Un día de septiembre de 1973 el gran Dirigente Kim Jong Il, en el camino de viaje de trabajo, hizo parar el carro ante un campo algodonero y se mostró muy satisfecho mirando las flores abiertas.

Entonces un funcionario acompañante se lamentó de que no estuvieran florecidas de par en par.

El Dirigente le dijo que la hermosura de la cápsula de algodón se encontraba no en una elegancia sino en que no se alardeaba de sí misma, aunque daba mucha utilidad a la vida humana.

Y prosiguió que lo mismo que tal flor era más hermosa que otras, una persona recta y desinteresada pudiera gozar del amor y respeto del público.