928.

    Kang Myong Gun me acogió muy contento, pues, decía, pensaba visitarme de nuevo en Jilin. A renglón seguido, expresó que aquella vez le había parecido claro todo, sin nada que no pudiera resolver, mas cuando, de regreso, trató de empezar el trabajo, le salieron al paso múltiples dificultades.

    En Jiaohe, entre jóvenes de las áreas rurales surgieron divergencias de opiniones, en primer lugar, en cuanto a cómo constituir la nueva organización. Según la opinión de unos, sólo los que compartían un mismo objetivo debían salir de inmediato de la Asociación Juvenil Ryosin, porque ésta pertenecía a los nacionalistas y crear, sólo con ellos, la Unión de la Juventud Antimperialista; mientras otros proponían disolver sin miramientos aquella organización.

    No tenían un criterio correcto, ni acerca de quiénes serían aceptados en la nueva organización. Como consecuencia, ya estaban excluidos casi todos los jóvenes, por ser tratados a la ligera, con el argumento de que, como fulano era “elemento hostil” y mengano “elemento vacilante”, resultaba difícil admitirlos.

    Por la noche, me encontré con algunos de ellos en el cuarto de visita. Tumbados con los mokchim bajo las cabezas nos pusimos a hablar con franqueza. Les dije que para crear una organización, hacía falta ganarse a muchas personas, aunque fuera una más, y en este sentido era importante educarlas y persuadirlas, con paciencia, sin tratar de dividirlas en bandos. Me referí también a la necesidad de procurar que los jóvenes no cayeran bajo la influencia de los nacionalistas ni de los fraccionalistas, y de elevar el papel de los elementos progresistas dentro de la Asociación Juvenil Ryosin y la Asociación de Jóvenes Lafa, así como examiné junto con ellos, las tareas que tenían que cumplir.

    Después, seleccioné a cinco jóvenes de vanguardia que militaban en la Asociación Juvenil Ryosin y constituí la filial de la Unión de la Juventud Antimperialista, en Jiaohe.

    Con posterioridad, estuve a menudo en esa zona, para trabajar con sus miembros.

    Comencé a atraer hacia nuestra organización a los integrantes de la Federación General de la Juventud en Manchuria de Este. Por esa época, casi todos los jóvenes coreanos que estudiaban en Longjing, costeándoselo con su trabajo, pertenecían a ella. Además, estaban bajo la influencia del grupo Hwayo.

    Pero, imprevistamente, Kim Jun, quien estudiaba en la escuela secundaria Tonghung y era jefe de sección de organización de la Federación, vino a verme después de haber leído la revista y el folleto que editamos en Jilin.

    Por su conducto, pude comprender los pormenores de la situación del movimiento juvenil en Longjing.

    Después de esta visita, Kim Jun mantuvo contactos con nosotros y difundió nuestras ideas entre los jóvenes de las escuelas secundarias Taesong, Tonghung, Unjin y otros centros docentes de Longjing. Por medio de ellos, educamos en las ideas progresistas a los de las zonas de Jiandao y de la jurisdicción de seis pueblos, entre ellos, Hoeryong y Jongsong.

    Presté atención entonces al trabajo con los obreros. En Jilin no eran pocas las fábricas grandes y pequeñas, entre ellas una central termoeléctrica, un centro de mantenimiento ferroviario, una fábrica de fósforos, una textilería y un molino, pero no existía una organización específica que aglutinara a aquellos. Unicamente en la primavera de 1927, se instituyó la Asociación Hansong, con el fin de promover el empleo de los obreros coreanos y mejorar sus condiciones de vida.

    Escogimos a un joven que antes de radicarse en el campo había trabajado en la central termoeléctrica de Jilin. Luego de darle la formación necesaria, lo admitimos en la UJA y lo enviamos a colocarse, otra vez, en esa central. Desde que consiguió el empleo y comenzó a aglutinar a obreros progresistas se fue preparando nuestro punto de apoyo.

    Poniendo en acción a los miembros de la Asociación de Estudiantes Coreanos Cursantes en Jilin, creamos escuelas nocturnas para obreros, principalmente, en los embarcaderos del río Songhuajiang y, en días conmemorativos del Levantamiento Popular del Primero de Marzo, del Primero de Mayo y de la ruina del país, pronunciábamos discursos y ofrecíamos programas artísticos ante los obreros.

    Sobre la base de estos preparativos, en agosto de 1928, constituimos el Sindicato Obrero Antijaponés. Al frente pusimos a un miembro de vanguardia de la Unión de la Juventud Antimperialista.

    Hasta entonces habíamos actuado, principalmente, entre los estudiantes y jóvenes y dedicado a la tarea de acelerar su proceso de concientización y organización. Por primera vez extendíamos nuestra esfera de acción hasta los obreros, y los aglutinábamos.

    Por conducto del Sindicato formado principalmente por obreros coreanos, pusimos en movimiento la Asociación Hansong, entidad legal. Gradualmente, sus actividades fueron cobrando un nítido carácter político. Más tarde, reunió fondos de auxilio y los envió a la Federación Obrera de Wonsan, para ayudar a los obreros de esta ciudad en su huelga general. En el verano de 1930, cuando hubo inundaciones en Corea, formó, junto con otras instituciones de coreanos, sociedades de socorro e hizo colectas para damnificados; y tuvo un rol importante en la lucha contra la construcción de la vía férrea Jilin-Hoeryong.

    Acumulamos experiencias muy útiles en el curso de la transformación revolucionaria de organizaciones juveniles, en especial, de Jilin, Jiaohe y sus alrededores, que se encontraban bajo la influencia de los nacionalistas y los fraccionalistas.

    Puede decirse que la vida del revolucionario comienza cuando se vincula con las masas y termina cuando se separa de éstas.

    Si el período de la escuela Hwasong, cuando organicé la UDI, fue el inicio de mis actividades entre jóvenes y estudiantes, el de la escuela secundaria Yuwen, de Jilin, en que fundé y fui extendiendo la UJC y la UJA, lo considero como el de prosperidad de aquellas actividades, durante las cuales, profundizando nuestra compenetración con obreros, campesinos y otros sectores de las masas populares, sembramos por todas partes la semilla de la revolución.

    En esa época, se hablaba del “viento de Jilin”, refiriéndose a las misiones e influencia que ejercían los jóvenes comunistas de la nueva generación.

    

    

    

    5. Demostración de unidad

    

    

    La creación y ampliación de las organizaciones nos llevó a emprender la lucha práctica, cuyo preámbulo fue la huelga en la secundaria Yuwen, en el verano de 1928.

    Por entonces, en el plantel se resolvían, sin tropiezos, los diversos problemas que surgían en la gestión del comedor, las finanzas, la biblioteca, y en otras vertientes de la administración, según la voluntad democrática de los maestros y estudiantes progresistas. También mis actividades allí las desarrollé con relativa libertad, sin grandes trabas. Esto fue fruto del batallar de los alumnos en cooperación con el comité de asuntos docentes del centro.

    Sin embargo, este orden democrático no les agradó ni pizca a los educadores reaccionarios, manipulados por los militaristas. Por el contrario, trataron de destruirlo y solucionar, a su libre albedrío, dichas cuestiones.

    Entre los maestros designados por el departamento de educación, existían agentes de los militaristas, con un fino olfato. Los encargados de la docencia, la disciplina estudiantil, deportes y otros, eran sobornados por el aparato de inteligencia enemiga. A toda hora vigilaban las inclinaciones ideológicas de los alumnos y las actividades de las organizaciones revolucionarias por mediación de los estudiantes conservadores y jóvenes maleantes, hijos de terratenientes y burócratas que seguían al gobierno militarista.

    En el verano de 1928 llevamos a cabo, como a diario, en la escuela, masivos movimientos de protesta ante el segundo envío de tropas vandálicas del imperialismo japonés a Shandong y contra la hecatombe en Jinan.

    La expedición a Shandong fue un importante acontecimiento, considerado piedra angular de la diplomacia de Tanaka con China.

    Japón mandó sus huestes por primera vez a la región de Shandong en mayo de 1927, o sea, inmediatamente después del arribo de Tanaka Kiichi al poder. Por entonces, el ejército revolucionario nacional de Jiang Jieshi avanzaba hacia la península de Shandong para acosar a las fuerzas de Fengtian comandadas por Zhang Zuolin. El gobierno de Tanaka destinó a Quingdao 2 000 efectivos acantonados en Lu-shun a fin de salvar a este militarista, amaestrado por él mismo, del ataque de dicho ejército en marcha hacia el Norte, bajo el pretexto de proteger la vida y los bienes de los japoneses, y después, desde Japón, mandó un refuerzo de 2 000 hombres.

    Con el primer contingente fue detenido el avance hacia la parte septentrional, y Jiang Jieshi prometió asegurar la existencia y los bienes de los nipones radicados en la región de Shandong, por lo cual las tropas japonesas se retiraron en el otoño del mismo año.

    No obstante, en la primavera de 1928, cuando se reinició la expedición revolucionaria al Norte, el gobierno fascista de Tanaka decidió un segundo envío, en virtud de lo cual las huestes emplazadas en Tianjin y los 5 000 hombres de la división de Kumamoto en territorio japonés fueron movilizados para ocupar las zonas colindantes con el ferrocarril en la península de Shandong, y las ciudades de Quingdao y Jinan. Al mismo tiempo, el ejército revolucionario nacional de Jiang Jieshi entró en Jinan. Los dos ejércitos tuvieron un choque armado.

    Las tropas ocupantes eliminaron cruelmente a numerosos chinos de Jinan. También fue asesinado un diplomático del gobierno del Kuomintang.

    Las tres descaradas expediciones a Shandong hicieron que los sentimientos antijaponeses en los pueblos de Corea y China crecieran bruscamente. También en el interior de Japón se produjo un poderoso movimiento opositor y se elevó la voz de reproche a la diplomacia de Tanaka.

    El objetivo final de esas expediciones era separar de China las regiones de Manchuria y Huabei y convertirlas en sus colonias. Para alcanzarlo necesitaba un punto de apoyo y ese fue precisamente Zhang Zuolin. Los japoneses calcularon que si lo adiestraban y ayudaban con tacto, podrían ocupar con facilidad a Manchuria. La detonación en Jinan fue el anuncio del peligro de la bárbara masacre que posteriormente privaría de la vida a decenas de miles de personas en el territorio chino. Al ver que el imperialismo japonés asesinaba, sin titubeos, hasta a sus compatriotas para tener un pretexto para su expedición, la nación china presintió la catástrofe que le venía encima.

    Para animar a los estudiantes organizamos, sucesivamente, conferencias, concursos de oratoria y mítines de condena en los que denunciamos la política agresiva del imperialismo japonés y los actos traidores del Kuomintang.

    Los maestros reaccionarios los calificaron de propaganda comunista y los aprovecharon para justificar la represión. Asaltaron por sorpresa la biblioteca y confiscaron libros progresistas. Después, como si éstos fueran una importante prueba, presionaron al director Li Guanghan para que expulsara de la escuela a todos los coreanos. Alegaron que, si los dejaban como estaban, producirían continuamente escándalos y sería imposible seguir las clases, porque esos alumnos eran los principales elementos comunistas o “agentes de Japón” y hostiles a los maestros chinos. Los estudiantes derechistas, haciéndoles coro, infringieron a su capricho el orden democrático implantado, ultrajaron a los de ideas avanzadas y difamaron y calumniaron al director y otros educadores progresistas.

    El maestro Shang Yue fue el blanco número uno de sus ataques.

    Permitir que los profesores reaccionarios y los alumnos manipulados por ellos siguieran actuando, con impunidad, de modo tan insolente significaba no poder estudiar ni promover con tranquilidad el movimiento juvenil.

    Con miras a expulsar a los maestros reaccionarios y defender el orden democrático con las fuerzas organizadas, movilicé a los miembros de la Juventud Comunista y de la Antimperialista para una huelga.

    Planteamos las siguientes reivindicaciones:

    Primero, mejorar el trato a los estudiantes.

    Segundo, garantizar las clases de las asignaturas que éstos exigen.

    Tercero, dejar de coaccionar a los maestros progresistas y al director.

    Los profesores progresistas presionaron al gobierno provincial diciendo que si no satisfacía las demandas de los alumnos, movilizarían otras fuerzas sociales. En toda la ciudad aparecieron volantes y proclamas que exhortaban a expulsar a los maestros reaccionarios. Se colocaron también en sus casas y en la sede del gobierno provincial.

    Al llegar la huelga a su apogeo en la escuela secundaria Yuwen, otros planteles de la ciudad presionaron al gobierno provincial, dispuestos a unirse a la protesta. Ante tal giro de la situación, éste destituyó, de mala gana, al encargado de la disciplina estudiantil y a otros maestros reaccionarios y aceptó nuestras reivindicaciones.

    Fue nuestro primer éxito en la lucha masiva.

    En este proceso llegamos a convencernos de que si fijábamos con precisión el objetivo y organizábamos con tino a las masas, podríamos lograr la victoria.

    El primer triunfo nos proporcionó forja y experiencias.

    A raíz de este suceso, los estudiantes nos siguieron con mayor confianza.

    Después de hacer el balance de los éxitos de la huelga, nos dispusimos a encaminar el elevado entusiasmo del estudiantado hacia un bregar antijaponés más enérgico y de mayores dimensiones.

    Por aquel entonces, se hicieron más abiertas las maniobras del imperialismo nipón, que desde hacía mucho tiempo venía apresurando su preparación para la agresión a Manchuria.

    En mayo de 1928, Muraoka, comandante en jefe del ejército Kwantung, planeó mandar a la brigada mixta No. 40 a Fengtian (hoy Shenyang) y trasladar para allí su comandancia con el pretexto de hacerle frente al cambio de situación en el interior de China. Seguidamente, asesinaron a Zhang Zuolin –haciendo volar el tren en el cual regresaba de Beijing–, en un puente que se encontraba en el cruce del ferrocarril Nanman con el Beijing-Fengtian, a la entrada de esta última ciudad. Fue una acción preliminar intencional y planificada, para crear un motivo de agresión a Manchuria.

    Si el imperialismo japonés lograba ocuparla, era probable que surgieran enormes obstáculos para nuestras actividades, que tenían por escenario la región Noreste de China. Hasta ese instante no había podido hacer lo que deseaba con los comunistas e independentistas de Corea, porque formaba parte del territorio chino; pero cuando se apoderara de ésta, sería otra cosa.

    Con sus tres expediciones a Shandong los imperialistas japoneses mantuvieron a raya a Jiang Jieshi y lograron introducir sus tentáculos en lo profundo del suelo chino, al tiempo que se preparaban con esmero para la agresión a Manchuria. Como uno de sus eslabones, apresuraron la terminación del tendido del ferrocarril Jihui, obra que impulsaban desde hacía mucho tiempo. El Jihui comunicaba a Jilin, cabecera de una provincia de Manchuria, con Hoeryong, ciudad fronteriza septentrional de Corea.

    Japón lo ambicionaba, aunque fuese por la fuerza, desde la época de Meiji. Los imperialistas nipones le concedían enorme importancia estratégica.

    Tras la llamada “reunión del Oriente”, el gobierno de Tanaka, refiriéndose, en un informe al emperador, al significado de la construcción de este y otros sistemas ferroviarios como el de Manmong, señaló que constituían la llave de la política de Japón hacia el continente.

    Todo el mundo sabe que la primera medida estatal planteada en ese tristemente famoso memorándum, saturado por la vana pretensión de dominar el mundo, al igual que en “Mi lucha”, en que Hitler pregonó la misma intención por primera vez en Europa, era agredir Manchuria y Mongolia y establecer, como palanca primordial para asegurarlo, los cinco sistemas de ferrocarril en esos territorios, incluido el Jilin-Hoeryong.

    Tanaka en su informe señalaba que al concluir esas obras, se dispondría de una larga vía circular que enlazaría toda Manchuria con Corea, y de otra que rectamente comunicaría con el norte de ese territorio chino, y que entonces sería posible enviar a cualquier lugar los efectivos y materiales estratégicos necesarios y, además, reprimir el movimiento de liberación nacional coreana.

    Los perversos cerebros de Japón consideraron que si terminaban el ferrocarril Jilin-Hoeryong para así transportar tropas y cargas por las líneas Tsuruga-Chongjin-Hoeryong-Jilin, podrían acortar considerablemente la distancia y el tiempo de traslado de soldados y materiales.

    He aquí la razón por la cual el imperialismo japonés proclamara como medida estatal la construcción del ferrocarril Jilin-Hoeryong que concluyó tras 26 largos años de reveses y contratiempos.

    Numerosos habitantes y estudiantes de China consideraron un atentado contra su nación el arbitrario uso que hacían los imperialistas japoneses de la concesión del tendido de vías férreas en el territorio manchú, bajo el pretexto del injusto pacto que habían concertado con los corruptos e impotentes gobernadores en las postrimerías de Tsing, y oponiéndose a ultranza al convenio de construcción del ferrocarril con inversión de capital extranjero, se levantaron en masa para anularlo.

    Los militaristas reaccionarios, en lugar de prestar oídos a la justa exigencia del pueblo, maniobraron para emprender por la fuerza la ejecución de la línea Dunhua-Tumen, mientras trataban de ganarse la simpatía de la población realizando un solemne acto de inauguración de la Jilin-Dunhua, previsto para el primero de noviembre de 1928.

    Para impedir la obra del tendido del ferrocarril Jilin-Hoeryong fue necesario llevar a cabo una intrépida lucha práctica, que sería para los enemigos una declaración de que los pueblos de Corea y China no permitirían la ocupación de Manchuria, y para las amplias masas una señal de resistencia contra la agresión del imperialismo japonés a este territorio.

    Con vistas a organizarla convoqué a una reunión a los responsables de las organizaciones de la Juventud Comunista y de la Antimperialista a comienzos de octubre de 1928 en el sótano del templo Yaowangmiao, en el parque Beishan.

    Allí discutimos sobre las consignas que debíamos lanzar, los métodos que aplicaríamos, la orientación de las actividades, y distribuimos tareas concretas.

    Se sometieron también a un exhaustivo examen el contenido de las pancartas, cartas de condena y los volantes que utilizaríamos en las manifestaciones.

    A partir de la posición de que debía ser una batalla común de los pueblos coreano y chino, decidimos escribir en los respectivos idiomas todos esos materiales de propaganda. Acordamos, además, hacer así las arengas en las calles.

    Decidimos que en las manifestaciones se movilizaran muchas organizaciones legales, tales como la Sociedad de autonomía estudiantil, la Asociación de Estudiantes Coreanos Cursantes en Jilin y la de Niños, establecidas en todos los planteles de la ciudad y evitar descubrir, en lo posible, las ilegales, como la Juventud Comunista y la Antimperialista.

    Después de la reunión nos entregamos a los preparativos casi sin dormir.

    Trabajó mucho Han Yong Ae, destinada al grupo de propaganda. Había recibido nuestra influencia a través de las funciones artísticas y la exposición de lo leído cuando era integrante de la Asociación de Estudiantes Coreanos Cursantes en Jilin. Ahora, miembro de la Juventud Comunista, cursaba la escuela secundaria femenina de Jilin. Era sencilla y parca de palabra, por eso no se destacaba en tiempos normales.

    Sin embargo, no reparaba en tareas duras o humildes con tal que redundaran en favor de la revolución. En las funciones artísticas desempeñaba voluntariamente papeles difíciles que otros no querían y, cuando se necesitaban materiales para la reunión de lectura, imprimía con esfuerzo propio varios centenares de páginas de un libro y las distribuía a los compañeros.

    La muchacha apenas durmió las noches en que organizábamos las manifestaciones. Trasladó el hectógrafo a un depósito ajeno, y junto a unos miembros de la Asociación de Niños, imprimió decenas de miles de proclamas y volantes. En las calles arengó con entusiasmo, en coreano y en chino, a centenares de habitantes, lo cual le dio fama de oradora.

    Yo, en calidad de responsable de la Unión de la Juventud Comunista de Corea, ejercí influencia también sobre estudiantes y otros jóvenes chinos, lo cual se debió a que levanté en Jilin, desde temprano, la bandera del movimiento comunista. Cuando lo iniciamos, no se había creado aún el comité provincial del Partido Comunista de China en Manchuria y eran pocos los miembros de la Juventud Comunista en Jilin.

    A la vez que fungía en la Unión de la Juventud Comunista de Corea, realizaba actividades similares por la línea china. Como cumplía un papel directivo me seguían muchos jóvenes chinos. Tenían relaciones conmigo Cao Yafan, responsable de un grupo de la Juventud Comunista en la escuela normal de Jilin, y Chen Hanzhang, quien se encargaba del trabajo de la misma organización en la región de Dunhua.

    Acelerábamos los preparativos de las manifestaciones, cuando recibimos la información de que las autoridades del ferrocarril habían decidido efectuar el acto de inauguración de la línea Jilin-Dunhua el primero de noviembre de 1928.

    Anticipamos unos días la fecha fijada para hacerlo fracasar y a la vez encender la antorcha de la batalla contra el establecimiento del ferrocarril Jilin-Hoeryong.

    En la madrugada del 26 de octubre de 1928 el grupo de propaganda regó volantes y pegó proclamas en las calles. Al amanecer, los grupos de vigilancia, integrados cada uno por dos o tres miembros de la Asociación de Niños, ocuparon los puestos indicados. A la hora H, los alumnos de distintas escuelas celebraron mítines en sus respectivas canchas donde leyeron la carta de condena al establecimiento de la línea Jilin-Hoeryong, y luego salieron a las calles, que en un santiamén se llenaron de miles de estudiantes. Con las pancartas: “¡Fuera los imperialistas agresores japoneses!”, “¡Luchemos contra la construcción del ferrocarril Jilin-Hoeryong por el imperialismo nipón!”, escritas en coreano, y “¡Abajo el imperialismo japonés!”, “¡Fuera los vendepatrias!” y “¡Retirad la línea Jilin-Hoeryong!”, hechas en chino, atravesaron las vías para reunirse en el patio del parlamento provincial, que se encontraba cerca de la puerta Xinkai.

    Centenares de soldados y policías impedían el paso a la multitud.

    Enfrentados a ellos, los manifestantes gritaron las consignas, esperando mi orden.

    Debía ingeniármelas para hacer proseguir la marcha.

    A fin de proteger a los manifestantes, puse en acción los piquetes formados por obreros, estudiantes y campesinos de las cercanías de la ciudad.

    Con estos al frente y enlazadas hombro con hombro, las filas avanzaron, abriéndose paso entre un bosque de bayonetas, soldados y policías. Tuvo lugar un mitin en el patio del parlamento provincial. Exhorté a miles de jóvenes y estudiantes coreanos y chinos que acudieron a la plaza, a luchar unidos y de modo resuelto contra el establecimiento de la línea Jilin-Hoeryong.

    Terminado el mitin, y con el ánimo redoblado, los manifestantes se dirigieron hacia la avenida nueva, donde se encontraba el consulado de Japón. En otros tiempos, raramente se acercaban allí por el riguroso control de su guardia. Gritaron consignas frente al edificio. Luego prosiguieron la marcha por las calles Dama, Beijing, Chongqing, Shangyi y otras.

    Golpeada por las demostraciones en Jilin, la compañía del ferrocarril del imperialismo nipón prolongó, indefinidamente, el acto de inauguración de la línea Jilin-Dunhua. Los comerciantes japoneses abandonaron sus tiendas y se refugiaron en el consulado. Se destruyeron los cristales del hospital Dongyang, que gestionaba la compañía del ferrocarril Nanman.

    La lucha cobraba cada día mayor intensidad.

    Los estudiantes, divididos en varios grupos, improvisaron tribunas en unos diez puntos de la ciudad y pronunciaron discursos, desde la madrugada hasta muy entrada la noche, contra la construcción de la vía férrea Jilin-Hoeryong.

    La lucha antijaponesa iniciada en Jilin se extendió por todo el territorio de Manchuria. Los estudiantes y el resto de la población de Changchun, en solidaridad con nuestras manifestaciones, lucharon resueltamente con las consignas de derrotar al imperialismo y oponerse a las seis líneas férreas. Asaltaron también la casa del jefe del departamento de administración del ferrocarril Jilin-Changchun.

    Igualmente, en Haerbin y Tianjin se desató una batalla solidaria, a vida o muerte, sufriendo numerosas pérdidas.

    Se alzaron, además, los compatriotas coreanos en la región de Yanji. Los periódicos del interior del país publicaban, diariamente, noticias sobre nuestras acciones.

    Las manifestaciones cobraban cada vez mayor proporción. Iniciamos entonces una enérgica lucha por el boicot a las mercancías japonesas. Sacaron de las tiendas de los nipones productos con marca de ese país y les prendieron fuego en la calle. Algunos artículos fueron echados por montones en el río Songhuajiang.

    Así, la protesta contra la construcción del ferrocarril Jilin-Hoeryong, vinculándose a ese boicot, se convirtió en una lucha antijaponesa general, adquiriendo cada día mayores dimensiones. Sobresaltado por el giro de la situación, el imperialismo japonés azuzó a los militaristas reaccionarios a perpetrar la barbaridad de disparar, a diestro y siniestro, sobre la muchedumbre.

    Hasta aquel momento mantuvimos la posición de tener a raya a esos militaristas, pero, al ver que, poniéndose al lado del imperialismo japonés, se dieron a reprimirnos, no pudimos seguir con esa actitud. Bajo la consigna de “derrotar a los militaristas reaccionarios confabulados con el imperialismo japonés”, pasamos a demostraciones de mayor envergadura, ligadas con el sepelio de las víctimas. Se nos unieron numerosos habitantes, con los cuales la cifra de manifestantes subió al máximo nivel.

    La lucha duró más de 40 días.

    Para remediar la situación, el imperialismo japonés llamó con premura a Zhang Zuoxiang, quien se encontraba de viaje en Fengtian, mas la artimaña conciliatoria de la administración militar de Jilin no pudo enfriar el ímpetu de las masas, llegado a su clímax.

    El batallar contra el establecimiento de la línea Jilin-Hoeryong asestó enormes golpes al imperialismo nipón. Este se alarmó sobremanera ante el hecho de que los pueblos coreano y chino se levantaron unidos contra su ocupación de Manchuria.

    Dejó, asimismo, un fuerte impacto en los nacionalistas y en quienes pensaban en huir, atemorizados ante la agresión imperialista.

     Los nacionalistas no estimaban a los estudiantes como era debido. Empero, al presenciar que alumnos de diez a veinte y pico de años cumplieron tareas tan abarcadoras que ellos ni siquiera pudieron concebir, comenzaron a mirarnos con otros ojos. Reconocieron que en el escenario de la lucha por la liberación nacional habían aparecido fuerzas de la nueva generación, completamente distintas. Ya no podían subestimarnos.

    A través de las referidas manifestaciones reafirmamos nuestra convicción de que las masas poseen fuerzas inagotables, y de que si se organizan con tino, exhiben un temible poderío que con ninguna arma se puede vencer.

    Fue más sólida aún mi confianza en su potencial. También se pulieron más en ese proceso nuestros métodos de dirección sobre ellas. En el crisol de la lucha práctica me forjé, al paso que crecía la organización.

    

    

    

    6. Gran conferencia de An Chang Ho

    

    

    En febrero de 1927, la sociedad de compatriotas coreanos en Jilin hervía por una calurosa acogida sin precedentes. Había llegado a esta ciudad, a través de Beijing, el señor An Chang Ho, veterano del movimiento independentista, con un cargo importante en el Gobierno Provisional en Shanghai.

    Los coreanos residentes en Jilin le dieron un recibimiento tan solemne como a un jefe de Estado. Nosotros también lo acogimos cordialmente, coreando su “Canción del emigrado”, que compuso al abandonar la Patria para radicarse en el extranjero.

    Su letra comienza con este verso: “Me voy, dejándote atrás me marcho”, y termina “no te entristezcas por la despedida, mi querida península”. Después de la “anexión de Corea a Japón” se hizo muy popular entre los estudiantes coreanos. En un tiempo, la llamaron “Canción de los emigrantes”, porque éstos la interpretaban mucho.

    Como la preferían, los compatriotas respetaban y adoraban a su compositor. Por sus cualidades y capacidad, mucha gente decía que era digno de ser presidente, lo que no fue una expresión exagerada. Hasta los dirigentes de las unidades del Ejército independentista que trataban sin consideración el Gobierno Provisional, lo respetaban como “veterano del movimiento de independencia”.

    Es conocido que, en una época, Ito Hirobumi, tomando en cuenta la influencia de An Chang Ho, y con el intento de tenerlo en las manos, propuso establecer el gabinete de Tosan (seudónimo de An Chang Ho), bajo la condición de su apoyo a la política de Japón.

    Hoy, Kangso, en la provincia Phyong-an del Sur, es bien conocido como cuna del movimiento Chollima, del sistema de trabajo Taean y del espíritu y el método Chongsanri. Y en el período de la dominación japonesa, tenía fama por haber nacido allí partidarios del movimiento de independencia, entre ellos An Chang Ho. Los oriundos de la región occidental de Corea se enorgullecían considerándolo su coterráneo.

    An Chang Ho insistía en que nuestro país había sido ocupado por los imperialistas japoneses, a causa de la baja calificación de la nación, por lo que formó organizaciones del movimiento de independencia, tales como la Asociación Kongrip, la Sinmin, la Asociación de jóvenes estudiantes, la Asamblea nacional de coreanos y el Grupo Hungsa; estableció instituciones de enseñanza y cultura, entre las cuales se hallaban la escuela Jomjin, la Taesong y la editorial Thaeguk, y publicó el periódico “Tokrip Sinmun”, con lo cual contribuyó en elevada medida al despertar de la conciencia de los compatriotas.

    Entre los veteranos del movimiento de independencia figuraba un renombrado educador, llamado Namgang Ri Sung Hun. Cuando se hablaba de él, enseguida la gente se acordaba de la escuela Osan, que estableció y costeó.

    Por sus méritos en la enseñanza de la joven generación, Ri Sung Hun recibió audiencia del emperador Ryung Hui20. Fue el único entre los pobladores comunes de la zona occidental, que obtuvo ese augusto privilegio en el transcurso de 400 años, lo que hace suponer su reputación.

    A pesar de su alto prestigio y popularidad, en un tiempo, se dedicó exclusivamente al tráfico de vasijas de latón, con la ambición de reunir dinero, y se hizo muy rico, con bienes inmuebles por más de 500 mil wones.

    Durante un viaje a Pyongyang, escuchó con gran emoción el discurso en que An Chang Ho aseveraba que la promoción de la capacidad, por medio de la educación, constituía el fundamento de la independencia y de la salvación nacional, y de regreso, se cortó el moño, e inició un movimiento educacional en su tierra natal. La elocuencia de An Chang Ho, llena de fervor patriótico, impuso un cambio en la concepción de la vida del gran comerciante.

    Es un ejemplo que testimonia la influencia y persuasión de An Chang Ho, como apóstol del movimiento nacional.

    Los periódicos de Corea, “Tong-a Ilbo” y “Joson Ilbo”, entre otros, informaron con grandes titulares sobre su llegada a Jilin.

    Estudiantes coreanos fueron al hotel Sanfeng donde se alojaba y le pidieron una conferencia para los que cursaban estudios en Jilin. También los partidarios del movimiento de independencia lo visitaron uno tras otro, en su habitación, para invitarlo como conferencista.

    An Chang Ho aceptó con mucho gusto las peticiones.

    A través de diversos conductos, los independentistas dieron a conocer la fecha y el lugar de la disertación y pegaron grandes anuncios en varias calles de la ciudad: Shangfu, Chalu, Tongtian, Henan, Beida, Niumaxiang, y otras.

    Excitados por la noticia, los compatriotas residentes en Jilin, incluso al intercambiar saludos, se decían: “¿Es verdad que ha llegado el señor An Chang Ho?”

    En la víspera de la conferencia, conversé con O Tong Jin sobre An Chang Ho.

    Al cabo de 17 años de separación, O Tong Jin se había encontrado en tierra foránea con él, bienhechor desde el tiempo de la escuela Taesong. Su emoción, pues, fue patética e inusual. Recordó qué le había preguntado An Chang Ho, en el test de ingreso en la escuela Taesong, para la carrera pedagógica, y cómo le había apreciado después. Con respeto mencionó su gran empeño para sembrar el espíritu de soberanía en la mente de la joven generación, canturreando hasta la Canción de la juventud estudiantil, compuesta por aquél. Especialmente, habló mucho de su elocuencia, citando vivos ejemplos.

    A su talento para hablar se refirió también mi padre más de una vez. Desde cuando vivíamos en Mangyongdae, yo sabía, por su boca, que An Chang Ho había comenzado el movimiento de independencia con discursos elocuentes, y su fama era inconcebible al margen de su don de palabra.

    ¿Será verdad, pensé, que al escucharlo incluso las mujeres de casas comunes, conmovidas por su fuerza de expresión y por su proyecto de la aldea ideal, donan sus anillos e imperdibles? Si eso es cierto, ¿cuál será el secreto de sus palabras, que conmueven a los oyentes? ¡Cuán bueno resultaría que un gran hombre como An Chang Ho permaneciera en Jilin, en vez de en América o Shanghai!

    –Después de la independencia del país, si me dan el derecho de elegir al presidente, nombraré primero al señor An Chang Ho, –me dijo O Tong Jin aquella noche, lo que avivó más mi expectativa e interés por su próxima conferencia.

    An Chang Ho pronunció su discurso aprovechando el acto de recordación del destacado independentista Ra Sok Ju21, que se celebró en el taller Taedong, fuera de la puerta Chaoyang. Los delegados de las tres juntas llegados para rendir ese homenaje, independentistas, figuras influyentes y estudiantes de la ciudad, llenaron, casi en su totalidad, el local. Por falta de asientos, gran parte de los oyentes permanecieron de pie, pegados a la pared.

    La charla se tituló “El futuro del movimiento nacional de Corea”. Como rumoraban, tenía el don de hablar. Su grandilocuencia suscitó, desde el principio, la admiración del público. Cuando se refirió al camino que debía seguir la nación coreana, valiéndose de sus profundos conocimientos de la historia antigua y moderna del Oriente y el Occidente, estallaron en el salón estruendosos aplausos. Pero, su contenido era confuso.

    An Chang Ho pormenorizó su “doctrina del perfeccionamiento de la cualidad nacional” y la de la aldea ideal. Aquella se componía de dos contenidos: “renovación de la personalidad individual” y “movimiento de implantación de la economía nacional”.

    Esa “renovación” consistía en que cada uno debía elevar su personalidad, en aras de una vida honesta, un trabajo sincero y armonía, puesto que nuestra nación, un país atrasado, había sido colonizada por los japoneses a causa de la carencia de personalidad y preparación.

    Su planteamiento se asemejaba, parcialmente, al modo de pensar de Tolstoi, expresado en la “doctrina del autoperfeccionamiento” y el criterio de Gandhi, de que el hombre no puede obtener la libertad sin transformarse y forjarse a sí mismo.

    En aquella época, síntomas de la gran crisis económica mundial aparecían en varios terrenos de la vida, causando inquietud y terror. Y el imperialismo, fascistizado en extremo, levantaba la cabeza, reprimiendo cruelmente la independencia de los hombres con ayuda de las armas y el cadalso.

    Los intelectuales pequeñoburgueses temblaban de miedo ante la fuerza imperialista acorazada. Bajo este ambiente de la época encontraron un refugio espiritual, que resultó ser el principio de no resistencia. Este fue el último asilo para las personas carentes de determinación revolucionaria y atemorizadas ante la ofensiva imperialista. Quienes no tienen fuerza, ni voluntad de hacer frente a la contrarrevolución, clamaron en última instancia por la no resistencia.

    En nuestro país ese principio tuvo su expresión en el reformismo. Después del Levantamiento Popular del Primero de Marzo, algunos dirigentes del movimiento nacional abandonaron la posición revolucionaria de poner fin a la dominación colonial del imperialismo japonés con una resistencia dinámica, y se dedicaron a promover la capacidad nacional, con vistas al mejoramiento de las cualidades mentales y de la vida económica del pueblo, considerando el desarrollo de la enseñanza y la industria doméstica como supremos estandartes del movimiento nacional.

    Los intelectuales modernos, que integraban el principal sector de dirección de éste, procuraron salvar la nación de la bancarrota económica, mediante el uso exclusivo de productos aborígenes y el fortalecimiento de la industria nacional. Con el lema “¡Incrementar nuestra vida con recursos nacionales!”, desarrollaron a lo largo y ancho del país un movimiento para el fomento de la producción, a fin de allanar el camino de la autosuficiencia económica.

    Su dirigente, Jo Man Sik, vistió con trajes nacionales de algodón durante toda la vida, como símbolo del uso exclusivo de productos coreanos. Usaba también tarjeta personal de papel tradicional de Corea y zapatos de producción nacional.

    La “doctrina de la transformación nacional” de Ri Kwang Su, desempeñó un enorme rol al difundir el reformismo nacional. Si uno lee su disertación, puede conocer, sin dificultad, la esencia y la peligrosidad de esa tendencia.

    Lo que me disgustó mucho al leerla, fue que Ri Kwang Su consideró a Corea como nación inferior. Yo pensaba que nuestro país estaba atrasado, pero nunca, que nuestra nación fuera inferior.

    Es un pueblo culto e inteligente que construyó el primer barco acorazado en el mundo, inventó caracteres de metal antes que ningún país, e hizo gran aporte al desarrollo de la cultura del Oriente. Nuestros antecesores ejercieron influencia considerable sobre la promoción de la cultura de Japón.

    Tempranamente, nuestro pueblo manifestó en Asia su firme voluntad de autodefensa al rechazar, a cada paso, las agresiones extranjeras, y su sublime moral suscitó la admiración del orbe.

    Por supuesto, había defectos en sus hábitos y costumbres. Pero no fueron esenciales, sino parciales y secundarios. Es impermisible caracterizar a una nación por sus defectos secundarios.

    En su “doctrina de la transformación nacional”, Ri Kwang Su escribió como si los coreanos hubiesen sufrido la ruina, por su “inferioridad nacional”. Pero, la causa no fue otra que la corrupción y la falta de capacidad de los gobernantes feudales.

    Su lamento de la “inferioridad” de la nación coreana tenía conexión con el argumento de los imperialistas japoneses. Estos, a boca llena, la calumniaban, calificándola de “inferior”. Insistieron en que, a causa de esa “inferioridad”, era indispensable la “protección”, la “dirección” y el “control” de Japón.

    La citada doctrina de Ri Kwang Su equivalía a una declaración abierta de capitulación ideológica, ante los ocupantes japoneses. A precio de ese documento, él podía escribir cuentos de amor, sin restricción alguna, ante la misma sede del gobierno general, a pesar de que, anteriormente, había participado en el movimiento de independencia.

    Al comienzo, como escritor, disfrutó del cariño de los lectores por sus obras progresistas acordes al gusto de las masas. Escribió tantas novelas de nueva modalidad, que podría llamarse iniciador de la novela moderna en nuestro país.

    Pero, en virtud de su “doctrina de transformación nacional”, comenzó a enfriarse el amor de las masas por él. Los elementos reformistas que se vislumbraban en su literatura, mostraron su verdadera faz en susodicha tesis.

    Los intelectuales contemporáneos, que condujeron el movimiento nacional en dirección al reformismo, pretendieron establecer una universidad patrocinada por coreanos, con el dinero recaudado mediante la campaña de recompensación de la deuda estatal. Pero, el gobierno general no lo autorizó, al considerarla fuente de formación de personal para la independencia.

    El movimiento no violento para el fomento de la producción se enfrentó a la oposición del imperialismo japonés. El gobierno general nunca estuvo dispuesto a tolerar que los coreanos usaran sólo los productos nacionales, en vez de las mercancías que les imponía Japón. Desde los primeros días, lo obstaculizó con perversidad al considerarlo campaña antijaponesa con el objetivo de boicotear los productos nipones.

    El movimiento reformista que se desarrolló bajo el manto de fomento de la capacidad, hacía alarde de amor al país y a la nación, en su ideal, pero, a la luz de sus métodos, fue de resistencia conservadora y pasiva, que tenía por premisa la no violencia. Su pretensión de incrementar la fuerza económica de la nación, dentro del límite autorizado por el gobierno general, para oponerse a la agresión económica del imperialismo japonés, resultó, de hecho, un sueño absurdo. Muy claro estaba para todos que Japón no permitiría un avance de la industria en Corea capaz de enterrarlo. Entonces, ¿cómo se debía explicar el pensamiento de allanar el camino del renacimiento nacional, mediante la promoción de la industria y el uso preferente de los productos domésticos?

    Los independentistas depravados por el reformismo no pudieron ver correctamente o se hicieron de la vista gorda ante las cualidades del imperialismo. El viraje de la resistencia armada hacia el movimiento cultural pacifista, significaba un retroceso en los métodos de lucha. Se trataba de un movimiento que tenía como premisa la coexistencia pacífica o la reconciliación con los colonialistas, que, al final, redundaría en alteración. En efecto, posteriormente, no pocos reformistas se apartaron de las filas del movimiento nacional o se convirtieron en esbirros del imperialismo japonés.

    La doctrina del fomento de la capacidad (o de preparación), profesada por An Chang Ho, otra forma de la teoría de autorreforzamiento, fue punto de apoyo ideológico de los reformistas nacionales.

    An Chang Ho consideraba a nuestra nación como inferior en el mundo, en el aspecto de la preparación intelectual, e insistió que debía ser civilizada, por lo menos, como EE.UU. e Inglaterra, para construir un Estado soberano e independiente.

    A juzgar por el ambiente de la sala de conferencia, parecía que la mayoría de los oyentes simpatizaba con su argumento. Se veían, incluso, quienes lloraban de emoción. Por supuesto, cada palabra del disertador estaba llena de espíritu patriótico.

    No obstante, me desilusioné al descubrir en su discurso elementos peligrosos que podían castrar el celo combativo de las masas populares. En resumen, sus planteamientos me trajeron dudas.

    Estuve de acuerdo con su insistencia en la necesidad de elevar la preparación y personalidad de cada individuo y, sobre esta base, la capacidad de la nación. Pero no podía aprobar su calificativo de inferior en el mundo para nuestra nación en cuanto a su capacidad intelectual, y su metodología reformista para el incremento de las virtudes de la misma. Este debía ser, en todo caso, un proceso para impulsar la lucha por la independencia, y, de ninguna manera, sustituir la revolución en su conjunto.

    Pese a todo, An Chang Ho quiso reemplazar la lucha por la soberanía, con la capacitación nacional. La lucha por la independencia no podía llevarse a cabo espontáneamente con la elevación de la capacidad. No se refirió para nada al método de organizar y movilizar las fuerzas de la nación para el triunfo definitivo. Especialmente, en cuanto a la lucha violenta, forma principal de combate por la liberación nacional, no dijo ni una palabra.

    Fue problemático, además, el planteamiento de promover en Manchuria el desarrollo de la industria, como base de la independencia. ¿Quién querrá dar créditos para la construcción de centrales eléctricas a una nación privada de estatalidad? Aun cuando algunas potencias ofrecieran préstamos, ¿sería posible levantar centrales eléctricas y desarrollar el cultivo del arroz en tierra foránea, cuando todo el territorio nacional se encontraba bajo las garras del imperialismo japonés? ¿Se le permitiría a los coreanos?

    En medio de la conferencia, incapaz de contenerme, le dirigí por escrito las siguientes preguntas:

    –Usted acabó de decir que es preciso promover la industria y la enseñanza para el fomento de la capacidad de la nación coreana. ¿Será posible eso, bajo la ocupación de los imperialistas japoneses?

    –¿Cuáles son las manifestaciones de inferioridad intelectual de nuestra nación, de las que habla usted?

    –¿Para qué debemos imitar el ejemplo de EE.UU. e Inglaterra, que usted mencionaba como potencias? Y, ¿podremos obtener la independencia con su “ayuda”?

    La nota llegó a An Chang Ho, a través de estudiantes de las filas delanteras y del presidente. Aunque la hice llegar con osadía, movido por la repulsión, mis pensamientos eran confusos cuando percibí la mirada inquietante con que observaba el presidente a los estudiantes. Me preocupó que el conferencista mostrara disgusto por mis preguntas, y que en consecuencia se desilusionaran centenares de oyentes, incluso los independentistas que lo idolatraban. Si la charla terminase sin el resultado esperado, también O Tong Jin, quien realizó sinceros esfuerzos para lograrlo, podía sentirse dolido por mi conducta.

    Desde luego que yo no esperaba tal resultado. Al dirigirle las preguntas, abrigaba la expectativa de que revisara su tesis, aunque fuese un poco, y dejara de difundir ideas perjudiciales y contrarias a la dignidad y al espíritu de soberanía de la nación. Además, tenía el anhelo de que ese gran veterano del movimiento de independencia señalara nuevas guías o estrategias, que aún no había mencionado.

    Pero, el resultado fue más desastroso de lo que yo preveía.

    Tras leer la nota un buen rato, An Chang Ho preguntó algo al presidente. Según supe después por boca de Son Jong Do, indagaba por Kim Song Ju, firmante de la esquela.

    El discurso de An Chang Ho, quien con aire soberbio manejaba el ánimo del público según su gusto, de repente perdió viveza. Concluyó con premura sus palabras, muy elocuentes y fluidas hasta hacía un rato, y se retiró de la tribuna.

    Parecía haber aceptado muy en serio las preguntas. Yo quería sólo darle un estímulo positivo con la nota, pero él abandonó el discurso a medio sin hacer refutación alguna.

    Los oyentes salieron murmurando acerca del brusco desaliento del señor An Chang Ho.

    En ese momento ocurrió un acontecimiento sorpresivo. Por orden de la administración militar de Jilin, centenares de gendarmes y policías irrumpieron en el local de la conferencia y arrestaron a más de 300 personas. An Chang Ho, Hyon Muk Kwan, Kim Ri Dae, Ri Kwan Rin y otros muchos independentistas fueron encerrados, a la vez, en la estación de policía.

    Esta detención masiva fue tramada por Kunitomo, del departamento de policía del gobierno general de Corea. Apareció en Fengtian, simultáneamente con la llegada de An Chang Ho a Jilin y rogó a Yang Yuting, jefe de la gendarmería de China, que detuviera a centenares de comunistas coreanos reunidos en esta ciudad.

    Por orden de éste, esos policías y gendarmes, manipulados por Kunitomo, ejecutaron una gran operación de arresto en el taller Dadong, al tiempo que hacían pesquisas domiciliarias a los coreanos.

    Aunque no fue útil el discurso de An Chang Ho, su detención y la de muchos compatriotas suscitó una indignación incontenible. Aun peor, la interrupción del coloquio por mis preguntas, y el sucesivo arresto del orador, me afligieron mucho, como si esa reacción en cadena hubiera sido producida por mis interrogantes.

    Coaligadas con Japón, a través del “acuerdo Mitsuya”, las autoridades militaristas de Zhang Zuolin, que gobernaban la región Noreste de China, reprimieron con crueldad a comunistas e independentistas antijaponeses de Corea. El infame tratado estaba destinado a eliminar la fuente de lucha de liberación nacional de Corea, en la región de Manchuria.

    Según lo acordado en el citado documento, los que detuvieran a patriotas coreanos serían premiados. Algunos funcionarios reaccionarios de China hicieron incluso delaciones falsas, a fin de recibir premios.

    El arresto colectivo en el taller Dadong fue un ejemplo de la represión reaccionaria perpetrada por la banda militarista de Zhang Zuolin, instigada por el imperialismo japonés.

    Convocamos sin demora una reunión de la Unión para Derrotar al Imperialismo y discutimos detenidamente las medidas destinadas a liberar a esas personas. Seguidamente, consultamos el asunto con los independentistas, que, desalentados, permanecían con los brazos cruzados.

    Argumentamos que si todos, unidos, ejercíamos presión sobre la administración militar de Jilin, se podría lograr la liberación de los detenidos, incluido el señor An Chang Ho. Y subrayamos repetidamente la necesidad de movilizar la fuerza de las masas. Pero, los independentistas nos replicaron: “Vosotros, sin otra cosa que las manos vacías, no podréis vencer a aquellos feroces verdugos. El dinero y el soborno serán más eficientes que los reclamos de las masas”. De nuevo se ponía de manifiesto su hábito de desconfiar de la fuerza popular.

    Los persuadí, con paciencia, que con la pujanza de las masas unidas, se podían cumplir tareas irrealizables con dinero. Después, en la iglesia de Jilin, auspiciada por Son Jong Do, organicé un mitin con independentistas, figuras coreanas influyentes, jóvenes y niños escolares de la ciudad. Les recordé que, en colaboración con los japoneses, la administración militar de Jilin había detenido en masa a patriotas y a otros inocentes compatriotas, y advertí que podrían entregarlos a la policía japonesa, a cambio de algún dinero. Exhorté a que todos los coreanos, amantes de la nación y del país, se levantaran al unísono, en una campaña masiva para salvar a los patriotas coterráneos, antes de que caeran en manos de los japoneses y fueran castigados severamente, lo cual sucedería a todas luces.

    Al ver cómo desarrollábamos el movimiento por la libertad de An Chang Ho, no pocos se encogieron de hombros, haciéndose los desentendidos.

    Los hubo, incluso, entre los estudiantes influidos por nosotros, para no mencionar a nacionalistas y partidarios del movimiento comunista. Inquirían por qué aquellos que le hicieron preguntas por escrito a An Chang Ho contra su teoría, se empeñaban tanto por salvarlo.

    Les expliqué: “Nosotros consideramos errado el pensamiento de An Chang Ho, pero no nos oponemos a su persona. Es también coreano y patriota que lucha por la independencia del país, y no hay por qué dejarlo en manos del enemigo.” Yo consideraba suprema obligación el que todos los compatriotas, privados del país, debían unirse para salir de los apuros en que se hallaban.

    Había refutado la conferencia de An Chang Ho con la esperanza de que abandonara esa posición servilista a las grandes naciones, de nihilismo nacional y reformista, y se entregara con abnegación a la sagrada lucha por la liberación de la Patria. Nuestra batalla ideológica con los nacionalistas no tenía por objetivo eliminarlos, sino despertar su conciencia y aglutinar un mayor número de personas bajo la bandera antijaponesa.

    Después de la concentración de masas en favor de la liberación de An Chang Ho, aparecieron en paredes y postes eléctricos de la ciudad, hojas volantes y proclamas en que se leía: “La policía de China ha encarcelado y persigue, sin fundamento, a compatriotas coreanos”, “Que la administración china no se deje engañar por la intriga del imperialismo japonés”, “Pongan en libertad sin demora a los coreanos encarcelados”.

    Enviamos artículos a varios periódicos de China, para promover la opinión pública. Jóvenes y niños, y otros sectores populares de la ciudad de Jilin protestaron diariamente, delante de la sede de la administración militar, y efectuaron en ocasiones manifestaciones exigiendo la liberación de los detenidos. Hicimos todos los esfuerzos para que los militaristas reaccionarios de China no pudieran transferir a los coreanos arrestados al imperialismo japonés.

    Al cabo de 20 días, la administración militar, forzada por la presión de las masas, puso en libertad a todos los arrestados. La liberación de An Chang Ho, como resultado de una lucha tenaz, me alegró mucho. Fuimos a verlo a la residencia de los independentistas. Esperaba que comprendiera, aunque fuese un poco, el deseo que encerraban mis preguntas.

    Empero se había marchado de Jilin tan pronto como salió de la cárcel. Pese a que no se sabía correctamente su estado psicológico cuando volvió a Shanghai, estoy convencido de que llevaba nuevos ánimos y decisión. Lo testimonia su vida posterior hasta el último momento, durante la cual venció todas las pruebas, sin deshonrar su nombre como patriota.

    Después de Jilin, no lo vi más.

    Más de 10 años después, cuando luchábamos con las armas en las manos en los alrededores del monte Paektu, cayó en manos de los enemigos nipones y murió a consecuencia de una enfermedad que le causó la vida carcelaria.

    La triste noticia me dejó apenado por su fallecimiento temprano, acaecido antes del advenimiento del día de la independencia, para el cual dedicó toda la vida, entregándose a labores de ilustración y a la unidad de la nación. Pero, mi extraña conexión con An Chang Ho no se había cortado definitivamente. Su hermana menor, An Sin Ho, trabajó con nosotros, como vicepresidenta del Comité Central de la Unión de Mujeres Democráticas de Corea, en la Patria liberada.

    De retorno al país rescatado, me informé, por conducto de patriotas que actuaron en el interior, que ella vivía en la región de Nampho.

    El camarada Kim Kyong Sok actuaba allí como enviado. Le di la tarea de buscarla. Algunos días después, supe que la había encontrado. Le pregunté por teléfono por la tendencia de An Sin Ho, y me respondió que parecía ser fiel creyente, pues siempre llevaba una Biblia bajo el brazo.

    Le dije que siendo hermana menor del renombrado mártir patriota, tendría amor a la nación aunque fuese religiosa, y que la guiara por el camino correcto, ejerciendo influencia partidista.

    El camarada Kim Kyong Sok aceptó mi propuesta. No obstante, en su tono noté indiferencia. En aquellos tiempos, se miraba con sospecha a todos los religiosos, y perduraba el fenómeno negativo de mantenerlos a distancia, a pesar de nuestras repetidas advertencias.

    Varios meses después, el camarada Kim Kyong Sok me informó que An Sin Ho había ingresado en el Partido y se abnegaba por la construcción de la nueva Corea, llevando su carné de militante intercalado en la Biblia.

    Al recibir la alegre noticia, pensé que el alma patriótica de An Chang Ho no estaba enterrada por completo.

    An Sin Ho trabajó con sinceridad en aras de la Patria y del pueblo. Me hizo recordar con profunda emoción la vida de An Chang Ho, llena de vicisitudes y sus esfuerzos consagrados a la nación.

    Kim Ku, quien dedicó toda la vida al anticomunismo, se encontró con An Sin Ho en el Norte, durante la Conferencia Conjunta del Norte y el Sur, lo que le produjo gran sorpresa. Al parecer, nunca había imaginado que los comunistas promovieran a la hermana menor de una figura importante del Gobierno Provisional en Shanghai, al cargo de vicepresidenta del Comité Central de la Unión de Mujeres. En su juventud, An Sin Ho había sido novia y prometida de Kim Ku.

    Nuestra confianza en ella implicaba precisamente la que depositamos en An Chang Ho. A la vez, fue expresión de nuestra reverencia y gratitud hacia todos los antecesores del movimiento de independencia, ligados a nosotros por los lazos del espíritu patriótico, dentro del marco de la nación, por encima de ideales y creencias religiosas.

    

    

    

    7. Fusión de las tres juntas

    

    

    Se puede afirmar que la década de 1920 fue, en general, de aceleración de la integración de las fuerzas patrióticas antijaponesas en un frente único. Precursores y patriotas, que se preocupaban con sinceridad por el futuro de la nación, estaban convencidos de que la base de la independencia estribaba en la unidad y la cohesión de las fuerzas antiniponas, e invirtieron muchos esfuerzos para lograrlas.

    A mediados de la década, las diversas organizaciones del movimiento obrero, que proliferaron con prontitud con la divulgación de la nueva corriente ideológica, bajo la influencia de la Revolución Socialista de Octubre de Rusia y del Levantamiento Popular del Primero de Marzo, se integraron en la Federación General de Obreros y Campesinos de Corea. En el terreno de los nacionalistas se efectuó un trabajo encaminado a unir a las fuerzas patrióticas antijaponesas.

    En 1927, cuando fue tomando cuerpo la necesidad de formar un partido único nacional, se fundó la Asociación Singan, como organismo del frente común del campo comunista y el nacionalista, y comenzó a aglutinar, en su seno, a decenas de miles de personas.

    La campaña para unir a los patriotas antijaponeses fue enérgica también en la región de Manchuria convertida en una base política del movimiento independentista. Pequeñas y medianas organizaciones adeptas a éste, que aparecieron, como brotes de bambú después de la lluvia, en la región de Manchuria a continuación de la “anexión de Corea a Japón”, pasaron un período de incesante separación y unión, hasta que, por el 1925, quedaron divididas, en lo fundamental, en tres juntas: Jong-ui, Sinmin y Chamui, las cuales actuaron de forma independiente, sin relaciones de cooperación, en regiones deslindadas, como si fueran diminutos Estados de la Edad Media, y ante las repetidas ofensivas de los imperialistas japoneses, corrían el peligro de ser derrotadas por separado. Las unidades del Ejército independentista en la región de Manchuria sufrieron duros golpes por las continuas y gigantescas operaciones de matanza de las tropas japonesas, tales como las de Hunchun, Xingjing y Gumaling, así como por el “convenio Mitsuya”.

    Después de haber sufrido considerables derrotas en las batallas de Fengwugou y Qingshanli, las huestes japonesas siguieron aumentando sus efectivos para mantener a raya al Ejército independentista y realizaron perversas operaciones sicológicas de matanza, bajo el lema de dar muerte a diez coreanos por cada japonés caído, obligando a dicho ejército, que atravesaba una etapa de crecimiento, a actuar de forma pasiva.

    En medio de este ambiente los dirigentes de las juntas, en acalorada disputa por la hegemonía, se vieron obligados a buscar la fusión de las organizaciones independentistas, como una medida para aliviar la difícil situación del referido ejército.

    Desde los primeros días de la creación de las tres juntas, los precursores del movimiento independentista, percatados de la inminente necesidad de unirlas, hicieron incansables esfuerzos para lograrlo.

    Las tres gastaban inútilmente sus fuerzas físicas y espirituales en una emulación para ampliar sus regiones jurisdiccionales, así que se encontraban en un estado de mutua antipatía y hostilidad. A veces, sus riñas por la hegemonía produjeron dolorosos choques y derramamientos de sangre.

    En el verano de 1925 presencié que los dirigentes de las tres juntas, convocados a una reunión de altos vuelos, celebrada en Fusong bajo la presidencia de mi padre, discutían de modo exhaustivo la vía para alcanzar esa unidad. El debate duró diez días, cambiando la sede a tres lugares: Fusong, Wanlihe y Yangdicun. Como resultado, se creó una sociedad para promoción de la unión de las organizaciones nacionales.

    Sus integrantes aceleraron los preparativos para formar un partido único nacional, por una parte, y por la otra, manteniendo constantes contactos con los dirigentes de todos los grupos, se reunieron en distintos sitios para discutir el problema de la autonomía de los coreanos residentes en Manchuria y la unidad del frente revolucionario.

    En este período se suscitó el “incidente Wangba”, lo que parecía un cuento.

    Kim Tong Sam, Choe Tong O, Hyon Muk Kwan, Sim Ryong Jun, Rim Pyong Mu, Kim Ton, Ri Yon, Song Sang Ha y otros dirigentes de las tres juntas, celebraban un contacto para su fusión en Xinantun, a unos 12 kilómetros al suroeste del ferrocarril Jilin-Changchun. Era una de las contadas bases del movimiento político en Manchuria, como Jilin, Xingjing y Huadian.

    La policía del consulado japonés, enterada de la referida reunión secreta, envió a cinco agentes vestidos de civil.

    Estos se acercaron al poblado Dongshangshuigou, cerca de Xinantun, donde, haciendo como que se ocupaban de la caza de galápagos, recogían datos sobre la cita. Mas, fueron descubiertos y ajusticiados por jóvenes aldeanos. Los ataron con una soga y echaron al río Songhuajiang.

    La policía del consulado japonés en Jilin informó de este incidente al departamento de policía de China y exigió una investigación conjunta en el lugar del hecho y en Xinantun, con la acusación de que los coreanos habían asesinado a ciudadanos japoneses. De esto conocieron los delegados a dicha reunión, por conducto de O In Hwa, quien servía de intérprete en el departamento de policía. Los participantes declararon un receso y abandonaron Xinantun.

    La población bautizó este incidente con el nombre “Wangba”, que significa galápago en chino vulgar.

    La reunión para la fusión de las tres juntas tropezó con muchas dificultades y reveses. El primer contratiempo fue la obstinada persecución y las maniobras subversivas del imperialismo japonés, que temían esa unión, pero, más difícil fue el enfrentamiento entre las fracciones, dentro de esas organizaciones. La junta Jong-ui estaba dividida en Choksong y Hyobui: la Sinmin, en los grupos Kunjong y Minjong, y la Chamui, en partidarios de la Choksong y la Hyobui. La interminable riña entre éstas hizo que Kim Tong Sam, Ri Chong Chon, Ri Jong Gon y otros integrantes de la Choksong se separasen de la Jong-ui, y el grupo Kunjong, encabezado por Kim Jwa Jin y Hwang Hak Su, rompiese con la Sinmin.

    Las sesiones tuvieron lugar en Jilin más que en otros lugares.

    En la calle Shangyi estaba el molino Fuxingtai, que administraba un coreano. Los independentistas de la ciudad utilizaban su oficina como dormitorio y despacho. Hasta los que venían de Manchuria del Sur, del Norte y del Este, se hospedaban allí con frecuencia, por eso el lugar no estaba tranquilo ni un día.

    Precisamente allí se efectuó durante años la reunión para la fusión de las tres juntas.

    Como el edificio se encontraba a la vera del camino, por donde yo iba y venía de la escuela secundaria Yuwen, tuve muchas ocasiones de hablar con los delegados.

    Nacionalista simpatizante con el comunismo, el dueño del molino era un pequeño industrial que se sustentaba de lo ganado con el servicio de descascarillamiento.

    Un día estuve allí. Unos ancianos me presentaron a Kim Jwa Jin, Kim Tong Sam, Sim Ryong Jun y a otros delegados como hijo del señor Kim Hyong Jik. Y añadieron como en broma:

    –Este tiene ideas diferentes a las nuestras.

    –No hablen así, por favor, –refuté sonriendo–. Ustedes quieren lograr la independencia de Corea y yo la deseo también. ¿Cómo pueden ser diferentes nuestras ideas?

    –Pues nos parece que ustedes se ocupan del movimiento socialista, –intervino uno de ellos.

    Fue una buena oportunidad para explicarles sobre el comunismo. Así que manifesté:

    –El movimiento comunista es una tendencia mundial y los jóvenes aspiran a ello. ¿Por qué no lo deben desear los jóvenes coreanos, mientras otros lo hacen? Si seguimos aferrados a lo viejo, sin ver lo nuevo, ¿qué será del futuro de Corea? Ustedes son otra cosa, pero nosotros pertenecemos a la nueva generación; es lamentable que ignoren nuestro deseo.

    –No haremos caso de lo que hagas. ¿Acaso vas a derrotarnos?,–contestaron.

    Les pregunté con comedimiento qué les hacía pensar que fuéramos a derrotarlos.

    Pláticas similares tuvieron lugar en otras ocasiones. Pese a que pasaba por allí de vez en cuando, no pude oir la noticia de que ya estaban fusionadas las tres juntas. Los dirigentes del Ejército independentista le daban largas de modo tan indefinido, que terminaron por irritarme.

    Los contactos con esos dirigentes me dejaron conocer el interior de sus vidas, muy aburridas y anacrónicas.

    Antes recordé que cerca de Chaoyangmen, fuera de la ciudadela de Jilin, existía una fonda con el rótulo Sanfengzhan. En cada receso de la reunión los dirigentes del Ejército independentista iban allí para discutir su estratagema encaminada a tener a raya a otras fracciones.

    Cerca de la posada estaba la iglesia de Son Jong Do, que utilizábamos como centro de educación de masas. Por eso, los sábados por la tarde o los domingos tenía la oportunidad de ver cómo vivía la capa superior de dicha hueste, que se reunía en la Sanfengzhan.

    En el cuarto destinado para ellos se veía siempre un tablero de ajedrez grasiento, que el dueño había fabricado expresamente para que los independentistas mataran el tiempo.

    En esa habitación discutían todo el día o jugaban al ajedrez. Se oía de vez en cuando “¡jaque al rey!”. El dueño de la posada gastaba mucho en el agasajo a los caudillos del Ejército independentista. Les cocinaba el mejor arroz que salía del molino Taifenghe y no dejaba de servir carne, cuajada de soya y pescado. Cuando pasaban en blanco las noches jugando al ajedrez, les servía kuksu de alforfón a medianoche.

    Según decía su hija, todo era gratis. Cada noche debía suministrarles cigarros y bebidas, por eso no tenía tiempo suficiente para dormir. Una vez protestó a su mamá:

    –Oye, si este agasajo sigue tres meses, nos convertirá en unos mendigos.

    La madre la reprendió:

    –¿Qué debemos escatimar a quienes luchan para rescatar el país? Después de hacer los preparativos partirán al combate. Cierra la boca.

    Sin embargo, esos jefes, lejos de salir a combatir, escondieron las armas y pasaban el tiempo sin hacer nada. Así y todo, cuando veían que me acercaba, abrían libretas y fingían estar ocupados en algo. Procedían con doblez, porque no querían que los jóvenes los consideraran holgazanes.

    Hubo días en que, golpeando la mesa con los puños o mokchim, soltaban improperios unos contra otros. El problema principal residía en qué fracción iba a tomar la hegemonía, después de unidas las tres juntas. Cada cual se pronunciaba por su grupo, diciendo que si tenía más años de acción y más proezas, que si administraba regiones más amplias y mayor número de habitantes, etc., etc., y denigraba a los demás. De noche, bebían y cogían borracheras hasta el amanecer. Se levantaban al mediodía.

    Un domingo trabamos allí una polémica con el ministro de finanzas del Gobierno Provisional en Shanghai, quien vino a Jilin junto con unos colegas y participaba durante meses en la referida reunión. Como le gustaba entretenerse con los jóvenes y pronunciaba con frecuencia palabras que olían a progresistas, nosotros le hablábamos sin ambages todo lo que pensábamos, llamándole “señor”.

    Aquel día, sentados en corrillo, intercambiamos opiniones sobre varios temas, y luego hicimos una crítica al Gobierno Provisional en Shanghai:

    –Ustedes riñen por ocupar altos cargos aun desterrados, sin tener en cuenta al país, así a la nación, sin importarles cómo viven los compatriotas. ¿Se atreven así a hablar de patriotismo? Ejercer aquí un cargo de jerarquía se reduce a recaudar contribuciones para fondos militares, entre las familias en el campo, e imponerles disímiles órdenes. ¿Para qué hace falta esa disputa por el poder?

    Ese ministro de finanzas estaba muy nervioso por no encontrar respuestas a nuestras justas palabras y al fin, montando en cólera, profirió:

    –¿Os oponéis a mí? Pues bien, sois inteligentes y yo, tonto. A ver, quién tiene más vergüenza, vosotros o yo.

    Dicho esto se levantó y comenzó a desnudarse precipitadamente. Su intención era correr desnudo por las calles para causar vergüenza a los coreanos. Quería desquitarse de su afrenta ofendiendo a la nación.

    Conocí muchas personas, pero veía por primera vez a tal tipo. Por su cargo era ministro del Gobierno Provisional, mas, por su conducta, sólo un impertinente, un bribón. No era lógico esperar a ver si salía desnudo del molino. Entonces, quedaríamos avergonzados nosotros y todos los demás coreanos, para no hablar de él mismo. Nos costó mucho tranquilizarlo y vestirlo.

    En el camino de regreso, decidimos no volver a hablar con personas de esa ralea. ¿Qué pudo hacer por el movimiento independentista quien, por haber sido criticado, trataba de salir desnudo a la calle? Sería otra cosa si fuera un niño que andaba por ahí con el ombligo al descubierto, pero el hecho es que se trataba de un hombre de edad. ¿Cómo podía ser un político?

    El desprestigió en sumo grado al Gobierno Provisional en Shanghai. En la región de Manchuria existían muchas personas que lo veían con malos ojos, porque estaba metido en la riña sectaria, se aferraba a la diplomacia mendigante, despilfarraba los fondos militares y comía del pan del ocio. Por no serle suficiente con lo recaudado bajo el concepto del impuesto por cabeza y la contribución obligatoria para la salvación del país, emitió empréstitos públicos, e incluso, les vendió cargos a quienes tenían dinero. Para hacerlo, visitaba a éstos y les entregaba cartas de nombramiento a cambio de dinero y objetos, según los grados de jerarquía: a fulano el de prefecto provincial; a mengano el de gobernador de un distrito, a zutano, el de alcalde de un cantón, y otros.

    El imperialismo japonés infiltró a sus agentes entre los nacionalistas para apresar con facilidad a los independentistas antijaponeses, mientras ellos continuaban con su lucha sectaria, sin lograr la unidad. La más dolorosa pérdida fue la detención de O Tong Jin. La policía del imperialismo japonés lo arrestó en la estación de Xinglongshan, cerca de Changchun, adonde lo indujo mediante su agente Kim Jong Won, con la mentira de que Choe Chang Hak, dueño de una de las más grandes minas de oro en Corea, se encontraba en esta ciudad, por eso, si realizaba un negocio con él obtendría una colosal suma para el movimiento independentista.

    La noticia me dio tanta furia e indignación, que perdí el apetito durante varios días.

    Para colmo de males, poco después, O Kyong Chon, hijo del detenido, murió en un incendio en el cine de Jilin. Abriéndome paso entre las llamas lo saqué, pero, desgraciadamente, no recobró la vida. La aflicción por el arresto del marido y la muerte del hijo, hizo perder el juicio a la esposa y madre. La consolé y atendí, empero, resultó en vano: murió para nuestra desgracia.

    Mientras O Tong Jin luchaba en el tribunal, decidido a sacrificar su vida, sus colegas, reunidos bajo el pretexto de fusionar las tres juntas, pasaban los días bebiendo y disputándose la hegemonía, situación que me disgustó sobremanera.

    Muy satisfechos con la detención de O Tong Jin, los policías del imperialismo japonés andaban con los ojos encendidos para arrestar mayor número de independentistas antijaponeses.

    No obstante, eso no ponía alerta a los dirigentes de las tres juntas, quienes seguían con sus palabrerías.

    Un día, vi que dentro del cercado del molino hacían ejercicios de carrera con los pantalones llenos de arena, no se sabía qué viento les soplaba. La escena me causó insoportable angustia. Pensaba cómo, en aquel tiempo en que el imperialismo japonés lanzaría una agresión a Manchuria de un momento a otro y el destino de la patria se tornaba cada vez más incierto, podían proceder así quienes se preciaban de luchar por la independencia de Corea.

    No pude contenerme. Les exhorté encarecidamente:

    –Creíamos que el arresto del comandante O Tong Jin les despertaría la conciencia. Los japoneses detienen y castigan, uno tras otro, a renombrados activistas antijaponeses, por todos los métodos y los medios que están a su alcance, pero ustedes siguen metidos en esta reunión. ¿Es justo proceder así? Nosotros, los jóvenes estudiantes, deseamos que fundan cuanto antes las tres juntas, para mancomunar las fuerzas de todos los independentistas de Manchuria del Sur, del Norte y del Este y lograr la unidad de todos los coreanos.

    Sin embargo, continuaron con sus disputas y palabrerías.

    No puedo expresar con palabras la congoja y angustia que sufrí entonces. Me daba mucha pena que los nacionalistas, que poseían ciertas fuerzas armadas, actuaran de esa manera, mientras los involucrados en el movimiento comunista estaban enfrascados en trifulcas sectarias.

    Tras reflexionar mucho, preparamos un drama que satirizaba la arrebatiña de los nacionalistas por el poder, con el fin de tocarles en lo más vivo. Se trataba de “Tres en pugna por el trono”, que se pone en escena aún hoy.

    Al terminar los preparativos, fui a invitar a los dirigentes de las juntas.

    –Para ustedes, que estarán cansados con esta reunión, –dije–, preparamos una obra de teatro; por favor, vayan a verla, para tomar un descanso. –Todos se alegraron y fueron a la iglesia de Son Jong Do.

    Presentamos canciones, bailes y otros números, y al final, el drama.

    Al ver los primeros pasajes, esos viejos se mostraron muy contentos diciendo que les gustaba, aunque no tardaron en percatarse de que su contenido de disputa por el trono los satirizaba, y entonces exclamaron enrojecidos:

    –Malcriados, ¿se atreven a ultrajarnos? Song Ju está irremediablemente perdido.

    Al día siguiente, temprano por la mañana, los visité como si tal cosa:

    –¿Por qué salieron ustedes anoche en medio de la representación? El teatro satisface al espectador en sus últimas escenas, ¿no es así?

    Ellos, coléricos hasta más no poder, me armaron un escándalo, preguntando por qué les habíamos agraviado.

    Les expliqué con sinceridad:

    –Señores, ¿por qué están tan enojados? Compusimos esa obra porque nos sentimos muy hastiados con su prolongada rencilla. Expresa la voluntad de los jóvenes. Ustedes deben saber a qué aspiran éstos y qué desean las masas, ¿no?

    La lógica de mis palabras les llegó a lo hondo, pues dijeron que debían crear algo siquiera sólo para no sentirse avergonzados ante nosotros.

    Posteriormente, las tres se fundieron en la junta Kukmin, aunque fuera en forma. Resultó una fusión a medias, porque se constituyó sólo por la alianza de una parte de la junta Jong-ui, el grupo Minjong de la Sinmin y la fracción de Sim Ryong Jun, de la Chamui.

    Los separatistas de la junta Jong-ui, los partidarios de la Choksong, de la junta Chamui, y la fracción Kunjong, de la Sinmin, organizaron, por separado, una entidad denominada parlamento radical provisional, paralela a la junta Kukmin.

    Aun bajo la égida de ésta, los jefes de las fracciones abrigaban otros planes, dándose la espalda unos a otros.

    De esta manera, las fuerzas conservadoras del campo nacionalista opuestas a la nueva corriente ideológica sucumbieron en esas riñas sectarias. No tenían la inconmovible decisión de restaurar la Patria con las propias fuerzas de la nación coreana, por eso pasaban el tiempo en peleas sectarias y vanas palabrerías, en lugar de luchar contra el imperialismo japonés.

    La historia presentaba como una tarea impostergable el relevo de generaciones en la batalla por la liberación nacional. Pensábamos que nosotros, los jóvenes comunistas, éramos los encargados de ese cambio.

    

    

    

    8. El camino que encontró

    Cha Kwang Su

    

    

    En momentos en que evoco la época de Jilin, pasan ante mis ojos muchas imágenes inolvidables. Y siempre, al frente de éstas, veo a Cha Kwang Su.

    Lo ví por primera vez un día de primavera de 1927. Me lo presentó Choe Chang Gol, quien, después de cerrarse la escuela Hwasong, servía en una unidad independentista, en Sanyuanpu, en el distrito Liuhe, una de las principales bases de la junta Jong-ui.

    Un día, de improviso, un enlace me trajo una misiva de Choe Chang Gol. En ella me sugería que me entrevistara con una persona llamada Cha Kwang Su que pronto vendría a Jilin, y prometía que él también nos visitaría.

    Algunos días después, dicté una conferencia en el club de la juventud cristiana. En el momento en que salía del local, tras terminar, ante mí apareció bruscamente un joven con espejuelos y el cuello un poco ladeado, y sin ningún rodeo ni explicación, me preguntó si conocía a Choe Chang Gol. A mi respuesta afirmativa me tendió su mano. Era Cha Kwang Su.

    Aquella vez, trató de hablar lo menos posible. Así nuestra conversación transcurrió respondiendo yo, durante largas horas, a sus preguntas.

    Desapareció simplemente, sin decir a dónde iba, me dejó la impresión de que era una persona taciturna y ríspida.

    Tiempo después, Choe Chang Gol vino a Jilin tal como había prometido. En esta ciudad radicaba la dirección de la Jong-ui y el cuerpo de escolta central que la protegía estaba emplazado fuera de la puerta Xinkai. Su compañía tenía que transmitir algo a ese cuerpo, y él aprovechó la ocasión para venir.

    Le conté de mi conversación con Cha Kwang Su y del primer efecto que me causó, y le dije que me parecía que todavía no confiaba en nosotros.

    Choe Chang Gol me manifestó que al principio él había tenido esa misma impresión, pero que con el tiempo comprobó que era una persona muy sincera.

    En una oportunidad, a un jefe de compañía de la unidad independentista a la que pertenecía Choe Chang Gol, llegó una información de que en la escuela Liushuhezi había un maestro llamado Cha Kwang Su que propagaba el comunismo.

    El oficial ordenó su inmediata detención.

    Choe Chang Gol, preocupado de que esa persona fuera maltratada por los militares independentistas que hostigaban ciegamente a los comunistas, envió a los que estaban bajo su influencia, con la advertencia severa de que no le tocaran.

    Al llegar la hora de comer entraron en la casa donde Cha Kwang Su era inquilino. La cena era muy pobre. Cuando uno metía en el tazón con agua una cucharada de mijo cocido, surgían a la superficie gorgojos muertos y cáscaras de granos.

    Los soldados, habituados a ser bien agasajados, se enfadaron porque, afirmaron, lo que se les sirvió no era para comer, sino un trato indigno a militares independentistas.

    Cha Kwang Su salió en defensa del dueño de la casa.

    –Los de esta morada no han probado cereales desde hace varios días. Viven sólo de legumbres y yerbas comestibles. Para atenderlos con sinceridad, prepararon este plato con los granos que expresamente pidieron prestados a la casa de un terrateniente. Si se va a hablar de culpa, quien la tiene es el que dio los granos malos; los anfitriones que les prepararon servicialmente la cena son inocentes.

    La explicación de Cha Kwang Su calmó a los soldados. No podían hacer ninguna objeción ante un argumento tan convincente y razonable.

    Si al principio se encolerizaron por el infundado parecer de que se menospreciaba al Ejército independentista, finalmente, atraídos por la personalidad de Cha Kwang Su, se fueron sin arrestarlo e informaron a su jefe de compañía que no era comunista, sino un gran patriota.

    Choe Chang Gol me aseguró que según su propia experiencia, Cha Kwang Su merecía plenamente ser aceptado como amigo. Choe Chang Gol era sincero y fiel hasta el fin con la persona que calificara como buena. Por eso creí en lo que me decía.

    Más o menos una semana después de que Choe Chang Gol se fue, Cha Kwang Su volvió a aparecer inesperadamente. Afirmó que por un tiempo había estado expuesto al viento de Jilin y, tal como se dice: “En plena noche aparece una pared”, me preguntó de sopetón qué haría con el problema de la alianza con los nacionalistas.

    Con la traición de Jiang Jieshi al Partido Comunista de China, en el movimiento comunista se llevaban a cabo violentas discusiones en torno a ese tema. El criterio al respecto se consideraba piedra de toque de la división entre comunistas y oportunistas. Por esa razón, a mi parecer, en cuanto nos encontramos, Cha Kwang Su había preguntado mi opinión acerca de esta unión. Efectivamente, a causa de la traición de Jiang Jieshi, surgió una situación compleja en la revolución china, que hasta entonces marcaba avances deslumbrantes. El pacto de los dos partidos, el comunista y el Kuomintang, sirvió de poderoso impulso al proceso revolucionario.

    A partir de la segunda mitad de la década de los 20, la revolución china emprendió, en forma de guerra revolucionaria, la lucha para derrocar el dominio reaccionario a escala nacional. Con consignas como “¡Abajo el imperialismo!”, “¡Abajo los militarotes!” y “¡A acabar con las fuerzas feudales!”, en el verano de l926 el Ejército revolucionario nacional inició la expedición al Norte. Ocupó Hunan, Hubei, Jiangxi, Fujian y otras provincias y liberó una tras otra importantes ciudades de la cuenca del río Yangtzi, ejerciendo una fuerte presión sobre la pandilla de militarotes reaccionarios de Zhang Zuolin que, azuzada por el imperialismo japonés, controlaba las zonas de Huabei.

    Los obreros de Shanghai tomaron la ciudad, al alzarse tres veces en heroicas rebeliones, y los habitantes de Wuhan y Jiujiang, alentados por la victoriosa expedición revolucionaria contra el Norte, les quitaron el territorio colonizado a los imperialistas ingleses. Con huelgas generales, los obreros ayudaron el avance del ejército expedicionario, y los campesinos, en unión con aquellos, tomaron parte, masivamente, en esta guerra, exponiéndose al peligro de la muerte.

    En ese preciso momento, Jiang Jieshi rompió la alianza Kuomintang-Partido Comunista y entró en el camino de la traición a la revolución. Para acaparar su dirección empezó a eliminar con métodos conspirativos a los comunistas de la jefatura del Kuomintang y del gobierno, y efectuó intensas gestiones, entre bastidores, para obtener el apoyo de potencias imperialistas.

    Cha Kwang Su lo lamentó mucho diciendo que si Jiang Jieshi no hubiera perpetrado esos actos traidores, la revolución china habría avanzado lejos y, por consiguiente, el problema de la alianza con los nacionalistas no habría cobrado un matiz tan agudo.

    Como iba consolidándose la base revolucionaria de Guangdong y se planteaba en el orden del día la revolución contra el Norte, Jiang Jieshi implantó de inmediato una dictadura militar y pasó al terrorismo fascista contra el Partido Comunista. El incidente del buque “Zhongshan”, tramado por él en marzo de 1926, le dio pie para expulsar a Zhou Enlai y a todos los otros comunistas de la Academia Militar de Huangpu y del primer cuerpo de ejércitos del Ejército revolucionario nacional. En marzo de 1927, disolvió por la fuerza de las armas los comités urbanos del Kuomintang en Nanchang y Jiujiang, que apoyaban las tres políticas de Sun Zhongshan; y el 31 de marzo del mismo año, en Chongqing asaltó un mitin masivo y asesinó a muchos ciudadanos.

    El 12 de abril de 1927 perpetró en Shanghai una bestial matanza contra una multitud revolucionaria. Esta ola de exterminio sangriento se extendió hacia otras localidades.

    Los sucesos constituyeron un punto que marcaba la declinación temporal de la revolución china.

    En el movimiento comunista internacional hubo quienes, alegando la necesidad de sacar lecciones de esta situación de la revolución china, presentaron hasta opiniones extremistas acerca de que los comunistas no deberían aliarse con los nacionalistas.

    Al parecer esta circunstancia irritaba a Cha Kwang Su.

    Que los comunistas coreanos debían unirse con los nacionalistas en aras de la restauración de la Patria, fue una posición que planteamos desde que creamos la UDI.

    Aquel día le expliqué: ciertos nacionalistas degenerados de Corea capitulan ante el imperialismo japonés y abogan por la “autonomía” y el reformismo nacional; pero otros y los intelectuales honestos, tanto en el país como en el extranjero, están luchando con inflexible voluntad por la independencia de Corea. Los nacionalistas coreanos, víctimas de la salvaje dominación colonialista de este imperialismo, poseen fuerte espíritu antijaponés y, por consiguiente, es preciso ir de mano con ellos y con los honestos conciudadanos capitalistas.

    Esta opinión se fundamentaba en nuestra original interpretación del nacionalismo. Al igual que ahora, en aquella época lo considerábamos una de las primeras corrientes ideológicas patrióticas que aparecieron en el escenario de la lucha de liberación nacional.

    Originalmente, el nacionalismo fue una ideología progresista en defensa de los intereses de la nación.

    Podría decirse que precisamente bajo la antorcha de la civilización surgió en el escenario de la historia en demanda de la “soberanía e independencia”, “defensa del país y seguridad del pueblo” y “rechazo a lo occidental y lo japonés”, cuando el destino del país llegó al umbral de la declinación a causa de los interminables conflictos internos e invasiones extranjeras ante la impotente política de la dinastía que iba cuesta abajo, y las dolorosas consecuencias de la apertura de las puertas, impuesta por fuerzas foráneas. En momentos en que la soberanía de la nación estaba pisoteada con crueldad por éstas y el territorio nacional iba convirtiéndose en arena de rivalidad de las potencias por las concesiones, fue un fenómeno inevitable, según las leyes de desarrollo de la historia, que una corriente ideológica que naciera en defensa de los intereses de la nación, se hiciera doctrina rectora de las masas.

    No se puede calificar como justa la opinión de que el nacionalismo fuera desde sus inicios ideología de la clase capitalista porque los burgueses recién surgidos encabezaron el movimiento nacional bajo su bandera.

    En la época del movimiento nacional burgués contra el feudalismo, coincidieron en lo principal los intereses de las masas populares y los de la joven burguesía. En consecuencia, el nacionalismo reflejaba los intereses comunes de la nación.

    Con el desarrollo del capitalismo y la burguesía convertida en clase dominante reaccionaria, el nacionalismo comenzó a servir de medio ideológico para la protección de los intereses de la clase capitalista. Por esta razón, siempre hay que distinguir el genuino nacionalismo, el que de veras defiende los intereses de la nación, del burgués, medio ideológico que representa los intereses de la clase capitalista. Considerarlos idénticos propiciará cometer graves errores en la práctica revolucionaria.

    Nos oponemos al nacionalismo burgués y lo tenemos y tendremos a raya, pero apoyamos y saludamos a aquel genuino. Porque la idea y el sentimiento que constituyen la base del verdadero nacionalismo tienen como su origen el patriotismo. Este es sentimiento ideológico tanto de los comunistas como de los nacionalistas y sirve de máximo común divisor que los pone en el camino de comprensión, unión y cooperación en aras de la nación. El amor a la patria y al pueblo es la aorta que vincula el comunismo con el genuino nacionalismo y fuerza motriz que guía a éste rumbo a la alianza con aquél.

    Los verdaderos nacionalistas, bajo la bandera del patriotismo, realizaron no pocas proezas en la lucha por modernizar el país y reconquistar la tierra patria agredida y arrebatada por los enemigos extranjeros.

    En circunstancias en que en el Norte y el Sur existen diferentes regímenes sociales e ideologías mantenemos la inconmovible fe de que es posible reunificar la Patria y luchamos de modo resuelto para lograrlo, porque justamente en este patriotismo que poseen tanto los comunistas como los verdaderos nacionalistas, vemos la fuente absoluta para la consecución de la gran tarea de la concordia nacional.

    En nuestro país, nación homogénea, es un principio inalterable que el genuino nacionalismo significa, precisamente, patriotismo. Partiendo de ello siempre concedí importancia a la unidad y colaboración con los genuinos nacionalistas patrióticos y la consideré segura garantía de la victoria de nuestra revolución.

    Es el criterio y la posición que sustentamos desde la época del movimiento estudiantil y juvenil.

    En mi encuentro con Cha Kwang Su destaqué también la necesidad de diferenciar el nacionalismo auténtico del burgués.

    Después de haberme escuchado hasta el fin, y estrechando mis manos, me llamó por mi nombre: ¡Song Ju!; su voz sonaba patética.

    No creo que lo haya convencido por una muy buena disertación teórica. Lo que le movió fueron mi actitud y modo de pensar para juzgar la cuestión a partir de la realidad concreta de Corea, y que prestaba una profunda atención, no a hueras teorías o palabrerías, sino a la práctica revolucionaria.

    Desde ese momento, Cha Kwang Su comenzó a confiar. En el acto cambió su actitud al tratarme. Si hasta poco antes, yo era principalmente quien hablaba, limitándose él a interrogarme y a oírme, desde ese instante despegó los labios por sí mismo, sin que mediara pregunta alguna.

    Al franquearnos y conocernos bien, supe que era una persona extraordinaria. Me llevaba siete años. Estuvo en Japón, donde realizó estudios universitarios. Tenía talento para escribir y hablar. Por su generosidad, se ganaba la simpatía de muchos jóvenes y disfrutaba de extraordinaria popularidad como especialista en marxismo. Cuando él y Pak So Sim discutían sobre esta doctrina, ninguno se daba por vencido.

    Kim Chan, caudillo del grupo Hwayo, se mostraba muy cohibido cada vez que se enfrentaba a él. No podía superarlo en debates acerca del marxismo. Cha Kwang Su lo consideraba el coloso del Partido Comunista, un verdadero prodigio, pero comenzó a tratarlo como si fuera un alumno secundario, después de haber hablado con él unas cuantas veces. En una ocasión, lo enfrentamos a Sin Il Yong, del grupo Sosang, y tampoco éste pudo hacer nada.

    Era característico en Cha Kwang Su andar con el cuello un poco ladeado a la izquierda. Nos contó que cuando niño tuvo un furúnculo que le obligó a andar con el cuello virado, y eso le quedó como hábito.

    Procedía de la provincia Phyong-an del Norte. Desde pequeño, los vecinos apreciaron su inteligencia. No tenía ni 20 años cuando se fue a Japón, donde trabajó para costearse los estudios. Fue entonces que comenzó a leer libros marxistas y leninistas y a admirar el comunismo.

    Mientras asimilaba la nueva corriente y estudiaba al precio de un agobiante trabajo, el movimiento comunista en Japón entraba en una etapa de decaimiento. El joven Partido Comunista había quedado muy debilitado a causa de la primera detención de su núcleo rector, en junio de 1923, y del terrorismo blanco desatado con motivo del terremoto de Kanto y, finalmente, fue disuelto por los actos de oportunistas que se infiltraron en su dirección.

    Era ridículo pensar en algún movimiento y hojear libros marxistas, permaneciendo precisamente en Japón, donde el comunismo estaba marchitándose.

    Cha Kwang Su regresó a Soul y se entrevistó con personas que pretendían conformar un movimiento comunista. Pese a que se declaraban adeptos del marxismo-leninismo, estaban divididos en tan múltiples grupos y ramales que él quedó completamente confundido, sin saber orientarse.

    Para juzgar las opiniones valederas y erradas de unos y otros grupos y encontrar el camino que debía seguir, se dedicó seriamente a estudiar la historia del movimiento comunista en nuestro país en su etapa inicial, su genealogía y fracciones. Ello lo llevó por un mundo de laberintos.

    Había un sinfín de grupos y ramales constituidos a la manera de un partido de tres personas y una fracción de cinco personas. Se enfrentaban de modo agudo, aunque, de hecho, no se observaban diferencias esenciales entre sus posiciones ideológicas o criterios políticos.

    Cha Kwang Su me aseguró que cuando se hallaba en el país, el acto fraccionalista más sucio en su opinión había sido el incidente del restaurante Rakyang. El caso fue el siguiente: Personeros de los grupos Hwayo y Pukphunghoe organizaron una reunión en este lugar, pero la gente del grupo Soul, que no veía bien el contubernio de esos dos bandos, asaltó el local y golpeó a los asistentes, con un saldo de unos cuantos heridos gravemente. Las víctimas reclamaron ante el organismo judicial japonés un proceso contra los criminales del grupo Soul. Apenas transcurridos unos días del suceso, integrantes del grupo Pukphunghoe agredieron a los del Soul, que salieron seriamente dañados. Esa vez estos fueron al tribunal japonés y solicitaron llevar a juicio a los agresores del Pukphunghoe.

    Las riñas sectaristas se agravaron tanto que, finalmente, cada grupo llegó a disponer de su propio cuerpo de terroristas para enfrentar a los contrarios.

    Cha Kwang Su estuvo preguntándose cómo era posible que esas personas que pretendían consagrarse al movimiento comunista, se degradaran de tal manera. Por último, abandonó Soul y se fue a Manchuria. Confesó que tomó la decisión con la esperanza de que su cercanía con la Unión Soviética le posibilitaría entrar en contacto con la Internacional y encontrar un nuevo camino para el movimiento comunista de Corea.

    En Manchuria llegó a conocer de la declaración de la Sociedad de amigos políticos.

    En este documento, los fraccionalistas propusieron, como medida de salvación del movimiento comunista coreano de las riñas sectarias, efectuar debates abiertos, dejando de calumniarse recíprocamente, y subrayaron la necesidad de entablar discusiones teóricas, para señalarle a las masas el verdadero camino.

    Si lo hubieran hecho, tal cual pregonaba el texto, se habrían beneficiado, no el movimiento comunista coreano, sino los agentes secretos políticos del imperialismo japonés.

    Con anterioridad, después de fundado el Partido Comunista de Corea, el grupo Hwayo, en discrepancia con su contrario, el Soul, había publicado en periódicos la lista de 72 miembros del comité preparatorio del congreso del movimiento de masas populares, para alardear de su fuerza. Esto era igual a que los fraccionalistas, enfrascados ciegamente en querellas por la hegemonía, delataran abiertamente, ante los imperialistas japoneses, a todos los dirigentes del Partido Comunista. Valiéndose de esa lista, los japoneses los arrestaron masivamente. La ola de detención llevó a la cárcel a casi todas las personalidades del grupo Hwayo.

    Estaba más que clara la situación que se crearía si olvidaban esta lección y volvían a las polémicas públicas, tal como pretendían hacer los fraccionalistas.

    Cha Kwang Su, buen conocedor de cuestiones relativas a Japón, condenó la declaración de la Sociedad de amigos políticos, por ser una copia de la “doctrina Hukumoto”, una corriente oportunista, surgida en el movimiento comunista japonés.

    Hukumoto alegaba que para restaurar el partido hacía falta clasificar por medio de “luchas teóricas” a elementos con pura conciencia revolucionaria y a los con ideas malsanas y aglutinar sólo a los incorruptibles. Su idea, divisionista y sectarista, causó serios perjuicios al movimiento obrero japonés.

    Cha Kwang Su criticó y le volvió la espalda a este documento que, además de haber digerido por entero la teoría de Hukumoto, reprodujo fielmente hasta sus frases.

    Desilusionado ante los actos criminales de los fraccionalistas, marchó a Liuhe. Estaba dispuesto a hacerse maestro rural y llevar una vida tranquila, sembrando en la mente de los niños el espíritu de la nación. Empero se encontró con Choe Chang Gol y, recomendado por él, apareció en Jilin.

    Confesó que mientras recorría tierras ajenas, expuesto a frías lluvias, ansió encontrar un correcto lineamiento de lucha y un dirigente que le dieran fuerza y esperanza.

    Después de hablar de sus antecedentes, expresó en tono dramático:

    –Song Ju, ¿no podríamos entregarnos al movimiento comunista en medio de la confianza y el afecto recíprocos? ¡Sin nada de fracciones ni de riñas hegemónicas!

    El clamor de Cha Kwang Su fue a la vez la síntesis de su vida y las lecciones que había sacado de ésta, después de haber vagado desesperado por lejanas tierras extrañas, en busca del camino de la revolución.

    Por mi parte también, le dije, estrechándole las manos, y con voz emocionada, que nosotros, los integrantes de la joven generación, debíamos unirnos con firmeza con una sola alma y propósito y avanzar por el recto camino de la revolución, sin dividirnos como los fraccionalistas.

    Cha Kwang Su habló sin ambages de lo que había sentido cuando Choe Chang Gol le habló de mí. Al enterarse de que me ocupaba del movimiento estudiantil en Jilin, pensó que un alumno secundario no podría conocer el marxismo-leninismo, ni desarrollar el movimiento comunista como se creía, e incluso, tuvo la intención de ponerme a prueba. Por eso, en nuestro primer encuentro no tuve más opción que considerar hosca a una persona tan sociable, a este campechano.

    Algún tiempo después, se hizo miembro de la UDI.

    En el verano de aquel año lo envié a Xinantun. Era una pequeña aldea, situada no lejos, hacia el oeste, de la carretera Jilin-Changchun, fundada y promovida como “ideal” por personalidades patrióticas de Corea. Resultaba una de las pocas fuentes y bases del movimiento político que había entre las poblaciones coreanas en Manchuria. Sembrar conciencia y espíritu revolucionarios en sus habitantes abriría el primer sendero para entrar en las masas campesinas. Quería que Cha Kwang Su asumiera esta tarea.

    Cuando le pedí que fuera a trabajar allí, me miró sin poder disimular una expresión interrogativa. Y con un tono medio en broma y medio serio, dijo que no entendía por qué enviaba otra vez al campo a un provinciano, que vino a la ciudad expresamente en busca de contactos con el movimiento. Mientras otros, aún no satisfechos con realizar intentos en grandes ciudades como Soul, Tokio y Shanghai, se dirigían con mucho ruido a la Internacional, qué podría hacer él, me preguntó, en una remota aldea, tan pequeña como la palma de su mano. Aunque se oponía a la antigua fórmula del movimiento, no se escapaba del concepto existente.

    Le expliqué:

    –Es un error creer que sólo en las grandes ciudades se puede hacer la revolución. Debemos ir adonde está el pueblo, no importa que sean ciudades o remotas áreas rurales. Los campesinos representan la absoluta mayoría de la población de nuestro país. También los coreanos radicados en Manchuria viven mayoritariamente en el campo. Sin compenetrarnos con ellos, no podemos movilizar al pueblo para la tarea de la restauración de la Patria, ni esperar la victoria del movimiento comunista en Corea. Yo también iré a trabajar en el campo después de terminar mis estudios. Tampoco es correcto el modo de pensar que frecuentar la Internacional es lo único que permite cumplir las obligaciones de comunistas, puesto que la respetan ya que la causa de la clase obrera reviste ese carácter, y sólo cuando ésta se aglutine a escala internacional, podrá romper las cadenas del capital mundialmente aliado. Si luchamos con abnegación por cumplir con nuestras tareas nacionales e internacionales, obtendremos el reconocimiento de la Internacional y aproximaremos el día de la restauración de la Patria, que con tanto anhelo esperamos…

    “En el presente, todos los que pretenden hacer el movimiento van hacia arriba, de las áreas rurales a las cabeceras locales, de éstas a la capital y de allí a la Internacional… Creen que sólo de esa manera pueden entrar en la fila de personalidades y obtener ese ansiado reconocimiento. ¿Qué ocurriría si quienes pretenden hacer la revolución para las masas proletarias se alejan de éstas y sólo suben y su-ben? Nosotros sí vamos a bajar, a compenetrarnos con obreros y campesinos.

    “¡No vamos a subir, sino a bajar!”

    Con una expresión seria, Cha Kwang Su repitió para sí mismo estas palabras, y al cabo de un largo rato de meditación exclamó, mientras descargaba un puñetazo sobre la mesa:

    –¡Realmente es un descubrimiento ingenioso!

    Con su aparición, se reforzó la fuerza medular de la UDI. Significaba que en nuestra esfera de acción surgía un teórico eminente, capaz de medirse con los colosos de la capa superior del Partido Comunista de Corea.

    A partir de entonces, a lo largo de más de tres años, Cha Kwang Su compartió con nosotros las alegrías y las penas. Inapreciables fueron sus méritos en las tareas para preparar el camino del movimiento de jóvenes y estudiantes, acelerar el proceso de concientización revolucionaria de las masas y echar los cimientos de la Lucha Armada Antijaponesa. No podría pensarse, al margen de su nombre, en este proceso que se llevó a cabo en Xinantun, Jiangdong, Jiaohe, Guyushu, Kalun, Wujiazi y Liuhe.

    Inicialmente participó en la tarea de transformar por vía revolucionaria los poblados coreanos vecinos a Jilin y, después, tomó parte, junto con Kim Won U, Kye Yong Chun, Zhang Weihua (chino), Pak Kun Won, Ri Jong Rak, Pak Cha Sok, en el trabajo de agrupar a los jóvenes en Liuhe, en el Sur de Manchuria, en Kalun, Guyushu, Wujiazi, y en otras zonas habitadas por coreanos en la parte central de Manchuria, teniendo como eje a Jilin, y al final, intervino en la fundación de la Guerrilla Popular Antijaponesa, en Antu.

    Adonde fuera, se entendía con facilidad con la gente local, gracias a su rasgo popular. Lo seguían y respetaban mucho por su carácter abierto, sus ricos conocimientos y ser buen orador. Las clases de Ciencias Sociales que Cha Kwang Su impartía en la escuela Sam-gwang (en Guyushu), resultaron de las de mayor popularidad entre los alumnos que las esperaban con expectativa e interés. Dictó numerosas conferencias y difundió muchas canciones entre jóvenes, estudiantes y campesinos. De muy famoso, fue calificado su discurso en el acto del entierro de Paek Sin Han.

    A donde más iba era a Xinantun. Fue maestro en la escuela Kilhung en ese poblado. Se hospedaba en la casa del encargado de docencia del plantel. Dedicó esfuerzos a la instrucción revolucionaria de campesinos, jóvenes y mujeres y los agrupó, respectivamente, en la Unión de la Juventud Antimperialista, y la de campesinos, la Asociación de mujeres y la Unión de niños. Por consiguiente, pudo implantar en todo el poblado un ambiente y conciencia revolucionarios.

    Xinantun se hallaba bajo la influencia de nacionalistas y fraccionalistas. Esos últimos venían, de vez en cuando, y hablaban de cosas irreales como la “doctrina de la revolución proletaria” y diversos ísmos, razón por la cual en ese poblado, donde eran muy rigurosas las costumbres feudales, los viejos y otros hombres movían la cabeza sin miramientos, si se trataba de algún socialista.

    A Cha Kwang Su también le fue difícil estabilizarse allí. Consiguió un cuarto en una casa, empapeló cuidadosamente sus paredes e hizo otros arreglos hasta convertirlo en un acogedor saloncito de estar. Después, escogió a dos ancianos con instrucción, para encomendarles las tareas de divulgación entre otros viejos.

    Por la noche, con sus inseparables pipas, las personas de avanzada edad venían a este lugar para pasar un rato. Entre uno y otro tema, los viejos previamente preparados por Cha Kwang Su hacían algunas referencias a los problemas del momento, como “Este mundo está mal hecho. Para cambiarlo deben desaparecer, primero, los terratenientes.”

    Concluido este trabajo educativo entre los mayores, creó una escuela nocturna, organizó conferencias, y asentó un clima animoso, para lo cual tuvo que bailar y cantar junto con los vecinos del lugar. Ya la gente manifestaba que no se opondría al socialismo, si era lo que estaba haciendo Cha Kwang Su. Así, tomó parte activa en tareas revolucionarias.

    Desde que se estabilizara en Xinantun, yo iba allá cada sábado, después de clases.

    En esas ocasiones, al llegar a la periferia de Jilin, me internaba en algún campo de sorgo o de maíz y cambiaba el uniforme escolar que llevaba puesto, por traje de campesino para eludir la vigilancia enemiga.

    En Xinantun escuchaba sus experiencias y le prestaba ayuda. Y en este andar, llegamos a conocernos y comprendernos mejor.

    Cuando, por conducto de Cha Kwang Su, trabajábamos en la formación de conciencia y espíritu revolucionario en Xinantun, inesperadamente, éste vino a Jilin y me llevó al parque Beishan. Cuando nos sentamos a la sombra de los árboles, me comunicó que sabía de un tal Ho Ryul, una persona que merecía ser conocida. Desde que estudiaba en la escuela secundaria Tonghung, en Longjing, se involucró en actividades revolucionarias. Hacía algunos días que había venido a Jilin con la esperanza de matricularse en el instituto superior judicial, pero desistió de esa idea, por dificultades económicas.

    Cha Kwang Su se interesó por Ho Ryul por el aval de que gozaba. Me dijo que lo había enviado a Jilin el mismo Kim Chan. Aún guardaba ilusiones hacia esa persona.

    La noticia me sorprendió.

    Kim Chan fue uno de los colosos del movimiento comunista de nuestro país en su época inicial. En el primer Partido Comunista ocupó el cargo de jefe del departamento de divulgación y, luego, desempeñó uno de los papeles principales para fundar el segundo Partido Comunista. Al verse en peligro de ser arrestado, se fue a Shanghai y creó la filial de su organización en esa ciudad. Como figura representativa del grupo Hwayo fue el real organizador de la “dirección general de Manchuria” del Partido Comunista de Corea.

    A Ho Ryul, un joven que estaba bajo su influencia, lo hizo venir a Jilin porque se interesaba por nosotros. Al propagarse ampliamente la noticia de que aquí desplegábamos el movimiento juvenil y estudiantil bajo la bandera del comunismo, nos dirigió su atención. Cuando nuestras fuerzas crecieron, envió a sus hombres listos, con el fin de ejercer su influencia sobre nosotros.

    El mismo estuvo en Jilin y tuvo muchos contactos con jóvenes y estudiantes, y dio varias conferencias. Le oí hablar una vez. Como charlaba un “docto del marxismo”, Cha Kwang Su y yo nos fuimos a la casa de Ri Kum Chon, fuera de la puerta Dadong, donde se alojaba. Empero, nos desilusionamos por completo, porque habló como un ignorante, de cosas que podrían causar daño a la revolución.

    Aquel día Kim Chan declaró a su grupo como “ortodoxo” de la revolución coreana y calumnió a otros. Llegó a afirmar insensatamente que como la revolución coreana era proletaria, sólo los obreros, los campesinos pobres y los peones constituían sus fuerzas motrices, y no otros elementos no proletarios.

    Mientras lo escuchaba, comprendí con profundidad que su opinión constituía un sofisma peligroso que sembraba confusión entre las masas populares y perjudicaba gravemente la práctica revolucionaria, y que si no lo combatíamos, no podríamos guiar el movimiento comunista por una senda correcta.

    Cha Kwang Su dijo ser de mi opinión y confesó que había adorado a Kim Chan, sin saber qué clase de hombre era.

    Por entonces, los fraccionalistas, donde quiera que iban, tendían sus manos hacia los jóvenes para ampliar la fuerza de sus grupos.

    Un tal An Kwang Chon, del grupo M-L, apareció en Jilin, llevando un gabán tradicional de color blanco y, dándose aires de “lider” del movimiento comunista, trató de extender su esfera de influencia. Como alguna vez desempeñó el cargo de secretario responsable, de procedencia del grupo M-L, del Partido Comunista, se conducía de modo muy altanero. En Jilin, muchas personas lo respetaban por ser “docto del marxismo”.

     Cha Kwang Su me lo describió como un ideólogo de fama y me entrevisté dos veces con él. Tenía esperanzas de oir algo que ayudara a nuestras actividades. Hablaba con tanta soltura como Kim Chan.

    Al comienzo, todos le admiraron. Pero, esa impresión no duró mucho. Un rato después, An Kwang Chon se dio a hablar tonterías en detrimento del movimiento de masas. Afirmó que, de conseguir la ayuda de la Internacional o de alguna potencia, la revolución podía triunfar, sin lucha masiva. Pregonó que en el caso de un país pequeño como Corea no hacían falta batallas masivas, derramando sangre; su independencia se debía alcanzar gracias a la intervención de alguna nación grande. Realmente era un sofisma del todo absurdo, tal como si se tratara de levantar un castillo de arena.

    Por eso estimé que ese hombre no pasaba de ser otro charlatán como Kim Chan.

    Tuve que replicarle:

    –Las palabras del señor no resultan en absoluto convincentes; ahora es incomprensible por qué creó el Partido Comunista y despliega su movimiento, si menosprecia la lucha de las masas. ¿Cuál es su objetivo al venir a Jilin y llamar a las personas a levantarse para la revolución?

    Y le advertí que era imposible triunfar, valiéndose sólo de unas cuantas personas de la dirección del Partido Comunista, sin concientizar y aglutinar a las masas, ni exhortarlas a luchar, y que no pasaba de ser una ilusión eso de pensar en alcanzar la independencia con ayuda ajena, sin confiar en su pueblo.

    Con una actitud que quería decir que nosotros éramos de un nivel demasiado bajo para esas discusiones, An Kwang Chon arguyó que para comprender tales cosas, deberíamos conocer lo dulce y lo amargo de la vida. Y se retiró soltando una risotada.

    Después de esto, nunca más nos vimos.

    Entre los fraccionalistas, algunos andaban con teorías oportunistas de izquierda como “La revolución coreana es proletaria” y “¡Primero construyamos el socialismo en las regiones de Manchuria, habitadas por coreanos!”, y, por otra parte, había quienes abogaban por el ideal oportunista de derecha: “Como la revolución coreana es democrática burguesa y su objetivo inmediato, la liberación nacional, la dirección de este proceso debe tenerla la burguesía autóctona”.

    De entre ellos, surgieron también personeros que pretendían que en una circunstancia peculiar como la de Corea, donde eran desfavorables las condiciones políticas, resultaba imposible un movimiento político si bien factible el ideológico; y otros que sostenían que “lo primero es la independencia y después la revolución”, así como algunos que dejaban aturdidas a las masas con su consigna ultrarrevolucionaria: “¡Opongámonos al capitalismo y completemos la revolución proletaria mundial!”

    Cha Kwang Su y yo sostuvimos discusiones teóricas también con personas como Sin Il Yong.

    Nos entrevistamos con numerosos fraccionalistas y resultaron ser, sin excepción, seudoactivistas, empapados en la ambición de notoriedad y el heroísmo pequeñoburgués, e inveterados servilistas a las grandes potencias y dogmáticos.

    Le advertí a Cha Kwang Su que Kim Chan, por muy famoso que fuera, era un porfiado fraccionalista, razón por la cual no debía abrigar esperanzas acerca de él, y que, al tratar a las personas, tendríamos que considerar, en primer lugar, su ideología, actitud respecto a la revolución y concepción del pueblo, antes de prestar atención a su fama, antecedentes y posición jerárquica.

    Me explicó que había procedido así creyendo que para nosotros, que apenas dábamos el primer paso en el movimiento comunista, era preferible entendernos con un coloso como Kim Chan, a darle las espaldas. Y quiso romper de inmediato cualquier relación con Ho Ryul.

    Esta brusca decisión de Cha Kwang Su me llevó a pensar en serio.

    Si Ho Ryul era un tozudo fraccionalista, teníamos que cortar, de inmediato, cualquier contacto con él, pero si estaba equivocado momentáneamente, valía la pena educarlo y tomarlo de la mano. Por fin, decidí entrevistarme con él.

     Cha Kwang Su me llevó a Jiangdong, donde se encontraba Ho Ryul. Ese pueblo estaba situado al pie del monte Longtan. Saliendo de Jilin, al cruzar el puente del río Songhuajiang y recorrer cierta distancia en dirección a Dunhua, se divisaba este monte. Estábamos dispuestos a organizar allí la Juventud Antimperialista y educar a sus habitantes, de forma tal que en el poblado se respirara un ambiente y espíritu revolucionarios, como en Xinantun.

    Ho Ryul resultó una persona atenta y sincera. Considerado desde diferentes aspectos, daba pena dejarlo caer en el abismo del fraccionalismo. Recomendé, pues, a Cha Kwang Su, la tarea de ejercer buena influencia y, por mi parte, iba a menudo a este poblado, para prestarle ayuda en diversos sentidos.

    Ho Ryul correspondió a nuestra confianza. Si al principio tuvo la intención de implantar el fraccionalismo entre nosotros, finalmente se opuso a éste, dándole las espaldas a Kim Chan. En resumen, pudimos crear en su aldea una organización revolucionaria y, sobre esa base, insuflar conciencia y espíritu revolucionarios entre sus habitantes, así como prepararlo a él como uno de los miembros principales de la UDI y, posteriormente, como integrante de la dirección de las Juventudes Antimperialista y Comunista.

    

    

    

    9. Incidente de Wangqingmen y

    sus lecciones

    

    

    En el otoño de 1929, la junta Kukmin trató de convocar en Wangqingmen, del distrito Xingjing, una reunión que se llamaría Congreso de la Federación General de la Juventud en Manchuria del Sur, para fusionar la Federación General de la Juventud en Manchuria del Este y la del Sur.

    Los dirigentes de la Kukmin habían tomado esa iniciativa, alegando que se necesitaba poner fin a la dispersión del movimiento juvenil y asegurarle una dirección unitaria, en correspondencia con las nuevas circunstancias de colaboración entre las tres juntas, e intentaban constituir en esa ocasión una organización unificada que se denominara Unión de la juventud de Corea. Trataron de aprovechar el cónclave para impedir la influencia de una nueva corriente ideológica sobre las organizaciones juveniles y concentrar en sus manos todas sus agrupaciones coreanas en la región de Manchuria.

    Como actuábamos de manera independiente, desvinculados de esas federaciones, no nos importó boicotear la participación en el congreso. Sin embargo, no pudimos dejarlo sólo bajo la égida de los hombres de la Kukmin, ya que el seno de dichas organizaciones juveniles era complejo, influenciado mucho hasta por fraccionalistas. Hubo peligro de profundizar la división del movimiento juvenil con motivo del congreso.

    Resultaba necesario, pues, que participáramos en sus sesiones, por nuestra propia iniciativa, para prevenir la escisión y ejercer una influencia positiva sobre los representantes de las entidades juveniles.

    Decidí asistir como delegado de la Unión de la Juventud Paeksan y, junto con Kim Sa Hon, partí de Jilin.

    Este me acompañó en el camino hacia Wangqingmen, para tomar parte en una reunión del Partido revolucionario de Corea. Se encargó incluso del pago de mi viaje. Ese Partido fue una organización política que, después de constituida la Kukmin, y sobre la base de su Carta, fundó el Ejército independentista. Los nacionalistas afirmaban que la Kukmin era un organismo administrativo autónomo y el Partido revolucionario de Corea devenía único partido de la nación para dirigir globalmente el campo nacionalista, pero este, de hecho, no pasó de ser otra variante de aquella.

    Quise ir directamente a Wangqingmen, mas el deseo de ver a los compañeros Kim Hyok, Cha Kwang Su y Choe Chang Gol, me hizo parar unos momentos en el distrito Liuhe, donde ellos actuaban.

    Vi que se desempeñaban muy bien, ampliando las organizaciones de la Unión de la Juventud Antimperialista en la zona.

    Cha Kwang Su estaba formando a comunistas en una clase especial que había establecido en la escuela Dongsong, en Gushanzi. Nominalmente era así, pero, en la práctica, significó una sociedad de estudio de ciencias sociales, en la cual funcionaba una filial de la Unión de la Juventud Antimperialista.

    La establecieron no sólo en Gushanzi, sino en otras aldeas del Sur de Manchuria y educaron a numerosos jóvenes, con quienes constituyeron filiales de las Uniones de la Juventud Comunista y de la Antimperialista.

    Sólo de ver el terreno, comprobé que los compañeros que actuaban en Liuhe, realizaban muchos más trabajos que los que me comunicaban.

    Terminada mi labor allí, quise partir rumbo a Wangqingmen, cuando Cha Kwang Su se aprestó a seguirme. Aseguró que no podía estar tranquilo viendo que yo me marchaba solo porque, según se decía, personalidades de la Kukmin vigilaban sigilosamente, con mala fe, la conducta de los jóvenes que simpatizaban con el comunismo. Llegamos a Wangqingmen, y ya estaban reunidos los delegados de la Unión de jóvenes en Jilin, la Kilhoe, la Samgakju y de otras organizaciones juveniles.

    Inmediatamente fui a ver a Hyon Muk Kwan, quien, una vez constituida la Kukmin, se había trasladado de Jilin a Wangqingmen. Me pidió que desempeñara un papel importante en el congreso, porque esa junta cifraba una gran esperanza en mí. Añadió que me invitaba a permanecer en su casa, y no en otro lugar, hasta terminar la reunión, y que quería discutir el futuro del movimiento juvenil.

    Le agradecí su cordialidad, pero la rechacé con cortesía y me alojé en la vivienda de Kang Hong Rak, pariente lejano por línea materna. Para mí era inadecuado permanecer en el hogar de Hyon Muk Kwan, donde trajinaban los organizadores del congreso.

    Kang Hong Rak, un intelectual de la izquierda del nacionalismo, trabajaba de maestro en la escuela secundaria Hwahung, donde el Ejército independentista fomentaba la educación en la ideología nacionalista, como en su similar de Taesong, en Manchuria del Este.

    No obstante los muchos esfuerzos que dedicaran, lo que formaron no fueron sino comunistas. Aunque el título fuera el nacionalismo, el contenido era el comunismo.

    O Sin Ae, esposa de Kang Hong Rak, resultaba una hermosa mujer contemporánea. Como cantaba bien, las organizaciones de la región de Manchuria del Sur la llamaban “ruiseñor”.

    Antes de inaugurarse el congreso, la Kukmin convocó a una reunión preliminar a los delegados de las organizaciones juveniles de diversas zonas y eligieron allí los miembros de la comisión preparatoria. En ésta fueron admitidos Choe Pong y muchos otros compañeros nuestros. El y yo nos conocíamos desde la época de la escuela Hwasong. Cuando se desempeñaba como cuadro de la Federación General de la Juventud en Manchuria del Sur, recorrió los asentamientos de los coreanos y pronunció muchos discursos. También en la escuela Hwasong dio conferencias, ganando así popularidad. Era un hombre inteligente, que tenía nivel teórico y fervor en el trabajo. Más tarde, al llevarse bien con nosotros, se inclinó al lado del comunismo.

    Fui elegido miembro de la comisión preparatoria. Los integrantes redactaron un proyecto de resolución del congreso, con una discusión exhaustiva previa, aceptable para todo el mundo. Otros documentos se prepararon según lo deseábamos.

    Al día siguiente de mi llegada a Wangqingmen, empecé a trabajar con los delegados. Como primer paso, organicé una reunión en el patio de la escuela secundaria Hwahung. Quise aprovechar la oportunidad para familiarizarme con los delegados y ejercerles influencia. Si no les advertía de antemano, posiblemente los dirigentes de la Kukmin los pervertirían ideológicamente. Subrayé que para alcanzar la auténtica unidad del movimiento juvenil de Corea era indispensable su cohesión ideológica y volitiva, que debía basarse en las nuevas y avanzadas ideas. El contenido de mi discurso no tardó en transmitirse a los dirigentes de la Kukmin. Conocí, por conducto de Kim Ri Gap, que éstos, muy alertas, observaban mis movimientos. Había razón para que al partir de Liuhe, Cha Kwang Su estuviera inquieto.

    Kim Ri Gap, uno de los primeros miembros de la Unión para Derrotar al Imperialismo, después de clausurada la escuela Hwasong, vivió en casa de su novia, Jon Kyong Suk, poco distanciada de Wangqingmen, y se entregó a la concientización revolucionaria en esta zona. Sabía trabajar abarcadoramente, pues tenía capacidad de despliegue y valentía. No era fácil insuflar el viento del comunismo en la mente de los hombres, encerrados en el radio de acción de los nacionalistas que agitaban el “anticomunismo” como una bandera.

    Estaba en Wangqingmen para asistir al congreso como observador. Un día después de mi discurso en la Hwahung, me invitó a casa de Jon Kyong Suk, diciéndome que quería cenar conmigo e intercambiar recuerdos. Lo hizo para avisarme de la intención de la Kukmin.

    Me comunicó que tejía una artimaña para detener a todos los miembros de la comisión preparatoria. Y sugirió que escapara pronto, antes de que llegaran sus tentáculos. Garantizó que observaría la marcha de la situación y si ésta empeoraba más, partiría esa misma noche de Wangqingmen. Según me contó, Hyon Muk Kwan había declarado, ante todos los cuadros de la Kukmin, que ajustaría cuentas conmigo porque tenía una idea diferente a la suya.

    Pese a todo, no quise escapar con premura. Tenía la firme convicción de que no se atreverían a apresarme, ya que no les había perjudicado en nada. Era ilógico que Hyon Muk Kwan me cuestionara por divulgar el comunismo, puesto que todos los nacionalistas en Jilin sabían que yo desplegaba ese movimiento. Tampoco él podía desconocerlo, pues habíamos vivido algún tiempo bajo un mismo techo. ¿Por qué, entonces, quería detenerme ahora? No intentamos derribar a la Kukmin, sino que llamamos a todos los jóvenes coreanos a unirse sobre la base de una nueva idea; ¿podía ser esto causa para perseguirme?

    Determiné pedir una entrevista, en caso necesario, a los cuadros de la Kukmin. Fui a casa de Kang Hong Rak, y cuando su esposa, O Sin Ae, regresó, me transmitió la desagradable noticia de que los soldados de la Kukmin ya habían detenido a Choe Pong y a otros cuantos miembros de la comisión preparatoria. Me aconsejó que lo mejor sería esconderme pronto, porque yo también era uno de los objetivos que perseguían.

    No pude aguantar la indignación. Desde la llegada a Wangqingmen, hacíamos todo lo que estaba a nuestro alcance para convertir el congreso en una importante oportunidad para formar un frente unido con los nacionalistas. Su proyecto de resolución lo elaboramos en esa dirección.

    Pese a ello, la capa superior de la Kukmin intentó responder con el terrorismo a nuestros sinceros esfuerzos.

    Decidí visitar a Ko I Ho, responsable de la labor juvenil en la junta, para entablar negociaciones con él. También Cha Kwang Su, informado de las viles intrigas, acudió a casa de Kang Hong Rak, en compañía de algunos integrantes de la Unión de la Juventud Antimperialista.

    Insistieron en que los miembros de la comisión preparatoria, blancos del ataque de la Kukmin, debían ser los primeros en marcharse de Wangqingmen.

    Sin embargo, no podía esconderme bajo el pretexto de que tenía en peligro la vida.

    Valoré que si no podíamos alcanzar nuestro objetivo mediante el congreso, no había otro remedio que negociar con los terroristas de la Kukmin para aclarar nuestra justa posición. Con miras a colaborar con los nacionalistas, debíamos conversar con franqueza, abriéndonos los corazones. Podía considerarse que ese era el momento, aunque la atmósfera se presentaba tenebrosa. Esto era necesario también para salvar a los camaradas detenidos. Yo mismo tuve que hacerlo.

    Persuadí a mis compañeros y fui a entrevistarme con Ko I Ho, confiando el resto del trabajo a Cha Kwang Su.

    Lo tenían por hombre de malísima fe entre los miembros del grupo conservador de la Kukmin. Gozaba de fama de “teórico” en el campo nacionalista. Cuando entré en su despacho, quedó tan perturbado, que no supo cómo actuar. Al parecer, creía que no lo visitaría.

    Le pregunté, sin ambages, por qué habían detenido a Choe Pong y a otros miembros de la comisión preparatoria. Contestó con sorna que también estaban buscando su paradero.

    Me costó mucho trabajo contener mi furor ante su doblez, empero, me calmé y esforcé para convencerlo.

    Protesté:

    –La junta Kukmin organizó el congreso, arguyendo que era para unificar el movimiento juvenil, pero al ver el proyecto de resolución y sin escuchar las intervenciones de los jóvenes, ustedes han quedado alarmados y detenido a algunos delegados, lo cual es una acción demasiado precipitada y arbitraria; según informaciones, ustedes los apresaron por disgustarles los documentos del congreso; señáleme los párrafos que les son desagradables; como no pasa de ser un proyecto, si hay algo que no les gusta lo corregiremos; lo lógico sería que ustedes, como organizadores de la reunión, discutieran con los jóvenes las partes en que no estén de acuerdo, pero, si apresaron a hombres inocentes, ¿cómo podremos asimilar libremente las nuevas corrientes ideológicas y forjarnos como indoblegables combatientes antijaponeses?

    Ko I Ho volvió a mentir al decir que sólo se sentía lastimado por las acciones algo excesivas de los jóvenes y que no sabía de las detenciones.

    Argumenté: Usted conocerá de la corriente ideológica del comunismo y de su difusión por el mundo, ya que en Soul participó en el movimiento estudiantil y quiso pasar a la Unión Soviética para evitar la persecución de la policía japonesa; de las personas que se han levantado para hacer la revolución, casi no hay nadie que no tome conciencia del comunismo; igual pasa conmigo: estudié en la escuela Hwasong, establecida por los independentistas, y en Jilin, me alojé tres años en casa de los dirigentes del Ejército independentista; sin embargo, participo en el movimiento comunista, y no en el nacionalista; los jóvenes simpatizamos con la nueva corriente ideológica porque estamos convencidos de que el ideal comunista es el camino para anticipar la restauración de la Patria y ofrecer, en el futuro, felicidad a nuestra nación; ustedes también luchan por la independencia de la Patria, así que es ilógico detener a jóvenes consagrados al porvenir del país, la nación, en lugar de prestarles asistencia.

    Y le recalqué encarecidamente que no debían perseguir a los jóvenes partidarios de nuevas corrientes ideológicas, sino unirse a ellos para desplegar una lucha conjunta contra el imperialismo japonés.

    A decir verdad, la situación era tal, que si se rechazaba a los simpatizantes del comunismo, no podía existir la propia Federación General de la Juventud en Manchuria del Sur.

    Ko I Ho, dejando escapar un soplido, se obstinó en que la Kukmin no podía transferir esa organización al Partido Comunista; antes la abandonaría.

    Le pregunté por qué, a lo que devolvió la interrogante irónica de cómo podrían darse la mano con los fraccionalistas del grupo M-L, quienes, citó como ejemplo, habían organizado en el distrito Panshi un colectivo terrorista que llamaban grupo de garrote para asaltar a los nacionalistas.

    Recordé que en el verano de 1929 algunas personalidades del M-L, para derrotar a los nacionalistas en la zona de Sanyuanpu, comunicaron a la policía militarista del Kuomintang la falsedad de que los independentistas de Corea preparaban una sublevación.

    Disgustados incluso con nosotros, que abogábamos por el frente unido con los nacionalistas, atacaron, absurdamente, a cuadros de la Unión de la Juventud Antimperialista, mediante la movilización del grupo de garrote. Su violencia obligó, además, a los miembros de dicha unión en la zona de Liuhe a actuar bajo la protección de un grupo armado que dirigía Choe Chang Gol.

    Traté de persuadir a Ko I Ho diciendo que éramos jóvenes absolutamente diferentes a esos fraccionalistas, que no debía colocarnos sobre la misma balanza que a esas basuras que luchaban no sólo con-tra los nacionalistas, sino también contra nosotros y que separados en diminutas fracciones, seguían riñiendo unos contra otros.

    No obstante, se mantuvo imperturbable hasta el fin.

    Me vi obligado, pues, a advertirle:

    –Si ustedes tratan de aplastar a toda costa el ímpetu de los jóvenes, inscribirán un delito imperdonable en los anales; aunque puedan detener unos cuantos cuerpos humanos, no lograrán suprimir la ideología de las masas juveniles que aspiran al comunismo; bueno, si quieren matarme, háganlo; ya tengo la determinación de morir.

    Creí que sentiría remordimiento de conciencia ante mis reiteradas explicaciones. Sin embargo, los dirigentes de la Kukmin tomaron una postura de confrontación más obstinada y aquella misma noche llamaron a rebato a las fuerzas del Ejército independentista estacionadas en Wangqingmen y levantaron un revuelo para detenernos.

    Para protegernos de posibles asesinatos, envié, sin tardanza, a Cha Kwang Su a Sanyuanpu, ya que los caudillos de la Kukmin podían extender sus tentáculos hasta nuestros compañeros que actuaban en el distrito Liuhe. Esa misma noche hice que partieran de Wangqingmen los miembros de las Uniones de la Juventud Comunista y de la Antimperialista, que iban a participar en el congreso. Les expuse mi opinión de que como la Kukmin denigraba y agredía a los jóvenes progresistas, a quienes invitaron al evento, nos retiraríamos de éste y publicaríamos una declaración de protesta para revelar ante el mundo sus actos terroristas.

    A fin de cuentas, el congreso de la Federación General de la Juventud en Manchuria del Sur fue abortado.

    También decidí salir de Wangqingmen.

    Mis compañeros propusieron ir a Sanyuanpu, en el distrito Liuhe, donde actuaba Choe Chang Gol para redactar la declaración de protesta y enviarla a todas las regiones de Manchuria, y luego organizar el congreso nosotros mismos. Pero, ese lugar representaba un peligro, porque allí las fuerzas del Ejército independentista eran poderosas.

    Vacilé en ir a Sanyuanpu o a Lingjie, y por fin, escogí este último donde determinaría la dirección de mis actividades posteriores. Planeé que, tras un respiro allí, iría a Jilin y, si éste fuera incómodo, a Fusong, para dirigir las organizaciones de masas hasta que se calmara la ola terrorista de la Kukmin.

    Aquella misma noche fui a casa de Kang Hong Rak y le dije:

    –Si duermo aquí, es probable que me detengan. Me iré a Lingjie; présteme, por favor, dinero para el viaje.

    Kang Hong Rak suspiró y me preguntó con voz inquieta:

    –Tú no sabes la ruta, ¿cómo vas a llegar?

    –No se preocupe, si ando a toda prisa 32 kilómetros por la carretera, llegaré.

    Y agregué que en Lingjie podría permanecer durante algún tiempo, porque allí vivía un miembro de la organización, egresado de la escuela secundaria Wenguang. Kang Hong Rak y la esposa se sintieron tranquilos y me entregaron un bulto de comida y cierta cantidad de alfeñique para el viaje.

    El integrante de la organización era Sin Yong Gun, quien trabajaba como director de la escuela Hanhung, en Lingjie.

    Apenas llegué, alrededor de la hora de almuerzo del día siguiente, las estudiantes de la clase superior del plantel me ofrecieron hospitalidad sincera. An Sin Yong, novia de Sin Yong Gun, el cual trabajó en Jiangdong como miembro de la Unión de la Juventud Antimperialista y después se trasladó a este centro, me sirvió manjares junto con sus compañeras: jalea de habichuelas verdes y sopa fría de pepino. Las tomé con tanto apetito, que su impresión permanece fresca en la memoria hasta la fecha.

    Después del almuerzo, aunque estaba cansado, me interesé por una y otra cosa en cuanto a la administración de la escuela Hanhung. Al rato, me quedé dormido. El cansancio acumulado en la caminata de 32 kilómetros durante toda la noche, me hizo caer en un sueño de piedra. Me contaron que Sin Yong Gun no tocó el timbre de clases para no despertarme, sino llamó con la mano a cada uno de los alumnos que jugaban en el patio.

    En Lingjie supe que los hombres de la Kukmin acabaron por condenar a muerte a los miembros de la comisión preparatoria detenidos. Mataron en el valle Huaimao, de Wangqingmen, a seis jóvenes prometedores de 20 ó 21 años: Choe Pong, Ri Thae Hui, Ji Un San, Ri Mong Ryol, Ri Kwang Son y Jo Hui Yon.

    En el último momento exclamaron que estaban decididos a entregar sus vidas por las masas trabajadoras, pero que les partía el corazón morir a manos de la Kukmin, condenaron severamente sus crímenes, e incluso cantaron el “Himno a la revolución” y gritaron a voz en cuello: “¡Viva la victoria de la revolución!”

    Más tarde, los terroristas de la junta Kukmin maniobraron para eliminar a todos sus familiares. Ko I Ho detuvo y asesinó cruelmente a O Sin Ae, quien me había avisado de sus malignas intrigas.

    Con lágrimas de sangre en los ojos escribimos la declaración de protesta para revelar ante todo el mundo las barbaridades de dicha junta. Hicimos imprimirla en Sanyuanpu, donde actuaba Choe Chang Gol, y enviarla a las organizaciones revolucionarias de diversas zonas, para que efectuaran mítines de condena.

    Censuramos a la Kukmin, que asesinaba a combatientes de vanguardia de las masas juveniles por ser comunistas, calificándola de mecanismo de ganancia para unos cuantos contrarrevolucionarios, de guarida de intrigantes de asesinatos y de colectivo de traidores que se parecían a los lacayos de Jiang Jieshi, quienes masacraron a obreros y campesinos de China.

    Después de darse a conocer la declaración, los comunistas de la nueva generación se enfrentaron cara a cara a la Kukmin. Los terroristas de esta organización “castigaron” a todos los jóvenes de nuestra parte con quienes se encontraban. Un sinnúmero de personas llenas de vida fueron muertas a manos de ellos.

    De esta manera, nuestros corazones se llenaron de rencor hacia la Kukmin.

    Después del incidente en Wangqingmen, no pude conciliar el sueño varias noches, por el dolor que rasgaba mi pecho. Me sentí afligido e indignado al ver que aquellos que emprendían el camino de la revolución para salvar al país, eran masacrados por miembros de la misma nación.

    Desde los primeros días que siguieron a la fundación de la Unión para Derrotar al Imperialismo, siempre nos desvivíamos para realizar la lucha junto con los nacionalistas. Cuando comprendimos que la idea de An Chang Ho era reformista, criticamos su modo de pensar, pero, una vez detenido, batallamos sin vacilación para sacarlo de la cárcel. Y mientras la reunión para la fusión de las tres juntas se dilataba a causa de las riñas por la hegemonía, alertamos a los nacionalistas con la fuerza de una obra artística que interpretaba nuestra sincera aspiración a unir las fuerzas patrióticas, y en el momento en que las organizaciones del movimiento independentista se fusionaron en la junta Kukmin, nos alegramos y lo aplaudimos.

    No obstante, sus dirigentes dieron la espalda a nuestra sinceridad y respondieron con una bestial matanza.

    En Lingjie recordé, una vez más, sin querer, las palabras del anciano Cha el Chonri: “Los coreanos, aunque sean tres, deben unirse en la lucha contra el imperialismo japonés”.

    Entre los independentistas también existían muchos que se pronunciaban por la unidad. Las masas deseaban que todos los patriotas se levantaran en la resistencia antijaponesa, tomándose las manos y uniendo sus fuerzas, por encima de los “ísmos”, la pertenencia a organizaciones y creencias religiosas.

    A pesar de ello, los terroristas de la Kukmin reprimieron sin piedad esta aspiración.

    También hoy, si recuerdo el suceso catastrófico de Wangqingmen, siento que la indignación vuelve a llenar mi corazón. Cada vez que evoco esa tragedia, pienso que nunca debe repetirse masacre tan salvaje en el seno de nuestra nación. Estoy convencido de que si Ko I Ho y Hyon Muk Kwan vivieran, pensarían lo mismo. Este último, aunque fuera tan entrañablemente humano conmigo, no tomó el mismo camino que yo, por tener ideales diferentes, y fue asesinado por los terroristas en Changsha. En resumidas fue otra víctima del terrorismo.

    Después de liberado el país, su hija, Hyon Suk Ja, regresó a la patria siguiendo a los dirigentes del Gobierno Provisional en Shanghai, y desde el Hotel Pando, de Soul, envió a su madre una carta, que se conserva ahora en el Instituto de Historia del Partido.

    Los hijos de Hyon Suk Ja llevan una vida feliz en el Norte de la Patria dividida.

    La historia de la lucha de liberación nacional en Corea atestigua que sólo el camino de los comunistas lleva a amar al país, a la nación, y únicamente éstos son patriotas auténticos y consecuentes, que aman con mayor fervor a su pueblo, a su tierra.

    Siempre que siento en carne propia que la unidad es la primera forma de vida de la nación, dada la condición actual en que el territorio está dividido y la intervención de las fuerzas extranjeras se torna intensiva, evoco la tragedia de Wangqingmen.

    

    

    

    10. En la cárcel

    

    

    El “viento de Jilin”, que azotó varias zonas de Manchuria, advirtió a los imperialistas japoneses y a los militaristas reaccionarios de China sobre nuestra existencia. Al regarse el rumor acerca de nosotros, con motivo del movimiento juvenil y estudiantil, desarrollado con vigor en Jilin, del incidente del ferrocarril de Zhongdong y del congreso de la Federación General de la Juventud en Manchuria del Sur, los enemigos se percataron de que los jóvenes estudiantes eran quienes perturbaban el aire de esta ciudad, y comenzaron a seguir nuestra pista.

    Los imperialistas nipones, con la ambición de agredir a Manchuria, introdujeron por doquier sus espías para vigilar con rigor el movimiento de los coreanos y azuzaron a los militaristas reaccionarios chinos a detener y encarcelar, sin ton ni son, a los comunistas y participantes en el movimiento antijaponés por la independencia. La situación en Jilin se tornó muy grave y se creó una coyuntura difícil para nosotros.

    En este peligroso estado, los fraccionalistas abandonaron la ciudad con rumbo a Longjing, Panshi y Dunhua, y los independentistas se mudaron al territorio principal de China, asumiendo nacionalidad de este país, o se refugiaron en zonas como Wangqingmen. En el otoño de 1929, Jilin dejó de ser el centro del movimiento político de los coreanos en el extranjero, y el escenario principal de los independentistas antijaponeses.

    Fue entonces que comenzó el arresto de nuestros compañeros, motivado por indiscreciones de estudiantes de la secundaria No. 5, que integraban el círculo de lectura. Yo también caí en manos de las autoridades militaristas reaccionarias mientras, recién regresado de Wangqingmen, me empeñaba por remediar la situación. Alumnos de dicho plantel entregaron hasta la organización de la Juventud Comunista en la secundaria Yuwen.

    Los policías nos aplicaron diariamente horribles torturas, vanagloriándose que habían cogido en una redada a todos los dirigentes del movimiento estudiantil. Quisieron descubrir los detalles de nuestra lucha, la densa red de organizaciones en la ciudad de Jilin y las fuerzas que las manejaban entre bastidores.

    Decidimos reconocer sólo la lectura de libros izquierdistas. Resistimos hasta el fin, protestando a los verdugos: ¿Qué delito tienen los estudiantes al leer libros? Leímos los textos que se venden. Antes de acusarnos, deberán preguntar la responsabilidad a las autoridades que permitieron su publicación y venta.

    Un día, mientras me torturaban torciéndome los dedos, vi al señor Choe Tong O, director de la escuela Hwasong, quien me echó una mirada fugaz, asomando la cabeza al tabique, colocado a un lado de la sala de interrogatorio. Al comienzo, dudé de mis ojos, por si pudiese ser una alucinación.

    Pero no me había equivocado. Era precisamente mi maestro anterior. Su aparición en ese lugar me hizo suponer que los enemigos habían investigado a fondo mi vida pasada, y eso complicó mucho mi pensamiento.

    Con soltura en el idioma chino y diestro en la diplomacia, el señor Choe Tong O fungía como presidente de la comisión de relaciones exteriores de la junta Kukmin. Permanecía principalmente en Jilin, para coordinar las relaciones con las autoridades militaristas reaccionarias del Kuomintang y tenía ciertos vínculos con los jóvenes estudiantes.

    Si revelaba lo que conocía de nosotros, podían fracasar nuestros esfuerzos por reducir al mínimo el incidente. En especial, si se sabía, por poco que fuera, de nuestro apoyo a la Unión Soviética durante el incidente del ferrocarril de Zhongdong, no podríamos evitar una dura sentencia.

    A fines de los años 20, el gobierno del Kuomintang y la banda militarista de Fengtian, se aferraron obstinadamente a traidoras maniobras antisoviéticas, bajo la instigación y el mando de países imperialistas como Inglaterra, EE.UU., Francia, y Japón. Frustrado el levantamiento popular de Guangzhou, el gobierno de Jiang Jieshi fusiló al cónsul soviético acreditado en esa ciudad y rompió sus relaciones estatales con la Unión Soviética. La actitud antisoviética era un recurso de Jiang Jieshi, que procuraba con vileza la protección y el apoyo de las potencias imperialistas.

    Los militaristas lanzaron a menudo la consigna: “Opongámonos al imperialismo rojo”. Abusaron con astucia del sentimiento nacional del pueblo chino, para encubrir la naturaleza agresiva de los imperialistas e infundirle ideas antisoviéticas.

    Engañados por la propaganda militarista, hasta los estudiantes universitarios y los jóvenes intelectuales codiciaban el territorio soviético, profiriendo sin miramientos palabras belicistas y provocativas: “¡Vamos a conquistar los Urales y ocupar el lago Baikal!” y “Daremos de beber a los caballos en el Baikal”.

    Aprovechando esas circunstancias, los militaristas atacaron el ferrocarril de Zhongdong, como primer paso de la provocación antisoviética. Según un convenio, China y la Unión Soviética poseían, respectivamente, la mitad de los inmuebles y equipos de esa ferrovía y la administraban en común, mediante un consejo organizado a este fin. La banda militarista ocupó con sus tropas el servicio de telegrafía inalámbrica y la oficina de administración, se apoderó de todo el ferrocarril y declaró de forma unilateral la anulación de la posesión de la parte soviética. Después, pasó la frontera y atacó a este país desde tres direcciones. Así fue como se produjo el choque armado entre el ejército soviético y las tropas de la banda militarista reaccionaria de China.

    Instigados por los reaccionarios, algunos estudiantes derechistas de las universidades de Fengyong y Dongbei tomaron las armas con-tra la Unión Soviética.

    Con el propósito de detener las intrigas del gobierno del Kuomintang y de los militaristas reaccionarios, movilizamos a los miembros de las Uniones de la Juventud Comunista y de la Antimperialista, en apoyo a la Unión Soviética, un país socialista.

    Algunos jóvenes chinos, no concientizados, nos hostilizaron, diciendo que éramos gente mala, que ayudaba a los violadores de los intereses de la nación china, lo que nos daba mucha pena.

    Regamos volantes en diversos lugares de la ciudad, para denunciar la esencia de esa acción antisoviética de los militaristas e hicimos propaganda entre los chinos, explicando que su ocupación del ferrocarril de Zhongdong y su invasión a la Unión Soviética constituían imperdonables actos traidores contra ese país, que, después del triunfo de la Revolución de Octubre, abolió todos los tratados desiguales con China y le ofreció ayuda material y espiritual, y que esto perseguía el objetivo de recibir préstamos de los imperialistas.

    Como resultado, los que se mostraban hostiles a la Unión Soviética, engañados por la propaganda de los reaccionarios del Kuomintang y los militaristas, pudieron ver la peligrosidad y la esencia de la agresión a este país y se inclinaron a objetarla.

    Junto con jóvenes progresistas de China, asestamos duros golpes a los estudiantes de la universidad de Fengyong, que actuaban con imprudencia para atacar con las armas a la Unión Soviética.

    Nuestra lucha, tras el incidente del ferrocarril de Zhongdong, fue una pelea internacionalista para defender en lo político a la Unión Soviética. En aquel entonces, viendo un faro de esperanza en el primer régimen socialista nacido en el orbe, considerábamos su defensa como sagrado deber internacionalista de los comunistas.

    Por medio de nuestras actividades, la población china pudo conocer con claridad la naturaleza de los militaristas y la tentativa de los imperialistas que constantemente los azuzaban a provocaciones antisoviéticas. Este hecho sirvió para concientizar en alto grado a los pueblos coreano y chino.

    En ese tiempo, los militaristas del Kuomintang no perdonaban a las personas que respaldaban a la Unión Soviética.

    Aun después de irse Choe Tong O, los interrogadores me trataron, como siempre, de promotor del incidente del círculo de lectura. A mi juicio, las autoridades militaristas quisieron conocer, por boca del señor Choe Tong O, mis antecedentes, mis relaciones con la Unión Soviética y los movimientos en que yo había participado. Pero, al parecer, no dijo nada desfavorable para mí.

    Más tarde, fuimos trasladados a la cárcel de Jilin, un edificio en forma de cruz. Los pasillos cruzados corrían hacia los cuatro puntos cardinales y, a ambos lados, estaban las celdas, de modo que un carcelero, sentado en el centro, pudiera vigilar toda la prisión.

    Estuve encerrado en la segunda celda a la derecha del corredor norte. Su ubicación no permitía entrar los rayos del sol en todo el año, de manera que estaba saturada de olor a moho y en el invierno las paredes se cubrían de escarcha. Llegamos a la cárcel en otoño, sin embargo, en la celda se sentía un frío invernal.

    Las autoridades militaristas discriminaban seriamente por razones nacionales a los presos. Los carceleros ofendían a los estudiantes coreanos con palabras insultantes como “pícaro coreano” o “coreano apátrida” y sujetaban sus pies con grilletes ligados a pesados trozos de hierro.

    Nos diferenciaban de los presos políticos de China, incluso en la alimentación y en el uso de la miserable instalación médica de la prisión.

    Me propuse continuar la lucha en la cárcel. Podría decir que para los revolucionarios ésta también es un escenario de combate. Si uno piensa simplemente que es un lugar donde se encierra a los presos, cae en la pasividad y no puede hacer nada. Pero, si la considera una parte integrante del mundo, es capaz de ejecutar trabajos útiles para la revolución, aun en un espacio tan estrecho.

    Con alma serena comencé a meditar sobre los medios para luchar. Resolví establecer relación con el exterior, para recuperar, cuanto antes, las organizaciones destruidas y ponerlas en acción. Juzgué necesario, además, batallar contra las autoridades militaristas para anticipar el día de la liberación.

    Para empezar, se necesitaba un enlace con el exterior. A este fin era preciso educar y convertir a los carceleros en nuestros partidarios.

    Mi plan de ganarlos se cumplió con facilidad, contra lo previsto. Las autoridades de la prisión nos encerraron junto con delincuentes comunes, por cierto tiempo, para reparar nuestras celdas, lo que nos ofreció una oportunidad favorable.

    Un reo chino de nuestra celda, de repente cayó con gripe muy fuerte y guardó cama. Había sido capturado en la casa de un rico con las manos en la masa, y era un hombre grosero.

    El día de mi mudanza a la celda de presos comunes, ese reo llamado “Gangtour”, sentado en el lugar más cómodo, con las piernas cruzadas, nos exigió agasajarle sin excusas con dinero, alimentos o con lo que tuviéramos. Lanzaba gritos diciendo que debíamos observar esa norma de conducta, obligatoria para todos los novatos de su celda. Era un muchacho bruto y agresivo.

    Le repliqué:

    –Acabamos de salir de la sala de interrogatorio al cabo de varios días de tormentos, y no tenemos dinero, ni comida. En cuanto al agasajo, ¿no es correcto que nos conviden ustedes que están acostumbrados ya a la vida carcelaria?

    “Gangtour”, cortado de repente, me miró fijamente, rojo por la cólera.

    Puesto que de ordinario procedía con arbitrariedad, como un déspota, nadie quiso cuidarlo con cariño, y todos permanecieron como meros espectadores, cuando el enfermo padecía fiebre alta, sin comer, ni dormir.

    Lo cubrí con el cobertor que me había enviado la familia del pastor Son Jong Do y llamé a un carcelero y le pedí que trajera medicamentos del hospital de la cárcel.

    Este, apellidado Li, que no veía con buenos ojos a ese reo grosero e intratable, mostró perplejidad al ver cómo yo lo atendía como si fuera un pariente. El enfermo se recuperó pronto, ayudado por nuestro cuidado cordial. A partir de ahí, ocurrió un cambio en su trato hacia mí. Cuando ese delincuente caprichoso y bravucón, que desobedecía incluso a los guardianes, se volvió bruscamente dócil conmigo, un alumno de secundaria, el carcelero Li lo consideraba un misterio y empezó a tratarme con cierto sobrecogimiento.

    Entre los guardianes de la cárcel de Jilin, este era un hombre relativamente dócil y con conciencia nacional. Miembros de nuestra organización, afuera, me informaron que procedía de una familia pobre y trabajaba en la cárcel para sustentarse. Después de estudiarlo, desde diversos aspectos, decidí ganarlo y aproveché al máximo las oportunidades para hablar con él. Supe que estaba muy preocupado por no haber conseguido materiales para los trajes nupciales de la novia de su hermano, próximo al acto de prometerse. Consulté con los compañeros que vinieron a verme, y lo resolvimos con la fuerza de la organización.

    Algunos días después, Li me expresó gratitud por haber solucionado el asunto y me preguntó si yo era comunista, como decían las autoridades de la prisión.

    Al escuchar mi respuesta afirmativa, me dijo con voz excitada:

    –Es incomprensible. Dicen que los comunistas son bandidos. ¿Es posible que personas honestas como usted saqueen bienes ajenos? Si de veras es usted comunista, es injusto llamarlos bandoleros.

    Le expliqué de modo comprensible: Los comunistas son gente que lucha para construir una nueva sociedad, donde todos puedan llevar una vida feliz y equitativa, libres de la explotación y la opresión. Nosotros, los comunistas coreanos, luchamos por expulsar a los imperialistas japoneses de nuestro territorio y rescatar el país. Si los ricos y los de autoridad nos maldicen llamándonos “bandidos” es porque nos esforzamos por echar abajo el mundo corrupto en que se enseñorean los terratenientes, capitalistas, latifundistas y vendepatrias.

    Meneando la cabeza en señal de afirmación, Li expresó:

    –Hasta hoy estuvimos engañados por la patraña de las autoridades, a causa de nuestra ignorancia, pero, en adelante, no prestaremos oído a esas palabras.

    Desde entonces, venía a verme, al término de su turno y aceptó de buena gana mi petición de transmitir algo a otras celdas. Algún tiempo después, pude establecer relaciones con el exterior, por su conducto, y mi vida en la cárcel resultó relativamente libre.

    Sin embargo, no todos los centinelas nos trataron con benevolencia, como Li. Un cabo de varas molestaba a los presos como serpiente atisbando el interior por el agujero de la puerta.

    Era el peor de los tres cabos de varas de la cárcel de Jilin. A la hora de su servicio, los presos no podían ni siquiera bostezar libremente.

    Un día, decidimos hacerle un escarmiento y propusimos elegir a un hombre adecuado para esta tarea. Se ofreció un estudiante chino, llamado Huang Shudian, del tercer año de la escuela secundaria No. 5 de Jilin. Entre los alumnos detenidos por el incidente del círculo de lectura, dos éramos coreanos y los demás chinos.

    Le dijimos que, para castigarlo, debía estar dispuesto a soportar por lo menos cinco meses de encerramiento en un calabozo incomunicado. Afirmó que estaba listo para sacrificarse por los compañeros, que tenía un proyecto singular para aleccionarlo muy duro, y agregó que permaneciéramos como simples espectadores.

    En la primera ocasión, cuando el carcelero jefe acechaba el inte-rior de la celda por el agujero de vigilancia, le pinchó un ojo con la punta afilada de un palillo de bambú. De su ojo dañado salieron sangre y humor ácueo. Eso no lo había previsto nadie.

    Sus colegas de la celda lo elogiaron calificándolo de héroe. Huang Shudian tuvo que estar encerrado varios días en el calabozo incomunicado, sin calefacción, en medio de un riguroso invierno.

    Los estudiantes exigieron su retorno inmediato y amenazaron a los carceleros con darles otros pinchazos

    La autoridad de la prisión se rindió ante la protesta de los alumnos. A partir de ahí, pudimos hacer lo que queríamos. Celebramos reuniones y visitamos otros aposentos. Si expresaba el deseo de ir a otra celda, el carcelero me abría la puerta.

    Mientras estuve en la prisión, recibí una gran ayuda del pastor Son Jong Do.

    Me dio apoyo sincero, como si fuera su hijo, durante todo el período de mi actividad revolucionaria en Jilin. Desde antes de su emigración, mantenía profundas relaciones de amistad con mi padre. Este compañerismo, que los unió estrechamente, considero que podía haber brotado porque procedieron de la misma escuela (la secundaria Sungsil), pero, más bien, por la comunidad de ideología e ideales.

    Mi padre me contaba a menudo acerca del pastor Son.

    A raíz del Levantamiento Popular del Primero de Marzo, emigró a China y desempeñó, por cierto período, el cargo de presidente del consejo legislativo del Gobierno Provisional en Shanghai. En un tiempo, en colaboración con Kim Ku, Jo Sang Sop, Ri Yu Phil y Yun Ki Sop, organizó en la misma ciudad la Asociación de obreros y soldados con la misión de formar a cuadros militares para la resistencia armada, y fungió como jefe de su sección de personal.

    Después de la disolución de esta organización, el pastor, desengañado por la riña sectaria que se agravó en el seno del Gobierno Provisional, se trasladó a Jilin.

    Estableció allí una iglesia y continuó el movimiento de independencia. En su iglesia efectuamos con constancia la labor de educación de las masas. Originalmente, fue un devoto y fiel cristiano. Tenía una estimable influencia entre los cristianos y los independentistas de Jilin.

    En nuestro país hubo muchos destacados patriotas entre los cristianos, que se dedicaron toda la vida a la lucha por la independencia nacional, como Son Jong Do. Ellos sólo rezaban en aras de Corea e imploraban a Dios que la salvara de ser esclava. Su limpia devoción siempre estuvo ligada con el patriotismo, y sus anhelos de construir un paraíso, pacífico, armonioso y libre, eran sustentados en la patriótica batalla por la restauración de la nación.

    La mayoría absoluta de los creyentes del chondoísmo y el budismo también fueron patriotas.

    Como Son Jong Do era asesor de la Asociación de Estudiantes Coreanos Cursantes en Jilin, me encontraba con él a menudo. En cada oportunidad expresaba pena y tristeza por el fallecimiento temprano de mi padre y me animaba para que luchara con abnegación en aras de la nación, al frente del movimiento independentista, heredando el propósito de mi progenitor.

    Gracias a la ayuda activa de Son Jong Do y de otros amigos de mi padre, pude estudiar durante tres años en la escuela secundaria Yuwen, de Jilin.

    El pastor Son, conocedor de la situación económica de nuestra familia, que apenas se sustentaba con lo que ganaba mi madre cosiendo y lavando para otros, suplió mis gastos escolares en varias ocasiones. Su esposa también me profesaba mucho amor. En fiestas, me invitaba a su casa para ofrecerme deliciosas comidas coreanas. La sopa de cuajada de soya con carne de conejo y el tok de arroz y yerbas comestibles tenían un sabor especial. La yerba llamada chondugi en coreano. Tenía hojas vellosas sin olor, ni veneno. En la familia del pastor la empleaban como ingrediente del tok, desde cuando vivían en Pyongyang. Aquel tok que probé en su morada, lo aderezaban con hojas recogidas en el parque Beishan.

    Son Jong Do tenía dos varones y tres hembras, de los cuales el segundo, Son Won Thae, y la hija menor, Son In Sil, estuvieron involucrados en nuestro movimiento en Jilin.

    Ella trabajó en la Asociación de Niños Coreanos de Jilin junto a Hwang Kwi Hon, Yun Son Ho, Kim Pyong Suk y Yun Ok Chae. Cuando yo dirigía el movimiento juvenil y estudiantil y estuve en la cárcel, me sirvió de recadera en muchas ocasiones.

    Un día, en nuestra celda entró un nuevo preso, desfigurado a consecuencia de crueles torturas.

    Era Kang Myong Gun, jefe de la sección de organización de la Asociación Juvenil Ryosin. Había sido arrestado por las autoridades militaristas en la primavera de 1929, y desde entonces no conocía si había muerto o vivía. Su aparición inesperada, pues, me causó asombro y alegría a la vez. Cayó preso por una falsa acusación de los fraccionalistas, víctima de la represalia originada por el incidente de la Federación General de la Juventud Coreana en China.

    Los representantes de la Asociación Juvenil Ryosin renunciaron a participar en la reunión de dicha federación, efectuada en Jichangzi, y publicaron una declaración poniendo al desnudo los actos insensatos de los fraccionalistas.

    Resentidos, estos acechaban la oportunidad de perjudicarlos. En esos momentos, en Jiaohe murió un joven enfermo, y lo aprovecharon para acusar ante las autoridades militaristas, como si Kang Myong Gun y sus compañeros lo hubieran envenenado.

    Al verme, lloró y me dijo que sería ejecutado injustamente. Le animé en estos términos:

    –Siendo usted joven, con el gran propósito de hacer la revolución, no debe perder el ánimo por una adversidad de esa índole. Si uno lucha dispuesto a morir, no hay cosa irrealizable. Tiene que dar prueba de su inocencia, haciendo frente hasta el final a las autoridades militaristas.

    En efecto, protestó y resistió con firmeza en el tribunal, como le sugerí.

    Vivió con honestidad durante toda la ocupación japonesa, y retornado a la patria después de la liberación, cumplió con honor la tarea asignada por nuestro Partido, de trabajar con otros partidos amigos.

    Mucho tiempo después, me informé que vivía en un lugar no lejano y lo mandé a citar con un compañero.

    Parece que la noticia le produjo un gran impacto. En vísperas del encuentro conmigo, falleció lamentablemente de hemorragia cerebral.

    Si no hubiera muerto, habríamos podido recordar con gran emoción la vida en Jilin.

    En la prisión, analicé y estudié experiencias y lecciones de la lucha de liberación nacional y del movimiento comunista de nuestro país y de los movimientos revolucionarios en otros lugares.

    Contra la dominación colonial del imperialismo japonés, nuestra nación desplegó diversas formas de lucha: manifestaciones, huelgas, combates de voluntarios y movimientos de tropas independentistas.

    Sin embargo, todos esos quehaceres no pudieron evitar el fracaso.

    ¿Por qué se frustraron repetidamente estos múltiples intentos que costaron mucha sangre?

    En el seno de las filas de la lucha antijaponesa en nuestro país, se formaron fracciones, que causaron grandes daños al movimiento de liberación nacional.

    Las tropas de voluntarios, que, habiendo levantado la primera antorcha de la resistencia antijaponesa, recorrían a lo largo y ancho de las ocho provincias del país, acabaron por quedar divididas por discrepancias entre las capas superior e inferior.

    Entre los caudillos, que antes fueron adeptos al confucianismo y aspiraban a recuperar la política de la dinastía, y los soldados procedentes de capas humildes, partidarios de la reforma del orden imperante, existía un serio contraste de ideales y contradicciones, que redundaron en debilitar la fuerza combativa de las tropas.

    Algunos superiores que absolutizaban la rehabilitación del viejo sistema, se disputaron las hazañas combativas, con intención de ocupar un lugar jerárquico en el gobierno, lo que trajo como consecuencia la división de sus filas.

    Y los jefes de origen humilde no quisieron unirse con los de procedencia confucianista, lo cual aceleró el debilitamiento de las tropas de voluntarios.

    Lo mismo ocurrió con las independentistas, que dieron muestra de dispersión y espontaneidad, en sus estructuras orgánicas.

    La disputa sectaria continuó, aun después de que diversas organizaciones del movimiento independentista en Manchuria se fundieron en tres juntas. Si bien éstas se unieron en una llamada Kukmin, su capa superior, dividida en dos fracciones, prokukmin y antikukmin, no dejó de reñir por la hegemonía.

    Así, los nacionalistas, separados en diversos grupos, se dedicaron únicamente a disputas inútiles, poniendo la vista en los países grandes.

    Entre los personajes que ocupaban puestos directivos del movimiento independentista, algunos trataron de lograr la soberanía de Corea, con ayuda de China, otros pretendieron derrotar a Japón, valiéndose de la fuerza de la Unión Soviética y los restantes esperaron que Estados Unidos regalara la libertad al país.

    Ellos profesaron el servilismo a las grandes potencias, porque desconfiaban de la fuerza de las masas populares. El movimiento nacionalista estaba al margen de éstas, sin ir más allá del límite de las capas superiores y no podía contar con una sólida base ni con el apoyo del pueblo.

    Esos defectos esenciales, consistentes en matar el tiempo hablando inútilmente y en disputas por el poder entre algunas personas de la capa superior, apartadas de las masas, sin pensar en exhortarlas a la lucha revolucionaria, se manifestaron también entre aquellos que se autodenominaban promotores del movimiento comunista.

    Tales comunistas, alejados del pueblo, se ocuparon de la verborrea y las peleas para conquistar la “hegemonía”, en lugar de compenetrarse con las masas populares, educarlas, agruparlas y movilizarlas en la lucha.

    El movimiento comunista principiante no logró superar el fraccionalismo surgido en su seno.

    Los fraccionalistas de nuestro país eran intelectuales burgueses y pequeñoburgueses, simpatizantes del nacionalismo, o procedían de la aristocracia feudal y la nobleza arruinadas. Se enrolaron en la corriente revolucionaria, con el rótulo del marxismo, aprovechando la tendencia de la época, cuando el movimiento obrero se desarrollaba con rapidez y el marxismo-leninismo disfrutaba del apoyo activo de las masas, después del triunfo de la Revolución Socialista de Octubre.

    Desde el principio, formaron sectas y se disputaron la hegemonía.

    Recurrieron a toda clase de fraudes e intrigas, y organizaron hasta grupos de violencia, peleando como gángsteres.

    A causa de sus maniobras sectarias, el Partido Comunista de Corea no pudo asegurar la unidad de sus filas, ni sobreponerse a la represión del imperialismo japonés.

    Los comunistas, cautivados por el servilismo a las grandes potencias, no pensaron en crear otro partido y hacer la revolución con su propia fuerza, sino que se entretuvieron con documentos acuñados con su sello de patata, para recibir la aprobación de la Internacional, llamándose cada cual “fracción ortodoxa”.

    Al analizar la situación del movimiento nacionalista y del comunista incipiente en nuestro país, advertí con seriedad que la revolución no se debía hacer de esta manera.

    De ahí que tuviera la convicción de que cada nación puede hacer triunfar su revolución, sólo cuando la cumple bajo su propia responsabilidad y con sus propias fuerzas, y que debe solucionar de manera independiente y creadora todos los problemas surgidos en ese proceso. Esto constituyó el punto de partida de nuestro pensamiento, lo que hoy se llama idea Juche.

    En la celda, analicé desde diversas ópticas el rumbo de la revolución coreana.

    Pensé mucho en la forma y el método de lucha para derrotar a los agresores imperialistas japoneses y restaurar la Patria, y la manera de agrupar en un haz a las fuerzas antijaponesas y fundar un partido como organización directriz de la revolución. Y medité también por dónde empezar el trabajo al salir de la cárcel.

    Partiendo de la realidad concreta y de las relaciones socioclasistas del país, definí el carácter de la revolución coreana como democrático antimperialista y antifeudal y tracé la orientación de luchar con las armas para derrotar a los imperialistas japoneses armados y alcanzar la restauración de la Patria; aglutinar bajo la bandera antijaponesa y exhortar al combate a obreros, campesinos, capitalistas nacionales, religiosos y otras fuerzas patrióticas, así como fundar un partido revolucionario de nuevo tipo, libre de la contienda sectaria.

    Al tener claros en mi mente esa posición y ese punto de vista, la línea y las orientaciones, que debía mantener la revolución coreana, no podía reprimir el impulso de salir cuanto antes de la prisión. Decidí iniciar la batalla para anticipar el día de la libertad.

    Realizamos los preparativos, junto con los compañeros encarcelados por el “incidente estudiantil”.

    El método de lucha que optamos fue la huelga de hambre. La comenzamos con la firme voluntad de resistir hasta que se realizaran nuestras justas demandas.

    Antes de iniciarla, pensé que sería difícil garantizar la unidad de acción en esta lucha en que participaban hasta delincuentes comunes. Pero, una vez declarada la huelga, de cada celda salía intacta la comida. Incluso, los reos comunes que hasta hacía poco peleaban por un plato, no extendieron la mano al alimento. Esto fue resultado de la educación realizada por nuestros compañeros presos.

    Fuera de la prisión, también apoyaron nuestra huelga con todas las fuerzas. Nuestros camaradas atrajeron la opinión pública, denunciando los tratos inhumanos en la cárcel de Jilin.

    Las autoridades militaristas cedieron al fin, ante nuestra lucha unida.

    A principios de mayo de 1930 me pusieron en libertad. Cuando salí de la puerta arqueada de la cárcel, mi pecho estaba lleno de convicción y vigor.

    Tras las rejas, pasé balance del incipiente movimiento comunista y del nacionalista y, valiéndome de sus lecciones, diseñé el itinerario de la revolución coreana.

    Al ver retrospectivamente, mi padre, en la cárcel de Pyongyang, profundizó la reflexión del viraje del movimiento nacionalista hacia el comunista; y yo proyecté, en la de Jilin, el camino de la revolución coreana.

    Mi padre y yo nos vimos obligados a trazar, en la prisión, el sendero que debían seguir el país y la nación, ya que éramos hijos desafortunados de una nación colonizada.

    

    

    

    

    

    NOTAS

    

    

    1. Anexión de Corea a Japón —El 29 de agosto de 1910 Japón anexionó Corea por la fuerza.— 1

    

    2. “Ordenes del gobernador general” —Nefastas disposiciones para oprimir a la nación coreana y saquear sus recursos naturales.— 1

    

    3. “Suceso del emisario secreto en La Haya” —En 1907, emisarios del emperador Kojong, enviados secretamente, participaron en la II Conferencia Internacional para la Paz, efectuada en La Haya, capital de Holanda, en la cual desenmascararon el propósito del imperialismo japonés de agredir a Corea, y exhortaron a proteger su independencia. Uno de ellos, Ri Jun se hizo el harakiri frente a los delegados como protesta por tal agresión.— 6

    

    4. Barco “Sherman” —Nave norteamericana que en 1866 penetró en las aguas del río Taedong violando nuestro territorio y perpetró asesinatos, incendios y pillajes. Fue hundida por la heroica acción de los habitantes de la ciudadela de Pyongyang.— 7

    

    5. Buque “Shenandoah” —Barco norteamericano que penetró por el río Taedong, en 1868, y fue rechazado.— 8

    

    6. “Cinco vendepatrias Ulsa” —Los cinco ministros que, en noviembre de 1905, cuando Japón impuso el agresivo “Acuerdo Coreano-Japonés” (Tratado Ulsa), le obedecieron: Ri Wan Yong, de Educación; Ri Ji Yong, de Asuntos Interiores; Ri Kun Thaek, de Asuntos Militares; Kwon Jung Hyon, de Agricultura, Comercio e Industria, y Pak Je Sun, de Asuntos Exteriores.— 14

    

    7. Choe Ik Hyon (1833-1906) —Comandante de la tropa de voluntarios antijaponeses; confuciano patriota, oriundo de Phochon, provincia Kyonggi.— 14

    

    8. An Jung Gun (1879-1910) —Mártir patriota, nacido en Haeju, provincia Hwanghae. Estudió ciencias militares desde los 17 años. Realizó actividades pedagógicas como miembro de la Sociedad de Ilustración de los Amigos del Oeste. A finales de 1907, se trasladó a Primorie, en Rusia, donde fungió como jefe de la tropa de voluntarios antijaponeses. En junio de 1909, al mando de un destacamento, atacó la guarnición japonesa en Kyonghung, provincia Hamgyong del Norte. En octubre del mismo año, en la estación ferroviaria de Haerbin, ajustició a tiros a Ito Hirobumi, quien viajaba con el supuesto objetivo de “inspeccionar el Norte de Manchuria”.— 14

    

    9. Ito Hirobumi (1841-1909) —Político japonés en la Edad moderna; presidente del Consejo Confidencial y primer gobernador general de Corea. Fue el cabecilla de la agresión a Corea, ajusticiado por An Jung Gun en 1909 en la estación ferroviaria de Haerbin.— 14

    

    10. Emperador Kojong —Vigésimosexto emperador (1864-1907), del Estado feudal de la dinastía de los Ri.— 15

    

    11. Reforma Kabo —Reformas burguesas hechas por los burócratas renovadores en 1894.— 16

    

    12. Levantamiento Popular del Primero de Marzo —Demostraciones de masas iniciadas a escala nacional contra la cruel dominación colonial del imperialismo japonés en el primero de marzo de 1919.—18

    

    13. Hong Pom Do (1868-1943) —Comandante de las huestes de voluntarios antijaponeses, y, después, jefe del Ejército independentista. En 1907 reunió a cazadores, organizó la tropa de voluntarios antijaponeses y operó principalmente en la provincia Hamgyong del Sur. En varias ocasiones, combatió contra el ejército invasor japonés. En 1919, formó, en Jiandao, el Ejército independentista de Corea y, como su comandante en jefe, atacó a los japoneses en las zonas de Kapsan, Kanggye, Manpho y Jasong. Con posterioridad, continuó sus actividades en las cuencas del río Heilong.— 42

    

    14. Kim Ku (1876-1949) —Nacido en Haeju, provincia Hwanghae, participó en el movimiento de independencia de Corea. Con anterioridad, tomó parte en la lucha de los voluntarios antijaponeses. Después del Levantamiento Popular del Primero de Marzo, se fue a Shanghai, donde fundó el Partido Independentista de Corea y ocupó el cargo de presidente del Gobierno Provisional. Con la derrota del imperialismo japonés se repatrió y en el Sur se opuso a la dependencia de EE.UU. Asistió a la Conferencia Conjunta de los Representantes de los Partidos Políticos y las Organizaciones Sociales de Corea del Norte y el Sur, efectuada en 1948, en Pyongyang. Fue asesinado en Soul mientras trabajaba por la reunificación mediante la alianza con los comunistas.— 75

    

    15. Ri Pong Chang (1900-1932) —Independentista, oriundo de Soul, provincia Kyonggi. Fue miembro del Cuerpo de Patriotas Coreanos, organizado por Kim Ku. En enero de 1932, en Tokio atacó con una granada de mano a los emperadores de Japón y del Estado manchú.— 75

    

    16. Yun Pong Gil (1908-1932) —Natural de Ryesan, provincia Chungchong del Sur, fue independentista y miembro del Cuerpo de Patriotas Coreanos. El 29 de abril de 1932, en el parque Hongkou, de Shanghai, mató con una bomba a varios personajes militares y políticos de Japón.— 75

    

    17. Incidente Estudiantil de Kwangju —Se trata de una acción antijaponesa de estudiantes coreanos, ocurrida en octubre de 1929. Motivada por palabras ultrajantes que unos estudiantes japoneses de la secundaria echaron a una alumna coreana en un vagón del tren Kwangju-Raju, se extendió a todo el país.— 211

    18. Levantamiento del 19 de Abril —Revuelta popular contra el imperialismo norteamericano y el poder dictatorial de Syngman Rhee, promovida por jóvenes estudiantes y otros habitantes sudcoreanos en la primavera de 1960, bajo la consigna de nueva política y vida. Como consecuencia fue derribado este poder dictatorial.— 211

    

    19. Resistencia Popular de Kwangju (1980) —Rebelión masiva de jóvenes estudiantes y otros habitantes de la zona de Kwangju, provincia Jolla del Sur, por la democratización de la sociedad sudcoreana y el derrocamiento del poder de la dictadura militar fascista.— 211

    

    20. Emperador Ryung Hui (1874-1926) —Sunjong, último emperador (1907-1910) del Estado feudal de la dinastía de los Ri. Ryung Hui es nombre de su era.— 257

    

    21. Ra Sok Ju (1889-1926) —Independentista procedente de Jaeryong, provincia Hwanghae. En 1926 atacó con bombas los edificios de la Compañía Anónima de Explotación Colonial de Oriente y el Banco Siksan de Corea, organismos saqueadores del imperialismo japonés, y se suicidó en un combate con los policías nipones.— 259

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

    

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